LA MANCHA DEL ABUELITO
La
revista más audaz, para
el lector más inteligente
Como todos los jueves, la familia se ha reunido en la
salita a hojear el álbum de fotografías.
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¡Mira! ¡Esta es la nuera de nuestra prima,
con su pequeño caballo, cuando fueron a ver el experimento de la primera
locomotora! -exclamó alborozada la pequeña Enriqueta.
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Y este -añade- el tío Ernesto, con su
chistera, cuando trataba en vano de inventar el teléfono. Porque en aquellos
tiempos no había teléfono, y la gente, para hablarse a distancia, abría las
ventanas y lanzaba potentes gritos: “¡Ohéééeee!” “¡Hulabaúúú!
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Y aquí está papaíto cuando era mozo y usaba
jipijapa con cordoncillo
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¿Y este? ¿Quién es este? -pregunta el pequeño
Juanito, poniendo su dedo mojado en saliva sobre la barba de un anciano.
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Es Fidel, el anciano mayordomo de los
abuelos, cuya lealtad nadie pudo igualar nunca. Comía en la mano de vuestra
abuela, como una paloma diestramente amaestrada.
Uno a
uno, desfilan los retratos de la borrosa galería. Todos los antepasados tienen
su poquito de historia antigua, que los padres se complacen en contar a los
pequeñuelos.
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¿Y este?... ¿Quién es este? -pregunta de nuevo
Juanito.
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¡El orgullo de la familia, hijo mío! Tu
abuelo Ambrosio.
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¿Es el abuelito?
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Sí; es él. Prócer entre los próceres, su vida
fue un intachable modelo de corrección y nombradía.
- Mira, papá: el abuelito tiene una mancha.
- ¿Qé dices? ¿Estás loco? -exclamael padre, lleno de estupor.

