ESTUDIOS SOBRE EL AMOR III

No se puede ir al Dios que se ama con las piernas del cuerpo, y, no obstante, amarle es estar
yendo hacia El. En el amar abandonamos la quietud y asiento dentro de nosotros, y
emigramos virtualmente hacia el objeto. Y ese constante estar emigrando es estar amando.
Porque -se habrá reparado- el acto de pensar y el de voluntad son instantáneos. Tardaremos
más o menos en prepararlos, pero su ejecución no dura: acontece en un abrir y cerrar de ojos;
son actos puntuales. Entiendo una frase, si la entiendo, de un golpe y en un instante. En
cambio, el amor se prolonga en el tiempo: no se ama en serie de instantes súbitos, de puntos
que se encienden y apagan como la chispa de la magneto, sino que se está amando lo amado
con continuidad. Esto determina una nueva nota del sentimiento que analizamos; el amor es
una fluencia, un chorro de materia anímica, un fluido que mana con continuidad como de una
fuente. Podíamos decir, buscando expresiones metafóricas que destaquen en la intuición y
denominen el carácter a que me refiero ahora, podíamos decir que el amor no es un disparo,
sino una emanación continuada, una irradiación psíquica que del amante va a lo amado. No es
un golpe único, sino una corriente.

El amor es u eterno insatisfecho
Pfánder ha insistido con gran sutileza en este aspecto fluido y constante del amor y del
odio.
Tres facciones o rasgos hemos apuntado ya, las tres comunes a amor y odio: son
centrífugas, son un ir virtual hacia el objeto y son continuas o fluidas.
Pero ahora podemos localizar la radical diferencia entre amor y odio.
Ambos poseen la misma dirección, puesto que son centrífugos, y en ellos la persona va
hacia el objeto; pero dentro de esa única dirección llevan distinto sentido, opuesta intención.
En el odio se va hacia el objeto, pero se va contra él; su sentido es negativo. En el amor se va
también hacia el objeto, pero se va en su pro.
Otra advertencia que nos sale al paso, como característica común de estos dos sentimientos
y superior a sus diferencias, es la siguiente: El pensar y el querer carecen de lo que podemos
llamar temperatura psíquica. El amor y el odio, en cambio, comparados con el pensamiento
que piensa un teorema de la matemática, tienen calor, son cálidos y además su fuego goza de
las más matizadas gradaciones. Todo amor atraviesa etapas de diversa temperatura, y
sutilmente el lenguaje usual habla de amores que se enfrían y el enamorado se queja de la
tibieza o de la frialdad de la amada.

Este capítulo de la temperatura sentimental nos llevaría
episódicamente a entretenidos parajes de observación psicológica. En él aparecerían aspectos
de la historia universal, hasta ahora, según creo, ignorados de la moral y del arte. Hablaríamos
de la diversa temperatura de las grandes naciones históricas -el frío de Grecia y de China, del
siglo XVIII, el ardor medieval, de la Europa romántica, etc.-; hablaríamos de la influencia en
las relaciones humanas de la diversa temperatura entre las almas -dos seres que se encuentran,
lo primero que perciben uno de otro es su grado de calorías sentimentales-; en fin, de la
cualidad que en los estilos artísticos, especialmente literarios, merece llamarse temperatura.

Pero sería imposible rozar siquiera el amplio asunto.
Que sea esa temperatura del amor y del odio se entiende mejor si lo miramos desde el
objeto. ¿Qué hace el amor en torno a éste? Hállese cerca o lejos, sea la mujer o el hijo, el arte
o la ciencia, la patria o Dios, el amor se afana en torno a lo amado. El deseo goza de lo
deseado, recibe de él complacencia pero no ofrenda, no regala, no pone nada por sí. El amor y
el odio actúan constantemente; aquél envuelve al objeto en una atmósfera favorable, y es, de
cerca o de lejos, caricia, halago, corroboración, mimo en suma. El odio lo envuelve, con no
menor fuego, en una atmósfera desfavorable; lo maleficia, lo agosta como un siroco tórrido, lo
destruye virtualmente, lo corroe. No es necesario -repito- que esto acaezca en realidad; yo
aludo ahora a la intención que en el odio va, a ese hacer irreal que constituye el sentimiento
mismo. Diremos, pues, que el amor fluye en una cálida corroboración de lo amado y el odio
segrega una virulencia corrosiva.
Esta opuesta intención de ambos efectos se manifiesta en otra forma: en el amor nos
sentimos unidos al objeto. ¿Qué significa esta unión? No es, por sí misma, unión física, ni
siquiera proximidad. Tal vez nuestro amigo -no se olvide la amistad cuando se habla
genéricamente de amor- vive lejos y no sabemos de él. Sin embargo, estamos con él en una
convivencia simbólica -nuestra alma parece dilatarse fabulosamente, salvar las distancias, y
esté donde esté, nos sentimos en una esencial reunión con él.
Es algo de lo que se expresa
cuando, en una hora difícil, decimos a alguien: Cuente usted conmigo -yo estoy a su lado-; es
decir, su causa es la mía, yo me adhiero a su persona y ser.
En cambio, el odio -a pesar de ir constantemente hacia lo odiado- nos separa del objeto, en
el mismo sentido simbólico; nos mantiene a una radical distancia, abre un abismo. Amor es
corazón junto a corazón: concordia; odio es discordia, disensión metafísica, absoluto no estar
con lo odiado.
Here I Go Again