La Guerra Civil
Española dio un protagonismo inesperado a este Cuartel, llegándose a
convertir en uno de los mitos de ésta, comparándose a los asedios del Alcázar
de Toledo, Santuario de Santa María de la Cabeza en Andújar (Jaén) y Cuartel de
la Montaña de Madrid, aunque sin alcanzar las cotas de fama de éstos.
“Este es uno de los episodios ejemplares
de la historia en que muriendo se vence… Esto es Simancas, el “Todo por la
Patria” de los cuarteles, ejemplo perpetuo de Soldados y modelo en que inspira
su conducta una Oficialidad”
FRANCISCO
FRANCO
En julio de 1.936 la Guarnición militar de Gijón comprendía el Regimiento de Infantería de Montaña Simancas nº 40 (unos 350 Soldados)
y al VIII Batallón de Ingenieros (con
unos 180 miembros) que se encontraba en el Cuartel
del Coto a unos cientos de metros de distancia.
Fachada
Principal del antiguo Colegio de los Jesuitas, convertido en Cuartel del
Regimiento Simancas
El 19 de julio de 1.936, la Guarnición de Oviedo dirigida por el General Antonio Aranda se unió al
Alzamiento Nacional y en pocas horas se adueñó de la ciudad casi sin resistencia,
tomando por sorpresa a las Autoridades republicanas, formando un emplazamiento defendido
por 4.000 hombres. Previo acuerdo, en reunión con los mandos de las Fuerzas del
Ejército, Guardia Civil y Guardia de Asalto, el Coronel Antonio Pinilla,
Jefe del Regimiento en Gijón, sublevó
el día 19 de julio a sus Tropas en favor del bando nacional pero a diferencia
de lo ocurrido en Oviedo, en Gijón los sublevados apenas llegaban a
unos 600 combatientes.
D. Salvador Moreno Fernández, Comandante del “Almirante
Cervera”
D. Antonio Aranda Mata, Comandante Militar de
Asturias
D. Antonio Pinilla Barceló, Jefe del Simancas y
Comandante de Plaza
TRES JEFES, FIGURAS REPRESENTATIVAS DE
LA HERÓICA DEFENSA, LOS CUALES, DURANTE EL SITIO, MANTUVIERON CONTACTO ENTRE
SÍ, POR MEDIO DE IMPRESIONANTES E HISTÓRICOS MENSAJES
HAZAÑA DE LOS CUARTELES DE GIJÓN
Cuando el Coronel Pinilla
declaró abiertamente el Estado de Guerra en la mañana del 20 de julio y empezó a ocupar
edificios públicos, se halló en gran inferioridad numérica ante las fuerzas
leales a la República. En vista que las milicias de la UGT y CNT
ya estaban armadas desde el día anterior y advertidas de una posible
revuelta.
Numerosos Soldados del Simancas, viendo la abrumadora superioridad numérica de las milicias
que impedía adueñarse de la ciudad optaron por rendirse o desertar el primer
día del alzamiento.
Queda, organizada la defensa del Simancas, el cual es dividido en Sectores, y comienzan los ataques
a este Cuartel. El Coronel Pinilla, en los primeros momentos
instala el Puesto de Mando en las oficinas de la Comandancia Militar. Un
servicio de teléfonos de campaña pone en contacto todos los Sectores entre sí,
y a estos con el Mando. Se establece contacto con Zapadores, con la Cárcel,
donde hay un puesto y con Santa Catalina.
Plano
del Cuartel de Simancas dividido en Sectores
El Simancas
domina la población. Su fusilería bate, a todo lo largo, las calles que afluyen
al Cuartel, desde el corazón de la
ciudad. En muchas trasversales, las milicias levantan parapetos que les preserven
del fuego procedente del Cuartel.
Calle Cabrales. Milicianos tras una barricada en los
primeros días de lucha
Conscientes de que la ayuda tardará en llegar comienzan a
realizar incursiones exitosas en las inmediaciones del Cuartel. Se consiguen víveres, medicamentos, tres vacas, una de
ellas lechera. Con todo, los sitiados se vieron faltos de comida suficiente,
sobre todo agua.
Esa noche, llega una comisión Casa del Pueblo, con Suboficiales desertores del Simancas. Piden la rendición del Fuerte
de Santa Catalina. El Capitán Idelfonso
Suárez, rinde el Destacamento, se ha unido a los marxistas. Y los revolucionarios se apoderan de gran
número de granadas, explosivos, bombas
de mano y armamento. Además es un cerro desde el que se puede atacar a placer a
los sitiados con fuego de cañón.
