No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
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24/5/23

UNA RUBIA EN EL VERANO --- La Codorniz

  



LA CODORNIZ
La  
revista más audaz, 
 para el lector más inteligente. 




LLEVE USTED UNA RUBIA EN EL VERANO


    ENTRE todo lo que forma parte de una mujer, lo más importante es el hombre. Tratemos, pues, de este adminículo femenino.                                               Acaso ella quisiera mejor que tratásemos de la moda o del maquillaje, pero ambos son temas que nos están vedados. Para ocuparse en la moda hace falta o mucho buen humor o la crueldad de un misógino. ¡Oh, si las mujeres conociesen la génesis de esas modas que siguen sin vacilaciones!... Una casualidad nos permite asistir al nacimiento de los modelos que hace dos o tres años llevan las señoras y las señoritas sobre la cabeza.

     
                                           


 Fue en París, en una comida a la que asistían varios grandes modistos y dibujantes. Cadas uno había bebido tres veces más de lo que podría resistir un cosaco, y comenzamos a oír confidencias acerca de los éxitos de la moda. El gran modisto número 1 nos refirió que se había dedicado a ese oficio después de haber sido abandonado por su prometida cuando la esperaba en una iglesia vestido de chaquet y dispuesto a casarse. El gran modisto número 2 contó que su odio al bello sexo surgió en él obsesionantemente el mismo día en que su sposa le cambió por un capitán de la Marina mercante. El gran modisto número 3 había fracasado siempre en sus amores. En cuanto alos dibujantes, tenían grandes afrentas que vengar o motivos de resentimiento muy estimables. Todos abominaban d la mujer y, sin ponerse de acuerdo, llegaron a descubrir que la mejor venganza era obligarlas a ir vestidas ridículamente, de lo que ellas no se enteran nunca por su fetichista respeto a la moda. Nuestra 

Adriana Lima

 voz se alzó entonces para defender el innato sentido de elegancia de cada mujer y de todas las mujeres y para negar que aceptasen lo grotesco. ¡Ay, fuimos involuntarios culpables de lo que después ocurrió! Porque aquellos hombres se pusieron a dibujar en las servilletas unos espantosos sombreritos pequeños como los de los clowns, arbitrarios,


insensatos, feísimos, y cuando juramos que nunca una muchacha de mediana salud se avendría a llevar tales adefesios sobre su cabellera, anunciaron ellos solemnemente:
    ---Pues esta será la próxima moda.                                                                                                       Y fué. El año pasado y el anterior los vi, a través de mis lágrimas,, sobre los parietales de todas las mujeres de Europa.                                 Las infelices no saben qué clase de enemigos abusan de su candor, parapetados en el tabú de la moda.                                                                                                      En cuanto al maquillaje, no perderíamos nuestro tiempo en dar consejos que intentasen alterar el especialísimo concepto que tiene de él la mayoría de las españolas. En nuestro país se saltó bruscamente de creer que pintarse los labios era un pecado mortal a suponer que las caras estaban aun por inventar y que había que diseñar las facciones con arreglo a un modelo en el que los párpados son fuertemente azules; sus bordes negros; sus lagrimales, color fuego; las mejillas, ladrillo; la nariz, blanca; las cejas, de lapiz, y la boca de cada una, igual a la boca de la artista de cine que esté en boga.




