Hay veces que pienso que para
entender algo de lo que está pasando hoy en España, hay que leer textos
antiguos. Si sabemos escarbar entre toda la maraña de ediciones, podemos
encontrar algo interesante. Es el caso de muchos de los viajeros extranjeros, que,
durante el siglo XIX, recorrieron España de cabo a rabo. Y escribieron lo que
vieron. De todos los viajeros, siempre me han parecido más fiables los
escritores ingleses, y dentro de ellos Richard Ford es el que normalmente
me parece más ponderado en sus juicios. Es crítico, pero también es el que más
deja traslucir su afición por todo lo
español, sus paisajes, sus monumentos y, sobre todo, sus personas. Mientras que
los escritores franceses, buscan, por regla general, el folclorismo y los
“chismes nacionales”, Richard Ford y otros viajeros dan otra imagen menos
costumbrista de la cosas que ven, y en especial Ford, muy influenciado por la
figura del Duque de Wellington (al que llamaba “el más veraz de los
hombres”), analiza con muy buen ojo lo que va viendo a su paso, que no fue
poco.
No en balde Ford, hombre de
gran cultura y perspicacia, una vez instalado en Sevilla, a donde se había
trasladado desde Inglaterra en 1830 por problemas de salud de su esposa,
recorrió a caballo miles de kilómetros por zonas de España alejadas de las
rutas habituales de los viajeros románticos. Richard Ford (1796-1858), hijo del
ilustre magistrado Sir Richard Ford más reconocido por ser el creador de la Policía
Montada de Londres, abogado, dibujante, cronista, fue uno de los más
fervorosos hispanistas, y como apuntaron algunos comentaristas de su obra: “no
solo conocía España, sino que transmitía su pasión por ella”. Sobre su tumba en
Exeter, figura el siguiente epitafio: “RERUM HISPANIAE INDAGATOR ACERRIMUS” (El
más entusiasta explorador de las cosas de España).
Solo dos citas, para intentar
ver más claro el momento actual a través de sus ojos. Están sacadas de su obra,
“MANUAL PARA VIAJEROS POR CASTILLA Y LECTORES EN CASA. VOL. 1: MADRID.”,
Ediciones Turner, Madrid, 1981. Este libro se editó por primera vez en Londres
en 1845, aunque está escrito a lo largo de 1843; hace 170 años. Al entregarlo a
la imprenta, Richard Ford, manifestó que se trataba “de un trabajo de amor”.
En la página 35 y siguientes
se lee:
“Los periódicos de Madrid eran en 1843 alrededor de cuarenta; en 1833,
bajo Fernando VII, no llegaban, sin embargo, a media docena. ……. La consecuencia natural de armar de esta
manera, sin la preparación debida, a un poder al que ni aún Inglaterra puede
resistir, fue crear un nuevo tirano Frankestein, peor aún que todos los males
que habían sido derrocados: la prensa se convirtió como un Calibán emancipado y
como el Duque (de Wellington) ha dicho con frecuencia, en venal, insolente y
licenciosa. Era comprada por los partidos, que dominaban la Regencia y los
Cortes, y así ha ocurrido siempre desde entonces. ……. Sus falsedades ejercen
influencia en la impresionable mentalidad nacional y consiguen llegar a tener
autoridad prescriptiva porque nunca son siquiera contradichas por el descuidado
gobierno. ……. En Inglaterra los periodistas no tienen la posición social de que
gozan en España o Francia sencillamente porque la prensa, aunque tiene
autentico poder político, refleja la opinión pública no la dirige: nuestras
instituciones permanentes garantizan el orden.”
Tremendo, a mi modo de ver.
Cambiar prensa por cadenas de televisión, radios, grandes y pequeños diarios,
sindicatos, parlamentos, tertulias, etc.… y el panorama no parece haber
cambiado.
Y en las páginas 60-61 se lee
un emocionante relámpago patriótico:
“La llama ardió como una erupción del Etna, un solo corazón latía en el
pecho de las masas, un solo grito: Mueran los gavachos (sic), surgió de todas las bocas. Les irritaba
el desprecio del extranjero, que se creía el regenerador de la altiva Castilla;
rechazaban sus obsequios, recelaban de todos los motivos de prudencia y no
escuchaban más que el rechinar de sus propias cadenas. La gente honrada no
necesitaba ni “monjes fanáticos ni oro ingles” para levantarse, como afirmaron
falsamente los bonapartistas: fue un instinto nacional que desafiaba a la
pesadilla misma de sus dirigentes y jefes, gente miserable a más no poder; por
ello se debe HONOR ETERNO AL BRAVO Y
NOBLE PUEBLO DE ESPAÑA.”
Sí señor, olé tus cojones
(pido perdón respetuoso, es que me he calentado un poco al final). Cambiar
gavachos por nacionalistas trasnochados, partidos políticos chupones,
sindicalistas solo de nombre, voceras, putas, maricones, chorizos, etc.… y el
panorama tampoco parece haber cambiado.
Con todo mi respeto para los
disidentes, equidistantes, flojos de vareta, capulletes, oportunistas, etc.…
pero la verdad es que con ellos no vamos a ningún sitio. O sí.
Francisco Javier Prieto Lopez del
Castillo