“LA GUERRA DEL AIRE Y LA AYUDA DEL MAR”
El día 27 de julio, se realizan en los patios del Simancas el enterramiento de los
primeros caídos.
¡Al fin aparece la aviación! ¡La aviación nacional! Bate
objetivos en la barriada del Llano, siembran el pánico entre los sitiadores;
los aviadores vuelan sobre los Cuarteles de Zapadores y Simancas,
dejando caer paquetes con víveres, medicamentos y tabaco. Los ataques parecen
ser más débiles. Y aparece un avión rojo, un trimotor “Douglas” de pasajeros.
Visita de reconocimiento por la mañana. Por la tarde, en la primera pasada,
lanza bombas de mano sobre el Cuartel;
en la segunda, sobre Zapadores. De
ambos Cuarteles surgen cortinas de
fuego de fusil y ametralladora. La mayoría de los proyectiles caen fuera de los
objetivos. Al “Douglas” lo bautizan pintorescamente los Soldados. Es la avioneta.
La
avioneta, regresa y hace nuevas pasadas sobre los Cuarteles. Deja caer más bombas; pero esta vez la metralla siega
varias vidas. Se llenan de heridos las enfermerías. El “Douglas” al pasar sobre
el Coto de San Nicolás, en ese momento, del lado del mar, llegan dos
formidables cañonazos. ¿Qué sucede? En aguas de Gijón, se le puede ver perfectamente, hay un buque de guerra, es el
Crucero
“Almirante Cervera”, perteneciente a la Flota del bando nacional.
Efectivamente, el día 29 de julio,
al Mando del Capitán de Fragata D.
Salvador Moreno Fernández, el buque abría fuego frente a Gijón, mientras sus aparatos de radio entablaban con los Cuarteles un diálogo para la historia.
El
Crucero “Almirante Cervera”
A
bordo del “Cervera” sólo se sabe que en los Cuarteles de Simancas y Zapadores, unos militares dignos resisten las acometidas de los
dinamiteros de las minas. Ante Gijón,
el buque recibe este mensaje: “Comandante militar de Gijón saluda en su
nombre y Fuerzas de esta Guarnición a Comandante Crucero, Oficiales y Marinería
del mismo. Ruego me diga si trae objetivos determinados y, caso contrario, se
los iré dando uno a uno. Prevengámonos para escuchar al enemigo estación
receptora”.
Trae
el “Cervera” hasta doscientas
toneladas de víveres, y se les ofrece a los Cuarteles. ¿Pero cómo enviarlas? No reciben respuesta. Al fin, a
media noche dice el proyector: “Jefe de
Zapadores a Comandante “Cervera” –Por avería radio no pude contestar a su radio
sobre desembarco víveres. Consultado el Comandante Militar, no urgen por el
momento. Pido continúe mañana objetivos pendientes. Confidencialmente, no ha
habido bajas población civil”.
Malas
jornadas para Zapadores. Su Jefe Valcárcel, está pendiente de la radio, que es la gran colaboradora en la
defensa del Cuartel.
Aun cuando el Acorazado “España” y el Destructor “Velasco” relevan al Crucero
“Almirante Cervera”, la Marina del bando nacional no puede auxiliar
eficazmente a la cada vez más reducida guarnición del Simancas, carente de agua y comida.
“EL CUARTEL DE ZAPADORES”
La
mañana del domingo 16 de agosto, va transcurriendo sin otras incidencias que el
acostumbrado silbido de balas de fusil sobre los Cuarteles, hasta que en el cielo se ve un avión enemigo que viene
en busca de Zapadores, lanza siete
bombas que caen dentro del edificio. No hay víctimas, pero si grandes daños.
Fachada del Cuartel de Zapadores
Fachada del Cuartel de Zapadores,
durante el asedio
La
artillería enemiga, vuelve a tronar. Abren una gran brecha en la fachada de
Suárez Valdés, cerca de la principal, y la posterior, donde están las cuadras,
queda abatida casi totalmente.
Sobre
el Cuartel se ve avanzar, al ataque,
Fuerzas de Asalto, y Carabineros, y muchos Soldados que habían ido evadiéndose
durante el asedio. Entran por la brecha de Suárez Valdés; saltan entre
escombros, lanzan bombas, y avanzan hasta tomar una parte del edificio, en la
cual estaba la Compañía de Transmisiones y el Hogar del Soldado. Otro grupo marxista
penetra por el boquete posterior que da al campo de instrucción y aplicando
dinamita quedan abiertos nuevos desgarrones.
