El Peñón de Gibraltar en la actualidad
Carios II, último Monarca
español de la Casa de Austria,
murió sin descendencia en 1700, dejando como heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis
IX de Francia. Siendo pretendientes al Trono,
Felipe de Anjou (el futuro Felipe V) y el Archiduque Carlos de Austria, “Rey
Carlos III” (futuro Emperador Carlos
VI); fue una herencia disputada: el Archiduque
Carlos de Austria, hijo del Emperador
Leopoldo I de Austria, se consideró con derecho al Trono español. En apoyo de las aspiraciones del Archiduque acudieron Gran Bretaña y las Provincias Unidas, que trataron de impedir la unión franco-española y el inmenso poder que
concentraría el Rey Sol. La confrontación
condujo a la Guerra de Sucesión,
conflicto internacional de amplias repercusiones y, para España, una guerra civil
de Borbones contra Austracistas que dejó profundas
heridas, entre ellas, la pérdida de
Gibraltar. En mayo de 1704 una Escuadra
anglo-holandesa, al mando del Almirante
Rooke, pretendió apoderarse de Barcelona,
pero las Tropas fueron rechazadas y Rooke puso rumbo al sur presentándose
ante Gibraltar a finales de julio de
1704. Allí, bajo la protección de los cañones de la Escuadra, desembarcaron tres
mil Soldados sin que la Guarnición
(entre militares y voluntarios, apenas 400) pudiera hacer otra cosa que
contemplarles.
El Almirante Sir George Rooke, Comandante en Jefe de la
Flota anglo-holandesa. Gibraltar, agosto de 1704
EL ASALTO
El primer paso para la reducción de Gibraltar “a la obediencia
del Rey de España” fue la entrada en la bahía el 21 de julio de una Escuadra, de diez Naves bajo el
mando del Contralmirante George Byng,
y otras diez bajo el mando del
Contralmirante Vanderdussen. La
Fuerza de desembarco, compuesta por
ingleses y holandeses en número de 1.800, con el Príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt al frente,
desembarcó en el estrecho territorio situado al norte de la ciudad para cortar
toda comunicación con el enemigo.
El Gobernador don
Digo de Salinas, después de que el Capitán
General de Andalucía, el Marqués de
Villadarias, le negara refuerzos, convencido de que la Flota iba a atacar Cádiz,
organizó todas sus Fuerzas en
pequeños grupos que situó en varios puntos, pero en el momento que vio
desembarcar a la Fuerza de desembarco
sobre el istmo – Fuerza que calculó
en unos 3.000 a 4.000 hombres- y ver
la Flota de 55 Navíos de Rooke, se
dio perfecta cuenta de lo desesperado de la situación e intentó una gloriosa
resistencia.
Situación de las Tropas sitiadoras en la
Bahía de Algeciras
Más tarde, el Príncipe
de Hesse, desplegó rápidamente la
Fuerza de desembarco a través del istmo, unos 2.400 hombres sin encontrar
oposición salvo por unos 50 hombres a caballo, que rápidamente fueron
ahuyentados. Las Tropas necesarias
tomaron posiciones a medio tiro de cañón de la ciudad, para cortar las
comunicaciones con Cádiz y el resto
de España.
Grabado
1714 alusivo a la toma de Gibraltar por las tropas inglesas
El Príncipe Jorge
de Hesse-Darmstadt, representante
del Archiduque Carlos de Austria (Carlos
III), pidió el 1 de agosto de 1704 a las Autoridades gibraltareñas que reconocieran a Carlos como legítimo aspirante al Trono y abrieran sus puertas. Rechazada la demanda, envió una segunda exigiendo la entrega de la Plaza para evitar su bombardeo y
asalto. Se le respondió que eran leales súbditos de Felipe V y que morirían defendiendo Gibraltar. El 2 de agosto, Darmstadt
envió una tercera misiva
exigiendo la rendición. Como no se produjo, comenzó el ataque. El 4 de agosto, la Guarnición se rindió. Gibraltar
había caído en solo tres días. Había
costado a los atacantes dos Tenientes, un Capitán mercante y 57 marineros muertos, siete tenientes, un Contramaestre y 207 marineros heridos. De los cinco mil habitantes y Soldados del Peñón sólo se quedaron 70 civiles, además de algunos Sacerdotes.
