Nunca tan pocos mataron a tantos en tan
poco tiempo
Cuando, a finales de 1.917, los bolcheviques
se hicieron con el poder en Rusia todo
el progresismo mundial se felicitó por aquella venturosa revolución de los
desheredados de la Tierra. Creían que con Lenin comenzaba una era dichosa de igualdad,
fraternidad y emancipación para toda la especie.
La realidad, sin embargo, no tardó en
imponerse. Tan pronto como Lenin y los suyos llegaron al Kremlin dio comienzo uno de los
experimentos más sangrientos de la Historia de la Humanidad. El Partido, así, con mayúsculas, que se
había impuesto a sangre y fuego en las calles de San Petersburgo, desató una feroz represión a la que nadie en el
viejo imperio de los Zares pudo sustraerse.
El crimen comunista empezó en su misma
concepción. Lenin
no dudó en aplastar con violencia ejemplarizante a todo el que se oponía a sus
designios. De aquellos primeros años proviene, por ejemplo, la Cheka y su cortejo de brutalidades y
desafueros.
Cuando Stalin ascendió a la máxima
magistratura de la república de los soviets todo estaba dispuesto para que sobre Rusia y sus países vecinos se abatiese
la mayor y más duradera tiranía que la historia ha conocido.
De Stalin y sus numerosos crímenes se sabe mucho,
en gran parte porque fueron sus sucesores los primeros en denunciar los excesos
de su espantoso régimen. Stalin, un revolucionario profesional
georgiano que había crecido a la sombra de Lenin,
fue el padre de las principales instituciones de los regímenes comunistas que
vendrían después. A él le debieron los planes quinquenales, los campos de
concentración para los presos políticos y las amplias y periódicas purgas
internas dentro del Partido.
Proyectos faraónicos
El primero de los planes quinquenales,
que fue de 1.928 a 1.933, se llevó por delante a cinco millones de personas.
Para que el plan se llevase a cabo el líder exigió la colectivización de toda
la agricultura del país. Eso implicaba la expropiación forzosa de varios
millones de pequeños granjeros, que el régimen sacrificó sin inmutarse. A estos
granjeros Stalin
los denominó kulaks, que en ruso
significa “puño”. El que no pereció durante la colectivización fue deportado a
grandes complejos carcelarios levantados más allá de los Urales. El sistema, gestionado por una oficina moscovita llamada gulag, llegó a contar con medio millar de campos por
los que pasaron más de 14 millones de condenados durante sus tres décadas
largas de vida.
Kulaks, eran los
agricultores y campesinos propios de la URSS que poseían propiedades y
contrataban a trabajadores. Posteriormente el término fue utilizado para todos
los deportados, condenados y opositores a las colectivizaciones.
El sistema de campos estalinista se
entendía a la perfección con otra de las pasiones del tirano: los proyectos
faraónicos. En tiempos de Stalin se excavaron canales imposibles, se
construyeron vías férreas a ninguna parte y se explotaron minas y canteras en
lugares prácticamente inaccesibles. Todo se hacía con mano de obra esclava, en
su mayor parte proveniente de los gulags.
Prisioneros trabajando en la
construcción del Canal Mar Blanco – Báltico, 1.931–33.
La
muerte de Stalin
y la posterior desestalinización no hizo que el genocidio comunista
retrocediese ni un palmo, muy al contrario, aumentó y se extendió por el mundo
como una plaga. Durante la posguerra el experimento soviético se traspasó a un
puñado de países europeos ocupados por el Ejército Rojo. Poco después China, el país más populoso del mundo,
se integró en el bloque socialista. Más tarde llegarían Cuba, las naciones de Indochina
y varias Repúblicas africanas
recién independizadas.
El gran salto adelante
En todos los casos se reprodujo el
mismo esquema adaptado a la historia y las tradiciones locales. Pero donde más
fuerte arraigó el comunismo fue en China.
Allí, gracias a la perseverancia y la voluntad de poder de Mao Zedong, un guerrillero
marxista que se había hecho con el poder en 1950, se consumaron los grandes
crímenes comunistas del siglo. En China
se padeció la mayor hambruna de la historia, provocada por la ineptitud de los
planificadores maoístas, que quisieron convertir el país en una potencia
industrial en unos pocos años. Aquella delirante campaña, bautizada como “el
gran salto adelante”, costó la vida a 40 millones de personas.