El edificio parece que está ya en poder de los
sitiadores. Jefes, Oficiales Clases y Soldados, sin perder sus puestos, atacan,
llenos de bravura. Veían a los marxistas ya de frente, cara a cara, bien de
cerca. Y sobre los patios, se tiende una cortina de fuego, y sus losas son
regadas por un torrente de sangre. Así, varias horas.
No permanece impasible el Simancas, y defiende a sus hermanos de Zapadores. Durante el asalto, sus morteros arrasan los núcleos
enemigos que circundan el Cuartel del
Coto, con tal eficacia, que los boquetes abiertos en los muros quedan
cegados por montones de cadáveres. Llegan, poco después, los Tenientes García Rendueles y Díaz Acebal, que han evacuado la Cárcel, fuertemente atacada por la artillería, y cuentan lo que
sucede en Zapadores.
Ha caído la tarde, y la luz, dentro de Zapadores, es muy escasa; pero el
combate sigue rabioso, encunadísimo. El Teniente Coronel Valcárcel, grita. ¡Hay que
echar del Cuartel a estos canallas!
¡Voluntarios para atacar! Se adelantan los necesarios, y arremeten
briosamente, a bayoneta calada y con bombas de mano. Los marxistas saltan de los puestos
como marionetas, y el Cuartel queda
totalmente limpio de enemigos.
Cuartel
de Zapadores del Coto, el 17 de agosto 1.936
Por orden del Tte. Coronel Jefe, forman las exiguas
Fuerzas que quedan, y se dispone que recojan cuantas municiones y armamento les
sea posible. El Tte. Coronel Valcárcel comprende
que no va a ser posible mantener la resistencia; había que evitar caer prisioneros,
salvando todos los efectivos que se pudiera, para ir al Simancas, y allí continuar la resistencia. Después de salir todos,
se prende la mecha que hará volar el polvorín, y avanzan hacia el otro Cuartel, bajo el diluvio de balas, y
protegidos por el Simancas. Durante
la marcha se produce la explosión de dicho polvorín; horrible estruendo que
aturde a los sitiadores, muchos vuelan, descuartizados. Parece que Gijón entero se resquebraja y se abre
una conmoción inmensa. El enemigo se ha hecho dueño del Cuartel y de la Cárcel del
Coto, cuando ya ni en uno ni en otro sitio hay Zapadores.
Son las once y media de la noche. A las puertas del Simancas, el Tte. Coronel Valcárcel, con un brazo en cabestrillo, presencia la entrada
de todos sus hombres. En el amanecer del 17 de agosto de 1.936, aparecen
fuertemente enlazados en ideales y aspiraciones comunes, los hombres de los dos
reductos batidos por el odio engendrado en Moscú y abortado en España.
“DISPARAD SOBRE NOSOTROS”
Hemos
llegado al histórico momento en que los hombres del Simancas cumplen su juramento, por su Dios, por su Patria, por su
honor. Están ya bien seguros de su destino. Van a morir, pero se disponen a
morir con bravura, cara a cara con el adversario que desde hace treinta y tres
días los tiene sitiados. Destrucción, sí;
rendición, capitulación, ¡jamás! El
día 21 de agosto de 1.936 queda levantado en Gijón uno de los más firmes y gloriosos pilares de la Guerra Civil.
Al apuntar el día, se descubre que
durante la noche, el enemigo emplazó un cañón del 105mm en “La Campona”, a unos
200 metros del Cuartel, pudiendo
batir con él toda la fachada del Instituto. A las seis de la mañana se recibe
orden de abrir fuego contra la pieza enemiga. Se hacen unos veinte disparos con
blancos en el cañón, pero los efectos son de escasa consideración. Es necesario
ir por el cierre del cañón -dice el Coronel
Pinilla- ¡Se precisan voluntarios!
Se forma enseguida una Sección al mando de un Teniente Octavio Sosa, con un Sargento, siete
Cabos y cinco Soldados. Para protegerla, se inicia un fuego violento de
ametralladora, mortero y bombas de mano. El Teniente advierte: A mi señal con el pañuelo, debe cesar el fuego.
De las cercanías y de las casas contiguas a “La Campona”
salen despavoridos centenares de milicianos. Avanzan Sosa y los suyos y cuando éste va a dar el salto definitivo para
apoderarse del cierre de la pieza; se le ve sacar un pañuelo y al instante cae
muerto de dos balazos. Sus Soldados al ver sucumbir a su Jefe, se desconciertan
y empiezan a lanzar bombas de mano, iniciando su retirada hacia el Cuartel. Tres, lo consiguen; el Cabo Mora, es hecho prisionero; los
demás quedan en la calle acribillados a balazos.
