El Cuartel de la
Montaña, estaba situado en la montaña del Príncipe Pío, junto a la Plaza de
España (Madrid); fue construido en el
año 1.860 por Ángel Pozas. Desde 1.968, su
solar lo ocupa el Templo de Debod.
Templo de Debod (Madrid)
El 18 de julio de 1.936, el militar encargado de sublevar
Madrid designado por el General Mola para tomar el mando de la 1ª División Orgánica era el General
Rafael Villegas, pero debido a su manifiesta indecisión, es el General Joaquín Fanjul Goñi
quien se hizo cargo.
En el Cuartel de
la Montaña, se alojaba un Regimiento de Infantería, otro de Zapadores
Minadores y un Grupo de Alumbrado e Iluminación. El 18 de julio de 1.936 los Partidos Políticos y las Organizaciones Sindicales afiliadas al Frente Popular sospecharon que las Tropas allí acuarteladas
esperaban el momento oportuno para secundar el alzamiento militar.
Cuartel de la Montaña
El Cuartel fue
protagonista de uno de los episodios más
cruentos de la Guerra Civil en Madrid, puesto que allí se hicieron
fuertes las tropas de los sublevados de la ciudad.
LA HERMOSA TRAGEDIA DEL CUARTEL DE LA
MONTAÑA
LA SUBLEVACIÓN
Después
de una larga noche, para las gentes perseguidas por las Milicias populares rojas, ocurrió
lo que nadie esperaba, “el Cuartel de la Montaña se había rendido”,
cuando todos deseaban que de allí partiera el alzamiento de Madrid.
Todo Madrid
pudo escuchar la nota fría y radiada por el Ministerio de la Gobernación a
medio día: “El episodio del Cuartel de la Montaña ha terminado”. Por lo
demás, informes vagos que corrían de boca en boca por las calles y que todo el
mundo había podido escuchar. Se veían expresiones de gozo salvaje en el rostro
de los milicianos,
que esgrimían mosquetones reglamentarios, lucían prendas militares
como trofeos de conquista, y gorros cuarteleros las prostitutas. Decían: no ha quedado un fascista en el Cuartel. Los hemos “apiolao” como
ratas…
El Cuartel y
sus calles aledañas estaban cercadas por la turba desde el atardecer anterior.
Las Fuerzas de Policía y milicias
de las Juventudes
Socialistas estaban apostadas en las esquinas. Habían emplazado dos
ametralladoras en los tejados de los edificios próximos al Cuartel, con ellas, dominaban la entrada del Cuartel de Zapadores y podían batir el Pabellón del Grupo de Alumbrado. En el paseo de Rosales, había en una camioneta,
Fuerzas de Asalto al mando de un
Teniente apellidado Solán, que había
prometido permitir el acceso al Cuartel
de cuantos voluntarios se presentaban, pero traicionando su palabra, los
hombres a su mando tiroteaban desde la camioneta a varios grupos de Falangistas que intentaron cruzar. Del Cuartel, salió arriesgando su vida, el Capitán Ponce de León recriminando al Teniente
Solán por su conducta, pero éste,
intentando excusarse con evasivas, finalmente se negó rotundamente a ayudar al
Movimiento. Las milicias
de las Juventudes
marxistas y dos carros blindados de Asalto, mandados
por un Oficial, completaron el cerco.
Cercada la calle
Luisa Fernanda, frente al Cuartel de la
Montaña
(Foto de
http://www.fotosmilitares.org)
La lucha sería desigual, los Oficiales caballerosos y hombres dignos y respetables tendrían que enfrentarse con la canalla sin ley, sin
freno ni escrúpulos.