Nadie comprendió con más claridad que el Príncipe de Hesse-Darmstadt el valor
estratégico de Gibraltar. Para él Gibraltar no era “la primera ciudad española que había que
desmembrar del dominio del Rey Felipe,
y obligar a reconocer a Carlos III”,
sino el camino a través del cual el
verdadero Rey de España recuperar su
herencia. Lo consideró como “una puerta
por la que se podía entrar en España con todo un Ejército”.
Príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt (Museo de Bellas Artes San Francisco)
Felipe V no aceptó la pérdida, pero su interés era ganar la guerra y consolidar el Trono, por lo
que los intentos por recuperar el Peñón no
fueron relevantes. La situación cambiaría en 1711: al fallecer Leopoldo I, padre de Carlos, éste, se convirtió en Carlos VI de Austria y abandonó sus
pretensiones españolas, pero la guerra civil siguió en la Península y
los británicos convirtieron Gibraltar
en su base mediterránea. De nada sirvieron las reclamaciones de que la Plaza había capitulado ante el Archiduque mientras España y el Reino Unido no estaban en guerra. Un atropello respaldado por la fuerza; “un acto de piratería”, según
el hispanista británico William C. Atkinson. El robo se convirtió en legal cuando, por la Paz de Utrecht de 1713, Felipe V cedió a Inglaterra “en plena y entera
propiedad la ciudad y castillo de
Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas”; propiedad
que “se cede sin jurisdicción alguna
territorial y sin comunicación alguna abierta”. El tratado prohibía “la introducción fraudulenta de mercancías”
(el contrabando) y la residencia “a moros y judíos”. España tuvo ocasiones para negociar la recuperación, pero primaron
otros intereses: en 1718, Jorge I le
dijo a Felipe V que detuviera su ofensiva
sobre Sicilia y recuperaría el Peñón, pero importó más Sicilia. En 1720, Londres
propuso su permuta por la parte española de Santo Domingo, aunque se rechazó. En otros momentos se prefirió el recurso a las armas, cuando Felipe V inició un asedio que duró
cinco meses. Al final, ante la imposibilidad de atravesar el istmo, los Mandos españoles optaron por cerrarlo
con una muralla de 1.300 metros.
Felipe
V de España
EL TRATADO DE UTRECHT
La Conferencia de Paz
de Utrecht comenzó en enero de 1712,
habiendo ya llegado franceses y británicos a un acuerdo por el que España debía ceder Gibraltar y Mahón así
como conceder el "asiento de
negros" en las Indias españolas.
Sin embargo, durante la Conferencia,
los británicos exigieron la expansión de los territorios que ya controlaban,
pidiendo la totalidad de la isla de
Menorca (lo que fue concedido por Luis
XIV) y un espacio alrededor de la ciudad de Gibraltar equivalente al alcance de dos disparos de cañón. La
exigencia de este espacio (une etendue de
terre de deux portées de cannon) era el fruto de un nuevo concepto que Gran Bretaña trataba de introducir en
el Derecho Internacional: que la posesión de una Fortaleza llevaba aparejada la posesión sobre la extensión de
tierra o mar bajo el alcance de sus cañones.
Finalmente, en abril
de 1713, se firmó el acuerdo franco-británico, y sólo entonces los
plenipotenciarios españoles pudieron unirse a las negociaciones en Utrecht. El 13 de julio firmaron el Tratado de Paz con Gran
Bretaña. Los puntos esenciales del tratado habían sido acordados
previamente entre británicos y franceses (sin
embargo, la cesión del territorio situado a una distancia inferior al de dos
disparos de cañón se perdió en las negociaciones directas hispano-británicas).
Además del reconocimiento mutuo de Felipe V como Rey de España y Ana como reina de Gran Bretaña, la
cesión de Menorca y la concesión de
diversas ventajas comerciales, el tratado, en su artículo X, contemplaba la cesión de Gibraltar.
El Rey Felipe V, por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña
la plena y entera propiedad de la ciudad
y castillos de Gibraltar, juntamente
con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, dando la dicha
propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para
siempre, sin excepción ni impedimento alguno. [..] dicha propiedad se ceda a la
Gran Bretaña sin jurisdicción alguna
territorial ...
El artículo X del tratado no incluía
ninguna mención expresa al territorio circundante, declarando que afectaba
solamente a "la ciudad y castillos
de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le
pertenecen".
