MI VIAJE POR ÁFRICA XXXIX
Cuando se contemplan las bullentes aguas de las cataratas intentando calcular la poderosas energía que allí se desperdicia y que, sin embargo, está al alcance de la ciencia moderna, el problema de Uganda se plantea bajo una nueva perspectiva. Toda esa energía hidroeléctrica pertenece al estado. ¿Debería ser cedida algún día a la iniciativa privada? Por otra parte, si un gobierno no está preparado para actuar por cuenta propia, ¿hasta qué punto tiene derecho a vetar el camino a otros? Esta cuestión, en sus múltiples variantes, está aflorando en casi todas las grandes colonias de la Corona. Pero en el caso de Uganda los argumentos a favor de la propiedad estatal y la utilización pública de los recursos naturales de su territorio se revelan más poderosos y convincentes. Se trata de un auténtico estado indígena que no puede ser comprado a ninguna de las colonias donde ya existe una población blanca establecida, ni tampoco a las que están habitadas por primitivas tribus nómadas. En cambio, sí se puede equiparar a los grandes estados de la india en que la autoridad imperial es ejercida en nombre, y a menudo también a través, de un príncipe nativo y sus propios dignatarios.
Esta combinación de la inteligencia británica con la mano de obra indígena da como resultado una forma de gobierno aceptada, en general, por el conjunto de la población que, de este modo, no necesita asumir ningún cambio repentino o arbitrario en la apariencia habitual de las cosas. Pero el ejercicio de este tipo de gobierno implica un grado de complejidad y sutileza del que carecen los sistemas más simples y crueles. En tales circunstancias no puede quedar mucho espacio para el impulso y la expansión de las empresas mercantiles. El agresivo hombre de negocios -admirablemente adaptado al desenfreno de la competitividad en Europa o América -se vuelve una figura incongruente, e incluso peligrosa, cuando interfiere en el tranquilo y pausado progreso de un estado indígena. Tanto a nivel ético como material, el contacto con el lucrativo sistema moderno o con los expertos en lucrarse no favorecería en absoluto al africano. Un hombre que solo actúa en función de los beneficios empresariales y a quien no se juzga sino por sus resultados financieros, no suele escoger precisamente el sistema más adecuado para tratar con los nativos bajo el sol del África central, por el contrario, una súbita incursión empresarial en los bosques y parques del país conlleva, en general, un sin fin de problemas y dificultades.
En efecto, sería difícil encontrar un territorio donde las condiciones sean más favorables que en Uganda para poner en práctica un estado socialista a nivel experimental. La tierra es generosa; la gente, pacífica y trabajadora. No existen grandes diferencias entre las clases sociales.
Un artículo alimentario básico satisface las necesidades de toda la población y se produce casi sin ayuda humana. No hay intereses europeos protegidos por la ley que bloqueen el camino. No existe ningún otro lugar donde la administración disponga de tan amplios poderes para regular y dirigir las actividades de la gente. La superioridad de conocimientos de los legisladores es aplastante. Su control sobre los nativos se ejerce a través de casi todos los canales; aparte de las autoridades civiles -nativas y británicas- existe la labor educativa y espiritual de los misioneros que infunde calidez humana e inquietudes morales a la impasible maquinaria de estado.
Matoke









