DISOLUCIONES HISTÓRICAS DEL CUERPO DE ARTILLERÍA (I)
INTRODUCCIÓN
Nuestra Historia Militar Contemporánea (sobre todo
en el Siglo XIX), está tan llena de sucesos de todo tipo, que mirados a través
de un imaginario caleidoscopio nos otorgaría la visión de una serie de
episodios que hemos de asumir en toda su integridad, pues todos ellos, con sus
luces y con alguna que otra sombra, forman parte insustituible e imborrable de
ese acervo histórico-patrimonial, que nos legaron los que antes que nosotros
vistieron el honroso uniforme de nuestros ejércitos. En tal sentido, he llevado
a cabo un documentado estudio sobre las cuatro disoluciones que el Cuerpo de
Artillería ha sufrido en los dos últimos siglos. Son cuatro episodios de
nuestra historia muy pocos conocidos, y de los cuales, como dice un ilustre
artillero ”No debemos ocultarnos ni avergonzarnos, pues no hay por qué; ni tampoco
vanagloriarnos, pues no sería propio de nuestra modestia”. Quiero con
ello, rendir mi modesto homenaje de admiración y cariño a mis compañeros, que a
lo largo de los tres últimos siglos, han llevado y siguen llevando en la
actualidad, las bombas flamígeras en el cuello de sus uniformes, con el
plausible motivo de conmemorarse en este año 2014, el “250º Aniversario de la creación
del Real Colegio de Artillería” (1764-2014). A este tenor, y como he
reflejado en las preinsertas líneas, el hacer honor a sus arraigadas
tradiciones y el compañerismo existente entre todos los miembros del Cuerpo de
Artillería, llevó a la disolución de éste en cuatro ocasiones (1.823, 1.873,
1.926 y 1.929), si bien en puridad, sólo deberíamos citar tres, pues la primera
(la de 1.823) fue el resultado de la disolución de casi todo el Ejército,
decretada por el nefasto Fernando VII, incluida, claro está, la
Artillería. En este artículo trato de la
disolución de las dos primeras, dejando para uno próximo, la tercera y la
cuarta.
BREVE SEMBLANZA HISTÓRICA DEL CUERPO
DE ARTILLERÍA PREVIA A SU PRIMERA
DISOLUCIÓN Y VICISITUDES HABIDAS DURANTE EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO XIX
En
el Real Alcázar de Segovia, casa solariega de la Artillería Española desde
1.764, en que el Teniente General Don Félix de Gazola, Conde de Gazola. tuvo la
feliz iniciativa de proponer al Rey Don Carlos III la fundación de un Real
Colegio de Artillería con sede en el Alcázar de Segovia donde se educarían los
jóvenes que aspirasen al honor de convertirse en Oficiales del Cuerpo en su
Escala Facultativa. Aprobado por S.M. el
Colegio se inauguró el día 16 de Mayo
de 1764, bajo la dirección del insigne autor de la propuesta de
fundación del mismo: El Conde de Gazola. En sus aulas y sus claustros, primero
en el Alcázar , después y tras varios traslados forzosos que ahora detallaré, a
partir del Año 1853 en un principio y ya de pleno ,a partir del 1862 en el
antiguo Convento de san Francisco, se han formado una insigne nómina de
Artilleros, que formando un Cuerpo Facultativo de singular prestigio, dieron honra
a la Patria y honor y relevancia al Cuerpo.
