
EL TENOR
La Codorniz
La lectura más audaz
para el lector más inteligente
Conocí una vez a un tenor. Un tenor muy viejo a quien nunca habío oído nadie cantar. ---Yo he cantado -decía- en la Argentina, en el Brasil, en el Uruguay. La América hispana andaba loca destrás de mí. ¿Tiene usted un mapamundi?
No. Yo no tenía un mapamundi. Y entonces el viejo tenor sacudía la cabeza tristemente. Le hubiese gustado mostrarme co el dedo la parte del mundo donde tanta gente había delirado por él; pasar lentamente el dedo por aquellas vastas regiones; acariciarlas como el rostro de una persona amada.
---Una noche, en el Colón, de Buenos Aires, me quitaron los caballos de la carroza
Al soltar la mentira, enrojecía y bajaba los ojos. Luego como rebelándose a mi silenciosa incredulidad, exclamaba:
---Sí, ¡Me los quitaron!
---Sí, ¡Me los quitaron!
Y de una vieja cartera de cuero sacaba un rcorte de periódico, donde se veía la fotografía de un caballo en pleno campo.
---Fíjese dónde lo dejaron -Decía
---¿Y la carroza? -preguntaba yo.
Pensaba un poco, y luego contestaba:
---Desapareció. Por lo visto, alguien se la llevó a casa. Entre los admiradores de los tenores siempre hay algún elemento infiel
---¿Y el otro caballo?
Bajaba la voz.
---¡Muerto! -decía.
En aqulla vieja cartera de cuero tenía muchos recortes de periódicos amarillentos, todos con la fotografía de un bellísimo joven de perilla y bigotes retorcidos, vestido ora de Romeo, ora de Rodolfo, ora de Mario.
---Soy yo -decía.
Pero no era él. Se veía perfectamente.
---Gané mucho dinero, pero nunca pude ahorrar. Cada noche tenía que comprar nuevos caballos. Y los caballos buenos cuestan mucho. Una noche, para que no me los quitasen, los até con cadenas a la carroza. El público protestó. Tal vez no venís por mí, sino por los caballos.
---Con los agudos -le pregunté un día- haría usted oscilar las lámparas ¿verdad?
---¡Ya lo creo! Recuerdo que una vez, en Buenos Aires, originé, delante del rey, una lucha de oscilación de lamparas.
---¡Pero si n Buenos Aires no hay rey!
---Había -exclamó en tono de reto.
Transcurrió un largo silencio. Luego siguió sin mirarme:
---Era un rey d paso -dijo en boz baja-. Pasaban muchos reyes por Buenos Aires. Aquel llevaba en la cabeza una corona de oro y vestía un larguísimo manto que le llegaba hasta los pies. ¡Cuanta gente había acudido aquella noche al teatro? La pugna fue tremenda. Pero vencí yo: la lámpara central parecí un péndulo; sus mil luces, al oscilar, parecían estrellas enloquecidas.
---¿Sería usted capaz -m preguntó el rey -de soltrla del techo con un agudo?
---Pero... -objeté- ¡una lámpara tan preciosa!...---No importa -dijo él-; yo la pago.
---Respueta de rey. Emití el agudo, la lampara cayó, se rompió, y las mil lucecitas se desvanecieron...
---¿Y el rey?
---Aprovechó la oscuridad para fugarse. Tal vez no fuese un rey. Se encendieron las luces y se encontró la corona en el suelo. No era de oro, sino de latón.
---Un rey fingido que se burlaba de los tenores.
No está bien burlarse de los tenores. Los tenores son almas cándidas que visten ora armaduras, ora ricos ropajes, ora el sayal d fraile, y etánconvencidos de que con un agudo pueden hacer temblar a las estrellas.
---De noche, en el campo -me dijo una vez un tenor-, yo canto bajito para no hacer temblar a las estrellas. ¿No ha visto usted nunca caer estrellas? Son los tenors con sus agudos, los que las hacen caer.
---Y entonces, ¿el cielo se quda a oscuras?
---No sé -respondió el tenorY dijo aquel "no sé" con ligereza, porque los tenores son fátuos canturrean y, de ordinario
tienen piernecitas cortas y manos grasientas.
---Mil lucecits tenía -repitió mi viejo tenor, al mismo tiempo que acariciaba la vieja cartera de cuero donde guardaba los recortes amarillentos.
---Y ¿adónde va usted a ir ahora? Está usted viejo, enfermo y pobre. Sonrió y se encogió de hombros.
---Un tenor, cuando cesa de cantar, o es rico, y vive en una villa, o es pobre, y entonces muere, porque los tenores no saben trabajar. Adiós.
---¿A donde va?
---A donde mueren los tenores. Creo que es en un bosque. Cándidos huesos de tenores blanquean al sol. Como los cisnes, ellos también cantan por última vez y luego mueren.
Se encaminó, el viejo, un poco encorvado, hacia el bosque, haciéndome con la mano izquierda un gesto de adiós; con la derecha apretaba contra su corazón la vieja cartera de cuero con los retratos amarillentos del bellísimo joven de bigotes retorcidos.
Una Estrella En Mi Jardín
Mari
Trini