Se decidió entonces consultar al Coronel Serra, Jefe del Rgto. de Infantería nº 4. Éste, salió de su despacho y después
ponerse de acuerdo con el Jefe de Zapadores
nº 1, Coronel Fernández de la Quintana,
bajó al jardín. Allí le esperaban un grupo de Oficiales y Caballeros
Cadetes, entusiastas del Movimiento. -Mi Coronel- le dijo uno de ellos: Usted sabe para qué quiere el Gobierno
marxista esos cerrojos… Van a
armar a la chusma contra nosotros… El Coronel
serenamente contestó: Estad tranquilos,
caballeros Oficiales… tengo cincuenta y siete años y no moriré siendo un
traidor… La noble rebeldía estaba iniciada. Se negaron terminantemente los cerrojos. Los cinco camiones regresaron
vacíos. Mientras tanto, en el Cuartel se
habían tomado precauciones. Desde el anochecer empezó a notarse la afluencia de
grupos en las esquinas próximas. Un taxi, ocupado por milicianos, pasó a toda
velocidad por la calle de Ferraz y desde
él hicieron una descarga contra el Cuartel,
repeliendo los centinelas la agresión.
Amaneció el día 19, las noticias de África confirmaban el triunfo del Movimiento, anunciando el
propósito de Franco de traer sus
Fuerzas a la Península. A la una de la tarde llegó el General Fanjul, vestido de civil, entró acompañado de su hijo, el
Teniente Médico José Ignacio Fanjul
Sedeño. Le recibieron los Coroneles Fernández de la Quintana y Serra. Una
vez cambiado, de uniforme, dirigió alocuciones a los Jefes, Oficiales y
Suboficiales en todas las Unidades. A pesar de las arengas del General, hubo algunos Sargentos que,
poco después, se presentaron a sus Oficiales manifestando que no se encontraban
en buen estado de salud y entregaron su baja por enfermos. ¡Eran los traidores! A todos
ellos se les dio la orden de marcharse a sus cuartos de las Compañías y se les
recogió el armamento.
General
Joaquín Fanjul Goñi
El General, en seguida redactó para la imprenta el Bando de declaración del Estado
de Guerra con diez artículos,
y tomó el mando de la 1ª División Orgánica del Ejército. Mientras se esperaba
que otras Guarniciones de Madrid se
sumasen al Movimiento, en el Cuartel,
se hacía una rápida selección, apartando y desarmando a las clases cuya
adhesión era sospechosa. Los refuerzos, no llegaron, no podían llegar. La
noche trágica, se venía encima, y ya las
entradas en Madrid estaban tomadas
por el populacho
y alrededor del Cuartel se iba
formando una espesa barrera humana, erizada de fusiles y de odio.
Vistos los preparativos del enemigo, se dictaron órdenes
para contrarrestarlos. Se apostaron en las ventanas del Cuartel, Soldados
seleccionados, buenos tiradores. En el patio, un grupo de Sargentos y Cabos
adiestraban a los Falangistas en el
manejo del fusil. Se emplazaban ametralladoras en sitios estratégicos. Los
Oficiales circulaban por todas partes, pronunciando arengas, estimulando a la
Tropa, dando ejemplo en el esfuerzo, en el entusiasmo, en la fraternidad…
No llegaban las Baterías artilleras anunciadas y el enemigo,
mientras tanto, reforzaba el cerco. Los observadores lo confirmaban. En los
solares de las antiguas Caballerizas
Reales se emplazaban piezas del 155 y del 105 apuntando contra la fachada
del Cuartel de Infantería. A la Plaza
de España y a la calle de Ferraz llegaban otros cañones con las Fuerzas del Cuerpo de Asalto.
Obús del 155, empleado en el asalto al Cuartel de la Montaña
A las dos de la madrugada un zumbido hondo y prolongado
despierta a las Fuerzas del Cuartel de
la Montaña. Eran los primeros aviones del Gobierno, que volaban sobre el Cuartel. Las comunicaciones telefónicas
estaban cortadas desde antes y el enlace de la Central militar intervenido.
