La divertida historia de la esposa del coronel y el soldado
que compartió su plato con ella
Por ANTONIO MANZANO 20/12/2014
Releyendo los viejos relatos que dejó el conde de Clonard
–un general historiador del siglo XIX- en su monumental obra “Historia Orgánica
de las Armas de Infantería y Caballería españolas” me encontré con una
historieta que, al principio, me dio que pensar y que, al final, me hizo
sonreír.
Vengo insistiendo en que los productores de películas y de
series de televisión lo tienen fácil con nuestra Historia, con mayúscula,
porque les proporciona relatos de todo tipo: épicos, dramáticos y también
divertidos.
Antes de contar esta historieta, conviene aclarar que ‘coronela’,
como recoge el Diccionario de la Real Academia Española, es la esposa del
coronel, del jefe del regimiento, aunque es un significado que no se usa ya.
‘Coronela’ también significa la antigua bandera real de los regimientos, antes
de que se adoptaran las de los colores nacionales rojo-amarillo-rojo en 1843;
pero estas líneas no van de banderas, sino de otras cosas más humanas.
Estando, en 1780, el regimiento de infantería América en el
campo de San Roque –Cádiz-, para un nuevo intento de expulsar a los británicos
de Gibraltar, se incorporó el nuevo coronel que, como era normal en ese tiempo,
era mejor conocido por el título de nobleza que tenía: era el conde de
Peñafiel, y su esposa la condesa de Peñafiel. Siguiendo las costumbres de aquel
siglo, los oficiales del regimiento organizaron una comida en honor de ambos y,
en cierto momento, el sargento mayor (este empleo se denomina en la actualidad
comandante) recitó esta poesía:
“Brillante oficialidad
que con tal magnificencia
obsequias con excelencia
a esta Excelencia y beldad…
Aquí hay que interrumpir la declamación del sargento mayor y
explicar la reiteración de la palabra ‘excelencia’ que, con minúscula, alude a
la calidad y abundancia del banquete –excelente- y, con mayúscula, alude al
tratamiento de ‘excelentísima señora’ correspondiente a la condesa. Por otra
parte, ‘beldad’ es ‘mujer notable por su belleza’. Un piropo lanzaba el
sargento mayor, pero sigamos con la poesía:
…del objeto la entidad
y vuestra alta profusión
hacen decir con razón
que, en aqueste día festivo,
ni cabe más en motivo
ni cabe más en función”.
Podemos suponer que la oficialidad cerró este brillante
poema con aplausos dedicados tanto al sargento mayor poeta por haber, por fin,
acabado, (otro día les contaré el chiste del oficial que no se reía tras el
chiste del coronel) como a la condesa.
A esas palabras respondió la condesa diciendo: “No tengo yo
medios, señores, para competir en el campo de Gibraltar con la profusión y
finura de este brillante obsequio y aplazo para Madrid el corresponder con mi
gratitud”. Estaba anunciando a los oficiales del regimiento que, cuando hubiera
la ocasión propicia, les invitaría a un banquete en su residencia en la capital
del reino.
Después, hicieron una visita a las instalaciones del
regimiento y pasaron por donde los soldados estaban comiendo. Según el relato
de Clonard que estamos siguiendo, la condesa fue recibida “con vivas y
aclamaciones” seguramente porque la comida de ese día era extraordinaria o,
también, porque pocos soldados habrían tenido tan cerca a una dama de tanta
categoría.
Un gesto entre bromista y desafiante
En un gesto que tendría algo de desafío al estatus de la
nueva coronela –una especie de prueba de fuego o de abuso de la situación-, uno
de los soldados ofreció a la condesa su cuchara llena de rancho, creando una
situación un tanto insólita y, es de suponer, desconcertante para todos. Este
tipo de acercamientos eran impensable en aquella sociedad y ejército ya que
estaban altamente jerarquizados y había grandes separaciones entre las clases.
El caso es que, siguiendo el relato de Clonard, “la condesa,
que tenía mucho talento, graduó el valor que tendría no desairar al soldado y,
tomándola [la cuchara] con mucha gracia, comió toda la porción”, hecho que entusiasmó
a los soldados que le dieron vivas y aplausos.
La condesa se había dado cuenta de lo importante de la
ocasión que ese atrevido soldado le brindaba. Porque, si no aceptaba comer de
esa cuchara –que sería lo más natural en una refinada dama-, nadie se sentiría
decepcionado si acompañaba a la negativa una leve sonrisa; pero si aceptaba
comer ¡de la cuchara particular de un soldado! estaba dando a los soldados el
mensaje de que, para ella, merecían su atención. Y si la coronela se interesaba
por los soldados, el coronel no tendría más remedio que hacerlo también. Buena
noticia para los soldados.
Porque ese gesto que rompía la barrera entre las clases
militares y sociales era insólito en ese tiempo. ¡La coronela confraternizando
con los soldados! ¡Una condesa junto a los soldados procedentes de la plebe!
¿Dónde se ha visto cosa igual? Efectivamente; podemos suponer con toda
tranquilidad que la condesa pasó por un trance muy duro, aunque disimulándolo
con una sonrisa; comer de la cuchara de un desconocido de la clase social más
distante; que, además, la cuchara sería de madera y no de plata; que lo que
tenía esa cuchara no era precisamente un plato delicado sino ‘menestra’ –la
comida diaria de los soldados del siglo XVIII, un potaje de verduras, carne y tocino
cocinado en grandes peroles- y, finalmente, toda esta desconcertante situación
ocurría ante las expectantes miradas de los 300 soldados del batallón y de los
oficiales del regimiento, con el coronel como el primer sorprendido.
Con ese gesto, la condesa de Peñafiel, es decir, la coronela
del regimiento América, demostró lo que muchos deberían tener: aprecio por
aquellos que, en las filas de los ejércitos, están dedicados a defender y
proteger los intereses colectivos de los españoles poniendo en riesgo sus
vidas.
Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda



