HISTORIA MILITAR
En 1936, 1.300 sublevados resistieron durante más de
dos meses el ataque de un ejército gubernamental que llegó a contar con hasta
5.000 soldados
Desde la defensa de la ciudad de Numancia, son muchos los
asedios que han quedado grabados a fuego en la memoria de nuestro país. Sin
embargo, en el imaginario colectivo hay todavía uno que se alza desafiante
sobre el resto: el asalto que, en julio de 1.936, tuvo como protagonista
al Alcázar de Toledo. Y es que, dentro de esta fortaleza, unos 1.300
defensores a las órdenes del coronel sublevado José Moscardó
lograron resistir durante más de dos meses los constantes ataques del ejército
gubernamental, el cual contaba con varios millares de soldados, multitud de
piezas de artillería, y algún que otro carro de combate.
Héroes para unos, villanos para otros, lo cierto es que
este grupo de soldados consiguió resistir, contra todo pronóstico, el bombardeo
constante de los cañones y aviones republicanos. Sin agua, sin comida y casi
sin munición, los defensores realizaron una proeza que, a su vez, fue utilizada
por Franco a nivel propagandístico para mejorar su imagen internacional y
elevar la moral de sus combatientes.
España se divide
No vivía nuestro país sus mejores momentos en las semanas
previas a los sucesos del Alcázar. Concretamente, y en plena Segunda República,
la tensión entre las dos Españas era ya tan palpable que podría haberse apilado
en sacos. La situación, ya de por si delicada, terminó de recrudecerse cuando
el Frente Popular –la coalición que aglutinaba a las fuerzas
izquierdistas- se alzó en las elecciones por encima de los diferentes grupos
afines a la derecha.
Esto pareció ser la gota que colmó el vaso para algunos militares que,
hastiados, decidieron empezar a perfeccionar una conspiración que ya llevaba
meses fraguándose. Al gobierno republicano ni siquiera le bastó con enviar a
los principales oficiales sospechosos a diferentes partes del territorio
español, pues acababa de plantarse el germen de la guerra.
Tampoco ayudó a calmar la situación la ola de violencia
que, llevada a cabo por grupos de todo tipo de ideologías, bañaba de sangre las
pobladas calles de Madrid. Finalmente, las cartas se pusieron sobre la mesa
cuando parte del ejército, aprovechando la conmoción, inició el 17 de julio
un levantamiento en Marruecos liderado por el general Francisco Franco. Acababa
de dar comienzo la Guerra Civil.
Toledo, en armas
Tras el alzamiento, fueron muchas las ciudades en las que
se generalizaron los combates callejeros. Una de ellas fue Toledo, donde se
destacaron varios enfrentamientos entre grupos armados y las fuerzas del orden.
Tal era la situación y la falta de información que, el 18 de julio, el comandante
militar de Toledo y coronel director de la Escuela Central de Gimnasia, José
Moscardó, decidió viajar a la capital para tratar de discernir lo que
estaba ocurriendo en el país.
Moscardó pudo reunir en total unos 1.300 efectivos
pobremente armados
«El coronel Moscardó se había trasladado a Madrid con intención
de recabar información sobre la situación en el mando de la División Orgánica a
la que su comandancia militar pertenecía; en aquellos días preparaba además el
coronel (…) la marcha de algunos atletas y la suya propia a la olimpiada que
pronto comenzaría en Berlín. Regresado durante la tarde a Toledo, ya conocedor
del levantamiento del Ejército de África y del confuso y violento ambiente que
reinaba en Madrid, donde pudo ver por la calle civiles armados, acudió a su
comandancia y ordenó el acuartelamiento de la escasa guarnición»,
explica el escritor y experto en historia Francisco Martínez Canales en
su obra «Toledo
1936. Asedio y liberación del Alcázar», de la colección «Guerreros y batallas» editada
por «Almena»
Sin ambages, el coronel decidió apoyar la sublevación y
resistir en Toledo hasta el último hombre. No obstante, en principio prefirió
no dar cuenta de ello al gobierno republicano, pues sabía que necesitaba de
todo el tiempo disponible para reunir la mayor cantidad de hombres y armamento
posibles.