Despertó la Tropa. Los Soldados seguían en sus respectivas Compañías; pero el aspecto
del Cuartel varió. El ruido de la
Aviación era constante, y era lógica la reacción de sobresalto. Con las
primeras luces del alba los aviones
volvieron a volar sobre la Montaña,
arrojaban proclamas, en ellas, el Gobierno
se dirigía a la Tropa, aconsejándoles que matasen a sus Jefes,
prometiéndoles, si lo hacían, el licenciamiento. El “paqueo” desde las azoteas y balcones próximos
era cada vez más intenso. Se observó desde el Cuartel que una Compañía de la Guardia
Civil tomaba posiciones en sus cercanías. Los cañones de la Plaza de España
y los de los jardinillos de Ferraz eran servidos por Fuerzas de Asalto.
EL CERCO
El Cuartel de la
Montaña, disponía de dos Regimientos:
el de Infantería de Línea nº 4 y el de
Zapadores nº 1, y un Batallón de Alumbrado, haciéndose fuerte con algo más
de 1.300 hombres, entre militares y
civiles. Entre los primeros se encuentran 145 Oficiales y cuarenta y dos Caballeros
Cadetes que estaban de permiso en Madrid;
entre los segundos, 170 Falangistas.
Su inferioridad numérica respecto a los
sitiadores era abrumadora. Ese día, el Cuartel
es rodeado por tropas leales al Gobierno
de la República, Guardias de Asalto
y Milicias marxistas
y la Aviación Militar. Además se unieron a estas Unidades 5.000 mineros y 2.200 presidiarios llegados de Madrid
la noche anterior.
La
Plaza de España, estaba tomada militarmente por dichas Fuerzas. Entre las estatuas de Don Quijote y Sancho y al comienzo de la calle Ferraz, se habían emplazado dos cañones Schneider de 75 mm. En la
esquina de Ferraz, se situó un carro
blindado, unos metros delante, numerosas ametralladoras y a pocos pasos, dos carros blindados más. Escuadrones de la Guardia Civil y de Asalto
habían tomado el paseo de Rosales, la parte alta de Ferraz y las calles que lo
enfilaban por su parte Este. Un cañón de 155 mm estaba emplazado en los
jardinillos de Ferraz, dispuesto a tirar a cero… y todos los balcones y
terrazas desde los que se denominaba el Cuartel
se hallaban guarnecidos con Guardias
de Asalto y milicianos.
Toda esta fuerza estaba mandada por un Comandante de la Guardia Civil, por otro
de Asalto, varios Capitanes y Tenientes, un Capitán de Artillería y el Teniente
de Asalto, asesino de Calvo Sotelo, Máximo Moreno.
Barricada
en
Plaza de España, las Fuerzas de la Guardia Civil y Asalto
organizan a los milicianos
(Foto de http://www.fotosmilitares.org)
Blindados “Bilbao” en la Plaza de España esquina calle Ferraz
(Foto de http://www.fotosmilitares.org)
El
Comandante Hidalgo de Cisneros,
ayudante del Ministro de la Guerra,
llevó las órdenes escritas para efectuar el ataque. Del Parque de Artillería enviaron antes del alba gran cantidad de
municiones.
A
las siete menos cuarto del día 20, los sitiadores
decidieron enviar un parlamentario al Cuartel.
El emisario
avanza hacia él llevando al hombro, en un garrote, un pañuelo blanco; salen al
paso varios Oficiales y lo conducen a presencia del Coronel Serra. Éste, con afable
indiferencia, le pregunta: Vamos a ver. ¿Qué quiere usted de mí? – Responde
el sindicalista,
mi Coronel, de parte de los Comandantes, que si dentro de cinco minutos, usted
y sus Fuerzas no se rinden al Gobierno
legítimo, serán bombardeados con tiro de cañón y aéreo. ¿Nada más? – preguntó el Coronel. Nada más, respondió el emisario. Pues diga usted a los que mandan –contestó el Coronel- que yo no sé si son Comandantes, y si lo son, los desconozco; que las
Fuerzas a mi mando no obedecen las órdenes de un Gobierno de asesinos. Estamos
al lado del General Franco, que acaudilla el Movimiento, y la Guarnición que en
toda España se ha sublevado para terminar con el deshonor y la ruina en que la
República nos ha sumido. Diga usted a los que le envían que pueden empezar a
bombardear cuando quieran. Nosotros no nos rendimos.
