EL LADRÓN
Don Abelardo entró en su habitación, de vuelta del teatro, y empezó a desnudarse. En el silencio de la noche solamente se escuchaba el tictac del reloj con su monotonía sincrónica. Don Abelardo acabó de desnudarse y se metió en el impoluto lecho. No había hecho más que apagar la luz cuando, de pronto, le pareció oír algo que se movía debajo de la cama. ---¿Quién anda ahí? -preguntó don Eso, sobresaltado. Una voz, que parecía salir de debajo de la cama y que, en realidad, salía de debajo de la cama, respondió: ---Soy un ladrón.
---Bueno, bueno. No diga usted tonterías y déjeme dormir -exclamó don Abelardo adoptando una postura cómoda. El ladrón tiró con fuerza de la manta y volvió a decir:
---Que le digo que soy un ladrón.
---Bueno, hombre, ¿y qué quiere usted que yo le haga? ¿Es que yo tengo la culpa de que usted sea un ladrón? No faltaría más sino que, después de estar todo el día trabajando para ganar el pan nuestro de cada día, tuviera uno que pasarse la noche de conversación con el primero que llega. Y volvió a colocarse en una postura cómoda
El ladrón volvió a tirar con más fuerza de la ropa de la cama, gritando:
---¡Que soy un ladrón, que soy un ladrón! Don Abelardo empezó a perder la paciencia.
---¿Y qué me cuenta usted a mí con eso? ¿Usted se ha creído que yo puedo perder mis noches en aclarar si es usted un ladrón o si es usted un buzo? Yo necesito reposar para que descanse mi fatigado cuerpo de los rudos trabajos del día y encontrarme al día siguiente en condiciones de madrugar para ir a mi oficina a resolver mis problemas y a recibir a mis clientes. Y si usted no tiene nada que hacer y no tiene sueño, dedíquese a leer libros o a hacer solitarios.
Y don Etcétera volvió a buscar una postura cómoda para dormirse. Pero de pronto pensó que aquello de que hubiera un ladrón debajo de la cama no debía ser una cosa normal, y encendió la luz.
---Vamos a ver: ¿por qué dice usted que es un ladrón? -preguntó al desconocido, incorporándose.
---Digo que soy un ladrón porque soy un ladrón -respondió el desconocido asomándose entre la ropa con su pistola en la mano.
--- Y si es usted un ladrón, ¿qué hace debajo de la cama? Debajo de las camas no hay nunca nada que robar.
---Sí; pero es que yo estaba aquí esperando a que usted se durmiera.
---¡Qué tontería! Nunca he visto a nadie que para esperar a que se duerma una persona espere debajo de una cama. Usted es un ser anormal.
---¿Yo un ser anormal? Pues esta es la primera casa en la que me lo dicen.
---Bueno hombre. No se ponga usted así, que no he querido molestarlo.
---No, si no me enfado. Pero yo creo que si vamos a seguir esta conversación, más vale que baje usted aquí. Don Abelardo comprendió que aquel hombre tenía razón y se metió debajo de la cama, al lado del ladrón, continuando su interrumpida conversación.
---Pues sí, señor; soy un ladrón -dijo el desconocido, entregando la pistola a don Abelardo para poder liar un cigarrillo. Después lo encendió y volvió a coger la pistola.
---Perdone usted que no dé crédito a sus palabras -dijo don Ese-. Los ladrones suelen llevar un antifaz y un pañuelo rojo en el cuello, y usted no lleva nada de eso. Usted de lo que tiene cara es de pocero.
---¿Yo pocero? Ladrón y bien ladrón que soy. Lo que pasa es que usted no ha visto en su vida ladrones.
---Efectivamente. Yo nunca he visto ladrones, pero tengo un criado que una vez vio uno, y él nos va a aclarar la situación. Y levantándose un momento, tocó el timbre que tenía en la mesilla de noche. La puerta se abrió y apareció el criado a medio vestir y con ojos de sueño.
---¿Llamaba el señor?
---Vamos a ver, Pedro: ¿tú has visto alguna vez un ladrón?
---Sí, señor; a uno.
---¿Y era como este señor?
---No, señor. Era mucho más alto.
---Está bien. Puedes retirarte. Y, volviéndose al desconocido, exclamó:
---¿Ha visto usted? Y con una sonrisa de triunfo volvió a acostarse en su cama, cayendo en un profundo sueño, mientras el ladrón abandonaba la casa, furioso y murmurando entre dientes:
---Pues ahora que le robe su tía la de Huelva.
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