Sin embargo,
y dados los trágicos avatares que ensombrecieron las páginas de nuestra
historia patria durante el primer tercio del Siglo XIX, recrudecidos a la
muerte del Rey Fernando VII (Septiembre de 1833) en que se inicia la primera
guerra carlista, dio lugar a que los Alumnos del Real Colegio de Artillería, en
una más que atribulada traslación, se viesen obligados a abandonar el Alcázar
de Segovia durante largos períodos de tiempo,
y cursar sus estudios en forma y manera accidentada, en distintos
escenarios y diversas localidades de nuestra geografía. Dio comienzo este éxodo
el día 1º de Diciembre de 1808. Ante la inminente llegada de una numerosa
columna enemiga el Real Colegio abandona Segovia y a las órdenes del eximio Teniente
Coronel Primer Profesor Don Mariano Gil de Bernabé inicia una marcha tristísima,
con la idea de llegar a establecerse en Madrid, pero al tener noticias de que
la capital del Reino ya se encontraba totalmente ocupada por los franceses,
varían su itinerario y desde Guadarrama se dirigen a Salamanca, soportando unas
temperaturas bajísimas, para seguir después hasta Orense y adentrarse en
Portugal a través de Oporto y Lisboa, y de nuevo en España alcanzar la plaza de
Huelva y finalmente llegar a Sevilla en la mañana del día 14 de Marzo de 1809,
alojándose en el convento sevillano de San Antonio de Padua. Efímera, sin
embargo, iba a ser la estancia del Real Colegio de Artillería en Sevilla. El 14
de Diciembre de 1809, el Colegio se fusiona con los Alumnos del Batallón de
Voluntarios de Honor de la Real Universidad de Toledo formando la Academia
Militar de Sevilla, dirigida por el
teniente coronel Gil de Bernabé. Ocupada Sevilla por los franceses el día 31 de
enero de 1810, la Academia Militar abandona dicha plaza cumpliendo la orden de
dar escolta al traslado de los caudales públicos cuyo convoy tomó la dirección
del Condado de Niebla, donde tras diversos incidentes es disuelta. Reaparece de
nuevo en la Real Isla de León, para más tarde
y en un peregrinar harto enojoso irse desplazando por distintos lugares
de la geografía patria hasta recalar en Palma de Mallorca y retornando por fin
a Segovia el día 13 de Octubre de 1814. En Marzo de 1823 se ordena la
evacuación del Alcázar de Segovia, pues se aproximan a la ciudad “los
fanáticos defensores del despotismo”. El Colegio se traslada a Badajoz
donde llegan el día 12 de Mayo de 1823, siendo disuelto al poco por una Orden de
27 de Septiembre de dicho año, y restablecido de nuevo en Alcalá de Henares el
16 de Junio de 1830. Sin embargo, y cual si un halo maléfico se cerniese sobre
los Alumnos del Real Colegio de Artillería, no sería este su último traslado,
toda vez que el día 6 de Agosto de 1837, y debido a la aproximación de una
columna carlista a Alcalá, el Colegio se
traslada a Madrid, estableciéndose en el Real Seminario de Nobles, retornando
por fin a su casa solariega del Alcázar de Segovia el 16 de Noviembre de 1839; donde permanecen hasta 1.862, en que un voraz
incendio ocurrido el 6 de Marzo de ese año, destruye parcialmente el Alcázar y
obliga a sus alumnos a refugiarse en los antiguos conventos de San Francisco y
su anexo de San Antón.
Cuerpo Facultativo por excelencia como he reflejado
al principio ( junto con el de Ingenieros y el de Estado Mayor), de las aulas segovianas
han salido unas promociones de brillantes oficiales que aunaban en su persona
los componentes científico (al ser promovidos a tenientes, el Ministerio de
Instrucción Pública les otorgaba el título de Ingenieros Industriales) y
táctico; sin olvidar el componente heroico que ha venido demostrando el Cuerpo
en campaña a lo largo del tiempo, como lo acredita la excelsa nómina de
insignes artilleros como Daoiz, Velarde, Temprado, Aguilera, Planell, Saltos,
Fernández-Herce, Royo, Guiloche, Flomesta y un muy largo etcétera de heroísmo y
abnegación, de los que en un acto de supremo sacrificio entregaron su vida a la
Patria junto a sus cañones, llevando en el cuello de sus uniformes las bombas
flamígeras que distinguen al Cuerpo.
En
aras a mantener en toda su pureza ese componente científico que distingue al
Cuerpo, los Oficiales de Artillería, al salir del Colegio o Academia, hacían la
solemne promesa de mantener la “ESCALA CERRADA” como divisa del Cuerpo,
comprometiéndose en consecuencia a no aceptar, durante toda su vida militar,
ningún ascenso que no le viniese otorgado por rigurosa antigüedad; evitando con
ello toda suerte de posibles favoritismos que en ocasiones se hacían patentes
en los ascensos por méritos de guerra. De tal forma, que cuando alguno de estos
oficiales se distinguía en el combate y les era concedido un empleo superior al
que ostentaban, debían renunciar al mismo, siendo compensados con la Cruz de
María Cristina, y antes de la creación de esta Orden, con la concesión de uno o
varios “grados” superiores pero manteniendo su empleo efectivo en el Cuerpo.