Pero... ¿por qué Moscardó decidió plantar cara a la
república? Realmente es difícil saber que rondaba por la mente de este
experimentado militar de, entonces, 58 años. Lo que es cierto es que el coronel
tuvo varios desencuentros con el gobierno de Azaña, el cual eliminó los
ascensos de muchos oficiales (entre los que se encontraba él) para evitar la
saturación de mandos que se cernía sobre el ejército español. Aunque luego
recuperó su cargo por antigüedad, parece que al oficial no terminó de gustarle
del todo aquel atropello.
Fuera por ello o no, a mediados de julio Moscardó inició
los preparativos para aprestarse a la defensa. Su primer objetivo fue hallar un
edificio que sirviera como último resguardo en caso de que la ciudad fuera
tomada. Sin dudarlo dos veces se decantó por el Alcázar de Toledo, una
fortaleza de muros gruesos capaz de resistir cientos de disparos y que, además,
estaba ubicada en una posición privilegiada que permitía a sus defensores
controlar casi la totalidad del terreno colindante.
Efectivos para el combate
Una vez seleccionado el refugio, Moscardó llevó a cabo un
recuento de los hombres a sus órdenes. El número final era, cuanto menos,
insuficiente, pues disponía de unos 410 soldados de la guarnición de Toledo,
110 milicianos, y 90 hombres de diferentes procedencias. Pero, para su
regocijo, a sus escasos efectivos se unieron también cuatro compañías de la
Guardia Civil que, atendiendo a un plan secreto de actuación del teniente
coronel de la benemérita Pedro Romero Bassart, se habían concentrado en
los últimos meses junto a sus familias en la ciudad con la intención de
refugiarse en el Alcázar.
De esta forma, el coronel pudo reunir en total unos 1.300
efectivos pobremente armados. «Moscardó disponía de un total aproximado de
1.200 fusiles y mosquetones, dos piezas de artillería de montaña de 7 cm, con
sólo 50 proyectiles; 13 ametralladoras Hotckiss de 7 mm, 13 fusiles
ametralladores de la misma marca y calibre, y dos morteros Valero de 50 mm con
50 proyectiles. A ello añadir 250 granadas de mano Laffite, 25 granadas de mano
incendiarias y unos 200 petardos pequeños de trilita», añade el experto en su
libro «Toledo 1936. Asedio y liberación del Alcázar». A su vez, en el edificio
también se guarecieron más de 600 civiles entre mujeres y niños.
¡La munición no sale de Toledo!
Mientras Moscardó ultimaba los preparativos para su
pequeña rebelión toledana recibió una llamada de la República, cuyos
responsables aún desconocían sus intenciones e, incluso, seguían creyendo en su
lealtad. Concretamente, se hizo saber al coronel que debía enviar a Madrid –en
manos gubernamentales- toda la munición guardada en la Fábrica Nacional de
Armas de Toledo.
Los defensores tuvieron que matar a sus caballos para
poder comer carne
El oficial, que no tenía ninguna intención de deshacerse
de esta valiosa carga, inició entonces un imaginativo juego en el que, durante
tres días, inventó varias y variopintas excusas para evitar que la munición
abandonara Toledo. De esta forma, Moscardó pretendía conseguir todo el tiempo
que fuera posible antes de declararse en rebeldía.
La mascarada duró hasta el 21 de julio, momento en que,
después de que fueran descubiertas sus intenciones, se dirigió a la plaza de la
ciudad para hacer oficial el estado de guerra. Es decir, la declaración de que
la República era ahora el enemigo a batir. Desde ese momento ya no valían los
preparativos ni las jugarretas, pues las tropas gubernamentales no tardarían en
llamar a la puerta del Alcázar para conseguir la munición que reclamaban desde
bacía varias jornadas.
Llega Riquelme
El mismo día de la proclamación Moscardó dio órdenes de
tomar posiciones alrededor de toda la ciudad. No obstante, los defensores
tuvieron finalmente que retirarse hasta el Alcázar después de conocer que
había sido enviada una columna gubernamental desde Madrid. De esta forma, las
tropas republicanas pisarían definitivamente la ciudad toledana después de
acabar con la revolución que se había vivido en la capital.
Antes de la llegada de la República, los sublevados
tuvieron tiempo de llevar hasta el Alcázar los 700.000 cartuchos alojados en la
Fábrica de Armas de Toledo, algo que les garantizaba disponer de munición
durante un largo asedio. Por su parte ya no podían hacer más, así que se
prepararon para defender la fortaleza a toda costa.
El coronel no rindió el Alcázar a pesar de las
amenazas contra su hijo
Por su parte, y bajo la férrea premisa de acabar con la
sublevación de Moscardó, llegó a la «Ciudad imperial» una columna republicana
formada por unos 1.600 soldados acompañados por varias piezas de artillería de
105 mm y algunos vehículos blindados. Al mando de la misma se encontraba el
general José Riquelme, un militar dispuesto a
hacer valer su experiencia para terminar de una vez por todas, y lo más
rápidamente posible, con aquella resistencia.
Con todo, y después de tomar algunas posiciones
tácticamente determinantes, el general republicano trató en un principio de
lograr la rendición de Moscardó apelando a su racionalidad. «Moscardó recibió
varias llamadas telefónicas conminándole a la rendición y entrega de las
municiones. De las últimas recibidas destaca la del propio (…) Riquelme, quien
llamó desde Toledo preguntándole qué motivos había para la actitud adoptada
contra el gobierno de la República, contestando Moscardó que la República
estaba ahora en poder del marxismo y que consideraba deshonrosa e indigna la
orden de entregar a las milicias rojas el armamento de los caballeros cadetes»,
añade Canales en su obra, editada por «Almena».
«Di un viva a España y muere como un hombre»
Apenas un día después de que se produjera esta
conversación, el 23 de julio, se vivió en el Alcázar uno de los episodios más
famosos y difundidos a lo largo de la historia. En un intento de empujar a los
defensores a abandonar la fortaleza, el jefe de milicias de Toledo contactó por
teléfono con Moscardó para informarle de que tenía preso a su hijo Luis e
informarle de que, si no rendía el Alcázar en diez minutos, el joven sería
fusilado.
Al parecer, y según recogen los investigadores e
historiadores Alfonso Bullón de Mendoza y Luis Eugenio Togores en
su obra «El Alcázar de Toledo. Final de una polémica», Luis cogió el
teléfono para demostrar a su padre que había sido capturado. Sin embargo, lejos
de pensar en rendir su posición, Moscardó le respondió: «Si es cierto (que te
van a fusilar) encomienda tu alma a Dios, da un viva a Cristo Rey y a España y
serás un héroe que muere por ella. ¡Adiós, hijo mío, un beso muy fuerte!». Con
todo, finalmente las tropas republicanas no materializaron sus amenazas y optaron
por arrestar al joven.
Tras las intentonas republicanas de rendir el Alcázar sin
combatir, empezó el sitio. Ya no había cabida para la paz y, como era de
esperar, Riquelme ordenó el constante bombardeó de la fortaleza mediante la
artillería de 105 mm y cuatro nuevas piezas de 155 mm. A partir de aquella
jornada, raro fue el día en que los sitiados no recibieron decenas de
descargas.
Las duras condiciones del asedio
Por su parte, los defensores tuvieron que hacer frente a
la escasez de víveres, algo que les obligó, por ejemplo, a tener que matar a
sus caballos para poder llevarse a la boca algo de carne. Al menos, eso es lo
que ha quedado recogido en el «El Alcázar», un panfleto que, editado
dentro de la fortaleza, era repartido a diario entre los defensores para
mantenerles informados de lo acaecido el día anterior y elevar su moral.