EL ASEDIO ESPAÑOL DE 1727
Y SUS CONSECUENCIAS
El fin de la Guerra
de Sucesión y la firma de la Paz de
Utrecht había dejado profundamente insatisfecho al nuevo Rey español, que hizo de la revisión de
los acuerdos de Utrecht en lo
relativo a Italia, y de la
restitución de Gibraltar y Menorca, los pilares de su política
exterior. España se embarcó en
varias guerras durante las primeras décadas del siglo XVIII con el objeto de restablecer el dominio español en Italia.
El Rey y el Gobierno
británico hicieron, desde 1716, diversas propuestas a Felipe V para restituir Gibraltar,
en contrapartida por el mantenimiento de las ventajas comerciales que Utrecht le daba a Gran Bretaña en las posesiones americanas de España, por el abandono por parte de España de sus aspiraciones bélicas o por el trueque con alguna
posesión española en América.
La guerra comenzó después de que el Gobierno español enviase una carta al británico en enero de 1727
declarando nulo el artículo X del
tratado de Utrecht ante "las infracciones hechas sobre el
tratado" por parte del Gobierno
británico.
En Madrid, Felipe V convocó a sus Jefes Militares a finales de diciembre.
El experimentado Marqués de Villadarias,
expuso francamente que la reconquista de Gibraltar era una tarea imposible sin una Armada que le apoyara. El experto ingeniero George Prosper Verboon opinó, por su parte, que el único plan con
posibilidades de éxito era un ataque procedente del mar desde el sur. Pero Felipe V oyó al joven Conde de Las Torres, Virrey de Navarra, afirmar
algo que le gustaba, y era que él, el
Conde, podía tomar la Plaza cuando
quisiera logrando reunir una Fuerza
para acometer la empresa. El Conde
tuvo pocas dificultades en seleccionar para la misión 30 Batallones de Infantería
y seis Escuadrones de Caballería, que totalizaban 18.500 hombres a pié y 700 a caballo. 19 de los Batallones de Infantería, eran mercenarios extranjeros,
así como la mitad de las Fuerzas de Caballería.
La guerra no fue
declarada formalmente, pero los españoles
destacaron un Ejército de más de
18.000 Soldados de Infantería y 700 de Caballería en el Campamento español al norte de Gibraltar, comandados por el propio Conde de Las Torres, y haciéndose
cargo el Ingeniero Militar Jorge
Próspero de Verboom del Cuerpo de
Ingenieros. Siendo el Asedio
puramente terrestre, ante el mal estado de la Flota española, aún no recuperada de la derrota en Cabo Passaro, durante la Guerra de la Cuádruple Alianza.
El 21 de febrero de 1727 comenzó el asedio. El istmo fue
el escenario principal de las Operaciones. Inicialmente, las Tropas sitiadoras ocuparon los edificios del istmo y abrieron trincheras entre
ellos. Cuatro meses después de su comienzo, el 23 de junio, las Tropas españolas cesaron en sus
ataques, aunque no levantaron el sitio.
El 18 de abril de 1728. Finaliza el sitio, y el 21 de junio de 1728. El Rey Felipe V emite un Real Decreto estableciendo que "el terreno comprendido por el
alcance de punta en blanco del cañón disparado desde la punta más avanzada de
la Plaza, que se regula en setecientas varas, habría de mantenerse neutral sin
que se ocupase ni por una ni por otra parte...". El Decreto también declaraba que se trataba de una disposición
provisional.
Grabado
alemán describiendo el sitio de 1727
Con el fin de evitar estas expansiones, el Rey Felipe V ordenó construir un
sistema de fortificaciones a poco más de un kilómetro del Peñón. La orden fue dada el 2 de noviembre de 1730 al director de
Ingenieros, Jorge Próspero de Verboom,
para la construcción de dos Fuertes,
uno situado a levante y otro a poniente del istmo, unidos ambos por una línea de fortificación, con el
propósito de impedir el tránsito y hacer prevalecer los derechos sobre el istmo, además de hacer patente la presencia española en la zona,
prohibiendo a los barcos ingleses el
atraque fuera del puerto de Gibraltar.
En 1731 se inició la construcción de los dos
grandes Fuertes, llamados de Santa
Bárbara y San Felipe. El primero
ubicándose en la playa de levante.
