Alberto García Reyes
El caso del niño Gabriel demuestra dos
cosas: que a veces la libertad es injusta y que la Guardia Civil es maravillosa.
Los abrazos de los investigadores
ante el cadáver de Gabriel,
condenado a una vida fugaz que su inocencia infantil no ha tenido tiempo de
asimilar, son destellos de esperanza. Frente a la crueldad abominable de quien segó
su felicidad y luego guardó un silencio más
criminal que el propio asesinato, gana la vocación
de Servicio de unas personas obligadas a mostrarse corno maquinas en la
lucha contra la infamia humana. El
caso del niño de Nijar, tan
desgarrador que anula mi capacidad profesional para escribir este texto sin
rabia, demuestra que la Guardia Civil
es mucho más que una Institución de la que enorgullecerse: es ante todo un conjunto de valores que nos reconcilia con nuestra
condición natural. Detrás de ese
uniforme hay hombres y mujeres que representan los mejores principios del
humanismo, personas que no persiguen un éxito sino su propio alivio. Esos abrazos
junto al maletero del coche en el que la detenida transportaba el cuerpo del
chiquillo son la más hermosa demostración de poder: ha ganado la verdad.
Pero la desaparición y muerte de Gabriel prueba también otra evidencia que algunos iluminados se
niegan a reconocer, a veces la libertad es injusta. Los padres de Mari Luz Cortés. Marta del Castillo o Diana
Quer estar reivindicando la prisión
permanente revisable desde el acaloramiento que da el dolor y esto está
sirviendo de argumento a los buenistas
detractores de una iniciativa que por lo bajini defienden sin fisura. Pero
me pregunto si a estos ideólogos de la libertad no les acalora el caso de Gabriel aunque sólo sea por el egoísmo
que supone pensar que le puede pasar a cualquiera. A ml me enciende. Lo admito.
Sé que estos debates hay que afrontarlos en frío, pero timbren sé que es
imposible ser justo sin empatizar con las víctimas. Y no se trata de caer en la
trampa de los ajustes de cuentas particulares, sino en saber analizar esos
casos concretos con la suficiente equidad como para poder aplicarlos a una
norma general. Lo digo de manera más directa la prisión permanente revisable no tiene que interpretarse solo como
un castigo a los condenados, sino como una medida que garantiza el bienestar social. ¿Quién nos ase gura que estos miserables no
volverán a actuar cuando salgan a la calle? El asesino de Diana Quer fue cazado porque reincidió.
¿Cuántas veces más pudo hacerlo? Ahora,
además, se jacta en una carta de que en siete años estará libre, infundiendo
pavor en cuantos se crucen con él. Y lo mismo le ocurrirá al asesino de Marta del Castillo, cuya puesta en
libertad puede convertirse en una vergüenza insoportable porque, a este paso,
podrá pisar la calle con todos sus derechos en vigor sin que haya sido
encontrado el cuerpo de la muchacha.
Los abrazos de los Guardias
Civiles ante el cadáver de Gabriel
tendrían que servir a quienes se oponen a la pena permanente para reflexionar
Porque este tipo de asesinos no pueden ganar nunca. Su victoria haría mucho más cruel la pena de las víctimas, que sí que
será siempre permanente y jamás podrá ser revisable.
Francisco Javier de la Uz
Jiménez

