Es el relato de una más de las innumerables hazañas de
nuestros heroicos TERCIOS DE FLANDES, narrada de maravilla por un Subteniente
al estilo "Pérez Reverte".
LA NOCHE DE GOES
Han pasado algo más de 444 años de
aquello.
El pasado mes de octubre se cumplió otra efemérides
olvidada por los ingratos españoles, una más que entre tantas que, de haber
sido protagonizada por otro país, sin duda conoceríamos todos por multitud de
libros, películas, cómics, etc., de la misma forma que conocemos al Rey Arturo (ficticio), a Rob Roy (ficticio) o al General Custer (que no pasó de Teniente
Coronel y muy medianito).
Corría
el año de Nuestro Señor de 1572 y
las Provincias Unidas (Holanda y
Bélgica) o, como preferíamos denominarles aquí: FLANDES, se encontraban en plena rebelión contra una España que, como de costumbre, peleaba
ella sola contra medio Mundo.
Desde agosto la Flota rebelde holandesa, los llamados “mendigos
del mar”, dirigidos por Peterson
Worst, bloqueaban en la costa de Zelanda
la desembocadura del Escalda; y al
final de la ría, en el norte de la cercana isla de Zuid-Bevaland, en la Villa
de Goes, una Compañía de 150
españoles más 25 Soldados valones, dirigidos por el Capitán Don Isidro Pacheco, resistían como podían, esperando un
providencial socorro del Duque de Alba,
el cerco por tierra de 4.500 calvinistas
flamencos y franceses mandados por Jeromé
Tseraart, 1.000 luteranos
alemanes y 1.500 anglicanos ingleses
y escoceses al mando de Humphrey Gilbert
y Thomas Morgan.
Este Ejército de
7.000 protestantes había sido enviado allí por el estatúder holandés Guillermo de Orange para acabar con los
175 Soldados del Capitán Pacheco que llevaban ya 2 meses
aguantando asaltos, cañonazos y falta de víveres para defender una Plaza
insignificante que ya había sido dada por perdida por el Duque de Alba. Al Capitán
Pacheco no le llegó ninguna orden de abandonar la Villa y, en consecuencia,
allí seguía. Aferrado a aquella maldita isla con uñas y dientes y esa
determinación suicida que ponemos los españoles en las causas perdidas.
El Duque, sin embargo, había dado instrucciones al Maestre de Campo Sancho Dávila, apodado
en aquellos tiempos: “El rayo de la
guerra”. Este, viéndose falto de embarcaciones adecuadas y el paso cortado
por los “mendigos del mar”, poco podían hacer. Parecía que la Guarnición
de Goes, al no haber recibido orden
en contrario, defendería la ciudad hasta las últimas consecuencias, que no
podían ser otras que la toma de la Plaza y la matanza de los supervivientes,
pasados a cuchillo. (Los holandeses, aunque no se diga por ser políticamente
incorrecto, no solían hacer prisioneros más que a personas de calidad, a fin de
pedir rescate).
Maestre de Campo Sancho Dávila
Los sitiados, por supuesto, no eran hombres apocados que se dejasen
amedrentar. Ya habían hecho una salida y desmantelado una trinchera francesa, haciéndoles una docena de muertos y
clavando dos cañones. En otra ocasión, y ante la falta de provisiones, 20
españoles salieron en una encamisada, robando varios barriles de carne salada
en una trinchera flamenca, degollando a
los centinelas y haciéndoles 7 prisioneros, que luego colgaron
cumplidamente de las murallas.
Pero no podían aguantar mucho más. Dado que el rescate
por mar era imposible para la Flota española, que no conocían los canales,
bajíos e islas donde mandaba la Flota holandesa, la minúscula Guarnición
española parecía sentenciada.
Entonces se presentó el Capitán D. Cristóbal de Mondragón (más tarde Maestre de Campo) con
una idea genial y disparatada, de esas que a lo largo de nuestra historia han
puesto el asombro en los ojos de nuestros enemigos y blasfemias en la boca de
nuestros Soldados, encargados de realizarlas (como cruzar el lago Ilmen en pleno invierno para
socorrer a los alemanes cercados por
los soviéticos durante el cerco a Leningrado).