El segundo se sitúa en la playa de
poniente. Entre estos dos Fuertes
se construyó una gran muralla central
con varias Plazas de Armas en punta
de diamante con sus Cuerpos de Guardia
respectivos, discurriendo desde Santa
Bárbara a San Felipe. Todos ellos, se encontraban situados a una
distancia equidistante, llamados de Santa
Mariana, San Benito, Semi-plaza de Armas y Cuerpo de Guardia de San José, San Fernando y San Carlos. Esta línea
fortificada, finalizada en 1735, fue conocida como la "Línea de Contravalación de Gibraltar” y es el origen de la
población de La Línea de la Concepción.
Esta contravalación
marcaba el límite norte del territorio neutral entre España y Gibraltar, de
156 hectáreas.
Fortificaciones de La Línea de Contravalación
EL GRAN ASEDIO ESPAÑOL
En el siglo XVIII
hubo entre España y Gran Bretaña
otras guerras con sus paces en las que hubiera podido recuperarse el Peñón, pero en 1779 se optó por un asedio
en que los cañones españoles arrasaron la ciudad. La lucha costó tanta sangre y
dinero que escandalizó a la metrópoli,
uno de cuyos pensadores, Adam Smith,
estimaba disparatada esa política: “Ninguna
de las costosas Guarniciones que mantenemos en Gibraltar y Menorca, Plazas arrebatadas a la Monarquía española, nos son necesarias. Tan sólo sirven para
distanciarnos de quien debiera ser nuestro aliada natural, el Rey de España, y para unir a las dos
ramas de la Casa de Borbón en contra
de nuestros vitales intereses comerciales”.
El gran ataque del 13 de septiembre
de 1782, famoso por las baterías flotantes, en teoría insumergibles, fue un
fracaso total. Los ingleses consiguieron destruirlas con un fuego
concentrado y eficaz, empleando balas
rojas que las incendió. Las Naves
españolas desplegaron en desorden y muchas fuera del alcance eficaz de sus
cañones; y debido a la falta de Dotaciones, se completaron las Plantillas con Fuerzas de otras Unidades, faltas de
adiestramiento específico y cohesión. Poco después un último Convoy Naval inglés entró incólume en el Peñón, lo que garantizó la defensa.
Gran Bretaña consiguió el control efectivo del Estrecho gracias a su superioridad
Naval y posesión del Peñón. Esta
situación se prolongó por la ineficacia de las Flotas española y francesa.
Después de la ruinosa guerra de la Independencia (1808 y 1814), España carecería de Fuerzas para plantear nuevos desafíos,
lo cual produjo una serie de fenómenos que configurarían la actual morfología gibraltareña y sus
hábitos mercantiles. A comienzos de 1815
el Rey español Fernando VII pretendió reconstruir las fortificaciones destruidas cinco años antes por los británicos y
restablecer el aislamiento gibraltareño,
volviendo al “statu quo” definido
por el tratado de Versalles de 1783. La oposición de aquellos, que
advirtieron al Monarca español de
que considerarían tal reconstrucción como un acto de hostilidad, unida a la bancarrota
en la que se hallaba el Reino tras
la guerra con los franceses, persuadieron al Rey de desistir de sus propósitos. Únicamente se erigieron unos puestos aduaneros, que no impidieron que
el contrabando hacia España se
convirtiera, a mediados del siglo XIX
en una actividad económica de gran importancia en Gibraltar. En primavera de 1815,
una epidemia de fiebre amarilla
afectó de nuevo a Gibraltar, por lo
que las autoridades británicas construyeron varios barracones como campo de
aislamiento en la zona neutral. El 20 de abril
de 1815, el Teniente Gobernador de
Gibraltar, George Don acordó con
el Comandante General del Campo de
Gibraltar, el General José María de
Alós, que "una gran proporción
de los habitantes de Gibraltar que no han sufrido la fiebre se establecieran temporalmente en el terreno neutral,
tan cerca como las circunstancias permitieran, al frente de esta Fortaleza". Durante las
epidemias que castigaron la Colonia, España instaló servicios hospitalarios
en la zona neutralizada... y allí se quedaron; hoy es el campo de aviación.
EXPANSIÓN Y DESARROLLO DE GIBRALTAR
Vista
del campo neutral a finales del siglo XIX desde el peñón de Gibraltar. A la
izquierda la inundación situada entre al este la carretera a España, que
transcurría junto a la orilla de la bahía de Algeciras. En la actualidad, la
inundación ha sido rellenada y se alza en su lugar un área residencial, cuyo nombre
alude a dicho territorio inundado: Laguna Estate.
