Mi buen amigo Legionario, el Coronel de Infantería Arturo López de Maturana Leonardo, me mandó esta bonita historia de un legionario que bien podría representar a muchos de su época.
Las fotos son mías.
Grupo Ligero Sahariano del Aaiun. Incidencia rueda de AML-60
Ybis
... La
cara se ha borrado y de aquel mercenario cuyo austero oficio era el coraje, no
ha quedado más que una sombra y un fulgor de acero
Jorge Luis Borges.
Cuentos en la caseta del Cabo Moreno.
Francisco José Nuez Benito.
En el duro invierno de 1947, a la hora imprecisa del
alba, tendido en los arrabales portuarios de Barcelona, murió en el olvido Ybis
Ysin Salónica. La tisis, el alcohol y la patria vinieron a romper al más
valiente de los hombres.
Supieron que estaba muerto bien entrada la mañana, ya
que a nadie extrañó en aquel bordillo la presencia acurrucada del mendigo
manco. Alguien se fijó en que tenía los ojos abiertos y su mirada vacía
mostraba el asombro de estar entre ángeles o demonios, pero en cualquier caso
al otro lado de nuestros rencores.
Aquellos ojos color violeta le hacían inconfundible.
Así, por aquella referencia, supe mucho después que había muerto. Por
comentarios de taberna brava, que escuché de cuarta mano sin que otros detalles
hicieran falta. Barcelona aquellos años estaba llena de mutilados pobres, con
ojos color violeta solo Ybis... Recuperamos su historia o, mejor que su
historia su destino que no otra cosa tienen los viejos soldados...
Yo le conocí años atrás en Marruecos, aquel país sin
nubes y de amaneceres amarillos que permanecía sumido en una guerra que no se
acababa nunca. Se alistó con otros a nuestra V Bandera en enero o febrero del
año 1925, después de la retirada de Xauen, cuando la legión cubría las bajas de
los que cayeron entre Dar Akobba y las barrancadas podridas de Xeruta.
No hablaba una palabra de idioma conocido. Miraba
atento lo que hacían los demás desarrollando un instinto mimético del
aprendizaje que no abandonaría ya nunca y que le permitió ir tirando por la
vida que llevábamos.
Aunque nunca se pudo demostrar, muchos sospecharon que
él fue quien trajo aquellos piojos rojos que se agregaron enseguida a las
variedades zoológicas marrón y blanca que padecíamos. La nueva especie producía
en algunos fiebre alta, pero solo los primeros días, y de estos síntomas
exóticos dedujimos que portador y parásitos habrían de venir del otro lado de
la tierra.
Aprendió enseguida los arcanos del viejo oficio de
soldado; seguramente los traía sabidos: a obedecer pronto, a marchar derecho, a
comer poco y tarde, a aparejar los bastes, a conversar con mulos, a jugar al
monte, a manejar el pico, a perder la pala, a dormir al sereno, a llorar por
dentro, a apuntar sin miedo y a disparar sin puntería.
Con el tiempo supo todas las blasfemias de la lengua
castellana y también algunas otras palabras que se le atragantaban en el cuello
y que llegamos a entender a fuerza de mucho oído y no menos paciencia.
Averiguamos, no se si entonces, que era turco de origen circasiano y no griego,
como marcaba su filiación. Había llegado a Barcelona, desterrado del fin del
mundo, sin otro equipaje que el puesto y con una cicatriz enorme cosida al
pecho.
Con su lenguaje de gestos y gruñidos quisimos entender
que estaba orgulloso de aquella herida. Dando mandobles con una estaca supimos
que fue de un sablazo; mostrando su espalda intacta comprendimos que era un valiente.
Después de muchos años alguien nos contó que había
combatido al lado de los griegos contra Mustafá Kemal por las orillas del Mar
Negro, y que recibió la herida cerca de Samsun embistiendo a galope contra la
caballería turca. Otras mentiras que ya no recuerdo le arrastraban hasta Izmir
y de allí a Chipre, junto con otros derrotados, iniciando un periplo de
exiliado apátrida, que lo condujo a España en el año 1924.
No era alto ni bajo, tenía la fuerza de un animal de
tiro y unos pies enormes imprevistos para nuestra intendencia, que nunca
encontró alpargatas con que calzarlos.
Tenía la edad indefinida del soldado, a los que la
lucha hace mayores antes de tiempo. Mas viejo que el siglo, tampoco llegaba a
los cuarenta y a nadie le importaban estos detalles, que poca gente entonces
sabía con certeza su propio calendario.
Lo recuerdo en invierno, de centinela junto al
parapeto de sacos terreros, acariciando la bayoneta, vueltos sus increíbles
ojos a la noche; impasible a la vigilia y al frío del Rif.
Cara al pesebre, a la hora de fajina, era el primero
de todos. Con el apetito de los caimanes devoraba su ración, quedando sumido al
terminarla en un estado de tristeza mística, mientras nos miraba rebañar las
nuestras. Bebía de la misma manera, a bocados, aunque por entonces no tenía
vicios y nadie borracho le conocía.
Su fortaleza le hacía, en aquella guerra a su medida,
bueno para todos los trabajos, que resolvía con una alegría entrañable. De esa
manera se convirtió en camillero, oficio que solo se ejercita el día del
combate, dedicándose mientras tanto a todos los demás.
Lujurias gastaba no más que otros, lo que ocurría era
que gustaba a las mujeres de mal pelaje que en Tetuán había, por lo menos
durante un tiempo, hasta que aquellas aprendían que no traía cuenta.
- Que no entre “el turco” ni los que con él vengan.
-Decía la que estaba a cargo de la casa, una sefardita de muy mala uva, a la
que atribuían amores gastados con el mariscal Lyautey.
Pero siempre había alguna cimarrona dispuesta a
compartir su soledad con aquel hombre, a dejarse ver por aquellos ojos claros,
que parecía que miraban tulipanes, y a dejarse acariciar por sus manos, que aún
acostumbradas a tocar las armas, no habían perdido todavía la ternura.
- Antes, lávate esas uñas Ybis. -Ybis se mojaba los
dedos, la cara y el pecho obedeciendo aquel requisito, tan olvidado como
inútil.
Después cambiaban amor venéreo y piojos imposibles...
- La próxima que se acueste con “el turco” se marcha
con él. -Gritaba la judía al día siguiente en el patio del burdel mientras
quemaban borra y humaredas de sal de azufre salían de los cuartos.
La amenaza, nunca cumplida, era el más bajo escalafón
en el oficio de la triste carne.
En aquella estrenada legión no te morías de anciano y
la primera sangre le vino al poco. Fue de rebato, en la cuerda de la sierra al
Sur del Gorgues. Un Bocoya del Jeriro le metió una bala vieja en la escápula
sin lograr detenerle. Traía de vuelta los setenta kilos de un alférez muerto.
Aquella fue la primera y última vez que vimos sus lágrimas de niño grande; la
herida cobarde había entrado por la espalda. El comandante pensó que lloraba al
alférez.
Del mordisco curó pronto y el azar le condujo a otras
Banderas donde fue creciendo la fama de su vesánico coraje.
Por aquel tiempo empezó a frecuentar las malas
compañías, que éramos casi todos, pero su destino le llevó al lado de los
peores, junto a los naipes, a ese juego del infierno que es el monte. Apostando
al gallo y al albur le venía la mañana, cuando perdía malo, cuando ganaba peor.
En su corazón de hombre primitivo metimos el bullicio del mundo, la codicia, la
desconfianza. La baraja convierte a los soldados en alacranes. El turco andaba
siempre a la rebatiña y desde entonces a aquel fugitivo de tantas guerras
dejaron de gustarle los perros.
Sobre los crestones negros de Benni Hozmar a donde nos
llevo la guerra, al coronel Millán Astray le sacaron un ojo, y de aquello se
habló mucho, olvidando la patria que aquel día Ybis recogió del campo moro doce
heridos. No le dieron ninguna medalla, pero el capitán le dio un duro que fue a
perder la misma tarde en una mala tallada.
Llevaba año y pico entre nosotros y ya entonces el
turco bebía, cruzando con largueza la línea difusa de lo que es mala costumbre.
Eso sí; jamas lo hacía antes de los combates, en que se imponía un ayuno
franciscano. Su borrachera era severa y ausente; buenas cualidades sin embargo
en comparación con otras más broncas y pendencieras. Esta circunstancia le
permitía, mal que bien, ir soslayando castigos y mantener la buena fama. Su
mirar violeta se tornaba amargo, de la dureza de los látigos y por eso le
procurábamos evitar. Olvidaba enseguida el poco castellano que sabía y
articulaba unos sonidos indescifrables en la lengua en que maldicen los
demonios. También, por olvidar, perdía hasta su apetito de perro vagabundo.