Un poco más al sur, Pol Pot,
otro fanático que se veía como el sucesor de Mao,
se adueñó de Camboya y la
metió en el que quizá sea el Gobierno más tiránico que jamás haya existido.
Vació las ciudades y dedicó a toda la población al cultivo de arroz. Hizo
desaparecer el resto de oficios y prohibió la religión, la música, la filosofía
y el deporte.
El régimen de terror de Pol Pot y sus jemeres rojos se saldó con tres millones de
muertos, una cifra modesta si la comparamos con las víctimas del “gran salto
adelante”, pero inmensa si tenemos en cuenta que Camboya tenía por entonces nueve millones de habitantes.
Al caer el Muro de Berlín y disolverse la Unión
Soviética a principios de los años 90 empezaron a hacerse cuentas de la
barbarie. Los especialistas calcularon que el experimento comunista había
enterrado unos 100 millones de cadáveres en todo el mundo en sólo 70 años de
historia.
Así torturaban y asesinaban los
comunistas a las mujeres en los campos de concentración
Supervivientes cuentan su tragedia
Tenían prohibido ir al baño, trabajaban durante 18 horas
o les obligaban a correr cargando piedras enormes, entre otras muchas
atrocidades.
En
esta localidad de Lovech fueron asesinados cientos de presos. Bulgaria
Radoslav Yordanov.-
Hace algo más de un año se cumplieron los primeros 100
años de la conmemoración del Día
Internacional de la Mujer fecha en la que millones de personas demandan la
igualdad y elogian la figura de las mujeres en la sociedad.
En los países comunistas durante la segunda mitad del siglo
pasado, la propaganda del régimen destacaba en este día el importante papel que
había desempeñado la mujer en la construcción de la sociedad socialista, y su supuesta liberación de las "ataduras
del hombre y la propiedad privada de las sociedades burguesas".
Sin embargo, fue precisamente en los países del bloque
comunista, donde las mujeres perdieron todos sus derechos y
libertades. En la Bulgaria comunista, por ejemplo, miles de mujeres
fueron enviadas a campos de concentración por razones como estas: “quiere divorciarse de su marido",
"se viste de forma provocativa y moderna", "escucha música imperialista" o "espera en
los puertos marineros estadounidenses para escapar con ellos", etc.
Las inhumanas condiciones de la cárcel
de Lovech
Hace 70 años los comunistas llegaron al poder en el país
balcánico de forma violenta, y en unos pocos meses asesinaron
a miles de personas contrarias a las ideas de la izquierda. Fue también en
1.944, cuando el régimen dictatorial comunista creó los primeros campos de concentración para consolidar
su poder eliminando los "elementos
reaccionarios". Entre 1.944 y 1.962 había en Bulgaria más de 90 campos de
concentración, y en una decena de ellos también encarcelaron a mujeres.
El campo de concentración
más duro fue el de Lovech, más
conocido como "la cárcel de la muerte". NiKola Dafinov, uno de los supervivientes del aquel terror, contó
que en Lovech había más de 150
mujeres, que trabajaban en la cantera junto con los hombres. “Murieron al menos 50 mujeres, bien
porque les asesinaban por no cumplir la norma diaria, bien porque sus cuerpos
no aguantaban las cargas."
Cada día las mujeres tenían que cavar 5 metros cúbicos de tierra para que los hombres encarcelados
pudieran sacar piedras. Su comida diaria consistía en sólo 400 gramos de pan y
un poco de sopa o agua. Uno de los torturadores, Petar Gogov, reconoció durante
un juicio en 1.990 que las condiciones en la cárcel eran insoportables. "Muchos presos murieron por la
fatiga y el cansancio”. La jornada laboral era muy dura. Recuerdo que las
mujeres tenían que cavar cinco metros cúbicos de tierra y trasladarla luego a
30 metros de distancia. Era una norma imposible para cualquier mujer”.
Además, las encarceladas
tenían prohibido ir al baño
durante las noches, por lo que tuvieron que utilizar dos cubos. Las mujeres,
que sobrevivieron al terror de Lovech,
recuerdan también que los vigilantes las
obligaban a correr llevando enormes piedras o con carretillas llenas de tierra.
Cuando ya no podían aguantar, los comunistas las pegaban y torturaban.