Eran
las siete en punto de la mañana, desde el Ministerio
de la Gobernación, por la radio, hablaban exhortando a los sitiadores a
rendirse. Arenga inútil. Desde la
azotea más alta que dominaba el Cuartel,
se instala de noche una receptora de radio, un amplificador y un micrófono. Un
periodista de ultraizquierda
dice a los Soldados del Cuartel que
abandonen a sus Mandos y salgan sin armas, que les engañan éstos y que ya están
licenciados.
Una rociada de tiros contestó, desde el Cuartel, a la sagaz arenga. Y en
seguida los dos cañones del 75 mm
situados en la Plaza de España lanzaron sus primeros proyectiles. La primera
granada que entró en el Cuartel perforó
el muro de los Pabellones donde habitaba la Oficialidad. Al sentir la explosión,
varios jóvenes Falangistas se lanzaron
a tierra. El Caballero Cadete Luis
Barberán, que más tarde había de ser asesinado, les gritó: ¡Arriba todos! ¡Arriba España! ¡Los Cadetes
no se tiran al suelo! La agresión fue bravamente repelida. Se generalizó la
lucha. Un grupo de Falangistas y Caballeros Cadetes, con el Teniente Grifoll a la cabeza, hizo una salida
por el gimnasio hasta la explanada del Cuartel
y logró que se replegaran los milicianos que les hostigaban desde la
arboleda de la plaza de España.
Cañón abriendo fuego, e impacto en el Cuartel de la Montaña
Aumentaban
sin cesar las bajas. El Cuartel de
Infantería, por su fachada delantera, estaba acribillado a cañonazos. Uno
de los proyectiles deshizo el Cuarto de
Banderas, debido a la confusión, el Capitán
marxista detenido, Santiago
Martínez, pudo salir de allí. Se marchó a las Compañías donde estaban refugiados los Soldados y Clases que no
habían llegado a intervenir directamente en la lucha. Ducho en esta clase de
propagandas, se dedicó a soliviantar el ánimo
de los rezagados con comentarios derrotistas, diciéndoles que todo
estaba perdido y que era estúpida la defensa del Cuartel contra Fuerzas enormente superiores. Y como corroborando
sus palabras desalentadoras, en aquellos instantes la Aviación roja hizo un nuevo raid
sobre el Cuartel arrojando
bombas.
Se acentuaba el mal cariz de la defensa. El General Fanjul acababa de ser herido por una esquirla de metralla levemente
en la cabeza, el Coronel Serra lo
estaba también en un brazo, y muchos Falangistas,
Cadetes y Oficiales habían sido alcanzados por los proyectiles. Pero
mientras en los parapetos y en la explanada se resistían con insuperable
heroísmo los ataques, dentro del Cuartel
empezaba la desmoralización. La labor del Capitán
Santiago
Martínez y de algunos Sargentos
empezaba a dar sus frutos. Los verdaderos adictos estaban luchando en la
explanada y en los parapetos. Mientras, el Capitán
marxista y
sus secuaces soliviantaban a la Tropa. Ellos fueron los culpables del episodio,
acaso decisivo, para la suerte de los defensores del Cuartel, que se desarrolló mediada la mañana.
