HAY quien nace para hacer las cosas y quien nace para verlas hacer. Al respetable don Alberto le gustaba ver hacer las cosas, y cada día salía de su casa con el ánimo de ver lo que hacían los demás. Le importaba poco la clase de espectáculo. ¿Que asfaltaban la calle? Allí estba don Alberto viendo poner el asfalto a pleno sol, para después tener el derecho de decir: "En este pais no se trabaja."
Un día le preguntó uno de los jugadores:
---En este caso, ¿qué movería usted, la torre o e
l alfil?
Don Alberto contestó sentenciosamente:
---No puedo decirle, porque en tantos años como llevo viendo jugar este maldito juego, aún no sé una palabra de él. Todavía no he podido explicarme por qué los peones marchan de frente y comen de costado y por qué los caballos dan unos saltos tan absurdos.
Después se averiguó que don Alberto no conocía la marcha de ningún juego, y que lo que a él le gustaba era ver perder. Esta era quizá la misión fundamental de los mirones: la de vver como se pierde. Por esto cuando don Alberto se ponía al lado de quien ganaba, paraba poco tiempo allí. Claro que este caso era rarísimo, pues su especialidad consistía en hacer perder, por un acto de pura presencia.
---Ya está usted aquí para secarme -decía el respetable magistrado o el bizarro coronel de la Remonta.
Per don Alberto no se inmutaba y continuaba allí implacable hasta que veía desaparecer la víctima falta de fondos.
Alguna vez disertaba:
---Yo no me explico como hay quien juegue. Yo no he visto en mi vida más que perder.
En realidad esta es la misión del mirón, porque si los mirones repartiesen la suerte, serían disputados por los jugadores y tendrían siempre una silla preparada al lado del más influyente. pero la experiencia aconsejaba lo contrario. Y así, vemos esas mesas de juego bloqueadas por veladores para que nadie pueda sentare en torno. Falta por escribir el "Tatado del mirón", siquiera exista de su influencia una experiencia aterradora. Porque hay muchas clases de mirones. El más precioso es el intervencionista. Es decir, el que pone cátedra, ese hombre que en el ajedrez intenta mover las piezas por su cuenta, y en el tute aconseja achicarse o arrastrar de bajo.
Estos hombres no solo hacen perder al que juega, sino que le riñen y le llaman torpe e ignorante.
---¡Yo no hubiera jugado así!
---Pero vamos a ver, señor mío, ¿usted por qué no juega?
---¡Ah! Porque es un vicio muy feo, y, además porque aunque aún no lo he probado, estoy seguro de que no tendría suerte.
Pero no siendo tan pernicioso, es aún más lamentable ese mirón que nunca habla, triste y meditabundo, que ve impasible la desgracia ajena y que no se cansa jamás de ver a su jugador predilecto con unas cartas infames
---Pero vamos a ver: ¿no podría usted marcharse a dar un paseo, que hace una tarde hermosa?
El mirón escucha la invitación impasible y no se mueve.
Hay otro mirón de mucho más peligro: el optimista. Este saluda a losjugadores con palmadas en la espalda, y antes de sentarse para elegir un buen sitio, pregunta:
---Vamos a ver. ¿Quién pierde aquí?
Una vez informado de este extremo interesante, se coloca junto al más desgraciado y le anima cariñosamente.
---Esto se acabó. Voy a infundirle la suerte. Yo me precio de no haber visto perder a nadie. Los buenos propósitos no suelen cumplirse, y el jugador sigue perdiendo.
---¡Esto debería estar prohibido! -dice el jugador.
---¿El qué? ¿El tener tan malas cartas?
---No; el mirón.
Se levanta entonces el mirón optimista y dice sencillamente:
---Señor, yo no tengo la culpa de que no sepa usted tener las cartas en la mano.
Indudablemente el azar se sirve del mirón para sus fines siniestros y hay jugadores que se obstinan en luchar contra el mirón como un fctor más de suerte, y aun le llaman por el placer de vencerle.
---A ver, acérquese usted aquí, don Alberto probemos una vez si hace usted que cambie esto.
Y don Alberto se acerca con aire suficiente y protector, pero con el propósito siniestro de aniquilar a aquel hombre valeroso que ama el peligro y aun le atrae hacia sí. Mas la vida del mirón no tiene nada de alegre; no es un oficio demasiado brillante. Para el caso tanto da mirar por el ojo de una cerradura como una partida de póker. Todo ello se reduce a disfrutar sorprendiendo la intimidad ajena. No sé por qué haya de ser más vulnerable leer una carta furtivamente a la espalda de quien la escribe, que ver furtivamente una escalera máxima en manos de quin la oculta como un tesoro. En realidad, el que mira es el gran enemigo del que hace. El mirón de escaparates no es que piense comprar nada; es que fiscaliza al comerciante para poder advertir al comprador inexperto: "No compre usted esos pasteles, que llevan ahí cinco días." Lo que equivale a aconsejar: "No eche usted el as de espadas, porque se lo fallan."
Alguien dirá que los mirones también dan fama. Que el éxito lo proclaman los mirones. Que el hombre trabaja especialmente para el expectador. Y, ciertamente, a don Heraclio Fournier, tan evidente en el as de oros, le venera más el mirón que el que juega. Y es que don Heraclio ha puesto su nombre y su rúbrica en el hazar con un valor de legionario.
El mirón tiene su vida activa y, después de muchos años pasados entre malas caras y denuestos, se acoje a una bien ganada jubilación. Entonces se dedica exclusivament a ser mirón de solitarios, cuando no cae en la tentación de hacerlos él mismo. Don Alberto terminó haciendo solitarios, y no se retiraba ninguna noche a dormir sin haber sacado alguno. Una vez se le acercó un mirón, y allí estuvo hasta la madrugada viéndole en el intento de que el solitario saliese. Al fin Don Alberto se levantó airado y dijo silenciosamente:
---Está visto; con mirones no sale el solitario jamás.
Y desde ese día se construyó para su uso una cámara blindada, en la que se encerraba para hacer solitarios.
FRANCISCO DE COSSIO


