MI VIAJE POR ÁFRICA LXIV
A unas cien millas de Gondokoro, el Nilo Blanco penetra y se despsrrama en un vasto y asombroso pantano. Sobre los efectos de esta tremenda esponja, si son beneficiosos por regular el caudal o perjudiciales debido al despilfarro de agua por evaporación, no me voy a pronunciar. Pero, a primera vista, tiene un aspecto tan lúgubre y terrorífico que atravesar sus aguas constituye una experiencia espectral. Nuestro barco, con la corriente a favor, avanza a unas siete millas por hora y, como había luna llena, viajábamos día y noche. Estuvimos navegando por ese hirrible pantano, donde se podría apiñar sin problemas todo el Reino Unido, durante tres días y tres noches. Por el día, desde la parte de arriba de la alta timonera, se disfrutaba de una impactante vista que, hora tras hora y en cualquier dirección, revelaba un ininterrumpido océano de vegetación flotante que se diluía en el horizonte. La planta de papiro, en sí misma, es una bonita criatura, graciosa y adorable.
Pese a ello, viajar por el sudd (planta de papiro o terreno en el que abunda) implica odiarlo para siempre. Con una altura de quince pies sobre el nivel del agua mientras sus raices se hunden hasta treinta pies bajo tierra, tan enmarañado y espeso que los elefantes pueden caminar seguros sobre su flexible superficie, el papiro es el principio y el fin de este desolado mundo. A lo largo de cientos de millas no se divisa nada más, ni una azulada cresta de montañas en el horizonte, ninguna morada humana, ni un indicio de animales, apenas un árbol. El silencio solo se ve rasgado por el canto de innumerables ejércitos de ranas o por el chillido de lóbregos pájaros.
Gracias a la vigorosa labor de los cortadores de sudd se ha abierto un canal de unos cientos de yardas de ancho que, mantenido y mejorado por el constante tráfico de vapores, serpentea formando recovecos y bucles a lo largo del pantano. El río presenta una profundidad de unos treinta pies en este tramo, de manera que a lo largo de casi mil millas, resultaría navegable para barcos de mayor calado. Se trata de una intrincada y peculiar travesía. De hecho, podría constituir todo un arte en sí misma. Los pilotos árabes, simples asalariados, no tienen ningún reparo en colisionar con las márgenes. Por el contrario, cuentan con ello como un factor esencial en el manejo del barco. La embarcación tropieza sin cesar, casi en cada esquina, de una mata de sudd a otra, o se incustra de frente en los cañaverales y espera a que las corrientes hagan girar la popa hasta hacerle recobrar de nuevo el rumbo. En ocasiones, cuando las curvas eran muy cerradas, dábamos un giro completo no una, sino dos o tres veces, con la consecuencia de que, al seguir una curva en forma de ese, nuestros movimientos fueron aún más enrevesados. Había momentos en que nos barrían literalmente de los asientos tirándonos despatarrados sobre la cubierta. De esta curiosa manera, logramos abrirnos camino, danzando a toda velocidad, durante diecisiete o dieciocho horas.
Entretanto el Nilo iba forjando su destino. Sus respetables ríos tributarios, el Sabat y el Bahr-el Ghazal, acudían a reforzar su caudal. La millas se multiplicaban a nuestras espaldas con una larga sucesión de cientos. Al final, las extensiones de sudd empezaron a reducirse. Lejanas montañas mostraban su agudo perfil recortado contra el cielo azul oscuro, para luego ir desdibujándose en su gradual descenso hacia las riberas. Islas de tierra o árboles y picos de abrupta roca interrumpían aquí y allá aquella horrible monotonía de cimbreantes cañas. Po fin, los bancos se volvieron más firmes, como murallas bien definidas de arena amarilla, orladas en algunos sitios por palmeras o frondosos árboles y erizadas por todos lados de matorrales espinosos.
I´M NOT AWARE OF TOO MANY THINGS