Primera Disolución del Cuerpo de Artillería (Año de
1.823)
Liberado
el Rey Fernando VII de su “cautiverio gaditano” por las bayonetas de los soldados
del Duque de Angulema, puso fin de inmediato al llamado “Trienio
Constitucional” y dando paso a diez años de gobierno absoluto por parte del
monarca, conocidos en nuestra Historia como la “Década Ominosa”. Abolida la Constitución de 1.812, el falaz monarca emprende una feroz represión
contra todo elemento liberal (sobre todo contra los que le habían retenido
aduciendo que no estaba en pleno uso de su razón), decretando nulas y sin valor
alguno, todas las Disposiciones promulgadas desde Marzo de 1.820 hasta el 12 de
Octubre de 1.823; bajo el supuesto de que si las había sancionado era por haber
carecido de libertad y haber sido obligado a ello. Dispuesto en suma a demostrar su absolutismo,
parece ser que no encontró Fernando VII mejor forma que la de prescindir del
Ejército y, con él, el Cuerpo de Artillería; pues según su parecer, se había
mostrado con talante liberal en el trienio 1.820-23, cometiendo la iniquidad de confiar la
custodia de su Real Persona a las tropas francesas de Angulema, junto a un
Regimiento de Infantería que se mantuvo
leal al Rey en 1.820 y algunos restos de la Guardia. En consecuencia, en 1.823 quedó prácticamente
disuelto el Ejército,( y con él el Cuerpo de Artillería) lo que hizo que unos
diez mil oficiales quedaran en situación
de licenciados (luego se les denominó “indefinidos”) sin goce de haber
alguno. Otros, como el valeroso general
Don Pablo Morillo, se vieron obligados a expatriarse voluntariamente, y no
regresaron a España hasta que las aguas de la comprensión no fueron volviendo a
su cauce. Comenzaron a funcionar de
inmediato unos Tribunales de Purificación, donde debían comparecer los
generales, Jefes y oficiales que desearan reingresar en el Ejército y donde
debían probar “Su amor por mi Real Persona (Léase Fernando VII),
Derechos y Gobierno”.
Por lo que respecta al Real Colegio de Artillería, una Real Orden de 27
de Septiembre de 1823 dispone en su Artículo 1º “Queda
extinguido el Colegio de Caballeros de Cadetes de Artillería (también el resto
de los Colegios) establecido en Segovia (…) Los efectos pertenecientes al
Colegio de Artillería permanecerán en el Alcázar ( de Segovia), a cargo de un
Oficial de confianza, y para su custodia nombrará el Director General del
Cuerpo una salvaguarda”. En cumplimiento de la citada Real Orden, otra
del mismo rango normativo de fecha 31 de Octubre de 1823, comunicada por
conducto del General Jefe del Tercer Ejército, dispone: “Que los
Caballeros Cadetes de Artillería pertenecientes al Colegio de Segovia que se
hallen en esa ciudad, regresen a sus casas por ahora”. Restablecido el Colegio, por escrito de 17 de
Febrero de 1829, dirigido al Ministro de la Guerra, por el entonces Director
del Cuerpo Don Carlos O`Donnell, pide su aprobación para un nuevo Reglamento de
Régimen Interior para la restablecida Compañía de Caballeros Cadetes del Real
Cuerpo de Artillería, y lo hace en los siguientes términos “ A fin de
que, proporcionándoles a los Caballeros Cadetes una completa instrucción
religiosa, civil y científica, puedan formarse militares y cristianos fieles
vasallos al Rey Nuestro Señor, que sean capaces de perder su vida en defensa de
nuestra Sacrosanta Religión, de la Augusta Persona de Nuestro Soberano y de su
Real familia”. Ante tan laudable
escrito, el “magnánimo” Fernando
VII no puso ninguna pega importante ni
objeción al mismo y autorizó el
Reglamento cadetil Artillero, pero eso sí, exigiendo a los Sres.
Profesores así como a los cadetes. nuevos compromisos de lealtad y adhesión a
Su Real Persona.
Poco a
poco, y con el reingreso de los “purificados”, el Ejército va recobrando la
normalidad y el Cuerpo de Artillería vuelve de nuevo a contar con sus
plantillas, aún incompletas, de Jefes y Oficiales; recuperando por Real Decreto
de 2 de Agosto de 1.831 la confianza perdida y reiterándose en el mismo que,
como Cuerpo Facultativo, los ascensos tendrían lugar por rigurosa
antigüedad. El 29 de Septiembre de 1.833
moría Fernando VII, dejando a España la triste herencia de tres Guerras Civiles,
Carlistas o Dinásticas, con el consiguiente derramamiento de sangre de miles de
soldados españoles de uno y otro bando.