El Estado Mayor, meses después, siguiendo los borrosos
magisterios de la ciencia militar, encontró el lugar donde conjurar la última y
definitiva batalla de aquella guerra sin victorias. Hasta allí nos llevaron.
Los moros para defenderse, habían abierto la fatigada tierra hasta el
horizonte, quebrando el espinazo de los montes. Enterraron sus cañones para que
no los descubriéramos, se despidieron de sus mujeres y con su larga mirada
averiguaron por donde habíamos de venir. Nosotros utilizábamos la estrategia,
ellos el instinto, y nos convertimos todos en náufragos de la sangre, mas
desolados aún que aquel paisaje al que parecía no afectarle las contiendas.
No consta en los libros tampoco, pero esa mañana y esa
tarde el corazón de Ybis fue ocupado por los huracanes; el velo de la muerte
vistió el cuerpo de aquel hombre que fue utilizado así para llenar de tumbas
los morabos y para agotar el llanto de las hembras. Estábamos detenidos a la
fuerza de los tiros en la llanada que cruza el río Yberloken, a nuestro lado
pasó un escuadrón al trote, las crines al viento, y a Ybis le vino a la memoria
el olor de los caballos...
Dejando a un lado su camilla, montó un tordo que halló
sin jinete y se fue a hacer la guerra por su cuenta.
Olvidando cualquier prudencia, hirió a destajo, con la
alegría salvaje que tuvieron las huestes de Atila. Recorrió el frente por todas
sus geometrías y no le mataron porque se confundió la razón oscura de las
cosas.
Solo se detuvo cuando le vino el hambre.
Al descabalgar le contaron cuatro balazos de prestigio
y otras cinco cuchilladas. A aquel hombre Napoleón le hubiera hecho allí mismo
Mariscal de Francia, pero ese día los heridos de su Compañía se quedaron sin
recoger. Le salvo del castigo el hospital de la retaguardia, que llenó de
piojos y vació de pucheros. A la tarde siguiente el jefe de los rebeldes Abd
del Krim se rindió a los franceses.
La batalla definitiva resultó no ser definitiva del
todo y el viento llevó los rencores a las altas cordilleras. Esta vez los moros
se aliaron con los cielos que descargaron unos temporales ya olvidados por el
género humano.
Solos, junto a los débiles parapetos que miraban a
poniente, la nieve se alzó hasta nuestros atributos de machos. Apenas podíamos
combatir el frío a base de lamentos, alpargatas de cáñamo y trajecitos de dril.
Durante la noche más larga a decenas de legionarios se les paró la sangre en
las venas mientras aprendían a rezar. Aquel episodio sin tiros lo ganó la
muerte blanca que dejo los blocaos convertidos en glaciares y a los soldados
transformados en estatuas.
Yo, a aquellas horas, había abandonado el último afán
de lucha y estaba durmiendo muy cerca del otro purgatorio. Entonces apareció
Ybis.
Venían por la quebrada más arisca del cabezo, armando
barullo y con la misión de sacar de allí a los vivos. El turco llegó sudando
como una fragua, con las branquias deshechas y canturreando himnos de sultanes.
Iba delante abriendo con su pecho trincheras en la nieve. Los que le seguían no
se apartaban de su lumbre.
Ybis me cargó al hombro y en el camino de vuelta me
rompió dos costillas...
... Un día vino la paz y no supimos que hacer con
ella. Seguíamos alerta en picachos olvidados de los mapas con la difusa
obligación de proteger el territorio y no alargar mucho la siesta.
Ybis en su destacamento barajaba al monte y con su
recién nacida autoridad de sargento por méritos de guerra decía quien jugaba y
hasta que hora, determinaba la cuantía de las apuestas y, reemplazando al azar
decidía las cartas que habían de salir. Aturdido de poder y de penumbra
contagió su desamparo a cuantos por allí se dejaron caer. Múltiples fueron las
quejas de cantineros magullados que hablaban delirando acerca del saqueo de sus
licores. Los moros emigraban hacia vecindades más fáciles y contaban a media
voz del harén del turco y de los suyos con mujeres rasas y de borracheras
perpetuas en los aduares. Aquel legionario de destino irreparable mandaba como
lo hacían los bucaneros; no hubiera sabido hacerlo mejor y nadie gastó un minuto
en enseñarle lo contrario.
