LA
revista más audaz, para
el lector más inteligente.
EL FANTASMA EN PELIGRO
Suelo retirarme temprano pero aquella noche era más de la una cuando volví a mi casa, porque un amigo mío se empeñó en asegurarque era dueño de varias botellas de "wiskey" escocés, y nos fue preciso beber muchas copas para demostrarle -por el daño horrible que nos hicieron- que se trataba apnas de una falsificación malísima. El desengaño le causó tal efecto, que se acostó, y entonces comenzó a decir que su cama había emprendido un galope y que hiciese el favor de sujetarla, porque no sabía donde quería llevarle. - ¿Cual de las dos camas- le pregunté?.
- No hay más que una.
Yo bien veía dos, y no corrían. Lo que hacían era dar vueltas. Pero fuese lo que fuese, no puede uno dejar a un amigo en riesgo de salir por la ciudad, a las altas horas, llevado por una cama desbocada, por hipotético que sea el trance. Agarré al inquieto artefacto por una de sus barras, murmuré un "¡Sooo!", enérgico y estuve dormitando o meditando -que no me acuerdo bien- hasta que resolví marcharme a buscar mi propia alcoba.
Era la una y media, quizá, y las calles estaban bastante oscuras. Caminaba por una de las próximas al Parque del Oeste, en las que aún hay ruinas y cadáveres de casas muertas por las granadas de la guerra. Todo era sombra, silencio y soledad. De pronto vi acercarse una figura alta, blanca y fosforescente. Tengo halladas en mi tierra muchas parecidas, y se bien de lo que sé trata. Para dejar paso al espectro crucé la calle y seguí andando por la otra acera. Pero en esta otra acera, iluminado repentinamente por el farol de una esquina y dirigiéndose hacia mi descubrí al "Pirruchi", que fue un técnico del comunismo y que anda ahora por ahí diciendo que debemos olvidarlo todo. En cuanto lo vi di hacia uno y otro lado unas breves carreras, despatarrándome, como un gato que quiere escapar de un perro y, al fin, volé hacia el espectro, me planté ante el, saqué mi cartera de bolsillo y se la ofrcí ansiosamente.
- Guárdeme esto! -Jadeé.
Él se irguió con su imponente estatura.
-Aquí debe haber un error -exclamó con voz lúgubre-. Yo soy un fantasma caballero.
- Ya lo sé -gemí-; por eso le confío mi cartera, que si no bien perdida estaba, porque aquel que viene por allí es el comunista "Pirruchi", que por nada del mundo despreciaría esta ocasión de registrar a un burgués desvalido.
- ¿Un comunista?
- Sí, un comunista.
Sin atender a más, el fantasma recogio los flotantes pliegues de la sábana y apretó a correr. Le seguí a todo lo que daban de sí mis piernas, y nos perdimos en la oscuridad de Rosales, hasta dar con un banco en el que calmar nuestras respiraciones.
- Estoy un poco confuso por haber corrido tanto en su presencia- dijo.
- El miedo es libre -contesté con el acento sencillo que conviene a las citas un poco pedantes-, ¿Quiere usted devolverme la cartera?
- Con mucho gusto. Es que...¿sabe usted?...los comunistas nos impresionan.. Durante la revolución sufrimos horrores con ellos. Nos quitaban las sábanas y las cadenas.
- ¿Tabaja uste aquí en el distrito?
El fantasma pareció un poco embarazado.
- Trabajo aquí..., en dos o tres casas donde hay unos niños que no se quieren dormir...No es más que una chapuza.
- ¿Marcha mal eso, eh? -pregunté mirándole de reojo.
- Muy mal contestó con un débil suspiro; y enseguida añadió -: Perdóneme; he debido suspirar de otra manera más apropiada como nos está ordenado. Lanzaré en su obsequio nuestro famoso "quejido de medianoche", que es irresistible, y le erizaré el cabello rápidamente.
Me encogí de hombros.
- He oído cantar a todas nuestras "estrellas" de varietés -dije-, pero láncelo, si quiere.
No; entonces es inutil. Apagaré la fosforecencia, porque estoy gastando mucha, y nos la tasan.
Quedó junto a mi como un espantapájaros inutil. Le ofrecí un cigarrillo y rehusó.
Reanudé la charla.
- Según eso...¿ hay paro?
- Un paro tremendo.
- Claro, el descreimiento, el positivismo, la...
- ¿Cual descreimiento? No, no señor. A mi deme usted medios para una presentación decente y me comprometo a obligar a desmallarse a una compañía de lanzallamas. Lo que ocurre es que nos hemos quedado a la zaga, y hay que evolucionar. Examine usted conmigo la situación, y si es usted un hombre ecuánime, deducirá consecuencias interesantes, aunque entienda muy poco de afntasmas.
Aquí, en Madrid, estuve de servicio hace un mes en una vieja casa. Como acaso sepa usted, siempre se nos dice lo que tenemos que hacer en cada sitio, y alí tocaba lanzar gritos histéricos y carcajadas sardónicas. Y en eso andaba yo por el pasillo cuando oigo gruñir desde su lecho al jefe de la familia, al que debía alarmar: "¡Ese empecatado hijo mío, ya está escuchando en la radio una comedia! Me envolveré la cabeza en la sábana pra no oirla". Pero aún hubo algo peor. El pasado viernes recibí orden de materializarme ante un señor que vive èl solo en el quinto piso de una casa de la calle de Alcalá y que se dedica al "estraperlo". Entro en su habitación levanta el hombre la cabeza, me mira, y continua haciéndo números. Sin embargo, yo tenía un aspecto espantoso: llevaba una calavera verde y una sábana grande, de las de cama de matrimonio, y unas manos largas y amarillas, con