Milicianos esperando el ataque al Cuartel de la Montaña
(Foto de http://www.fotosmilitares.org)
LA CAÍDA
En
la ventana de una de las Compañías del Regimiento
de Infantería apareció puesta, por no se ha sabido quién –un traidor-, una
bandera blanca. Los Jefes del Cuartel
ignoraban esto: no lo habían autorizado, no se contó con ellos. También lo
ignoraban los defensores del recinto exterior. Por eso es una trágica calumnia
la versión que del suceso explotaron los del Frente Popular para propaganda…
En el Cuartel de la Montaña no hubo
traición por parte de los sublevados. Ni el General Fanjul, ni Mando
alguno la autorizaron. Pero al verla ondear en una de las ventanas, los sitiadores, considerando el recinto rendido, se lanzaron en
tropel hacía la rampa de entrada, ávidos de la presa codiciada, y los
defensores cumplieron con su deber. Dispararon los morteros e hicieron funcionar frenéticamente las armas automáticas. El resultado fue una
verdadera carnicería. La rampa quedó sembrada de cadáveres de asaltantes. No se
rechazó el ataque sin pérdidas. El Capitán
Gonzalo Menéndez recibió un tiro en el vientre. Media hora más tarde
moriría.
Los Soldados apremiados
por el Capitán Martínez
y por los Sargentos
que lo secundaban, se habían armado y, encañonándoles con sus fusiles,
procedieron a detener a los Oficiales,
Cadetes, Falangistas y a los Soldados
afectos. Los traidores dominaban ya el interior, con su superioridad numérica.
Los defensores se veían cogidos
entre dos enemigos: los que atacaban desde fuera y los que dentro se habían insubordinado.
Hubo rasgos heroicos, desesperadas resistencias gloriosas. Junto a la cantina,
un grupo de cinco Falangistas no
quiso entregar sus armas; apretados codo con codo, se defendieron hasta agotar
sus municiones. Cayeron acribillados. Un Caballero
Cadete, Antonio Rodríguez Amat, se vio encañonado por numerosos fusiles y conminado
a entregar el suyo, sin defensa posible, se negó a rendir el arma: Yo no doy mi fusil sino por orden de mis
superiores. Lo asesinaron en el acto, cayendo acribillado. Al mismo tiempo,
otros grupos de amotinados abrían a los asaltantes las puertas del Cuartel que daba al paseo de Rosales.
Los Jefes y Oficiales detenidos eran encerrados en el Cuarto de Banderas y en
el Comedor.
Momentos anteriores
al asalto, al fondo un blindado “Bilbao”
(Foto de http://www.fotosmilitares.org)
Las milicias iniciaban la invasión del Cuartel. El espectáculo supremo de
horror dantesco iba a empezar con la primera oleada de populacho frenético que irrumpió
en el Cuartel, destrozando cuanto encontraba su paso. Ciegos de odio, ni
siquiera respetó a los que, desde dentro, las habían ayudado tan eficazmente al
triunfo. De una de las Compañías salió un grupo de Soldados amotinados a recibirlos llevando a manera de bandera una gran sábana blanca
manchada de sangre; un Sargento de los que se habían esforzado en
sublevar a la tropa, al frente del grupo, y dirigiéndose a los invasores, gritaba: ¡Hermanos! ¡Hermanos! ¡Ya está aquí el pueblo! Una descarga cerrada
de los asaltantes le respondió. Cayó acribillado a balazos, y con él casi todos
los Soldados del grupo. La turba se
enseñó con los cadáveres: les quitaban los fusiles, les arrancaban los
correajes y las cartucheras, destrozándoles las ropas. Muchos Soldados, enloquecidos por el terror, se
arrodillaban implorando piedad de sus verdugos, tiraban al suelo sus guerreras,
se arrancaban los emblemas… Los más miserables se mezclaban a los grupos de
asesinos y los guiaban por el Cuartel,
coreando sus gritos de muerte: ¡A los
Oficiales! ¡A los Oficiales!
La horda no respetó ni a los que, heridos durante la
lucha, estaban en la Enfermería.
Entraron en ella y remataron a todos. Al Teniente Gorozarri, herido, que pudo salvarse durante los primeros momentos,
cuando lo sacaban en ambulancia, fue acribillado a navajazos por un grupo de
milicianos.