Segunda Disolución (8 de Febrero de 1.873)
ANTECEDENTES
LEJANOS.-
Las consecuencias lejanas de
la 2ª Disolución del Cuerpo de Artillería, decretada mediante Real Decreto de 8 de Febrero de 1.873, hay que buscarlas remontándonos, nada menos,
que seis años atrás y situarlas en el entorno de unos gravísimos sucesos
revolucionarios que culminaron con la sublevación de los sargentos de
Artillería del madrileño Cuartel de San Gil el 22 de Junio de 1.866. La mecha
revolucionaria, atizada desde el exilio por el general Prim, había prendido con
fuerza entre las Clases de Tropa (cabos y sargentos) que guarnecían la Villa y
Corte madrileña, con especial virulencia entre los destinados en el
Acuartelamiento de San Gil, los cuales hábilmente “trabajados” por el Capitán
del Cuerpo Don Baltasar Hidalgo de la Quintana, estaban dispuestos a seguirle
en sus afanes y ardides revolucionarios.
Faltaban pues, pocos minutos para que el toque de diana se dejase sentir
en el Cuartel de San Gil, en el amanecer madrileño del día 22 de Junio de
1.866, cuando un grupo de sargentos penetraron en el Cuarto de Estandartes de
los Regimientos allí ubicados y al grito de ¡Viva Prim! encañonaron a sus
oficiales que, dormitando unos en los sillones y entretenidos otros jugando una
partida de tresillo, esperaban dicho toque para incorporarse a sus respectivos
servicios. Reaccionaron estos de inmediato, entablándose un violento tiroteo,
resultando muertos el teniente Don Juan Martorell y Fivaller (Oficial de
Guardia), junto a los capitanes de Artillería Torreblanca y Fernández de
Henestrosa, quedando algunos más heridos de gravedad. De igual forma perdieron la vida al
enfrentarse a los sublevados los Comandantes Valcárcel, Escario y Cadaval,
junto a los Coroneles: Don Federico Puig Romero, y su compañero de empleo y
Cuerpo Don José Balanzat y Baranda, que haciendo honor al dispensado por S.M.
La Reina al concederles el mando de sus respectivos Regimientos, salieron del
Cuarto de Estandartes dispuesto a reconvenir y hacer frente a los asaltantes
siendo abatidos a tiros por los mismos.
Dos de los oficiales, uno de ellos herido, pudieron escapar y llegar
hasta el Ministerio de la Guerra, dando aviso al ministro, General
O´Donnell. Dueños del acuartelamiento,
los sargentos de San Gil sacaron las piezas a la calle y con la tropa sublevada
(unos mil hombres) se dirigieron hacia la Puerta del Sol, tomando posiciones en
las calles de Preciados y Fuencarral, donde esperaron que se les unieran sus
compañeros del Cuartel de la Montaña y del Retiro, así como otras tropas
sublevadas de la guarnición. Ya había amanecido sobre Madrid en este 22 de
Junio de 1866, que ya se vislumbraba trágico, cuando Don Leopoldo O´Donnell,
ministro de la Guerra y presidente del Consejo de Ministros, avisado por los
dos oficiales evadidos de San Gil, tocó llamada entre los generales que se
encontraban residiendo en la Corte, quienes rápidamente acudieron a ponerse al
frente de las tropas leales al Gobierno, prestos a combatir a los
revolucionarios allí donde se habían hecho fuertes. Durante esa aciaga jornada sucedió un caso inédito (por la altísima
categoría militar de los generales que lucharon en ella) y excepcional en
nuestra historia militar,º y es ello, que nada menos que cinco Capitanes
Generales (O´Donnell, Narváez, Serrano, Gutiérrez de la Concha y Pavía) y tres
Tenientes Generales (Zabala, Ros de Olano y Echagüe), se batieron por la Reina
Doña Isabel II, al mando de pequeñas unidades, con un brío y un ardor (Narváez
resultó herido en la acción) mas propio
de jóvenes tenientes, que de los muchos años de todos ellos y del muy alto
grado que ostentaban en la milicia. Ese día, el generalato español brilló a la
altura que corresponde el refulgir de sus entorchados.
La lucha
en las calles de Madrid y en las barricadas duró todo el día. Los sargentos de
San Gil faltos del apoyo que debían prestarle sus compañeros del Retiro y la
Montaña, al ser neutralizados estos por sus oficiales, se replegaron hacia su
acuartelamiento donde se hicieron fuertes, teniendo que ser tomado el mismo al
asalto por las tropas leales al mando del general Serrano tras una dura lucha
que dejó el patio sembrado de cadáveres.
