No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
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1/6/25

VIDA DE SOCIEDAD





 VIDA DE SOCIEDAD

La Codorniz


La lectura más audaz 
para el lector más inteligente
  La honorable familia del señor Domínguez acababa de comer un potaje, y con ello daba por teminado el almuerzo. Todos esperaban que el padre, siguiendo la costumbre impuesta por él desde hacía varios meses, pronunciase una pequeña conferencia, que venía a ser una enérgica condenación dela carne y de los comedores de carne. En otros tiempos se comía siempre carne en aquella casa; pero ahoa el señor Domínguez inculcaba en el cerebro de susu hijos la idea de que todas las enfermedades y todas las calamidades sobrevenían de lo que se llama "comer muertos". Los chicos ya no pedían carne nunca. Por otra parte sería igual.
    Pero aquella tarde Domínguez no dijo nada. Terminó la comida y no habló. Había permanecido mudo, con la mirada vaga, desentendido de lo que ocuría a su alrededor; tan preocupado que, cuando terminó su ración de pan, se tragó la de su mujer, "sin agradecerlo siquiera" como se dijo ella para sus adentros.
    El silencio habitual de la sobremesa fue roto por el hijo menor.

--- Tengo hambre-declaró
--- La madre hizo un gesto de escándalo.
--- ¡Niño! ¿Qué fea palabra es esa? Más de una vez te enseñé que lo que debe decirse, en todo caso, es: "Tengo apetito"
--- Bueno; pues tengo apetito.
--- Pero no veo yo a qué viene eso cuando se acaba d comer -desaprovó la madre-. Sed buenos y os dejaré ver el huevo que tenemos guardado para el santo de papá.                                                                        Los dos chicos bramaron, como si se hubieran puesto de acuerdo:
---¡Que sea hoy el santo de papá! ¡Que sea hoy! ¡Que sea!
---¡Niños!
---¡Viva San José!
---¿Cómo es eso? ¡No se puede jugar con las fechas santas!
---El señor Domínguez pareció salir de un letargo. Ordenó con voz débil:
---Dáles el huevo
---¿Dárselo... Se lo enseñaré, como otras veces.
El señor Domínguez  aclaró lánguidamente:
---Frieselo.
---Pero...
---Te lo digo yo.
La excelente señora no discutió más. Nunca discutía. Se limitó a pedir:
---Entonces dame las llaves de la caja de acero.                                Su marido le entregó un llavero, y ella se marchó. Después se reunió el matrimonio en el despacho.
---Querida mía -dijo él-, tenemos que hablar muy gravemente. Llegó para nosotros uno de esos momentos que pones a prueba el espíritu de las personas. Siempre fuiste u una mujer mujer ani mosa, y espero que no flaquearás, sino que m´s bien recibiré fuerzas de tí, que buena falta me hacen. Lee eso. Y le ofreció una carta que sacó del bolsillo.
---¡Me asustas! ¿De qué se trata? -preguntó ella sin atreverse a leer.
---Se trata de que dentro de tres días la familia Ripoll habrá salido de Barcelona y estar´aquí.
---¿La familia Ripoll ?
---Sí; el padre, la madre y la hija mayor.
---¿Y qué?
---Tú ya sabes cuánto le debemos, lo bien que se han portado con nosotros durante la revolución
---Sí.
---Pues... yo cometí una imprudencia. Una vez, hace más de un año, me anunciaron su intención de venir. Yo les dije que me avisasen su llegada y que comeríamos juntos en el mejor restaurante de Madrid. Perdónme. Por aquel entonces aún no habían subido tanto los precios y..., además..., acariciaba la esperanza de que no viniesen nunca. En momentos de euforia, todo el mundo anuncia visitas y viajes, y luego no se piensa en ello más.
    La digna señora de  Domínguez había palidecido, pero no perdió su enteeza.
---¡Vamos! No te apures; es preciso conservar la serenidad -aconsejó-. Acaso no sea tan categórico tu compromiso. ¿Puedes recordar exactamente lo que dijiste?
---Dije, palabra por palabra: "¡Caray, qué alegría! Les voy a dar un banquetazo en el mejor restaurante de Madrid. ¡Y cuidado con no avisarme, que me enfadaré para siempre.!"
---¡Ah! -suspiró la señora con desaliento.
---Por desgracia eso ya no es opinable. En la carta me recuerdan amistosamente la promesa. Y yo soy capaz de todo, menos de quedar mal con esa gente.                                                                           Y se dejó caer en un sillón, con el rostro oculto entre las manos. La esposa le acarició dulcemente.
---¡Animo! -susurró-. No hay remedio
---¿Verdad que no hay remedio?
---No. Es imposible volverse atrás. Lo comprendo. Quiero decirte tan solo que, pase lo que pase, lo que sea de ti será de mí. ¿Qué has pensado hacer?         El señor Domínguez le dio gracias, procuró dominarse y habló
---Hasta ahora, como tu sabes, íbamos viviendo gracias a nuestra buena administración y a que disminuíamos los gastos cuidadosa y acaso exageradamente. Sabes también que nunca toqué tu dote, que ahí está, íntegro, en el Banco. Pues bien, ha llegado el momento, que no deseé nunca: es preciso que me autorices a disponer de él. Habrá que vender los valores.
---Véndelos
---Pero no llegará. Seremos cinco a la mesa: tu, yo y los tres Ripoll. Es preciso que tus pequeñas alhajas...
---Dispón de ellas.
---Los Ripoll  beben mucho vino y toman licores con el café... Seguramente no tendremos bastante. Será indispensable realizar nuestros mueble...
---Si no hay otra solución...
---No, no hay otra.
La mujer vaciló. Se atrevió a decir
---¿Y si yo me arrojase a los pies del señor Ripoll  y le pidiera que nos dispensase de invitarle?