En 1908, bajo
el reinado de Alfonso XIII, el Ejército británico levantó otra valla
aún más lejos del Peñón, delimitando
frente a Gibraltar un total de 106 hectáreas de las 156 del
espacio neutral. El 5 de agosto de 1908, el embajador británico en España informó al Ministro de Estado español de la intención británica de erigir la
nueva valla, en el "borde neutral
del territorio británico", careciendo de "naturaleza militar o defensiva". La respuesta española
se produjo en febrero de 1909,
reclamando acerca de la ubicación de la valla, ante lo que los británicos
respondieron en marzo que se encontraba "en
territorio británico". Desde entonces, la valla es conocida en España como la Verja de Gibraltar, constituyéndose en la nueva frontera del
territorio.
Décadas más tarde, aprovechando que España estaba inmersa en una Guerra
Civil, en el territorio anexionado fueron levantadas varias
infraestructuras, entre ellas el aeropuerto
de Gibraltar, punto clave para el aprovisionamiento inglés en la Segunda Guerra Mundial, con su pista de
aterrizaje adentrándose en aguas
territoriales españolas. Decenas británicos denunciaron el atropello. El
radical John Bright escribía: “Gibraltar
fue tomado y retenido por Inglaterra
cuando no estábamos en guerra con España
y su apropiación fue contraria a todas las leyes de la moral y del honor”.
¿Merecía la pena tanta enemistad? Los gestores del Imperialismo británico lo consideraban primordial: Gibraltar fue epicentro de su política
mediterránea, control entre dos mares con tráfico comercial y puerta de
seguridad para el Canal de Suez.
Además, la Colonia era un emporio de
riqueza gracias al contrabando de tabaco y algodón.
Según el profesor Antonio
Torremocha, el valor de las exportaciones británicas de algodón a los puertos españoles no alcanzaba 15.000 libras en 1830, mientras que las
enviadas a Gibraltar ascendían a medio millón de libras; esos tejidos no
vestían a los gibraltareños sino que llegaban a España de contrabando, arruinando
su industria textil y su Hacienda. En 1835, 3.000 de los 15.000 gibraltareños se dedicaban a la manufactura de
cigarrillos.
En la Segunda
posguerra Mundial, tras siglo y medio de convivencia pacífica y ruinosa para
España, la situación se tensó. El Régimen se opuso a que Gibraltar obtuviera el autogobierno y a
la visita de Isabel II al Peñón. En
1956 se presentaron a Londres las
condiciones para un acuerdo: España cedería
la Base militar al Reino Unido a
cambio de la soberanía española. El
fallido intento condujo el asunto
Gibraltareño ante el Comité de los
24, que se ocupaba de las descolonizaciones.
Lo que pudiera decir el Comité le
era indiferente al Reino Unido,
miembro del Consejo de Seguridad,
que tenía un argumento tan oportunista como poderoso: la autodeterminación, a favor de la cual votaron los llanitos en un referéndum
verbenero. Amold Toynbee, lo veía de
otra manera: “¿Le agradaría al pueblo
británico ver una fortaleza rusa o china en Land's End o en las islas del Canal?”.
En 1969, el Parlamento británico,
ignorando a la ONU, decidió que Gibraltar sería un dominio británico
hasta que el Parlamento dijera lo
contarlo. En la consiguiente crisis, Madrid
canceló los permisos a los 4.778 españoles que entraban en Gibraltar a trabajar; cerró la verja y el ferry; cortó las líneas
telefónicas y telegráficas... Para el Campo
de Gibraltar, las medidas de activación económica no dieron resultado hasta
mucho tiempo después.
ANTE NUESTRAS PROPIAS NARICES
Erik Martel (Embajador de España)
Se han cumplido más de trescientos años de la firma del Tratado de Utrecht por el que la Corona de España cede Gibraltar a la inglesa. Esta cesión se hace bajo determinadas condiciones. Se cede la ciudad y castillo, juntamente
con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, sin jurisdicción
territorial y sin comunicación alguna por tierra. Se prohíbe el comercio
entre España y lo cedido salvo en
casos excepcionales. Finalmente, se proscribe la posibilidad de que Gibraltar pase a otras manos que no sean las inglesas salvo
con el consentimiento de España. Lo
cedido tenía una superficie terrestre de cuatro
kilómetros y medio. Merced a una política reiterada de introducir la patita
de lobo enharinada en el quicio de la puerta, han ido los británicos ocupando terrenos que casi duplican los cedidos.
