LA CODORNIZ
La
revista más audaz,
para el lector más inteligente.
EL ÚLTIMO VIAJE
(Síntesis de un horripilante cuento de A. Binns)
Afortunadamente pensaba el conductor de autobús- aquel era el último viaje de aquella noche. Cuando volviera a Lewis desde la estación de Pacific Street, podría encerrar el coche y retirarse a descansar. Falta hacía.
Un grupo de hombres aguardaba al borde de la acera. Una vez que el autobús se hubo vaciado, aquellos subieron, lentos y silenciosos.
- Así da gusto -se dijo el conductor-. Por lo menos no vuelvo de vacío.
A esta hora de la noche hacía mucho tiempo que no recogía tantos viajeros.
La noche era tranquila y oscura. Dentro del autobús, los ocho viajeros seguían silenciosos como sombras. El noveno se había sentado junto a Butler, el conductor, iba también callado, escudriñando la oscuridad.
- Cualquiera diría que vamos a un funeral -pensaba Butler-. ¡Pues vaya unos viajeros!
De repente sonó el timbre. Sin motivo aparente, el conductor se sobresaltó.
- Me apeo aquí, conductor -sonó una voz en el interior del autobús. Butler frenó rápidamente y un hombre saltó a la carretera y se perdió en la oscuridad.
- ¡Qué cosa más rara! -pensó el conductor-. No recuerdo que haya por aquí ningún camino.
El coche reanudó su marcha en medio del mayor silencio. Tres minutos más tarde sonaba el timbre de nuevo.
- Pare conductor. Quiero apearme aquí -sonó de nuevo una voz.
- ¿A donde querrá ir la gente esta noche? -se preguntaba Butler-. Aunque está todo tan oscuro, que no sé ni donde estoy.
Un coche de turismo le pidió paso. Aquello le infundió ánimos y le hizo sentirse acompañado. Volvió la cabeza y a la luz de los faros de otro coche vio a los seis pasajeros restantes. Estaban sentados, erguidos, sin más movimiento que el que les daba el traqueteo del autobús. Pero una vez que el otro coche hubo pasado, la carretera le pareció más negra y horrible que antes.
No había pasado ni un minuto, cuando de nuevo se oyó el timbre
- Voy a apearme conductor.
Era la misma voz sorda y monótona.
Cuando el viajero se apeó, Butler asomó la cabeza por la ventanilla. Quizá hubiera un camino a través del bosque. Pero él no llegaba a distinguir nada.
- Algo deben estar tramando estos tíos -pensaba el conductor-. Pero si quieren robarme, ¿por qué se apean del autobús? Como siga esto así un rato...
- ¡Chofer! me apeo aquí...
Esta vez Butler miró a la carretera.
Estaba seguro de que allí no había camino. Lo que hizo fue lanzar una mirada de reojo al hombre que iba sentado a su lado.
- ¿Por qué no dirá ni una palabra el tío?
Pero el otro seguía inmóvil, contemplando el camino y sin volver la cabeza.
Sonó un nuevo timbrazo.
- Quiero apearme aquí, conductor -se dijo a sí mismo Butler con tono burlón. Pero al oír repetir las mismas palabras por el viajero, sintió que se le ponía la carne de gallina. El quinto hombre se apeó. Sin darse cuenta de lo que hacía, Butler iba aumentando la velocidad del coche, que iba saltando sobre los baches.
- Qué cosa más rara -se decía-. Cuanto menos somos, más miedo tengo. Con los nervios en tensión esperaba el timbrazo. Al sonar por fin este, casi saltó del asiento.
- Quiero apearme aquí conductor. Y el sexto hombre desapareció en el bosque, donde no se veía camino ni albergue. Los dos hombres que permanecían en los asientos traseros iban silenciosos como sombras. Y el que iba en el asiento delantero no se había movido ni había vuelto la cabeza tan siquiera.
- Si al menos encontrara algún coche... -pensaba Butler en el momento que el timbre sonaba por séptima vez.
Otro hombre se perdió en la oscuridad.
- Vaya, ya no quedan más que dos.
Si intentan algo aún podré con ellos.
Sus nervios presentían el nuevo timbrazo.
- Quiero apearme aquí conductor.
Las palabras habían sido sido pronunciadas en el mismo tono que las anteriores. Pero algo había en ellas que le hicieron estremecer.
- Buenas noches -dijo el hombre al apearse.
- ¿Como? -saltó Butler. Aquella despedida le había aterrado. Pero ¿por qué? Era corriente que lo dijeran los viajeros. pero aquella vez el saludo parecía envolver un extraño presagio. Quedaba tan solo el hombre del asiento delantero. ¿Quién podía ser?
Como respondiendo a su muda pregunta, el viajero volvió el rostro hacia el conductor. Tenía una desusada palidez y sus ojos brillaban con verdosa fosforescencia. El hombre se cruzó de brazos y habló por primera vez.
- ¿Está muy lejos el cementerio de Woodland, señor Butler.
- Unas cinco millas -respondió el conductor-. Puesto que usted me conoce, podría presentarse también.
- Mi nombre es Muerte -dijo el otro con una carcajada siniestra-. ¿No ve mi tarjeta de visita? A la débil luz del tablero de mandos, Butler vio brillar el cañón de una pistola. Bien -respondió el conductor haciendo acopio de sangre fría- ¿Por eso va al cementerio de Woodland? - Por eso vamos al cementerio -corrigió el viajero.
- ¿Qué locura es esta? -preguntó Butler confuso-. ¿Qué le he hecho yo?
- ¿No recuerda nada? -los ojos del viajero brillaban como los de un gato-. ¡Ojalá yo lo hubiera olvidado también! ¿No se acuerda de que en 1943 atropelló un coche donde iba una mujer?
- Sí -balbució el conductor-. El coche volcó y su ocupante quedó muerta. Pero yo no tuve la culpa...Y usted ¿qué tiene que ver con ello?
- ¿Que si tengo que ver? -de nuevo rió aquel extraño tipo.- Ella lo era todo para mí. Estaba en Francia cuando me cogió la explosión de una bomba. Pero yo no quería morir. Cuando me disponía a volver a casa, me enteré que usted la había matado. Así nos mató a los dos. He esperado la oportunidad y esta noche he venido a buscarla.
El recuerdo se presentó ante los ojos de Butler, tan vívido como si fuera real. Y aquel ser, fantasma o loco, le hacía recordarlo hasta el menor detalle.
- ¿A qué distancia está el cementerio?
- A una milla -castañearon los dientes de Butler.
El autobús subía la cuesta dando tumbos. Pronto la coronaría y quedaría a la vista el camposanto.
- ¿Cuánto falta ahora?
- Un cuarto de milla.
Ya se veía la verja de hierro y las piedras de las sepulturas, erguidas como fantasmas. En la vuelta de la carretera, la puerta de entrada se reflejaba contra el cielo. Si consiguiera tomar la curva -pensaba el aterrado Butler- pronto estaría a la vista del pueblo. Pero la arcada oscura de la puerta parecía atraerle como un imán.
- ¡Ya estamos! -gritó el viajero levantándose del asiento.
El volante giró entre las manos del conductor y el pesado autobús derrapó violentamente. Empezó a deslizarse en dirección a la verja del cementerio, tras la cual las lápidas parecían aguardarles como blancos fantasmas.
Uno de los guardacantones de la puerta pareció ponerse delante del coche. Y en el momento de partirse con imponente crujido, sonó una terrible carcajada. ¿Era el viajero loco o los muertos que allí dentro estaban aguardando?
FIN
Make It Last