Entrada al Cuartel de la Montaña el primer grupo de atacantes
(Foto de http://www.fotosmilitares.org)
Tras el asalto a las instalaciones se producen matanzas
de Oficiales, cayendo muchos heridos
y otros prisioneros. Veinte de ellos, encerrados en el Cuarto de Banderas, deciden suicidarse pegándose un tiro. El
enfrentamiento provoca más de 500 muertos, de ellos, se estima que la cifra de
prisioneros asesinados tras la rendición es superior a 130, además de decenas
de heridos. Murieron más de la mitad de los Falangistas, y algunos lograron
confundirse entre los asaltantes y salvar la vida, pero otros fueron
identificados y fusilados. El General Fanjul es detenido por el Teniente Moreno,
de la Guardia de Asalto y el Coronel Serra muere. Las milicias
obreras se hacen con los cerrojos y fusiles. El Comandante Ramos, que vio la entrada de
los asaltantes en el Cuartel,
manifestó: “Cuando se vio llegar esta situación, el Coronel del Regimiento con personal del mismo y camaradas de la Falange, escondieron cajas de cerrojos de fusil e incendiando otras”.
Dando el tiro de
gracia a los defensores del Cuartel de la Montaña en el patio central
Un Oficial
interrogado por los milicianos antes
de ser fusilado
(Foto de http://www.fotosmilitares.org)
Sobre el carácter extremadamente cruento de aquella
salvaje acción, quedó el testimonio de uno de sus protagonistas: el comunista
Enrique Castro Delgado, creador del 5º Regimiento de Milicias y miembro del Comité Central del Partido Comunista de España. Así lo explicó en
un célebre pasaje de su libro “Hombres made in Moscú”:
Ya dentro del Cuartel,
alguien dice: “Allí” están los que no han
escapado, serios, lívidos, rígidos… Castro sonríe al recordar la “fórmula”.
“Matar…, matar, seguir matando hasta que el cansancio impida matar más…
Después… Después construir el socialismo.” […] Que salgan en filas y se vayan
colocando a aquella pared de enfrente, y que se queden allí de cara a la pared…
¡Daros prisa! La fórmula se convirtió en síntesis de aquella hora…, luego un
disparo…, luego muchos disparos… La fórmula se había aplicado con una exactitud
casi maravillosa.”
Esto es, un resumen fiel y dramático, recordando lo que
el Gobierno en
manos del Frente
Popular llamó, lacónicamente y fríamente, “el episodio del Cuartel de la
Montaña”. Fue una epopeya y el martirio de un puñado de héroes.
Cuartel después del
bombardeo. El edificio, había
quedado muy dañado durante el asedio, y luego, a lo largo de los 3 años que
duró el “no pasarán”, aquella zona
fue de las más castigadas, y recibiría el impacto de muchos proyectiles de
artillería debido a su cercanía con la línea de frente. Cuando termina la Guerra es ya tan sólo un conjunto de
ruinas irrecuperables, algunas de las cuales podían aún verse a principios de
los años sesenta. Años después, lo que quedaba fue derribado y en su suelo
se creó un enorme parque, El parque del
Oeste, donde aún se pueden ver perfectamente conservadas algunas casamatas,
y hace pocos años encontraron un obús sin estallar.
Placa conmemorativa Parque de la Montaña
Obra
monumental situada como mural de una escalera y simula un parapeto
de sacos terreros, realizado todo ello en piedra y sobre ellos una figura
mutilada en bronce, obra de Joaquín
Vaquero Turcios, inaugurada en 1.972.
