No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
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17/3/21

MI VIAJE POR ÁFRICA XIX



 MI VIAJE POR ÁFRICA XIX


Sin duda podría afirmarse que la mera prohibición por parte de varias colonias sudafricanas y australianas de la entrada masiva de indios británicos en sus respectivos territorios, sin juzgar la sensatez y la justicia de esta medida, hace aún más conveniente que el gobierno del Imperio ofrezca en sus protectorados tropicales campo y mercado a las iniciativas colonizadoras y organizativas del Indostán. Además, como ya he dicho con anterioridad, estos piases disponen de suficiente espacio para todos. La decisión de conceder a los blancos, como una cuestión práctica, la mayor parte de las tierras altas, la única zona que además de un hogar y un porvenir les ofrece unas aceptables condiciones de vida, no debería de plantear ningún problema; por otro lado. tampoco parece haber impedimento alguno para alentar a los asiáticos, siempre que se abstengan de enseñar a los africanos costumbres perniciosas -una contingencia que se debe tener presente- , a comerciar y establecerse como pretenden en esas extensas y fecundas tierras tropicales a las que están adaptados por naturaleza.

No es mi intención mostrarme dogmático, pero en esa dirección parecen hallarse las claves que harían posible la aplicación de una policía adecuada y que, guiados por la luz de la ciencia y la tolerancia, podremos encontrar sin dificultad.
Dado que el desarrollo de estas reflexiones me ha llevado bastante más lejos de lo que justificaría una mera aproximación a la política de Nairobi, planteo de nuevo la pregunta con la que he comenzado: 
<< ¿Pueden convertirse en un "territorio de blancos" las tierras del África Oriental? >>. Examinemos la cuestión desde una nueva perspectiva. Cuando uno va recorriendo, a pie o a caballo, los valles y las vastas mesetas de estas altas tierras, acariciado por una agradable brisa, escuchando la música de sus arroyos y regalándose los ojos con su hermosura y riquezas naturales, un sentimiento de perplejidad embarga el ánimo. ¿Cómo es posible que esta zona no se haya convertido en la patria de una raza superior, próspera, sana y libre? ¿Por qué, una vez que ya dispone de ferrocarril y es conocida a través de numerosas publicaciones, no ha recibido una vertiginosa corriente de inmigración desde los agobiantes  y malsanos suburbios de Europa? Y, sobre todo, ¿por qué los pioneros aquí establecidos, esos vigorosos y aventureros  hombres de brazos fuertes y grandes ambiciones, a menudo no logran sino mantenerse a flote? ¿Por qué, entre este reducido grupo, son tan habituales las quejas, las quejas, el descontento y aun el desánimo más absoluto?

Siempre he experimentado una ferviente gratitud por por el hecho de no haber poseído nunca una yarda cuadrada de esa perversa mercancía llamad "tierra". No obstante, debo admitir que, viajando por estas regiones, he comprendido en qué consiste el ansia de poseer tierra por primera vez en mi vida. Por mucho que lo queramos reprimir, resulta inevitable sentir el deseo de de ponerle jalones a uno de esos extensos y hermosos terrenos, con todas las recompensas derivadas del ingenio y el trabajo practicados al aire libre,. Sin embargo, los hacendados que continúan abriéndose paso por todas partes -pese a poseer millares de fértiles acres de suelo, con sus frondosos árboles, ríos y montañas, que han adquirido por poco o nada- se muestran siempre inquietos, nerviosos e irritables, a menudo desilusionados, en ocasiones abatidos y en otras incluso destrozados.


En algún lugar sobre el Paraíso