Al Cabo Mora,
después de ser llevado ante el Comité de Guerra e interrogarle entre fusiles
sobre los pormenores de la defensa del Cuartel, se le promete su
licenciamiento; pero él contesta con energía: “Ni a mí me importa estar ya licenciado, ni a vosotros lo que ocurre en
el Cuartel. Yo soy un amigo de España, y nada más”. Se le conduce a la
Playa. El Cabo magnífico de
heroísmo, mira a todos altivamente, grita ¡Arriba España!, y cae asesinado.
Entretanto, los sitiadores habían emprendido la ofensiva.
Fue a las siete de la mañana. El fuego se hace desde el Patronato de San José y
con cañones desde los alrededores, ¡hasta
diez piezas! Desde las casas cercanas llega una lluvia de bombas de mano y
cartuchos de dinamita. Los muros del Cuartel
se resquebrajan, se derrumban, y el
polvo que levantan, con el humo de la pólvora, forma una inmensa nube. No se
ven entre si los sitiados; no ven más que sus puestos, y en ellos siguen
firmes. Donde la artillería abría un boquete, allí ponían los sitiados un saco
terrero, para empezar a disparar. Desaparecía un Soldado herido, y
automáticamente, era reemplazado por otro que se batía con más brío.
Sufre gravísimos contratiempos la artillería al caer una
granada sobre el cañón situado en el primer piso del edificio, quedando muerto
el Comandante Enrique Eyaralar,
gravísimamente herido el Teniente Díaz
Acebal y siendo baja varios sirvientes de aquella pieza. Ésta, una vez
desarmada, se trasladada a la planta baja, se abre fuego, pero ya nada es
eficaz, porque una granada prende fuego en la armadura del tejado, cerca del
patio exterior.
Son las nueve de la mañana. Es el principio del fin. Las
maderas viejas del cornisamento, los efectos inservibles depositados en los
desvanes, incrementan el fuego. Las llamas toman proporciones gigantescas,
atizadas por el nordeste fresco, y el incendio se generaliza. Se organiza como
mejor se puede, la extinción, pero no hay extintores, ni a penas agua. Suben
algunos, hacha en mano, trepando entre las paredes ruinosas y maderas
incendiadas, y cuando ya están en lo alto, sucumben bajo el fuego enemigo, pues
de fuera llega un infierno de fusilería y ametralladoras.
Vista
de Gijón con el incendio del Cuartel de Simancas, convertido en una inmensa
llama, el día 21 de agosto. Dentro, los héroes se defienden bravamente del
fuego y de las acometidas de los sitiadores
Siguen arriba en sus puestos el Capitán Herrera con sus hombres haciendo
desesperados esfuerzos por cortar el fuego, pero tienen que bajar, por
imperativo de las llamas. El edificio pierde capacidad defensiva, ya que desde
los pisos superiores no se pueden batir las casas próximas, y al ser ocupadas por
el enemigo, desde ellas, se lanzan bombas y dinamita al interior del Cuartel.
En el patio interior caen troncos incendiados y piedras
chamuscadas. Siendo espantoso el fuego de la artillería enemiga, se procede a
subir el cañón que se había llevado a la
planta baja, allí actuó hasta agotar las municiones, y como ya no es posible
hacer uso de él, se acuerda su destrucción.
En
el sótano habilitado para enfermería y
botiquín, parece que el fuego del edificio y la presión enemiga, convergen
únicamente sobre él, abarrotado de hombres fuera de combate. Debido a que el
humo cada vez es más denso, el ambiente irrespirable y se desploman tabiques
incendiados, no pueden permanecer los heridos un momento más allí.
Automáticamente, por medio de machetes y piquetas se abre una salida hacia una
dependencia superior. Los heridos que aún pueden valerse, ayudan a los graves,
suspendiéndoles con sábanas y cuerdas. En este trasiego de heridos, muere el
Tte. Coronel Suarez, el Teniente Díaz Acebal y cae herido el Teniente Ángel Riva.
Reina la confusión debido al bombardeo constante de la
artillería enemiga. Como ya no existen locales cerrados y próximos para
alojarlos, a algunos se les lleva a unas
trincheras; pero allí caen las bombas de aviación, haciendo saltar los cuerpos
humanos entre montones de tierra.
