No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
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21/7/24

EL PRINCIPITO V

 




 

 EL PRINCIPITO 

"Un ser extraño, un ser excepcional y precioso, un Príncipe, un Príncipe bondadoso y distraído perdido entre nosotros"


V

  Cada día me enteraba de algo nuevo sobre el planeta, sobre la salida, sobre el viaje. Iba surgiendo poco a poco, al azar de las reflexiones. Fue así como, al tercer día, conocí el drama de los baobabs.
    También esta vez fue gracias al cordero, pues El Principito bruscamente me preguntó, como asaltado por una grave duda:
    ---Los corderos comen arbustos, ¿no es verdad?
    ---Sí, es verdad.
    ---¡Ah!, ¡qué contento estoy!                                                                       No entendí por qué era tan importante que los corderos comieran arbustos. Pero El Principito añadió:
    ---Por lo tanto, ¿también comerán baobabs?                                       Hice notar al Principito que los baobabs no son arbustos sino árboles grandes como Iglesias y que,
Baobabs
aunque llevara consigo todo un rebaño de elefantes, est rebaño no podría con un solo baobab.                                                                    La idea del rebaño de elefantes hizo reír al Principito:
       ---Habría que ponerlos unos encima de otros...                               Pero advirtió con acierto:
      ---Antes de crecer, los baobabs empiezan siendo pequeños.
      ---¡Exacto! Pero, ¿por qué quieres que los corderos coman los baobabs pequeños?
    Me contestó: <<¡Pero bueno!>> como si se tratara de algo evidente. Y necesité un gran esfuerzo de inteligencia para comprender por mi mismo este problema.
    Y, en efecto, en el planeta del Principito, como en todos los planetas, había hierbas buenas y hierbas malas. Y por lo tanto, semillas buenas de hierbas buenas y semillas malas de hierbas malas. Pero las semillas son invisibles. Duermen en el secreto de la tierra, hasta que a una de ellas se le antoja despertarse. Entonces se estira, y tímidamente al principio, crece hacia el sol una encantadora ramita inofensiva. Si se trata de una ramita de rábano o de rosal, s la puede dejar crecer como quiera. Pero si se trata de una planta mala, hay que arrancar la planta en cuanto se la pueda reconocer. Ahora bien, había semillas terribles en el planeta del Principito... Eran las semillas del baobab. El suelo del planeta estaba infectado de ellas. Y si un baobab no se coge a tiempo, ya no es posible librarse de él jamás 
 (A la luz de las obras de Saint-Exupéry, la semilla del baobab adquiere  un valor simbólico: puede ser la propia semilla del mal que se introduce insidiosamente en la vida de cualquiera, todo lo que puede desviar a uno del camino o de la meta que se haya fijado. Por ejemplo, el error que comete el mecánico de una base de aviación y que puede costar la vida al aviador o perturbar la correcta llegada del correo. Rivière, el protagonista  de Vuelo nocturno, lo sabe y adopta una postura intransigente: <<Si no se arranca el mal cuando se le encuentra, en cualquier sitio que esté, hay averías de luz...>>)
    Obstruye todo el planeta. Lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs demasiado grandes, lo hacen estallar.
   ---Es cuestión de disciplina (Toda su vida profesó Saint-Exupéry esta regla de conducta. Cuando se forma parte de una comunidad, de un grupo, la disciplina es necesaria para que reine el orden. Para él es la primera ley de la acción. Sería lo primero que le enseñaron cuando entró en 1925 como piloto de línea. Responsable del correo, ninguna otra cosa debía importarle. Primero el correo, luego él.
-me decía más tarde El Principito-. Cuando uno termina de asearse por la mañana, tiene que asear cuidadosamente el planeta. Tiene que someterse a arrancar con regularidad los baobabs en cuanto se les distingue de los rosales, a los que se parecen mucho de pequeños. Es un trabajo muy fastidioso pero muy fácil.                                            Y un día me aconsejó que me esmerara en realizar un bonito dibujo, para metérselo bien a los niños de mi tierra.
    ---Si un día viajan -me decía-, podrá serles útil. A veces no hay inconveniente en aplazar el trabajo. Pero cuando se trata de los baobabs, siempre es una catástrofe. Conocí un planeta, habitado por un perezoso. Había descuidado tres arbustos...
    Y, siguiendo las indicaciones del Principito, dibujé aquel planeta. No me gusta mucho    adoptar el tono de un moralista. Pero el peligro de los 
baobabs es tan poco conocido y los riesgos corridos por el que se extraviara en un asteroide son tan considerables, que, por una vez salgo de mi reserva. Digo: <<
¡Niños, cuidado con los baobabs!>> Para advertir a mis amigos de un peligro que estaban rozando desde hace mucho tiempo, como yo mismo sin conocerlo, trabajé tanto aquel dibujo. La lección que daba bien valía la pena. Quizás os estaréis preguntando: <<¿Por qué no hay en este libro otros dibujos tan grandiosos - Sin duda Saint-Exupéry estaba convencido de que sus baobabs eran grandiosos. Empezó dibujando un sólo baobab que encerraba completamente el planeta. Después de haber trabajado en él bastante tiempo, se lo enseñó a su amigo Bernard Lamotte, pintor profesional, quien le dijo que hacía falta retocarlo. A lo que Saint-Exupéry contestó: <<De eso nada, muchacho. Este dibujo es un milagro. Si se tratara de un texto, consentiría en modificarlo. Porque soy escritor y ese es mi oficio. Pero no podría hacer un dibujo mejor que éste. Es un milagro>>. Como este dibujo no aparece en El Principito -aquí los baobabs son tres-, optaría por hacer uno nuevo.- como el dibujo de los baobabs?>>
La respuesta es bien sencilla: lo he intentado, sin conseguirlo. Cuando dibujé los baobabs, me animaba un sentimiento de urgencia.
Y si un baobab no se coge a tiempo,

ya no es posible librarse de él jamás.









ASI ES LA VIDA

María Becerra & Enrique Iglesias