A la caída de la noche, la Revolución había fracasado; Prim tendría que
esperar aún dos años mas para su triunfo definitivo. Un Consejo de Guerra Sumarísimo,
condenó a muerte a 66 sargentos que fueron fusilados. Los generales Contreras y
Pierrad, a quien Prim había designado en su ausencia para hacerse cargo de la sublevación se
escondieron en distintos domicilios y el capitán Hidalgo de Quintana, consiguió
huir exiliándose en Francia.
ANTECEDENTES PRÓXIMOS.-
El Cuerpo
de Artillería, consideró culpable de la muerte de sus compañeros en el Cuartel
de San Gil al capitán Hidalgo de la
Quintana, al que pese a su participación acreditada en la intentona fallida de
Junio de 1.866, nos lo volvemos a encontrar (está claro que tenía poderosos e
influyentes protectores) en la Batalla de Alcolea (28 de Septiembre de 1.868)
ya rehabilitado y combatiendo obviamente en las filas sublevadas que manda un
Capitán General que tan sólo dos años antes
se había jugado la vida por su Reina: Don Francisco Serrano y
Domínguez. En Alcolea se bate Hidalgo,
siendo promovido a teniente coronel, y triunfante la Revolución Septembrina
pasa a ocupar la Secretaría del General Prim de coronel “graduado”. Prendida en
Cuba la llama independentista, Hidalgo de Quintana pide destino al ejército de
la Isla (hay quien dice que por quitarse de en medio de España, donde las cosas
no le iban demasiado bien) dispuesto a combatir contra los mambises
insurrectos; y es el caso que debió hacerlo con arrojo y valor pues a su
regreso en 1.870 ya viene luciendo los entorchados de Brigadier. Promovido a Mariscal de Campo (General de
División) en 1.872, es nombrado Capitán General de Navarra y Vascongadas, con
residencia en Vitoria, donde el día de su toma de posesión no se le presenta
ningún Jefe u Oficial del Cuerpo de Artillería.
Los convoca Hidalgo a la mañana siguiente en su despacho y no aparece
ninguno, pues todos se han dado de baja por enfermos, ordenándoles entonces que
pasen a una sala del Hospital Militar de la Plaza, pero al no haber sitio para
todos, los manda a sus respectivos domicilios en calidad de arrestados y
presentando éste a su vez, su dimisión al ministro de la Guerra. Una vez Hidalgo en Madrid, el teniente
general Fernández de Córdova (Ministro de la Guerra) y el Presidente del
Consejo de Ministros Don Manuel Ruiz Zorrilla, deciden zanjar, de una vez por
todas, las graves disensiones entre el general Hidalgo de la Quintana y el
Cuerpo de Artillería. A tal fin, propusieron ambos, la formación de una especie
de Tribunal de Honor compuesto por artilleros (enemigos de Hidalgo) y también
por defensores del mismo, y que al final no llegó a formarse. Aceptaron, sin embargo, los artilleros que el
general Hidalgo declarase “bajo palabra de honor” su inocencia en los hechos de
San Gil, a lo que al parecer éste se niega, por entender que se le presiona en
su espíritu y honor. Finalmente –dice
José Luis Vila San Juan- Ruiz Zorrilla hizo revisar el proceso de los sucesos
de 1.866, en relación con el entonces capitán Hidalgo de la Quintana,
encontrándosele exento de culpa.
Y llegamos
ya a los días previos a la 2ª Disolución del Cuerpo de Artillería. Al encontrar a Hidalgo exento de culpa (según
Vila San Juan), por un Real Decreto de 3 de Febrero de 1.873, se le destina a
Cataluña, a combatir a los carlistas, con su empleo de Mariscal de Campo, y a
las órdenes del teniente general Mas de Gaminde. Enterarse los artilleros de este nuevo mando
del general Hidalgo y empezar a pedir la baja en el Ejército, fue todo uno. En
los días siguientes 4, 5 y 6 de Febrero, empezaron a llegar al Ministerio de la
Guerra estas peticiones de baja, pues no consienten en servir a las órdenes de
su antiguo compañero, al que pese al tiempo transcurrido, siguen considerando culpable de la muerte de
sus compañeros en el Cuartel de San Gil.
