HISTORIA DEL CABALLO
EL ORIGEN DEL PSI
El caballo e un animal cuadrúpedo e implume. Ningún caballo es
perro, aunque suelan repetirlo con frecuencia los malos jinetes. Los hombres
rebuznan, desde luego, con mucha más facilidad que los caballos ladran. Y este aforismo
es ofensivo a la vez para el mejor amigo del hombre y para su más útil
conquista, según M. de Buffon. El perro es probablemente el único animal que
cree a priori en la superioridad indiscutible del hombre, y le
mira, admirado y sumiso, como a un Dios omnipotente. Es, pues, absurdo llamar
perro precisamente al caballo que se subleva contra su jinete. Se le
podría llamar Satanás; más es lo cierto que sus rebeldías son motivadas casi
siempre por la inconveniencia de las órdenes del hombre, sumada a la
contradicción entre sus deseos y la manera de transmitirlos.
"Cuando sientas en ti la ira -decía el sabio antiguo- ,
cuenta hasta ciento antes de obrar".
"Cuando estés firmemente convencido de que tu caballo es un
perro -decimos nosotros-, bájate de él y toma cien lecciones de equitación
antes de volver a montarle"
El caballo es el hermano mayor del hombre, puesto que
apareció en la tierra en la época terciaria, siendo así que éste no tomó la
condecoración de la hoja de parra hasta la cuaternaria. Hubo un tiempo en que
ambas especies se aliaron, formando un pueblo maravilloso, llamado el de los
Centauros, el único, hasta el presente, del que no se ha podido decir a ciencia
cierta si marchaba a pie o a caballo. Años más tarde se separaron
definitivamente. Los hombres, especializándose en el crimen y el robo,
necesitaron tener constantemente libres las manos, y adoptaron la locomoción en
dos pies solamente.
Los caballos se dedicaron a las carreras, como los jóvenes
acomodados de nuestros días, y tuvieron que las cuatro, determinación
prudentísima, pues siempre han hecho mejor carrera los animales de cuatro patas
que los de dos. Mucho tiempo después, gran cantidad de hombres, mal llamados
jinetes, han hecho innumerables esfuerzos involuntarios para que los caballos
adoptasen la posición constante sobre los apoyos posteriores; mas solo han
conseguido resultados momentáneos. Ellos por su parte, sienten muy raras veces
veleidades de colocarse en tal equilibrio inestable e incómoda postura.
Los caballos han tenido también sus grandes hombres. Pegaso,
muchos años antes de Jesucristo, inventó la locomoción aérea, estableciendo un
curioso tipo de más pesado que el aire, a la par que vencía
fácilmente a su rival humano, el desdichado Icaro, enamorado del Sol. Darío le
debió a su caballo el trono de Persia, gracias también, justo es decirlo, a la
astucia galante de su escudero. Otro, cuyo nombre no ha conservado la historia,
pero que debería llamarse Don Juan, conquistó a la reina Semíramis, que le
entregó su cuerpo, anonadada. Lo cual nos lleva a creer que la famosa soberana
era, al menos bajo cierto aspecto, una mujer extraordinaria.
Nuestro buen Rocinante, que en hechos gloriosos y sonados no tiene
que envidiar a ninguno, fue, en cambio, muy desgraciado con las yeguas. La
única vez que sepamos se dedicó a ellas, salió maltrecho y humillado de la
aventura. Aficionado como era a los asnos, puede fundadamente creerse que las
malas compañías le perdieron. Incitatus el caballo de Calígula
ha sido entre sus hermanos el que hizo mejor carrera política, llegando a
senador y cónsul. Mas bajo este aspecto, forzoso es reconocer que los
individuos del género Asinus, bien que corrientemente despreciados,
consiguieron siempre mejor éxito, por poco que escondiesen las orejas. Así y
todo, Incitatus fue un senador discreto, de los que no hablan.
En cuestiones religiosas, el caballo que tiró a San Pablo en el camino de
Damasco nos parece haber sido aquel cuya influencia ha sido más trascendental.
Fuese por defensa o por debilidad, en el momento de depositar violentamente en
el suelo los pecadores huesos del presunto Apóstol, firmaba la conversión al
cristianismo de todo el Occidente. "La vida es una carrera de
caballos", dijo años más tarde el Santo de Tarso. Mas de ser así él no la
hubiera ganado nunca.
En el
cielo viven -y lo ponemos en presente, porque allí todo es eterno- algunos
caballos. Al menos, unos cuantos, de fuego, cuyo número desconocemos, que
vinieron en cierta ocasión a la Tierra para llevarse al profeta Elías, y uno
blanco, en el cual está montado reglamentariamente el Apóstol Santiago. Este
animal -el blanco- debe de ser nacido y criado en España, en las proximidades
de Clavijo; pero debido a lo poco que en nuestro país se ha atendido a las
genealogías animales, desconocemos completamente su origen.