«Anteayer, por la tarde, comimos un excelente estofado
de carne de caballo, excelente en condimentación y en sí; carne sustanciosa
y jugosa de blandura casi similar a la ternera fue despachada con júbilo y
reconocimiento hacia los autores de la idea; nos dicen que escasísimos
elementos, llenos de algún prejuicio imaginativo, tuvieron algún reparo; nada
más lógico; el caballo es animal limpio y pulcro, al extremo de que ni come, ni
bebe nada que no esté en las mejores condiciones; el género de alimentación,
exclusivamente vegetal, hace que nada pueda justificar aquellos prejuicios; las
condiciones de sabor y alimentación (valor nutritivo), superan las de la raza
bovina; el aspecto natural es también mejor que el de las clases comunes de
carne», explica el número de «El Alcázar» entregado a los defensores el 29 de
julio.
El pequeño diario era utilizado además por Moscardó para
dictar nuevas normas entre sus hombres: «También nos indican que se ponga
cuidado en la provisión de agua, no cometiendo, si no abusos que nadie los
comete, dispendios para otros menesteres que no los de la bebida; entendemos
que dado el buen espíritu de todos será atendido ese requerimiento oficioso de
un mando que siempre quiere ser paternal, pero que sabe ser militar y enérgico
cuando las circunstancias lo requieren» se destaca también en el panfleto del
29 de julio.
A pesar de todo, y según declararon posteriormente varios
supervivientes, la comida empezó a escasear rápidamente, lo que obligó a
reducir repentinamente las raciones de carne a la mitad y racionar el agua a un
único litro por persona al día. No obstante, algunos defensores llevaron a cabo
diferentes salidas en las que consiguieron «requisar», sobre todo, trigo. Más
que de alimentos, los sublevados se nutrían de la esperanza de que el Ejército
de África –al mando del general Varela-, llegara hasta Toledo y les liberara.
Agosto, el mes del ingenio
Con el paso de las semanas, la situación se fue poniendo
cada vez más fea para los dos bandos. Y es que, por un lado, los asaltantes
sabían que las tropas de Franco podían caer sobre ellos si no acababan con el
asedio rápidamente y, por el otro, a los defensores empezaban a escasearles
varios productos de primera necesidad. De hecho, en aquellas jornadas más de
dos docenas de soldados a las órdenes de Moscardó decidieron capitular y
entregarse a las tropas asaltantes.
Mientras, los disparos de la artillería seguían resonando
día tras día sobre las murallas del Alcázar como si se trataran de una
siniestra banda sonora, aunque sin provocar muchas bajas. De hecho, Moscardó
tuvo que hacer uso de su panfleto diario para establecer unas normas básicas de
higiene, pues sabía que las enfermedades podían ser una de las pocas causas que
acabaran con sus tropas.
«Se nos ruega que hagamos unas ligeras indicaciones sobre
motivos de higiene (…) Precisa un celoso cuidado el no realizar las
evacuaciones fuera de las letrinas; todos debemos erigirnos en vigilantes y
propugnadores de esta medida elemental de higiene, que de no adoptarla a
rajatabla tendría consecuencias funestas e incalculables con respecto a la
salud de todos, mucho más temibles que las que puede originar el fuego enemigo,
y las razones son tan elementales y claras que no vale la pena enumerarlas»,
señalaba el diario «El Alcázar» del 3 de agosto.
«Una compañía de la Legión podría haber tomado el
Alcázar de Toledo»
Los republicanos, por su parte, y a sabiendas de que la
toma del Alcázar de Toledo suponía dar una imagen de poder a nivel
internacional, trataron por todos los medios de acabar con los hombres de
Moscardó. Así, durante este mes intentaron, entre otras cosas, incendiar el
edificio, volar la cocina de la fortaleza para evitar que se pudiera hacer
la comida e, incluso, lanzar gases lacrimógenos contra los sublevados.