A todo esto, los oficiales que lucharon con valor a
nuestro lado descansaban ahora en las guarniciones de provincias, de donde
llegaron otros que no sabían de la guerra ni de la naturaleza de los hombres
que la hicimos. Vinieron con instinto de carceleros, los oídos inundados de
prejuicios y confundida la bizarría con la crueldad. Muy pronto, con la
severidad de los conversos, desfilaron mejor que nadie a la sombra de las
banderas vistiendo el uniforme glorioso de los muertos. Olvidaron que no
teníamos más delito que la pobreza y nos tomaron por miserables a los que había
que redimir.
El eco de las tropelías del turco se oyó entonces más
alto que otros pleitos. Ya habían callado los cañones y hubo que poner ejemplar
remedio. La patria no sabía que hacer con sus héroes. Ybis, ningún legionario
tan propio, fue expulsado por conducta impropia. Ningún asombro tan grande como
el de sus ojos violeta incapaces de comprender lo que estaba pasando. Marchó
sin rencores, sin una perra gorda, con el sosiego de la conciencia inocente,
dejando tras de sí una leyenda fabulosa tejida con los rumores de cafetines y
cantinas. Perdimos al mejor soldado, pero recuperamos la sublime estupidez de
la decencia.
Después, durante algunos años, nada de él se supo, y
aquellos cuentos de cuartel lo hacían ubicuo como las estrellas. Unos le
situaban en Casablanca, desertor de Sidi bel Abbés al frente de un burdel
patibulario, otros le habían visto enrolarse de marinero hacia las Antillas,
hubo quien dijo que murió en Marsella de una bronca en los tugurios últimos.
Entonces, en el treinta y tantos, la guerra vino otra
vez sobre España. Ejércitos furiosos peleaban por la tiranía del orden o de la
libertad. La insensatez inexorable de los hombres, los cuchillos calientes, el
álgebra de la muerte, la sangre hecha ceniza y horror en el remolino suicida de
la historia.
Y nosotros volvimos al resignado oficio. Hacían falta
soldados. Ybis acudió a la llamada y nadie le cerró ahora la puerta.
Volvió distante, distinto; aunque limpio arrastraba
consigo un olor inconfundible a gato muerto. Ahora ni bebía ni jugaba, traía la
fortaleza de siempre, el hambre de siempre, el coraje de siempre; había
aprendido a hablar mejor, pero había cambiado en el camino su inocencia por mala
leche. Nada contó de los años ausentes, que todo en él había sido siempre
ausencia.
La tierra de Gamonal, Casar de Talavera, Arenas de San
Pedro, Cazalegas, Toledo, Olias del Rey y tantas otras fueron testigo del
retemblor espectral de aquel Circasiano de cobre, que acometía contra los rojos
con impulso de caballo. Ya no le obligaron a llevar una camilla porque una
trivial bayoneta en sus manos era un arma secreta.
- Ybis, como sigas así te van a dar una medalla. -Le
decíamos.
- Esas son cosas de comandantes. -Respondía Ybis.
Aquel descomunal valor tan suyo no podía durar mucho.
Eran las horas viejas y sagradas más allá de las crónicas de la historia. El
fulgor de la noche y el olor de la batalla dormida auguraban la destrucción de
un hombre, la destrucción de todos los hombres. Al día siguiente, uno
cualquiera de la guerra, al asalto de una trinchera sucia en los alrededores de
Carabanchel, un casco ardiente de metralla le arrancó al turco el antebrazo
diestro. No se murió desangrado porque se volvió a equivocar el destino. Le
condujeron al hospital a la fuerza, que el quería seguir buscando su otra mitad
entre los escombros...
Ahora si le dieron su medalla, una pensión miserable y
una palmada en la espalda. Se marchó arrastrando una herida que era superior a
sus fuerzas. Debía haber sucumbido entonces o quizás había ya sucumbido y no
nos habíamos dado cuenta. Inútil para lo único que servía, no servía ya para
nada.
Llegó la paz y con ella el gusto amargo de la
victoria.
Supimos que el Turco marchó a Barcelona y que
sobrevivió como pudo, a base de alcohol y de arrancar limosnas entre la
compasión y el asco.
Hasta que murió otra vez.
...Dicen los
moros viejos que en el aire está el lamento de los héroes, pero que no los
oímos porque siempre los estamos oyendo.
Sección del 2º Escuadrón del Grupo Ligero del Tercio D. Juan de Austria.
José V. Ruiz de Eguílaz y Mondría
Coronel de Caballería
Legionario.


