LA CODORNIZ
revista más audaz,
para el lector más inteligente.
DON ATAULFO Y LOS LADRONES
Don Ataulfo encendió la luz, salió con agilidad de la cama y se abalanzó rápidamente sobre el teléfono. Nerviosamente marcó el 03 y pidió con voz angustiada:
-¡Señorita! ¡Por favor! ¡Póngame enseguida con la comisaría de Policía! La telefonista estableció la comunicación, y a poco, la voz somnolienta del funcionario policía co llega al tímpano de don Ataulfo. - ¿Diga?...
- Oiga ¿es la Comisaría de Policía?
- Sí, aquí es. ¿Qué desea?
- Avisarles que no hay ladrones.
- ¿Cómo -preguntó una voz al otro lado del hilo telefónico. - ¡Que no hay ladones en mi casa! -chilló don Ataulfo- ¿Me ha entendido ahora?
- Sí contestó la voz-, pero...
- Ni uno -agregó don Ataulfo-. No hay un solo ladrón en mis habitaciones. Si quiere se lo puedo jurara... Y eso que podían haber hecho un buen negocio si hubieran venido a robarme. Hoy precisamente he cobrado las rentas de mi casa de la calle Goya y tengo en la cartera doce mil pesetas.
- No lo entiendo...
- ¿No entiende usted que cobre doce mil pesetas por la casa? Tiene catorce pisos y dos garages. Cada uno de ellos paga...
- ¡No, no! -chilló el agente de policía-, Lo que no entiendo es por qué ha llamado si no hay ladrones.
- Pero podía haberlos.
- ¡Claro! Pero usted mismo ha dicho que no los hay.
- Pues por eso mismo le he llamado. Para decírselo.
- ¡A las tres de la mañana!
- Haber empezado por ahí. Si tienen ustedes horas fijas para avisarles cuando hay ladrones y cuando no los hay, yo no lo sabía. Si lo supiera lo hubiera hecho en el momento indicado. Dígame, ¿Cuándo hay que llamarlos? - Nunca -chilló el funcionario-. Si ha bebido usted más de la cuenta lo que debe hacer es irse a dormir. - Estaba durmiendo. Pero me he levantado de la cama para avisarle. - Es un aviso estúpido que le puede costar caro. - No me lo explico. Yo les he llamado para tranquilizarles. - ¿Para tranquilizarnos de qué? - Ustedes podían haber estado preocupados pensando que habían entrado ladrones en mi casa. Podían haber entrado dos o tres, o más, porque hay algunas bandas que son muy numerosas.. Armados con pistolas del nueve largo, me hubieran intimidado a que les entregase mi dinero, y yo no hubiera tenido más remedio que entregarles las doce mil pesetas. - ¡Pero esa historia se la ha inventado usted solo! - Claro que sí; pero ya l he dicho que no hay ladrones en mi casa, y desde el momento que no los hay, tampoco existen las pistolas ni se han llevado el dinero. - ¡Majadero! -tronó la voz del policía. - Entonces, ¿no me lo agradece? - ¿Qué voy a agradecerle? - Que lo haya llamado para tranquilizarle. - ¡Noooo!... -Chilló el otro. - Es lo mismo -dijo serenamente don Ataulfo -. Yo tengo la conciencia tranquila, y lo demás me importa un bledo. Y colgando el auricular, volvió a la cama y apagó la luz, entregándose enseguida al sueño.
V.