«Al parecer, llegaron a Toledo en estos días dos
representantes franceses de una empresa de productos químicos (gases de guerra,
según dice literalmente el informe de la Columna de Toledo) que había ofrecido
al gobierno de la República su empleo como posible solución al asedio al
Alcázar», destaca Canales en su obra. Para desgracia republicana, ninguna de
las ideas dio sus frutos.
Pero, lejos de desmoralizarse, los sublevados pronto
renovaron sus ánimos, pues recibieron mediante un correo aéreo varias cartas de
Francisco Franco informándoles de que pronto serían liberados. Instados a la
defensa, los soldados ocuparon sus posiciones con más esperanzas que nunca.
Finalmente, y ante la imposibilidad de tomar la fortaleza
por la fuerza, la República decidió en Consejo de Ministros iniciar la construcción
de dos minas bajo el Alcázar. La idea gubernamental consistía,
concretamente, en llenar de explosivos los conductos subterráneos para volar el
edificio en su totalidad y, así, acabar de una vez por todas con la resistencia
de los hombres atrincherados en su interior. A su vez, se intensificó el
cañoneo sobre el Alcázar, cuya fachada norte, muy debilitada, terminó
derruyéndose.
Una mala explosión
Con la llegada de septiembre los defensores contaban ya
los 41 días dentro del Alcázar, sin duda un largo período tanto para los
nacionales como para las tropas gubernamentales. Estos últimos parece que
decidieron cambiar de estrategia con el comienzo del nuevo mes pues, antes de
detonar las cargas explosivas que habían preparado, enviaron a un emisario para
tratar, por última vez, de convencer a los hombres de Moscardó de rendir la
fortaleza.
Este cometido fue puesto en las manos de Vicente Rojo,
el cual no solo no consiguió que se rindiera el Alcázar, sino que volvió a la
base con una petición de Moscardó. En ella, el coronel solicitaba a los
oficiales republicanos el envío de un sacerdote para que bautizara a dos niños
que habían nacido durante el asedio y diera una misa en la fortificación. El
elegido fue el padre Camarasa quien, a sabiendas de que los sitiadores
pretendían volar el edificio, les absolvió de sus pecados antes de partir.
Cuando el 18 de septiembre acabaron los trabajos de
construcción de la mina, todo era optimismo entre los republicanos. Tal era la
confianza en el plan de asedio que el mismísimo presidente del Gobierno Largo
Caballero acudió a ver la operación. Y no fue sólo, sino que llevó consigo a un
gran séquito de periodistas internacionales para que, en primera persona,
advirtieran como la República acababa con aquella sublevación.
«Las gestiones para lograr la rendición de los sitiados,
o al menos la evacuación de mujeres y niños habían sido infructuosas, el
Ejército Expedicionario de Varela avanzaba por el Tajo… el viernes 18 de
septiembre de 1936, tras media hora de bombardeo artillero, a las 6:31 de la
mañana una mano desconocida activó el mecanismo eléctrico que produjo la
explosión junto a los sótanos del Alcázar de dos minas cargadas con
aproximadamente 2.500 kilos de trilita cada una de ellas», añade el autor
español en su obra.
El asalto final
Unos segundos después de accionar las palancas de los
detonadores, una ensordecedora explosión encogió los corazones de todos los
allí presentes. Tras disiparse el humo, los asaltantes observaron que el
torreón suroeste y la fachada oeste habían quedado convertidas en una pila
gigantesca de escombros y cenizas. Era el momento de hacer sangrar a los
sitiados.
Después de la explosión, comenzó un asalto masivo por
parte de 4 columnas republicanas (unos 2.500 soldados). Sin embargo, lo que no
sabían las tropas gubernamentales es que se dirigían a una trampa mortal
provocada por la explosión que ellos mismos habían llevado a cabo.
