LA CODORNIZ
La
revista más audaz,
para el lector más inteligente.
POBREZA OBLIGA
TODOS los domingos y fiestas de guardar espolvoreaba ya su mano tendida con un buen pellizco de calderilla. Y lo mismo que las cajas registradoras lanzan un timbrazo al recibir una cantidad, él me soltaba un <<Dios se lo pague>> al embolsarse las monedas. Era un pobre que gozaba de gran prestigio en todas las esquinas, pues pertenecía a una de las mejores familias de la pobreza madrileña. Tanto su abuelo como su padre habían frecuentado los bolsillos de la buena sociedad madrileña, y él mantuvo con orgullo estas brillantes relaciones que heredó de sus mayores. A diario, sobre la misma losa de la misma acera abría su mano al público de diez a dos por las mañanas y de cuatro a siete por las tardes. Y no hacía semana inglesa, porque él era español hasta los tuétanos y odiaba esas costumbres de importación. Solo un par de veces se vio obligado a cerrar su mano por enfermedad, pero dejó a una sobrina en su puesto para atender a la clientela.
--- ¿Qué demonios le pasa a don Manuel? -preguntaban solícitas las almas caritativas, echando con fuerza una perra chica en su platillo para que sonara a perra gorda.
--- Que salió ayer a pedir con harapos de entretiempo, y ha cogido un estado comatoso -repetía el sobrino como un <<Bolero>> de Ravel.
--- Es natural: con este frío debe ponerse harapos de franela. Dígale de mi parte que Dios le ampare. Y que coma mendrugos para ponerse fuerte. Muchos mendrugos.
--- Los que usted mande, señora -decía el pequeñajo con respeto.
--- Yo le mandaré algunos -prometía la señora captando la indirecta. En el barrio apreciaban mucho a don Manuel por la dulzura de su carácter y la corrección de sus modales. Sabía agradecer las limosnas con una sonrisa tan angelical, que el donante tenía la certeza de haber pagado un plazo de su billete para el cielo. Me extrañó por eso, no verle aquella tarde en su puesto de costumbre. Y como corrió el mes de diciembre -o, mejor dicho, soplaba, porque el viento era un carámbano-, supuse que había muerto. Y a se sabe que los pobres son más vulnerables en los meses con <<erre>>, por ser los más frescos del calendario. Pero al doblar la primera bocacalle me encontré a don Manuel sentado en un banco tomando el sol invernal, un sol sin fuerza aguado por las nubes.
--- ¿Cómo? -le reprendí-. ¿Se ha retirado del oficio? Aun está usted fuerte para pedir unos añitos más.
--- Yo estoy fuerte para pedir, pero la gente está debil para dar -me respondió mientras partía un mendrugo, utilizando las rodillas como cascanueces-. Las almas bienhechoras se van recubriendo de una cáscara de egoísmo, y son cada día más duras de pelar. Y a veces, cuando se las pela, no se encuentra nada dentro. La técnica mendicante ha evolucionado también. El mendigo de hoy no es exótico, sino dinámico. El sistema antiguo, que yo he practicado siempre, consistía en situarse en un punto concreto y esperar la llegada de los óbolos. Como espera el cazador la banda de perdices. Método más digno y menos fatigoso. No era el pobre quien pedía, sino el transeúnte quien daba de <<motu propio>>. Ayudábamos un poco al <<muto>>, eso sí, excitando la compasión del público con miradas lánguidas y canciones alusivas.
Pero sin coaccionarles jamás con peticiones directas. <<Quién se apiadará de este desgraciado?>>, dejaba caer el pedigüeño cuando pasaba un señor, haciéndose el tonto y mirando de reojo. <<¿Quién será el criminal que deje morir de hambre a este infeliz por no soltar una mísera perra?>>, añadía más fuerte, si advertía en el reojo que el señor simulaba no haber oído para ahorrarse la limosna. Estos anzuelos discretísimos bastaron siempre para que picaran los señores más reacios. Y guardábamos el obolito sin rubor, porque no es humillante aceptar un obsequio que no se ha solicitado. <<Dios se lo pagará>> era la fórmula habitual para expresar nuestra gratitud. Y la decíamos con gran aplomo, como agentes auténticos de una Compañía Aseguradora Divina que cobraran las pólizas de un seguro de muerte.. Jamás nos salimos de nuestro de nuestro puesto, ni dimos un paso para convencer al samaritano indeciso. Y el vecindario nos respetaba. Y las señoras se detenían a preguntarnos si nos gustaba la sopa de fideos, porque en su casa había sobrado un culín. Y si decíamos que sí, nos mandaban al chofer con el culín de sopa en una taza.
--- La señora me ha encargado que le pregunte si le gustan los cangrejos -nos decía el chofer mientras esperaba que le devolviéramos la taza después de tomarnos su contenido.
--- Depende de los cangrejos que sean -explicábamos, pues nuestro paladar, habituado a las sobras de las mejores cocinas, tenía también sus exquisiteces-. Los cangrejos de río me encantan. Pero los de mar no puedo probarlos, porque me dan urticaria.
Se iba el chofer con el informe. Y al cabo de un rato, si los cangrejos sobrantes de la señora eran de río, volvía con dos o tres ejemplares colocados primorosamente en una fuentecilla de plata. --- Dice la señora que, a cambio de los cangrejos, rece usted un poco por ella. --- ¡No faltaba más!: rezaré un Credo por cada cangrejo, y un Avemaría por la ensalada que los adorna. ¡Aquello era pobreza amigo mío!
Don Manuel hizo una pausa dramática con el fin de fumar un cigarrillo, para lo cual me pidió tres limosnas consecutivas: tabaco, papel para liarlo y cerilla para encenderlo. Y concluyó:
--- El mendigo de hoy, en cambio, ha tenido que pasar de la orgullosa pasividad ancestral a una actividad desenfrenada. Hoy se pide limosna en marcha, corriendo detrás del transeúnte como el galgo tras la liebre. Hay que pedir con descaro, poniéndose en jarras ante los paseantes y espetándoles con dureza: <<Deme una limosna, que estoy sin trabajo>>. La petición tiene así un carácter de exigencia social y un áspero matiz revolucionario. Pero no hay más remedio que adoptar este método si se quiere obtener algo. Es necesario colgarse materialmente de los faldones de las levitas, derrochando laringe en historias conmovedoras. Hay que subirse al parachoques de los autos para no
MORENITA