Encarcelada y torturada por intentar
divorciarse
Una de estas mujeres fue Raina Gueorguieva que fue encarcelada en el campo de concentración de Lovech
por haber intentado divorciarse de su marido. "A los policías
comunistas
de la cárcel les encantaba levantarnos las faldas y golpearnos. Se divertían
mucho cuando nos obligaban a correr llevando piedras enormes. Muchas perdimos
la conciencia".
A pesar de que fue golpeada con crueldad en numerosas
ocasiones, el peor momento de la joven Raina
fue cuando tuvo que presenciar el brutal
asesinato de otra mujer encarcelada, que se llamaba Dina Pitzina. "Un día llegó a la cárcel una mujer que tenía
sobrepeso y que no podía cumplir con la norma diaria de cavar 5 metros cúbicos
de tierra”. Entonces, una de las vigilantes llamó a Gazdov para decirle que esta
mujer no quería trabajar.
Entonces él dijo que había "que eliminarla".
Después de recibir la orden, una de las vigilantes empezó a golpearla con una
vara, y luego metió la vara en su boca y
empujaron hasta que a la pobre mujer se le salieron los intestinos. Los
vigilantes dejaron su cuerpo desnudo en la barraca donde dormíamos hasta que al
día siguiente se le ordenó a algunos presos enterrarla.
"Nosotros decidimos si vives o
mueres"
Otra superviviente del terror comunista en Lovech, Lyliana Popova, fue encarcelada por intentar escapar a la República
Federal de Alemania. "Al llegar a este campo
de concentración, lo primero que vi fue como el policía Gazdov pegó
una paliza a una mujer llamada Yodka.
La golpeó varias veces en los pechos con una vara. La mujer no dejó de vomitar sangre durante toda la
noche".
Popova recuerda con dolor que cuando llevaba apenas unos días
en el campo intentó suicidarse al saltar de la cantera más grande. "Los
vigilantes me detuvieron. Ni siquiera me permitieron suicidarme. Me dijeron que
sólo ellos tenían derecho a decidir si
yo iba a vivir o no. A causa de este accidente, decidieron castigarme al
golpearme por todo el cuerpo."
Después de la caída del régimen en 1.989, Popova contaría al periodista Hristo Hristov un incidente que también
tuvo lugar en el campo de concentración de
Lovech, y que nunca podrá olvidar. "En
la cárcel de Lovech conocí a una
mujer, que se llamaba Radka. Era una
mujer muy bajita e inofensiva, pesaba 35 kilos como mucho. Un día intentó escapar,
pero los vigilantes la detuvieron y la
dejaron para que se la comieran los perros. De la pobre mujer no quedó
nada" recordaba Popova.
Encarcelados por robar una bicicleta
Al campo de
concentración de Lovech también
fueron enviados varios miembros de una misma familia como en el caso de los Bushevi. Ivanka y Boris Bushevi se
habían casado en 1.958, pero sólo tres años más tarde fueron enviados al campo de concentración de Lovech. La razón de su encarcelamiento
fue el hecho de que Boris Bushev había robado una bicicleta. Ivanka sobrevivió al terror
comunista de Lovech, mientras que
su marido fue asesinado.
Busheva recuerda atemorizada que una vigilante llamada Totka Nesheva
las golpeaba todos los días sin razón alguna. "Un día Nesheva me ordenó que pegara a
otra encarcelada, una mujer joven, y que
la metiera una vara en su vagina hasta asesinarla. Me negué a hacerlo, por
lo que dos vigilantes me pegaron con una correa durante horas."
No obstante, la pesadilla de Ivanka Busheva sólo acababa
de empezar. "Una segunda vez me torturaron y pegaron con crueldad porque
ayudé a Nadia Ivkova, de Sofía. La habían pegado tanto que todos
la dimos por muerta. Yo limpié sus heridas, y cuando Gazdov y Gogov se enteraron de ello, decidieron castigarme al
pegarme con una enorme correa".
El campo de concentración de Skravena
Cuando la cárcel de
Lovech fue clausurada, muchas mujeres fueron trasladas a un campo
de concentración exclusivamente para mujeres. Pocas mujeres
sobrevivieron para contar sus trágicas historias en Skravena. Historiadores y fiscales coinciden en que todavía falta
mucho por conocerse sobre las atrocidades comunistas
en los campos de concentración
y lamentan que muchos de los archivos fueran destruidos.
Francisco Javier de la Uz Jiménez