Estimando el Presidente Ruiz Zorrilla que la situación es muy grave y
que el Estado y el Ejército no pueden tolerar estos graves actos de los
artilleros contrarios a la disciplina y al buen orden que deben presidir
cualquier Institución jerarquizada, de conformidad con el Ministro de la
Guerra, y a su propuesta, el día 7 de
Febrero de 1.873 presenta en el Congreso de los Diputados un Real Decreto
por el que se dividía el Cuerpo de Artillería en dos Agrupaciones: una
puramente facultativa y la otra táctica, integrada por las secciones armadas
del Cuerpo; lo cual significaba volver a la desacreditada organización del
tiempo de Felipe V. Contemplaba también
el Decreto el ascenso a Alférez de los sargentos primeros de Artillería; así
como que el mando de las Maestranzas, Parques y demás Dependencias del Cuerpo,
pasase a ser ostentado por coroneles y
Jefes de Infantería y Caballería. En
suma: poner en la calle a todos los Generales, Jefes y Oficiales procedentes
del Real Colegio o de la Academia de Artillería de Segovia, que formaban la
Escala Activa (Facultativa) del Cuerpo. Y la disolución se precipita. Aprobado por la Cámara el Decreto
referenciado (que además le reitera su confianza), al día siguiente, 8 de Febrero, Ruiz Zorrilla le
presenta al Rey Don Amadeo el “Decreto
de Reorganización (Disolución) del
Cuerpo de Artillería” con el ruego de que tenga a bien estampar en él su
firma. El Rey, en un principio se niega
(no concibe, en buena lógica castrense, un ejército sin Artillería mandada por sus
propios Jefes y oficiales), pero ante la amenaza de dimisión que le formula el
Presidente, lo firma, si bien anunciándole acto seguido, que en muy breves días
renunciará a la Corona y se marchará de España.
En efecto, tres días más tarde, el 11
de Febrero de 1.873, Ruiz Zorrilla leyó en el Congreso el “Escrito de
Renuncia de S.M. El Rey de España Don Amadeo de Saboya”, y en la noche de ese
mismo día quedó proclamada en España la Primera República.
CONCLUSIÓN.
La
publicación del Decreto de Reorganización (Disolución encubierta) del Cuerpo de
Artillería en la “Gaceta”, motivado por el mando concedido al general Hidalgo
de la Quintana en Cataluña, fue el detonante para que los Jefes y Oficiales de
la Escala Activa de Artillería pidieran la licencia absoluta. (Salvo los que se
encontraban sirviendo en Ultramar, por motivo de la primera Guerra de Cuba y
los destinados en las Filipinas, por las circunstancias especiales que
concurrían en ellos, que hicieron obligación ineludible y de honor permanecer
en sus puestos). El Cuerpo de Artillería
quedaba disuelto por segunda vez. La
Academia del Cuerpo en Segovia, solidaria con sus compañeros, cerró también sus
puertas el mismo día 8 de Febrero de 1.873, trasladándose sus alumnos a una casa
particular, cedida por el Conde de los Villares, donde continuaron las clases
vestidos de paisano, bajo la dirección del Coronel Don Luis Bustamante y
Campaner.
Sin embargo, en esta ocasión, la disolución
del Cuerpo duró tan solo unos pocos meses. Por Decreto de 21 de Septiembre de ese
mismo año 1.873, el Presidente de la República Don Emilio Castelar, restablece
el Cuerpo de Artillería tal y como estaba organizado el 7 de Febrero último
(anterior al famoso Decreto de Disolución). El Cuerpo, guardó por este Decreto
eterna gratitud a Castelar, regalándole en 1.876, restablecida ya la monarquía,
un artístico medallón. A su muerte,
ocurrida el 29 de Mayo de 1.899, los artilleros de la guarnición de Madrid,
acudieron a su entierro y acompañaron su cadáver hasta el cementerio; y cuando en 1.908, se le levantó un monumento
en el madrileño Paseo de la Castellana, le encargaron a Benlliure que
esculpiese un cañón pequeñito en el mismo, como homenaje del Cuerpo de Artillería al ilustre tribuno.
En cuanto a Don Baltasar Hidalgo de la Quintana, artífice indirecto de esta
segunda disolución del Cuerpo, he de decir que llegó a Teniente General (está
claro que seguía teniendo poderosos e influyentes amigos) y fue Presidente del
Consejo Supremo de Guerra y Marina, falleciendo en Madrid a principios del Siglo
XX, totalmente olvidado por sus antiguos compañeros de Artillería, quienes
seguían considerándolo culpable de los trágicos sucesos del Cuartel de San Gil,
del 22 de Junio de1866.
Por
Francisco Ángel CAÑETE PÁEZ
Profesor
Mercantil, Economista y
Comandante
de Infantería


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