MI VIAJE POR ÁFRICA XLVI
El Nilo, tras salir del lago por el ángulo noroeste, en Mamasali, fluye a lo largo de un extenso canal de más de una milla de anchura, todavía flanqueado por sólidos muros de papiros y salpicado de islas flotantes. Otras cuarenta millas de navegación a vapor y llegamos a Mruli, una característica aldea africana. Su importancia aparece más subrayada en los mapas que sobre el terreno. Su impresionante nombre, escrito en grandes letras negras, evoca la imagen de una populosa y notable ciudad. Todo lo que se divisa, sin embargo, es una hilera de cabañas vegetales de forma cónica, rodeadas por miserables ciénagas y laberínticos cañaverales sobre los que danzan febrilmente nubes de mosquitos. Desde tierra firme hasta las aguas navegables había un largo muelle de juncos, pero el canal al que daba acceso estaba bloqueado por una isla flotante que, tras vencer numerosas dificultades, fue por fin remolcada fuera de nuestro camino para que pudiéramos desembarcar.
Acudieron a recibirnos los nuevos escoltas del Batallón de Fusileros Reales, luciendo unos uniformes tan flamantes y un porte militar tan esmerado como si estuvieran en Aldershot (Ciudad de Hampshire donde se encuentra la base militar más importante del Reino Unido), una multitud de nuevos porteadores y la única tribu aliada de la orilla norte del río. Mientras se levantaban las las tiendas, se disponía el equipaje y empezaban a arder los fogones, unos cuatrocientos salvajes armados con lanzas, desprovistos ya de sus pieles de leopardo, estuvieron danzando desnudos a la luz del crepúsculo.
LAS CATARATAS MURCHISON
Abandonamos el Nilo en el punto donde gira hacia el norte, un Mruli, con el propósito de ir directamente a Hoima, situada al borde del lago Alberto. El viaje, vía Masindi, iba a constar de cuatro etapas. No obstante, cautivado por los relatos sobre la belleza y maravillas de las cataratas Murchison, decidí cambiar de plan antes de embarcar en Kakindu. Así pues, enviamos mensajeros al puesto de telégrafos de Jinja para que se remitiese un mensaje a Hoima, vía Kampala, ordenando a la flotilla que, en lugar de permanecer allí, se dirigiese al extremo norte del lago Alberto y nos esperase en Fajao, al pie de las cataratas. Ahora íbamos a realizar cinco etapas: dos a Masindi y tres más de vuelta hacia el norte del Nilo.
La carretera de Mruli consiste en una especie de senda, con terraplenes a ambos lados, que discurre a través del bajo y desolado matorral de la jungla. La superficie que presentaba en esta ocasión el rico suelo de aluvión negro, agrietado y desmigajado por el calor, estaba endurecida y, aun siendo irregular, permitía la circulación en bicicleta; las lluvias, sin embargo, deben transformar estos caminos en lugares totalmente intransitables: Pero a medida que se avanzaba hacia el este, el paisaje cambia enseguida de aspecto. Al dejar atrás las deprimentes llanuras de la orilla del lago Kioga, el viajero va descubriendo otros escenarios típicos de Uganda, una región provista de pequeñas colinas y grandes árboles. Antes de llegar a Masindi atravesamos de nuevo fértiles y hermosas tierras. Pozas de reluciente agua, enmarcadas en refrescante verde, despiden los reflejos de la luz del Sol. Entre las continuas ondulaciones del terreno, por todas partes se alzan escarpados cerros y riscos. Los arroyos, salpicando alegremente, descienden por canales de roca. Los amarillentos tejados de hierba de las abundantes aldeas despuntan por encima de los platanales en medio de anchas parcelas de cultivos; los jefes y cabecillas nativos saludan al extranjero con una grave cortesía, no exenta de curiosidad, a medida que el interminable "safari" pasa serpenteando bajo los árboles.
El calor aumenta según disminuye la latitud y el sol pega con fuerza sobre los hombros incluso por la mañana. A las diez su intensidad es ya tremenda. Hasta ese momento la calzada, integrada por perceptibles montículos de suelo de aluvión, nos ha permitido pedalear a ratos, aunque no resultaba muy divertido. Pero la transformación del paisaje es consecuencia, precisamente , del cambio de suelo. Los campos son ahora de un rojo intenso y la senda de arenisca roja, lavada por las lluvias aparece, aparece en algunas zonas casi tan suave y firme como el asfalto, brillante por efecto del polvo cristalino; así pues tras haber escalado los cerros que coronan la cuenca situada entre el lago Kioga y el Alberto, mi bicicleta bajó deslizándose, sin apenas darle impulso, las cuatro millas de de suave descenso hasta Masindi. Esta hacienda -morada de un recaudador- se halla rodeada por una amplia bahía llena de suaves colinas cubierta de árboles nobles. Se trata de un parque muy atractivo. Pueden contemplarse auténticas casas encaramadas a las plataformas de piedra con ventanas de valla metálica y amplios porches. Las anchas bandas rojas que semejan sus calles ofrecen un vistoso trazado: Nos encontramos avenidas flanqueadas de árboles, deliciosos macizos de flores, una oficina de telégrafos, bebidas, el desayuno dispuesto -frío, pero no helado- y una pila de The Times. ¿Qué más puede uno pedir o desear que le depare el destino.
A continuación, teníamos pensado dirigirnos hacia el Nilo, a su paso por Fajao, cubriendo tres largas (para los porteadores) etapas de unas dieciséis millas cada una. para facilitarnos el viaje, se habían efectuado ya algunos preparativos en la carretera de Hoima, como limpiar la vegetación que la invadía o construir refugios.











