No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
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11/3/25

EL TENOR - La Codorniz


 

EL TENOR

La Codorniz

La lectura más audaz 
para el lector más inteligente


     Conocí una vez a un tenor. Un tenor muy viejo a quien nunca habío oído nadie cantar.                                      ---Yo he cantado -decía- en la Argentina, en el Brasil, en el Uruguay. La América hispana andaba loca destrás de mí. ¿Tiene usted un mapamundi?  
    No. Yo no tenía un mapamundi. Y entonces el viejo tenor sacudía la cabeza tristemente. Le hubiese gustado mostrarme co el dedo la parte del mundo donde tanta gente había delirado por él; pasar lentamente el dedo por aquellas vastas regiones; acariciarlas como el rostro de una persona amada.
    ---Una noche, en el Colón, de Buenos Aires, me quitaron los caballos de la carroza
    Al soltar la mentira, enrojecía y bajaba los ojos. Luego como rebelándose a mi silenciosa incredulidad, exclamaba:
    
---Sí, ¡Me los quitaron!
    Y de una vieja cartera de cuero sacaba un rcorte de periódico, donde se veía la fotografía de un caballo en pleno campo.
    ---Fíjese dónde lo dejaron -Decía
    ---¿Y la carroza? -preguntaba yo.
    Pensaba un poco, y luego contestaba:
    ---Desapareció. Por lo visto, alguien se la llevó a casa. Entre los admiradores de los tenores siempre hay algún elemento infiel
    ---¿Y el otro caballo?
    Bajaba la voz.
    ---¡Muerto! -decía.
    En aqulla vieja cartera de cuero tenía muchos recortes de periódicos amarillentos, todos con la fotografía de un bellísimo joven de perilla y bigotes retorcidos, vestido ora de Romeo, ora de Rodolfo, ora de Mario.
    ---Soy yo -decía.
    Pero no era él. Se veía perfectamente.
    ---Gané mucho dinero, pero nunca pude ahorrar. Cada noche tenía que comprar nuevos caballos. Y los caballos buenos cuestan mucho. Una noche, para que no me los quitasen, los até con cadenas a la carroza. El público protestó. Tal vez no venís por mí, sino por los caballos.
    ---Con los agudos -le pregunté un día- haría usted oscilar las lámparas ¿verdad?
    ---¡Ya lo creo! Recuerdo que una vez, en Buenos Aires, originé, delante del rey, una lucha de oscilación de lamparas.  
    ---¡Pero si n Buenos Aires no hay rey!
    ---Había -exclamó en tono de reto.
    Transcurrió un largo silencio. Luego siguió sin mirarme:
    ---Era un rey d paso -dijo en boz baja-. Pasaban muchos reyes por Buenos Aires. Aquel llevaba en la cabeza una corona de oro y vestía un larguísimo manto que le llegaba hasta los pies. ¡Cuanta gente había acudido aquella noche al teatro? La pugna fue tremenda. Pero vencí yo: la lámpara central parecí un péndulo; sus mil luces, al oscilar, parecían estrellas enloquecidas.
     ---¿Sería usted capaz -m preguntó el rey -de soltrla del techo con un agudo?
     ---Pero... -objeté- ¡una lámpara tan preciosa!...
     ---No importa -dijo él-; yo la pago.
     ---Respueta de rey. Emití el agudo, la lampara cayó, se rompió, y las mil lucecitas se desvanecieron...
     ---¿Y el rey?
     ---Aprovechó la oscuridad para fugarse. Tal vez no fuese un rey. Se encendieron las luces y se encontró la corona en el suelo. No era de oro, sino de latón.
     ---Un rey fingido que se burlaba de los tenores.
    No está bien burlarse de los tenores. Los tenores son almas cándidas que visten ora armaduras, ora ricos ropajes, ora el sayal d fraile, y etánconvencidos de que con un agudo pueden hacer temblar a las estrellas.
   ---De noche, en el campo -me dijo una vez un tenor-, yo canto bajito para no hacer temblar a las estrellas. ¿No ha visto usted nunca caer estrellas? Son los tenors con sus agudos, los que las hacen caer.
  ---Y entonces, ¿el cielo se quda a oscuras?
  ---No sé -respondió el tenor
  Y dijo aquel "no sé" con ligereza, porque los tenores son fátuos canturrean y, de ordinario

Fuego fátuo


tienen piernecitas cortas y manos grasientas.
 ---Mil lucecits tenía -repitió mi viejo tenor, al mismo tiempo que acariciaba la vieja cartera de cuero donde guardaba los recortes amarillentos.
 ---Y ¿adónde va usted a ir ahora? Está usted viejo, enfermo y pobre.                                                                                       Sonrió y se encogió de hombros.
 ---Un tenor, cuando cesa de cantar, o es rico, y vive en una villa, o es pobre, y entonces muere, porque los tenores no saben trabajar. Adiós.
    ---¿A donde va? 
    ---A donde mueren los tenores. Creo que es en un bosque. Cándidos huesos de tenores blanquean al sol. Como los cisnes, ellos también cantan por última vez y luego mueren.
    Se encaminó, el viejo, un poco encorvado, hacia el bosque, haciéndome con la mano izquierda un gesto de adiós; con la derecha apretaba contra su corazón la vieja cartera de cuero con los retratos amarillentos del bellísimo joven de bigotes retorcidos.