Al parecer, -según
unos pescadores- existía un vado. Un paso de tres leguas y media. Unos 17
kilómetros en que la marea baja dejaba –durante
unas horas- una lengua de arena con el agua por el pecho. Si se tenían las
suficientes agallas, era todo lo que necesitaban, obviando que tenían que cruzar
de noche, entre dos mareas, con el riesgo cierto que si se retrasaban, se
perdían o calculaban mal el tiempo, los cogería la marea creciente y se
ahogarían todos. Pero con semejantes disquisiciones no se hubiera conquistado México, ni Perú, ni Filipinas, ni
hubiéremos batido al turco en Lepanto
o hubiésemos descubierto el Nuevo Mundo
ni el Pacífico. Así, el Maestre de Campo Dávila puso 2.500
piqueros y arcabuceros españoles más una Fuerza de 500 valones y alemanes bajo su Mando, y, con sus bendiciones, lo
mandó a liberar Goes.
Era el Capitán
Mondragón un curtido veterano de unos 58 años, que había luchado en todas
las Campañas de Carlos V; Italia, Túnez y Alemania, donde a las puertas de Mühlberg, cruzó el Elba con
8 compañeros, espada en la boca, con el sano propósito de acuchillar herejes,
lo que le valió ser ascendido por el mismo Emperador
a Alférez allí, en el Campo de
batalla, cubierto de sangre y chorreando agua, mientras el César lo proclamaba
a grandes voces: “El mejor Soldado del
mejor Tercio de su Ejército”.
Tras una agotadora marcha, formaron en la playa ante el
brazo oriental del Escalda, junto al
monolito de Ostendreche, al
anochecer y ante la vasta negrura del mar, con el sordo rugido de las olas
rompiendo contra los diques en la distancia.
Mondragón
les arengó brevemente, comenzando con un “amigos míos”, halago que al Soldado
español siempre le ha sonado a escabechina segura. Les habló de la Guarnición
española que, al otro lado de las aguas resistía el cerco de 7.000 herejes haciendo honor a sus
banderas, y que ellos se encontraban allí haciendo honor a aquellos valientes.
Luego se centró en 3 cosas, a saber:
que él iría delante en todo momento para
dar ejemplo, que había que cruzar rápido y en silencio. No se podría parar en ningún
momento o vacilar o se ahogarían todos y, por último, que cuando llegaran no
dejarían un hereje vivo.
Después solicitó al Sacerdote
que les acompañaba su bendición y la absolución, ya que iban a morir por la
verdadera Fe.
Capitán
D. Cristóbal Mondragón Piquero español
Hecho
esto, se quitó las botas y entró el primero en las gélidas aguas. Los Soldados
se santiguaron y sin rechistar (es de imaginar murmullos con juramentos y algún
“redios”) se descalzaron, colgaron sus zapatos del cuello, y formaron filas de
a cuatro, muy apretados unos con otros para resistir la corriente, se metieron
en la ría helada.
Podemos imaginar la
escena: Ya de noche, con las aguas
rápidamente bajando hacia el mar, 3.000 hombres
en el agua, en apretadas filas unos contra otros, para soportar la fuerza
de las aguas y darse un poco de calor; descalzos, llevando en alto picas,
arcabuces, las mechas y el saquito con las balas y la pólvora, maldiciendo por
todo, agarrándose unos a otros, luchando contra la corriente, mojados con el
agua al pecho (a unos 10 grados) y
algunos hasta la barbilla, con los pies heridos por piedras y conchas,
sintiendo subir la marea poco a poco. Y
así 17 kilómetros.
Las continuas Campañas y marchas agotadoras, como ir de Italia a Flandes a través del “CAMINO
ESPAÑOL”, atravesando el corazón de Europa,
habían forjado en ellos un alma de acero, duro como el de sus espadas
toledanas, para aguantar semejante prueba; en la negrura de la noche, en medio
de un brazo de mar, helados y rodeados de enemigos. Pero tales fueron el orden
y la sangre fría, que la Inmaculada,
que vela por los Infantes españoles,
les protegió de tal forma que llegaron
felizmente a su destino, ahogándose tan sólo 9 Soldados.
El
Camino Español
Con
las primeras y grises luces del amanecer alcanzaron la isla de Zuid-Bevaland cerca de Yerseque, a 20 kilómetros de Goes, hacia donde, una vez calzados y
el armamento prevenido, prosiguieron.
Ya a la vista el Campamento
holandés, desplegaron en silencio, degollar a los centinelas y a una voz, iniciar el ataque, fue cosa de
minutos.
En
rojo: Posición del Tercio
de Sancho Dávila, en amarillo la
ruta aproximada. Debajo, la mancha azul
celeste tapa el terreno que hace que la antigua isla de Zuid-Bevaland sea ahora una península.
