No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
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5/6/24

LA MUJER EL MOTORISTA Y LA MOTO





 LA MUJER EL MOTORISTA Y LA MOTO

(1947)



LA CODORNIZ

La  revista más audaz, 

 para el lector más inteligente. 









  Siempre llega un momento en la vida de una mujer en que un hombre le propone ir en motocicleta. La mujer debe rechazar esta invitación y dejar de saludar al que la hizo, como primera medida de elemental prudencia. Pero las mujeres, por muy experimentadas que se crean, son siempre, en el fondo, unas ingenuas de tomo y lomo que se han tomado en serio eso de ser magnífica esposa, o madre, o novia y admirable camarada al mismo tiempo, y aceptan encantadas. 

  Quizás sea porque las <<motos>> Han tenido siempre muy buena prensa, nadie las ha revelado a los ojos del público como máquinas dañinas que en realidad son; quizás porque en la lista de cosas prohibidas por peligrosas contra las que se pone en guardia a una muchacha al llegar a una cierta edad, a nadie se le ha ocurrido incluir las motocicletas. Grave error. No sabe la mujer a lo que se compromete yendo con un hombre en <<moto>>, porque nada une tanto como un viaje en este peligroso artefacto. Esos baches saltados juntos, esas pequeñas piedrecitas que nos hacen vibrar dolorosamente desde la punta del pie hasta las cejas, convirtiendo el endeble cuerpecillo femenino en algo parecido a un cierre metálico, esas chinitas que, salpicadas 

por el autobús que pasa al lado, llenan los ojos de lágrimas como perras gordas, todo esto deja


en la memoria y en diferentes partes del cuerpo, un recuerdo ciertamente imborrable. Aparte de que después de agarrarse al motorista con la fuerza que da el terror a la velocidad, aumentado por la falta de seguridad de esos espantosos sillines traseros, ya no hay manera de seguir llamando de usted a dicho individuo.                                          Dudo mucho de que nadie esté calculando para ir en motocicleta. pero es indudable que la mujer no lo está. Pensemos, por ejemplo, en las averías. Y hay que pensar en ellas i no poco, porque a pesar de ese aspecto mísero de búfalo joven y alto horno de Bilbao que tienen, las <<motos>> son de una fragilidad, de una perfidia, de una veleidad, dignas de la mejor vampiresa del siglo XIX. ¡Qué caprichos!... ¡Qué ponerse en marcha porque sí1...y ¡qué parase -sobre todo, ¡qué parase! -también porque sí.
 
Vampiresa del Siglo XIX
    Todos hemos tenido averías en el automóvil y sabemos lo que se hace en estos casos. Bajan el conductor y algún amigo, dan vueltecitas alrededor del coche, le hurgan un poquito por dentro, alguien indica tímidamente que quizás se haya acabado la gasolina, se habla del carburador y de la nodriza... y, mientras tanto, la mujer se mete dentro del coche a fumar un pitillo y a esperar cómodamente la llegada del omnisciente chofer de camión que lo arregla todo.          Pero la motocicleta es al automóvil lo que lo que el <<hombre anatómico>> del cuadernito ese que estudiábamos en Anatomía, Fisiología e Higiene es al hombre: un esqueletito con sus músculos, sus nervios, sus arterias, sus venas al air sin carne que lo recubra. Por eso cuando llega el momento de de hurgar a la moto por dentro, nos encontramos con que no tiene <<dentro>>, todo está por fuera e, indefectiblemente, todo quema. Y por eso también la mujer que se quiere fumar un cigarrito, tiene que hacerlo sentadita en la cuneta después de extender en el suelo la revista ilustrada que, cuidadosamente, se había puesto en el pecho para defender los pulmones de ese frio horroroso que hace en las <<motos>> en marcha en verano, otoño, invierno y primavera.

Mujer fumando un cigarrito,
 sentadita en la cuneta.

     Si a pesar de estas honradas advertencias alguna mujer piensa todavía aceptar la invitación de ese muchacho alto porque tiene los ojos verdes y el bigote castaño y ese viaje podría decidirle, es mejor que se desengañe de una vez. En la <<moto>> no hay posibilidad de diálogo. Si está en marcha porque el ruido es tan atroz que lo más que se oye es el: <<¿Vas bien?>> del conductor y el <<Voy>> a secas de la pobre pasajera que no quiere faltar a la verdad. Y si hay avería, porque a diferencia del automóvil, que se para y no pasa de ahí, la <<moto>> se para y por si uno no se había enterado bien de que pasa algo raro, se desmaya se cae lánguidamente sobre el pie del pobre que intenta sujetarla, o del lado contrario arrastrándole en su caída. Y claro, no hay manera de iniciar el coqueteo entre aullidos de dolor y gritos de <<¡cuidado!>> mezclados con los consejos y dictámenes contradictorios de los automovilistas que pasan siempre ¡ay! en dirección contraria y se paran a hablar del carburador y de la nodriza. 

    En tales circunstancias esta palabra es muy peligrosa por todo lo que evoca de mimos y cuidados y tiene fuerza bastante para romper la coraza más fuerte de <<deportivismo>> de cualquier mujer, que al añorar aquel opulento seno, que tan bien la protegía y envolvía contra todas las asechanzas de la vida y los picos de las mesas, llorará francamente mientras avanza empujando la <<moto>> y dejando en la carretera, con sus mejores tacones, la posibilidad de <<flirt>> con Fulanito.                           ¡No, muchachas nuestras, no! Olvidad la motocicleta. Es mejor la pamela, la barca y una luna que riele como es su obligación.

Luna rielando en el Mar







CANDELA