Y hay planes de triplicar la ocupación a través de “rellenos”. De la apropiación de las aguas españolas tenemos
noticia semanalmente. En cuanto a las comunicaciones, ahí está la apertura
unilateral de la Verja y el
floreciente comercio consentido merced al cual existe una próspera economía gibraltareña y no un fardo insoportable para el
fisco británico, como se ha demostrado históricamente cuando se ha aplicado el Tratado. Por último, ante nuestras
propias narices y con el “paso a paso”
que tan buenos rendimientos ha brindado a los británicos, se ha iniciado, con
el consentimiento de España, un
proceso de independencia soterrado.
Se trata de que Gibraltar,
sin dejar de formar parte de los dominios de su Graciosa Majestad como Canadá
o Australia, adquiera una independencia de facto sin que España pueda alegar que ha pasado a
otras manos pues continúa estando en las de la Corona a la que fue cedido. Muchos se preguntan si no ha llegado
el momento de que España, en lugar
de consentir, cumpla con lo acordado y aplique imaginativamente las cláusulas del Tratado.
En otro caso, ¿qué sentido
tiene mantenerlo vigente? ¿No sería más razonable denunciarlo y plantear ante
las Naciones Unidas el conflicto
creado por la ocupación no consentida de nuestra soberanía, sometiéndose a la
normativa y protocolo reservados para las controversias internacionales?
GIBRALTAR O EL ORGULLO DE LA “PIRATERÍA” BRITÁNICA
La fuente de
conflictos entre España y Gibraltar tiene, como punto principal desde el siglo
XIX, el contrabando de tabaco y textiles, dirigido contra la industria y la
economía española desde el principio. Un ánimo de dañar que sigue vigente en la
actualidad a través de otras prácticas parecidas, pero igual de perjudiciales
UN PARAÍSO FISCAL SOSTENIDO POR
OCIEDADES FANTASMAS, BANCOS Y CASAS DE APUESTAS
Tras muchos contactos diplomáticos y ensayos de
acercamiento, la verja volvió a abrirse,
pero, aparte del tráfico fluido de personas y mercancías, no hubo nada de nada
(en la imagen de la portada del diario «The
Sun», un ejemplo de cómo están las relaciones entre España y Reino Unido en
la actualidad por el Peñón). El Gobierno gibraltareño torpedeaba todo
acercamiento entre Londres y Madrid, esgrimiendo su derecho de autodeterminación. Y si en política no
hubo avances, en lo económico, lo peor. En Gibraltar
viven hoy unas 33.000 personas que disfrutan de una renta per cápita superior a
64.000 dólares, una de las mayores del mundo, y su economía crece un 8% anual. ¿De
dónde sale tanta prosperidad? De
las más de 24.000 sociedades fantasmas allí radicadas, como los bancos
británicos, las casas de apuestas, las consultorías internacionales más famosas,
y millares de empresas que necesitan poco espacio, un personal mínimo
especializado y una baterías de ordenadores. Gibraltar —el debate está abierto—es un paraíso fiscal, con la
mitad del IVA, un IRPF que no llega al 50% del español,
asombrosos beneficios societarios e impuestos inferiores a un tercio de los de
la Unión Europea. El profesor José Ramón
Pin Arboledas, explica que el PIB
de Gibraltar es de unos 2.100
millones de euros, pero esa cifra es inferior a la real porque “no
está contabilizado el fuerte contrabando de tabaco, que no se encuentra
registrado, ni el suministro en el mar de combustible a través de buques
tanque, que no tributan, ni operaciones financieras de blanqueo de dinero, que
por razones obvias no se contabilizan”. Gibraltar es un lugar poco atractivo para vivir, por eso la buena
sociedad gibraltareña gana su dinero en el Peñón,
tributa allí y vive en las urbanizaciones del sur andaluz, para lo cual tratan de dilatar la actual bicoca.
Francisco Javier de la Uz Jiménez
FUENTES CONSULTADAS:
El
Peñón de la Discordia, por George Hills. Editorial
San Martín
David
Solar, historiador y periodista. LA RAZÓN
Los
españoles olvidados en la defensa de Gibraltar, por José Antonio
Crespo-Francés. El Espía Digital