JUICIO SUMARÍSIMO AL GENERAL FANJUL. FUSILAMIENTO
El General Fanjul,
que resultó herido, junto con su hijo
y el Coronel Fernández de la Quintana,
consiguió escapar de la matanza, siendo hecho prisionero y conducido a la Cárcel
Modelo. Acusado de rebelión militar, fue juzgado, junto con el Coronel últimamente citado, en la
propia prisión, en juicio sumarísimo, por la Sala VI del Tribunal Supremo. El General Fanjul, como abogado, se defendió a sí mismo. Al Coronel Fernández de la Quintana lo
asistieron los letrados Fernando Cobián
y Fernández de Córdoba y Manuel Carrión, este último pasante de José
Antonio Primo de Rivera y ambos abogados presos en el mencionado
establecimiento.
Se mantuvieron tranquilos ante sus Jueces, negándose a
repudiar el Movimiento y sin
arrepentirse de su participación en el mismo, proyectado para la grandeza de
España. Firmaron la sentencia que les condenaba a muerte. El General Fanjul, que era viudo, contrajo
matrimonio antes de ser fusilado.
Recibieron los auxilios espirituales, formalizaron su
última voluntad, y al alba del 18 de agosto de 1.936, fueron entregados al
pelotón encargado de hacer efectiva la sentencia.
José Ignacio Fanjul
Sedeño Teniente médico, hijo del General Fanjul, fue conducido a la Cárcel
Modelo de Madrid, en la que
fue asesinado el 22 de agosto de 1.936 por milicianos afectos a la causa republicana.
LOS CABALLEROS CADETES
Treinta alumnos de Infantería, dos de Artillería y diez
de Ingenieros habían hecho sus prácticas en el Cuartel de la Montaña, de Madrid. Cuarenta y dos Caballeros Cadetes,
se encontraban allí la noche trágica del 17de julio de 1.936. En la mañana del
domingo día 19, mandados por el Teniente Manuel
Grifol Moreno, iban a la Iglesia de los Carmelitas de la Plaza de España;
oían Misa, confesaban, comulgaban, y ofrecían sus vidas al Dios de los
Ejércitos.
En la mañana siguiente, de los cuarenta y dos Caballeros Cadetes, veintiocho murieron
por Dios y por la Patria en el Cuartel
de la Montaña. Muy pocos días antes del asedio, los Cadetes salieron del Cuartel; habían terminado sus
prácticas, tenían vacaciones, y se marcharon hacia sus respectivos lugares.
Pero la noche del 17 de julio volvieron los cuarenta y dos Cadetes al Cuartel. Los
había traído, desde todos los lugares, el sagrado afán de poner sus vidas al
servicio de la Causa de España.
El Caballero Cadete Javier
Caperochipi estaba en Valladolid,
camino de San Sebastián, donde le
esperaba su padre. El Cadete Francisco
García estaba en Zaragoza. Ellos prefirieron acudir a la cita que la Gloria
y la Muerte le habían dado en el Cuartel
de la Montaña. El Caballero Cadete
Rafael Domínguez Tabarés también estaba lejos, en la distancia geográfica y
en los sentimientos políticos. No obstante, se presentó en el Cuartel la madrugada del 18 y dijo: Esto es una locura, no estoy de acuerdo con vosotros, pero yo quiero
correr la suerte de mis compañeros. Y Dios quiso que fuera así: Domínguez Tabarés murió asesinado por
las hordas.
La Teniente Manuel
Grifoll Moreno, alma, hermano y jefe de aquellos cuarenta y dos Cadetes heroicos, era su maestro y les
dio la lección magnífica de su ejemplo. Con él, los veintiocho mártires fueron
a la Iglesia, a la batalla, y comparecieron ante Dios. Con su ejemplo, sus Cadetes fueron Caballeros a cumplir su
deber, leones en el combate, mártires cristianos en la hora del supremo
sacrificio. Mezcló su sangre con la de ellos y vuestro holocausto no fue
estéril. “IN MEMORIAM”
Francisco Javier de la
Uz Jiménez
Fuentes
consultadas:
El Cuartel de la Montaña (1.940), por José María Carretero (El Caballero Audaz)