Fue un desastre. La primera columna, la cual pretendía
avanzar por el lugar en el que habían hecho explosión las minas, se encontró
con que la detonación había creado un gigantesco cráter casi impracticable. Sus
vidas estaban sentenciadas ya que, en cuanto intentaron atravesar esta gran
abertura, fueron tiroteados a placer desde la parte superior de las ruinas del
Alcázar.
Tampoco tuvieron demasiada suerte las tropas que trataron
de asaltar la zona sureste y oeste del edificio, pues recibieron una ingente
cantidad de fuego de fusilería por parte de los defensores. Únicamente las
fuerzas que atacaron la fachada norte lograron poner los pies sobre el suelo
del Alcázar, pero, ante la falta de refuerzos, terminaron cayendo frente a los
sublevados en un sangriento intercambio de balas. Ni siquiera los vehículos
blindados pudieron modificar el resultado de la batalla, pues los escombros
redujeron drásticamente su capacidad de movimiento.
A las pocas horas, una vez que se disipó el humo de la
artillería y los fusiles, el panorama era dantesco. Y es que, aunque los
defensores habían considerables bajas (aproximadamente 60) el asalto no había
conseguido su objetivo. Tras el catastrófico asedio, los republicanos volvieron
a su plan original: bombardear con artillería el Alcázar hasta reducirlo a
cenizas.
Llega Varela
No obstante, la situación había tomado ya un rumbo
inamovible y, aunque en los días posteriores los republicanos trataron de asaltar
el Alcázar, fueron rechazados de nuevo. Finalmente, y después de decidir
desviarse a costa de no presionar Madrid, las tropas de Varela llegaron a las
inmediaciones de Toledo el día 28 y, para felicidad de los sitiados, liberaron
la fortaleza.
Mientras, las tropas gubernamentales decidieron retirarse
para evitar ser atrapadas entre dos fuegos. Había acabado la batalla por el
Alcázar de Toledo, y lo había hecho con más de 90 fallecidos por el bando
nacional y una cantidad imposible de cuantificar por parte del ejército
gubernamental.
Después de la liberación se vivió, al parecer, el último
suceso destacado y que aún resuena en el imaginario colectivo. Cuando Varela
visitó las ruinas del edificio que había cobijado a los sublevados durante más
de 70 días, Moscardó no lo dudó e informó a su superior de la siguiente forma:
«Sin novedad en el Alcázar, mi general».
Seis preguntas a Francisco Martínez Canales
M. P. V.madrid
1 - Se ha especulado mucho sobre la veracidad de la
famosa frase de Moscardó «Sin novedad en el Alcázar, mi general»
Bueno, cuando un militar da parte a su superior de
cualquier acción siempre dice: «Sin novedad en la compañía» a pesar de que
todos sus soldados hayan muerto. A continuación, añade: «La única novedad es
que…» y explica lo acontecido. Es decir, es una fórmula que los militares usan
para informar de lo que ha sucedido: primero saludan, luego señalan que no hay
novedad y, finalmente, dan parte. Así que es muy probable que Moscardó dijera
aquello de «Sin novedad en el Alcázar», lo que ocurre es que si se aísla la
frase de la conversación y de su contexto adquiere otro significado bien
distinto.
2 - ¿Cómo es posible que la República no pudiera tomar
el Alcázar a pesar de contar con más equipamiento, vehículos, artillería y
soldados?
Por una total y absoluta falta de disciplina. El general
Riquelme era un soldado curtido del ejército español y un veterano de África,
pero estaba mandando unas tropas para las cuales la disciplina era sinónimo de
fascismo. El problema fue que la República tenía muchos hombres, pero una gran
parte eran milicianos. Era gente que no conocía la organización militar ni la
disciplina. De hecho, hubo que esperar hasta que los comunistas crearon el
Quinto Regimiento para que la República se diese cuentas de que, sin un
ejército disciplinado, era imposible plantar cara al enemigo. Una compañía de
la Legión podría haber tomado el Alcázar de Toledo, quizás con un 80% de bajas,
pero habrían seguido adelante, mientras que 2.000 milicianos se retiraban en
cuanto se enfrentaban a un fuego intenso.