El caballo de Nicomedes, que se
dejó perecer voluntariamente de hambre a la muerte de su amo, puede citarse
como predecesor del alcalde de Cork. Y tampoco han faltado entre ellos los
heterodoxos y librepensadores. Maroco jugaba a los dados en
Inglaterra con su amo Bemk, hacía adivinanzas y otros prodigios. El uno y el
otro vinieron a Portugal en tiempos de la dominación española, y el otro y el
uno, fueron naturalmente, quemados como brujos por la Santa Inquisición. Fue,
pues, Maroco un mártir de sus ideas y de la sabiduría de su amo, así como
tantos de sus hermanos lo han sido de la ignorancia de los suyos.
Loa
árabes por selección esmeradísima, dentro de un núcleo selecto preservado de
toda contaminación impura -es decir extraña-, por una casi
deificación del caballo, llegaron a conseguir un tipo muy superior a todos los
conocidos hasta entonces. Cometían aún graves errores, como era el trabajo
prematuro impuesto a los potros y la inmovilidad constante de los sementales;
pero de todos modos, su sistema era infinitamente superior a todos los demás
empleados por sus contemporáneos. Fueron los primeros en conocer el valor
de la prueba, es decir, de la comparación de la velocidad, y también de cómo
se pueden transmitir y fijar los caracteres y propiedades individuales, hasta
convertirlos en genéricos. Todo un pueblo dedicado religiosamente a esta labor
durante siglos, llegó a producir regularmente ese tipo maravilloso y legendario
de caballo que recibe el nombre de árabe. Pero mientras en el mundo quede vida,
no se dirá en nada la última palabra, y los Orientales fueron una vez más
vencidos por los hijos de Occidente, valiéndose, es cierto, de sus propias
armas. La importación del árabe a Inglaterra fue el primer eslabón de la cadena
que había de conducir a esta superación.
En dos
períodos es preciso dividir esta
aportación del Oriente. Uno, preliminar y fundamental, que abarca seis siglos
(del XII al XVIII), que va transformando lentamente al elemento indígena,
formando -por decirlo así- el elemento hembra de la raza, la tierra madre
admirablemente labrada y abonada, dispuesta a maravilla para recibir la buena
semilla. De la masa informe así formada se apartó por elección un
primer núcleo pequeño a fines del siglo XVII. Eran los tiempos del reinado
de Eclipse de los últimos Estuardos, despreocupados
cortesanos, entre los que asoma la sarcástica mueca de Cromwell, fanático
irónico, que se apoderó de las Royal Mares y a cuya mirada de
águila no se ocultó el fin necesario y los medios adecuados para alcanzarle.
más no era el único en el país. Había llegado la hora de que el elemento
masculino, la sangre sin contaminación, llegase a fundirse definitivamente con
las yeguas madres (propongo el término de yeguas madres, que me
parece mucho más decoroso que ese plebeyo de yeguas de vientre,
usado hasta ahora), perdonándoles su pecado original a condición de que ni
ellas ni sus hijos reincidiesen. Llegaron los tres grandes reproductores árabes
-Darley Arabian, Godolphin Arabian y Byerley Turk- a vivificar por vez postrera
la vieja sangre indígena, ya tan diluida en la pura, a dar nombre y recoger los
esfuerzos similares, de tantas centurias, para cerrar definitivamente las
fronteras de la nueva raza pura, formando su recinto sagrado, su clausura, en
el que desde entonces nadie ha podido penetrar.
Termina
entonces el período de gestación de la raza inglesa. Desde allí no admitiendo
por principio la mejora llegada del exterior -que lleva consigo inri y
destierro -, será necesario buscar la selección por afinidad y contraposición
y, sobre todo, por la repetición, regularidad y rigor de las pruebas, pues
estas tienen que ser la base de toda selección, ya que la función crea el
órgano. Son primero los tiempos de Eclipse -cuya historia se
ha contado mil veces- y de Herod. Es preciso dejar pasar un siglo
para llegar al al nombre de Saint-Simon, el único cuya huella puede
hoy considerarse dentro de la raza como comparable a la de sus grandes
progenitores. No se trata aquí de hacer una historia de los grandes caballos a
quienes sus triunfos en pruebas públicas han valido una reputación universal, y
por eso pasamos por alto todos esos nombres, con las hazañas que los dieron a
conocer. Hay muchos libros dedicados exclusivamente a eso, que no es el
objetivo del presente.
Desde
tiempos los heroicos de la raza, ningún caballo ha tenido en ella una
influencia semejante a la de Saint-Simon, y por eso no ponemos
ningún otro detrás de su nombre. Acaso entre los actuales reproductores haya
alguno llamado a desempeñar papel equivalente; más para comprobarlo es
necesario que pasen muchos años. Si esta obra los vive, tiempo quedará a su
autor, o a sus afortunados herederos, de dar entrada al nuevo héroe que se lo
haya ganado bien.
Como
resultado del conjunto, los ingleses, valiéndose de una selección más racional
y meticulosa, de un régimen más ordenado de alimentación y trabajo, de una
higiene exquisita y de un medio ambiente acaso más propicio, han conseguido una
mejora inaudita del caballo árabe, mejorador y casi puede decirse, progenitor
exclusivo del suyo. El Pura Sangre Inglés es el caballo más perfecto, es
el caballo más caballo que existe sobre la tierra. Todos los mestizos,
así como la multitud de razas geográficas con cuyos nombres nos atruenan los
oídos todos los días, nos interesan muy poco más que los caballos de cartón de
los bazares de juguetes.