Se hunde parte de la coronación de la torre, con su viejo
reloj. Alguien observa que el reloj señala las doce menos cinco.
Patio interior, en esqueleto. La Torreta, las ruinas del
pedestal de la Inmaculada y la palmera, cuyas hojas convertían en tabaco los
defensores.
Los atacantes, con incontables bajas, esperan el momento
de avanzar. ¡Los rojos han entrado en el Cuartel! ¡Pisan ya escombros! Corre la noticia fatal por todo el
recinto. El Coronel Pinilla exclama:
¡Hasta morir!
En efecto, por el sector de las cocinas, los asaltantes
tienen abierto un gran boquete y logran entrar hasta encararse con los
defensores. Éstos, -¡hasta dar la última
gota de sangre!, han jurado- les hacen frente y agigantándose, con un puñado
de hombres, y como Soldados valientes, atacan y consiguen desalojar al enemigo,
quedando el boquete casi cegado por los cadáveres de los asaltantes.
En la puerta del patio exterior, ocurre algo semejante.
La situación es ya desesperada. Los Jefes
celebran nueva reunión, acordando hacer una salida. Comienzan los
preparativos. Primero se inutiliza el material de guerra y las municiones,
también se destruyen los cerrojos de los fusiles y otro armamento, porque las
bajas son tantas, que ya no hay hombres para manejarlos. Se sacan las tiendas,
se cargan los mulos y se reparten las municiones. Después hablan con los
heridos ofreciéndoles quedarse allí, porque creen que serán respetados, pero
éstos, deciden ir con el resto hasta donde puedan.
Intentan salir por la puerta del Instituto yendo los
Jefes delante; pero desisten, porque este sector está siendo intensamente
atacado. En el patio forman todos, los Zapadores
y los de Simancas, con objeto de
realizar la salida por la puerta del patio exterior. Son las cinco de la tarde.
Los marxistas
acercan sus altavoces para proponer: “Rendíos, que vuestras vidas serán respetadas”
Milicianos durante el ataque final al Cuartel el 21 de agosto
Los Jefes, Oficiales, Clase y Soldados, en total, unos
doscientos hombres que quedan de pie, responden a una: ¡¡Jamás!! Y subrayan con sus armas la decisión rotunda.
Por un hueco abierto en el muro se filtran los milicianos, esta vez en tromba.
Momentáneamente son contenidos, pero los rojos acosan más y más. Entonces, en un
supremo esfuerzo, Alfredo Vega logra
hacer funcionar de nuevo uno de los aparatos de las transmisiones, para
comunicar con el Crucero “Almirante Cervera”, que se halla en la concha de Gijón, a la expectativa. El Coronel Pinilla conversa con sus compañeros, y
enseguida ordena que se envíe un parte. Los caballeros del Simancas transmiten al buque este mensaje, el último que mandan a
sus hermanos del mar, un mensaje espartano, lleno de impávida grandeza, como
para asombrar al mundo entero:
“EL ENEMIGO ESTÁ DENTRO, DISPARAD SOBRE
NOSOTROS”
En
el Crucero,
el despacho causa desconcierto. ¿Se trataba de otra estratagema roja?
Responden:
“RECIBIDO DESPACHO; DÉNNOSLO CIFRADO”
Y Simancas, contesta:
“NO HAY TIEMPO DE CIFRAR”
Ha
cesado el bombardeo. Por los patios y galerías, los milicianos, verdes de odio y
sedientos de sangre, se desparraman por el Cuartel.
El Comandante Jareño, arengando a
sus Soldados, cae bajo el plomo enemigo. El Capitán Daniel Herrera, queda muerto de un cañonazo junto a las cocinas.
De nuevo se pretende salir por la puerta del Instituto.
Allí caen para siempre, o quedan
gravísimamente heridos, varios Oficiales. Ya en la calle, al tratar de abrirse
paso con una pistola-ametralladora, da en tierra, con una herida mortal en el
cuello, el Teniente gijonés Alfredo Vega
Suárez, mientras que en el interior del Cuartel, individualizada la lucha, se entabla la batalla
definitiva, culmen de la gloriosa resistencia. Los milicianos, al dar con las
trincheras donde todavía hay heridos sacados del botiquín, con sus miembros
desechos, se ensañan y los rematan.
Fachada del Cuartel correspondiente a las cocinas
Los que logran salir del Cuartel, algunos se habían abierto camino, lanzando bombas de mano;
son detenidos, vejados, escarnecidos, injuriados, heridos o no, van en camiones a presencia del Comité de
Guerra. Son las mujeres del mono y el pistolón las que más se
distinguen insultándoles en esta nueva vía de amargura. Muchos van a la Playa,
para ser asesinados.