Una Estrella En Mi Jardín

Mari Trini



11/12/24

EL TENOR --- La Codorniz

  




 EL TENOR

La Codorniz

La lectura más audaz 
para el lector más inteligente


     Conocí una vez a un tenor. Un tenor muy viejo a quien nadie había oído nunca cantar.
    ---Yo he cantado -decía- en la Argentina, en el Brasil, en el Uruguay, la América hispana andaba loca detrás de mí. ¿Tiene usted un mapamundi?                                                No. Yo no tenía un mapamundi. Y entonces el viejo tenor sacudía la cabeza tristemente. Le hubiese gustado mostrarme con el dedo la parte del mundo donde tanta gente había delirado por él; pasar lentamente el dedo por aquellas vastas regiones; acariciarlas como el rostro de una persona amada.
  ---Una noche, en el Colón, de Buenos Aires, me quitaron los caballos de la carroza.                                                            Al soltar la mentira, enrojecía y bajaba los ojos. Luego, como rebelándose a mi silenciosa incredulidad, exclamaba:
     ---Sí. ¡Me los quitaron!
    Y de una vieja cartera de cuero sacaba un recorte de periódico, donde se veía la fotografía de un caballo en pleno campo.
     ---Fíjese donde lo dejaron -decía.
     ---¿Y la carroza? -preguntaba yo.
     Pensaba un poco, y luego contestaba:
     ---Desapareció. Por lo visto, alguien se la llevó a casa. Entre los admiradores de los tenores siempre hay algún elemento infiel.
    ---¿Y el otro caballo?
    Bajaba la voz
    ---¡Muerto! -decía.
    En aquella vieja cartera de cuero tenía muchos recortes de periódicos amarillentos, todos con la fotografía de un bellísimo joven de perilla y bigotes recortados, vestido de Romeo, ora de Rodolfo, ora de Mario.
    ---Soy yo -decía.
    Pero no era él. Se veía perfectamente.
    ---Gané mucho dinero, pero nunca pude ahorrar. Cada mucho tenía. Cada noche tenía que comprar nuevos caballos. Y los caballos buenos cuestan mucho. Una noche, para que no me los quitasen, los até con cadenas a la carroza. El público protestó. Tal vez no venía por mí, sino por los caballos.

    ---Con los agudos -le pregunté- haría usted oscilar la lámpara ¿verdad?                                                                         ---¡Ya lo creo! Recuerdo que una vez en Buenos Aires, originé delante del rey una lucha de oscilación de lámparas.
   ---¡Pero si en Buenos Aires no hay Rey!
   ---Había -exclamó n tono de reto.
    Transcurrió un largo silencio. Luego siguió sin mirarme:
    ---Era un rey de paso -dijo en voz baja-. Pasaban muchos reyes por Buenos Aires. Aquel llevaba en la cabeza una corona d oro y vestía un larguísimo manto que le llegaba hasta los pies. ¡Cuanta gente había acudido aquella noche al teatro! La pugna fue tremenda. Pero vencí y0: la lámpara central parecía un péndulo; sus mil luces, al oscilar, parecían estrellas enloquecidas.
    ---¿Sería usted capaz -me preguntó el rey_ de soltarla del techo con un agudo?
    ---Pero...-objeté- ¡una lámpara tan preciosa...
    ---No importa -dijo él-; yo la pago.
    ---Respuesta de rey. Emití el agudo, la lámpara cayó, se rompió, y las mil lucecitas se desvanecieron...
     
---¿Y el rey?
     ---Aprovechó la oscuridad para fugarse. Tal vez no fuese un rey. Se encendieron las luces y se encontró la corona en el suelo. No era de oro, sino de latón.
    ---Un rey fingido que se burlaba de los tenores.
No está bien burlarse de los tenores. Los tenores son almas cándidas que visten ora armaduras, ora ricos ropajes, ora sayal de fraile, y están convencidos de que con un agudo pueden hacer temblar a las estrellas.
    ---De noche en el campo -me dijo una vez un tenor-, yo canto bajito para no hacer temblar a las estrellas. ¿No ha visto usted nunca caer estrellas? Son los tenores con sus agudos, los que las hacen caer.
    ---Y entonces, ¿el cielo se queda a oscuras?
    ---No sé -respondió el tenor.
Y dijo aquel "no sé" con ligereza, porque los tenores son fatuos: canturrean y, de ordinario, tienen piernecitas cortas y manos grasientas.
    ---Mil lucecitas tenía -repitió el viejo tenor, al mismo tiempo que acariciaba la vieja cartera de cuero donde guardaba los recortes amarillentos.
    ---Y ¿adónde va a ir usted ahora? Está usted viejo, enfermo y pobre.
    Sonrió y se encogió de hombros.
    ---Un tenor, cuando cesa de cantar, o es rico y vive en una villa, o es pobre, y entonces muere, porque los tenores no saben trabajar. Adios.
    ---¿A dónde va?
    ---Adonde mueren los tenores. Creo que es en un bosque. Cándidos huesos de tenor blanquean al sol. Como los cisnes, ellos también cantan por última vez y luego mueren.                     
 
Se encaminó, el viejo, un poco encorvado, hacia el bosque, haciéndome con la mano izquierda un gesto de adios; con la derecha apretaba contra su corazón la vieja cartera de cuero con los retratos amarillentos del bellísimo joven de bigotes retorcidos.



No me tires indirectas