Volvamos
a hacer uso de la imaginación y contemplemos, con los ojos de los ingleses, holandeses y demás chusma protestante el aluvión de
aquellos 3.000 dementes barbudos,
empapados, con ojos de locos, de ganas de matar a quien sea, gritando ¡Santiago!, ¡España! y deseando
quitarse el frío de encima acuchillando herejes a mansalva…
Si conseguimos comprender el estado de ánimo
(agotamiento, cabreo, odio) con el que aquellos hombres llegaron a la orilla
tras la terrible travesía, seremos capaces de entender la ola de furia
vengativa que se abatió sobre los protestantes a la incierta luz del triste
amanecer de aquellas latitudes.
Al
ver surgir de entre la bruma a los españoles, no hubo en el Campamento enemigo más reacción que la
de: ¡sálvese
quien pueda!. Los 7.000
sitiadores salieron corriendo, a medio verter o en paños menores, sin armas
ni ganas de buscarlas, en todas direcciones buscando desesperadamente un barco
para su salvación, pero claro, por mucho que corrieran, ni había barco para
todos ni llegaron todos a tiempo.
Para más INRI, el Capitán Pacheco, avisado por los centinelas de las murallas, alertó
a la Guarnición temiendo, en principio, un asalto a la ciudad. Al comprobar que
se trataba de sus compatriotas, hizo una salida con parte de su gente,
dispuesto a cobrarse con largueza los meses de sufrimientos y privaciones.
Aquello
fue de espanto. Imposible buscar cifras exactas.
Si
nos atenemos a la narración del Cardenal
Bentivoglio, dice que: “mataron
muchos, hasta cubrir los campos”. Cesáreo
Fdez. Duro, en su obra “La Armada
española desde la unión de los Reinos de Castilla y Aragón”, da la cifra de
2.000. Siendo más realistas –y quizá
tirando por lo bajo por el que dirán- daremos por buena la cifra aproximada de 800 acuchillados (no hubo heridos ni
tampoco prisioneros) que Juan Jiménez
Martín da en su magnífico libro: “Tercios
de Flandes”.
Aun
así, habría que añadir los
protestantes ahogados al intentar huir hacia sus barcos (próximos a la costa,
pero no atracados en ella) y los heridos de toda condición que pudieron escapar
de la furia española pero no a la
gravedad de sus heridas, muriendo posteriormente. Con estas apreciaciones, y
siempre tirando corto para huir de triunfalismos –que a España y a los españoles siempre se les ha negado- podemos
concluir que las pérdidas de la Liga protestante fueron de unos mil hombres, además de toda la Artillería de sitio, las
armas, municiones, tiendas y demás material que quedó todo en el campo.
De
la hazaña se hace eco Bernardino de Mendoza en sus “Comentarios”:
“Entre
otras hazañas memorables y dignas de eterna memoria, se verán aquí aquellas
nunca assaz loadas (bastante
alabadas): que esta Nación, con Escuadrón formado del modo que se pudo,
vadeó el mar Océano desde tierra firma a las islas de Zeelanda, de noche y con frío, por distancia de dos leguas, con
agua a los pechos, a la garganta y a ratos más arriba, por donde algunos se
anegaron en ella; y llegados de la otra parte, hambrientos, desnudos, mojados,
tiritando de frío, cansados y pocos, cerraron con los enemigos, que eran muchos
más en número y estaban hartos, armados y descansados y atrincherados, y los
hicieron huir a espaldas vueltas.
Plano
de la isla de Zuid-Bevaland, con el paso de los españoles y el ataque a Goes.
El itinerario está equivocado, así como las zonas de aluvión. El autor pinta el
paso de los hombres de Mondragón justo delante del Tercio de Dávila, pero se
encontraba más al norte. (Plano francés de Petro le Poivre, 1622).
D. Pedro Calderón de la Barca, Soldado de la
Infantería española, escribía años
después sobre la actuación de estos Soldados:
Estos son españoles: ahora puedo
hablar encareciendo a estos Soldados,
y sin temor, pues sufren a pié quedo
con buen semblante, bien o mal pagados.
Nunca la sombra vil vieron del miedo,
y aunque soberbios son, son reportados.
Todo lo sufren en cualquier asalto;
sólo no sufren que les hablen alto.
Han
transcurrido más de 4 siglos; ha desaparecido
el Imperio Español, pero podemos
asegurar que no hay holandés de
aquellos parajes que no sepa que, en
1572 un Capitán español cincuentón, atravesó con sus hombres en la negrura de la noche 3 leguas de Océano,
con fuertes corrientes, impedimenta a cuestas, para socorrer a sus
compatriotas.
Ellos, al contrario
que nosotros, si conocen su historia.
Subteniente Luis Hurdisan Guillen
Francisco Javier de la Uz Jiménez