3 – El ejército gubernamental intentó asaltar el
Alcázar haciendo uso de todo tipo de ideas inimaginables ¿Cuál es la que más le
llamó la atención?
Intentaron muchas cosas, los bombardearon, les lanzaron
gases, pero uno de los intentos más curiosos lo protagonizaron los bomberos. Al
parecer, se trasladaron camiones de bomberos desde Madrid con cisternas
cargadas con gasolina para, haciendo uso de las mangueras, «regar» todo el
Alcázar e intentar que se incendiara. Sin embargo, al final el plan salió mal y
murieron varios bomberos de Madrid.
4 - ¿Podría haber tomado Franco Madrid si no hubiera
acudido a salvar a los defensores del Alcázar?
Tras hablar con varios expertos en estrategia creo que no
tuvo nada que ver. El retraso que supuso la toma de Toledo no influyó a la hora
de conquistar Madrid. El ejército de África no tenía fuerza suficiente para
meterse en la ciudad ya que sus tácticas no servían en una lucha callejera.
Ellos estaban acostumbrados a rodear los puntos que les ofrecían resistencia
manteniendo un frente de fuego, y los milicianos ante esta táctica solían
retirarse al instante. Una lucha en ciudad es algo bien distinto porque
cualquiera puede meterse en una casa y disparar desde allí sin ser visto. De
llegar a entrar en Madrid podrían haber sufrido grandes bajas.
5 - ¿Qué motivó a Moscardó a organizar la defensa de
Toledo?
En aquellos años el ejército estaba politizado, Riquelme,
por ejemplo, un veterano militar español del Ejército de África, era comunista
porque creía en ello. Hay que ver los sucesos con la perspectiva de la época y
en su momento el comunismo era una cosa muy moderna que para muchos ofrecía una
solución de futuro,
En el lado contrario estaba Moscardó, un oficial más
conservador que pensaba que la solución para España no era el caos de partidos
políticos que traía la República. Por ello, cuando Moscardó estuvo en Madrid y
vio a milicianos armados y que el gobierno ya no tenía el control, se volvió a
Toledo y organizó su defensa con la única noticia de que el Ejército de África
se había sublevado. Realmente no sabía que posibilidades tenía, simplemente
intentó cumplir su deber dentro de los límites que él consideró necesarios. Se
podría decir que trató de aguantar todo lo posible en el Alcázar hasta que
pasara el tiempo y se viera lo que sucedía.
6 - ¿Qué significado tiene para usted que la República
decidiera volar el Alcázar?
Es llamativo que un gobierno teóricamente salido de las
urnas se reuniera en Consejo de Ministros con su presidente al frente y votaran
dinamitar el Alcázar de Toledo, un punto de resistencia que no era realmente
una amenaza en la guerra y en el que habitaban multitud de mujeres y niños.
Simplemente se podría haber colocado un cinturón
sanitario alrededor del Alcázar de Toledo hasta que se les acabara la comida,
pero prefirieron bombardearlo debido a que la prensa internacional ya se había
hecho eco de la historia y se estaban creando poco a poco unos héroes. Y eso no
podía consentirse, querían acabar con esa idea y demostrar su fuerza. Pero que
un gobierno, reunido, tomara la decisión de volar un monumento nacional con un
montón de mujeres y niños dentro es un golpe muy fuerte.
Buen trabajo, pero algunos matices.
El hijo de Moscardó sí fué fusilado
El alzamiento no lo encabezó Franco, sino Mola; Franco se
unió a última hora, aunque luego, por su prestigio fuese elegido como Jefe.
El alzamiento no fué contra la República, sin o contra el
gobierno del Frente Popular; la bandera que ondeó en el Alcázar fué la tricolor
de la República
Javier de la Uz
También cabe recordar:
La mayor fosa de la represión republicana




