LA CODORNIZ
La revista más audaz,
para el lector más inteligente.
HABLEMOS DEL CABALLO
(1944)
Esto de
que los animales no sepan hablar es un grave inconveniente para todos,
especialmente para ellos. El caballo, por ejemplo: desde tiempo inmemorial, en cuanto un hombre ve
un caballo, se sube encima. Este, primero se sorprende, y termina por aceptar
el suceso para no discutir; pero ello no quiere decir que está conforme.
Si tuviera el
caballo el don de la palabra, se podría entablar una discusión: ---¡Hombre! ¡un caballo! -diría el
hombre. ---¡Caballo! ¡un hombre! -diría el caballo. ---Pues ya que usted está aquí, voy a montar a caballo para dar un
paseo. ---¿Cómo? ¿que quiere usted montar encima de
mí? ---Claro; ¿no es usted un caballo? ---Sí; pero no
quiero que monte usted encima de mí.
---¡Ah! ¿no
le gusta la equitación?
---No es eso; no quiero
que se monte usted encima de mí, por lo mismo que yo no me monto encima de
usted.
---No es la mismo;
usted es un caballo, y yo quiero darme un paseo al galope.
---Pues corra detrás
de ese tranvía, si quiere; pero encima de mi no se sube usted.
---¿Y se le doy un
saco de avena?
---Eso ya es ponerse
en razón; vamos a negociar.
Y el
hombre y el caballo harían un trato; y si luego el uno se subía al otro, sería
por una conformidad razonada. Hoy
no es así; el hombre se sube al caballo, y cree que ha cumplido con llamarle
<<noble
bruto>>;
y el caballo, no sabemos por qué motivo, no le tira al suelo más veces, ya que
es indudable que no está de acuerdo con ese proceder.
Hay
quien pretende lo contrario; pero, naturalmente, el que tiene esa pretensión es
la parte interesada: el jinete. Unas simples observaciones de un paseo a
caballo, nos daría una sensación totalmente diferente. Primero, se le pone al caballo la montura y la cincha, y ya
hay que principiar a convencerle para que se esté quieto, con ese diálogo
especial de los mozos de cuadra:
---¡So!
¡Para! ¡Jaca! ¡Quieto! ¡Pasa! ¡Sóóóó…!
---<<Ya
empiezan las groserías>> -se dice el caballo. Acto seguido, y cuando le van a apretar la
cincha, llena su cuerpo de aire de modo que luego, cuando el jinete se va a
subir, con solo expeler el aire se tuerce la montura y el jinete se cae. Claro que el hombre, una vez que ha
decidido subirse en un caballo, termina por hacerlo, a pesar de que las
circunstancias y la manifiesta mala voluntad del bicho aconsejen lo contrario.
Pero cuando un hombre se ha vestido de jinete y se ha puesto las botas de
montar, no es fácil que desista de ello, por no saber a donde ir así ataviado. Salen,
pues, de paseo (<<como dos amigos>>,
piensa el jinete: <<con este tío encima, rumia el caballo), y se dirigen
a esos lugares neutros y aburridos por donde se puede pasear a caballo.
---¡Vamos a galopar! -dice el jinete dándole unas palmaditas en el cuello. ---¡Galopar, galopar!; ya podrás después de haberme llenado la boca de hierros -murmura el animal-. Y eso que dices que eres mi amigo. Y comienza el galope. Cuando este tiene un fin (perseguir un toro o alcanzar una bola) todo va bien; pero a veces el <<noble bruto>> no tiene ganas de correr, y se le nota como razona por lo bajo: ---¡Vaya! ¡Hoy toca acoso y derribo! ¡A correr detrás de esa vaca!... Eso es: la garrochita en el anca, y la voltereta. Y ahora, a sonreír a las señoritas de los carros. ¡Claro!: como en caso de arrancarse la vaca, el que se lleva el puntazo soy yo, venga sonrisitas… Pero es peor si el galope es sin fin determinado, por un camino que va a ninguna parte. Al poco rato, el caballo empieza a desanimarse y el jinete también, y los dos piensan lo mismo: -<<Bueno, y ¿Dónde vamos así? ¿A qué viene este ajetreo?>> Y el galope va cediendo poco a poco, se convierte en un trotecillo, u, por fin en un paso lamentable. El caballo aprovecha la ocasión para arrancar un cardo e írselo comiendo; y el jinete deja su imaginación volar, y termina pensando en la multitud de cosas que podría haber hecho, más divertidas que andar por el campo subido en un caballo. Sucede entonces una transmisión de pensamiento: el caballo adivina que ha llegado el momento de volver, y haciéndose el distraído va dando la vuelta hasta sentir que marcha hacia la cuadra. Y entonces viene la demostración palpable de que el caballo es un animal de hogar y no de campo: sólo de pensar que va a volver a su cuadra, oscura llena de paja, le entra una auténtica alegría. Solo entonces galopa de buen grado y poco le importa si su jinete va hablando de amor con otra <<jineta>> él corre que te corre, trompetea que trompetea, haciendo imposible toda conversación delicada, y no dando tiempo a su jinete más que de agachar la cabeza al entrar en la cuadra como una tromba…
EDGAR NEVILLE