---¡¡Catalina!!
---Tienes razón. ¡Perdóname!
---Tenemos tres días de plazo para prepararlo todo. Hay que pensar también en otra cosa: en lo que será de nuestros hijos después de... eso. Al mayor puede recogerlo mi hermana. Y al menor, tu hermano.
---Sea así.
---Querida esposa: eres la mujer fuerte de la Biblia.
---¿Cómo era?
---No sé -confesó sinceramente el señor Domínguez-. Pero, desde luego, una mujer fuerte.
  Varios días después, cinco personas, previamente animadas por varios cócteles de licores au ténticos, pagados por el señor Domínguez, se sentaron alrededor de una mesa de un suculento restaurante, y el carrillo de los entremeses puso la proa a ellas, y se aproximó, llevado por un camarero indiferente que creía acercarles sardinas y jamón, y ensaladillas, y aceitunas, en vez de acercarles a la ruina.
---¡Langosta! -gritó de alegría la señorita Ripoll, leyendo la minuta.
---¡Langosta! -moduló con extraño gorgorito el propio señor Ripoll, toda la boca hecha agua.
---¡Langosta! suspiró doña Catalina con ojos humedecidos por las lágrimas.  Y dos minutos después la voz enronquecida del señorDomínguez resopló como un eco lúgubre:
---¡Langosta!
Los Ripoll declararon mucho antes de llegar a los postres, que hacía largo tiempo que no habían comido tn bien ni con anfitriones más agradable. La charla fue asimismo encantadora. Únicamente, a partir de la segunda botella de buen vino de la Rioja el señor Domínguez dio en la incomprensible excentricidad de designar los platos con nombres a todas luces incongruentes. Así, decía por ejemplo, para referirse a la perdíz a la cazadora:                                  ---Estas oblgaciones del Tesoro al cuatro po ciento están deliciosas.           Y al ofrecer champaña:                                                            ¿Quiere usted una copa más de mi armario de roble?                              Pero en semejantes ocasiones los invitados lo encuentran todo bien. Y los Ripoll eran muy buenos; tan buenos que si supiesen que estaban comiendo en realidad el hígado de Domínguez y el corazón de su señora, se hubiesen echado a llorar.
    ¡Ay, no lo sabían! Los invitados nunca saben nada. Ni siquiera miran la cuenta, como no la miraron cuando el señor Domínguez comenzó a echar billetes sobre una bandejita y luego pidió un cesto para seguir echando más billetes, y luego, en un impulso irresistible, vació sus bolsillos sobre el mantel y dejó allí un caja de cerillas, dos cartas, un librito de notas, una boquilla vieja, un pañuelo y varios billetes de tranvía, guardados en días de optimismo, porque eran capicuas.

  ---¡Fuera el dueño! -dispuso con tal gesto, que parecía lamentar no llevar nunca en los bolsillos tubos con cultivos del cólera-. Yo ya no necesito nada. Abrazaron a los Ripoll  y se marcharon cada cual por su lado.
 Al llegar a l primera esquina le preguntó a su marido la señora Domínguez :
  ---¿Para qué ir más lejos?
  ---Es verdad.
  ---¿Te parece bueno este sitio?
  ---No sé; no tengo experiencia.
  ---Uno u otro...¡qué más da!
  Entonces se detuvieron y se arrimaron a la pared de una casa. El señor Domínguez salmodió:
  ---¡Socorran, hermanitos, a un padre de familia arruinado por dar un banquete!
   Y la señora Domínguez le auxiliaba, plañendo:
  ---¡Hagan caridad!
W. FERNANDEZ FLOREZ















 Camarera de mi amor
Antonio Machín