Entre los papeles encontrados por las turbas en el
recinto, están las hojas del diario escrito por el Sargento de la Guardia Civil
Mariano Boza Santamaría, la letra
del pasodoble del Regimiento, la Orden del 17 de agosto, y en todos estos
documentos aparecen manchas de sangre.
Anochece, en el cielo se ve el resplandor de las llamas
del Simancas. Gijón llora otra vez lágrimas muy amargas. Noche tristísima la del
21 de agosto de 1.936.
Nada tiene que hacer aquí el Crucero “Almirante Cervera”,
compañero asiduo de tantos días de resistencia y transmiten al Jefe de la
Flota, que se retira para descanso
dotación, y posteriormente se propone castigar al enemigo con bombardeo intenso
Ayuntamiento y Santa Catalina. “Cuartel
de Simancas al telegrafiar es un volcán”.
Cuando el Crucero se aleja, recibe la orden
del Jefe de la Flota de ir a San
Sebastián. El Comandante del buque Salvador
Moreno cursa este radio:
Comandante “Cervera”
a Comandante Militar Asturias. –Toda la dotación rinde emocionado tributo
admiración gesta heroica Guarnición Gijón, digna continuación historia
verdadera España, en la que Simancas, Zapadores, Coto aparecerán ante nuestras
juventudes como dignos rivales de Sagunto y Numancia. ¡Viva España! ¡Gloria y
honra al Ejército!
“LOS SUPERVIVIENTES”
El
Teniente Ángel Riva, hermano del
Teniente de Navío Juan Riva, fue uno
de ellos, y narra cuanto ha podido ver en las posiciones en que actuó y la
manera de cómo logró salvarse. Cuenta, que los rojos, irrumpieron en las
cuadras convertidas en enfermerías, tenía puesta la guerrera de uniforme de
Teniente de Navío que le había prestado su hermano antes de ser asesinado, y al
pasar, desconcertados al ver un uniforme distinto de los demás, le preguntaron
cuál era su empleo y les dijo: Soy Oficial de la Marina, Teniente de Navío. Nos
comunicaron que nosotros pagaríamos las consecuencias de todo. Y continuaban su
camino, pues aún quedaba alguna resistencia en el interior del Cuartel y allí no estaban muy
tranquilos.
Tres supervivientes del Cuartel de Simancas
Otros supervivientes, fueron encarcelados en la Cárcel del Coto y posteriormente
fusilados. Capitanes, Brigadas, Sargentos, Cabos y Soldados. Los cinco de
Transmisiones que habían sostenido, desde el Cuartel, aquél diálogo histórico con el “Almirante Cervera”,
todos estaban condenados a muerte y murieron a la vez, acribillados a balazos,
sí acribillados, pues no se oyeron tiros de gracia. También en la Cárcel, coincidieron muchos Guardias
Civiles de Gijón. Los rojos
les tenían sentenciados. A medio centenar les asesinaron, con otros mártires en
la Playa de La Franca (Linares).
Al Regimiento de Infantería de Montaña Simancas nº 40 se le concedió la Cruz Laureada Colectiva.
“HÉROES CAÍDOS”
Cuarenta y seis Jefes y Oficiales, entre ellos, el Coronel Antonio Pinilla Barceló Jefe del Simancas y el Teniente Coronel Luis Valcárcel López Jefe del Batallón
de Ingenieros.
Veintinueve Brigadas, Sargentos y un Maestro
Herrador.
Cuarenta y cinco Cabos y Soldados.
Un Teniente, dos Sargentos y seis
miembros de la Guardia Civil.
No
obstante las indagaciones reiteradamente realizadas, oficial y particularmente,
se considera incompleta la relación de los caídos de los cuarteles de Simancas y Zapadores.
Colegio
de los HH Jesuitas, antiguo Cuartel de Simancas en la actualidad, y a la
derecha, Monumento a los fallecidos en el asedio al Cuartel, obra de Manuel
Álvarez Laviada
El
Cuartel de Zapadores del Coto en la actualidad
Francisco Javier de la Uz Jiménez
Fuentes
consultadas:
¡Simancas!
Epopeya de los cuarteles de Gijón (1.939), por Joaquín A. Bonet
Fotografías del libro ¡Simancas!
Fotografías de Internet

