    Si nos propusiesemos influir en las barras de carmín para enseñarles sus más recomendables deberes, nada lograríamos, naturalmente. Pero acaso tengamos más suerte si dirigimos nuestras admoniciones a ese otro útil del que también precisa la mujer, y se llama "el hombre".                       El hombre es, a veces, tan importante como los lápices de tocador y tan inconveniente como la moda. El Hombre suele bacilar mucho tiempo antes de abscribirse a una mujer, porque algo en el fondo de su inteligencia le dice que este fenómeno de la aproximación  es enormemente trascendental y que hay que determinarlo con atención escrupulosa. No hay duda ninguna de que las pasiones -para buscar ejemplos en la antiguedad- obedecen a leyes, no a caprichos, y de que cuando tales leyes esten descubiertas, cuando se pueda saber qué tipo físico y espiritual masculino, las dudas y tanteos de ahora -tan imperfectos y sujetos a error- no existiran. Pero ni aún los más estudiosos especialístas podemos hoy asegurar que el importantísimo problema esté resuelto.                                                                                                                               Sin embargo, algo se puede decir acerca de otros aspectos que, si son menos considerables, no por eso merecen el desdén co que se los trata. Muchos hombres se consagran a una mujer sin tener en cuenta más que si les gusta. En cambio, se librarán muy bien de hacer lo mismo con un manjar, con un traje o con un licor. A usted pueden agradarle las sardinas, pero usted no comerá sardinas si tiene que hablar de cerca con una persona que le interesa. Usted puede tener un "smoking" bien cortado, pero no se le ocurrirá vestírselo por la mañana. Pues bien: ¿por qué no aplicar tan elementales precauciones a la mujer?                Cualquiera de nosotros tiene, seguramente, numerosos conocidos que son enemigos declarodos de las gordas y que experimentan un sincero disgusto si alguien viene en cualquier ocasión acompañando a una mujer de noventa kilos. Grave error. Confusión hija de la 


falta de raciocinio, de la facilidad con que nos entregamos a los tópicos. Hay veces en que la gorda "hace" bien. Personalmente no la elegiríamos para subir con ella a un tranvía demasiado lleno, ni para sentarnos en la terraza de un café. Pero -por ejemplo- no hay compañía mejor para ir a ver una comedia graciosa. La risa de una mujer gorda, lo que se dice gorda, es uno de los más amables espectáculos. Sus mejillas tiemblan, sus ojos se hunden en blandura, la carne de sus brazos y de su escote se ríe también, saltando a este compás: ja, ja-ja, ja, ja... Los cómicos agradecen su jovialidad, más que otra alguna, porque saben que es contagiosa, y terminan por dedicarle las frases de mayor comicidad; el autor la mira, reconocido, por ese agujerito que hay para los autores en los telones d fondo, y el público concluye por fijarse en ella en cuanto suena un chiste, y en gozar con su gozo, mientras murmuran unos al oído de otros:

---¡Qué simpático es ese caballero que ha traído a esa señora gorda tan reidora! Deben ser felices. Se ve que él es muy bueno.                                                          Un hombre alto no debe llevar a una mujer pequeñita aun baile. Ahor, si va a aquella terraza de que hablábamos antes, con la intención de tomar cualquier líquido por una paja, nda compondrá mejor el grupo que una muchachita menuda, sobre todo si lleva un perrito muy feo, o, de no tener un perrito, que vaya sin medias.                                                                                              Habrá quien pregunte: "¿Por qué?" Pues... porque sí. En estas cuestiones no todo puede explicarse; hay una razón de buen gusto, de intuición, que es costoso formular correctamente. No se trata de arbitrariedades ni de incongruencias. Existe un quid secreto que viene a regular cada caso. Verbigracia: si se va por la calle con una mujer de nariz prominente, no se debe llevar un puro en la boca. Resulta inperdonablemente desconsiderado.                                                                                        Estas leyes son tan numerosas como las de la cortesía, y nadie las podrá recoger detalladamente. Otras hay, sin embargo, de carácter más general. Entre ellas es ahora muy pertinente la que recomienda acompañarse de rubias


y no de morenas en esta época del año. la


visión de una rubia es más refrigerante, y la gente agradecerá mucho verle pasar a usted co una rubia cuando el termómetro sube de los treinta para arriba. Usted mismo se sentirá más confortado y respirará mejor.                                                                                                                                              Un tiempo llegará en que estas precauciones elementales se estudien en el bachillerato.
WENCESLAO FERNANDEZ FLORES












Light My Fire

 Freedom Dub & Rosin Taylor

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