LAS VISITAS
La Codorniz
La lectura más audaz
para el lector más inteligente
LAS relaciones se mantienen en virtud de una serie de fórmulas que constituyen la materia científica de los tratados de urbanidad. Es una persona sin principios; figúrese que no sabe como se maneja el cubierto para el pescado. O bien: esta señora en un banquete de Palacio, hablaba con el rey sin quitarse el palillo de la boca. Algunos, por querer aparentar excesiva urbanidad, cometen pifias verdaderamente grandes.
Un ilustre consocio de casino decía, mostrando en el lavabo una toalla extendida:
---¿Quién habrá sido el socio que se ha sentado aquí? Mire la toalla parece un "papa mundi".
Este mismo caballero exclamaba en una reunión:
---La vida es injusta. Ustedes aquí como unos próceres, y yo, en cambio, como un "faria".
Decía asímismo "afusilar" y "metralladora" y en una charla histórica llamó a don Alvaro de Luna, Pablo Luna. Se dirá que todo esto no tiene nada que ver con la urbanidad, pero se dice de una perona que es educada cuando sabe distinguir una cosa de otra y no confunde palabras necesarias para hacer dignamente una visita.
Algunos a esto, con notoria exageración, lo llaman cultura, pero no se trata de esto; lo importante es conducirse en sociedad como persona importante, y no hablar atontas y a locas. Los elegantes no pueden por esto con los improvisados, y aunque, en el fondo, se dicen las mismas expresiones vacias de sentido en un bar de barrio que es un salón, hay que saber decirlas si se quiere sentar plaza de urbano.
Para esto, y nada más que para esto, se han creado las visitas, molestia social que hay que sufrir si no se quiere sentar plaza de insociable. Hay que devolver las visitas y hay que hacer visitas para que nos las devuelvn. Mas meditemos: ¿En qué consiste este intercambio social? A tener que hacer muchas visitas se llama poseer relaciones y cuando las gentes se casan empiezan por ofrecer su casa, y ya se sabe: la ofrecen para esto: para que empiecen las visitas y tener que devolver las visitas.
---Estoy avergonzada. Llevo tres meses pensando en venir a ver a ustedes.
Y aquí está lo grave . Que esta tiranía de las visitas preocupa constantemente, en especial a las señoras, y entre pensar qué hay que hacer una visita y hacerla se pasa la vida y se viene la muerte, tan callando, como dijo el poeta.
---¿Qué pensarán ustede de mí? Pero les aseguro que no me ha sido posible venir hasta hoy.
EVOLUCIÓN DE LA GALANTERÍA
---Si viene alguna visita, diga usted que no estamos en casa.
Al día siguiente se encuentran en la calle y vienen los cumplimientos.
---Estuvimos ayer a verles.
---¡Cómo lo sentimos! Una verdadera casualidad, porque a esa hora estamos siempre.
Todo ello entra en el mundo de las mentiras convencionales, pero en ente social no puede libertarse de esa esclavitud, y menos mal que en nuestro tiempo, para hacer una visita no hay que ponerse el sombreo de copa y la levita.
Mas el convencionalismo no consiste solo en llegar a un piso, preguntar por los señores y permanecer medio a oscuras en una habitación llamada sala, que no se usa más que en estos casos y que, generalmente, huele a alcanfor. Lo más grave de una visita es que hay que hablar. Para esto la sociedad ha inventado algo maravilloso, y es el poder exteriorizar las impresiones personales respecto al tiempo.
---Hace un tiempo espantoso. Mamá dice que no ha conocido un tiempo como este. En realidad este año no ha habido primavera. Y, a lo sumo, un anciano da la nota erudita.
---Yo recuerdo que el año 80 ocurrió algo parecido. La conversación está ya encajada. Se han dado múltiples escapes a la divagación, y ya ha quedado campo abierto para entrar en lo más divertido que tienen la visitas que es el hablar mal de los amigos.
La humanidad, sin embargo, siempre que puede eludir una visita lo hace con gusto y para eso se ha inventado un objeto maravilloso, no por leve, trascendental;: la tarjeta de visita. Es cosa tan necesaria, que no puede precindirse de ella, y a tal punto, que en algunas imprentas leemos el siguiente anuncio:
"Tarjetas al minuto." Se nos han olvidado las tarjetas, pues en un minuto tenemos otras. y, claro está, la tarjeta de visita es una invención mágica para ahorrarse en cuanto sea posible el hablar del tiempo que hace y el decir que las de Martínez cada día están más cursis. En realidad la institución de las visitas, en su sentido solemne, ceremonioso y urbano, corresponde a una época patriarcal, en la que la casa constituía el eje de la vida social. Los tratados lo tenían todo puntualizado: hora, duración, vestido, temas, etc., etc. Y todo ello ordenado en un cuadro sinóptico con los grandes apartados de felicitación, cumplido, pésame y demás divisiones que le hacían a uno esatr totalmente educado. Hoy la visita no pasa de ser una reminiscencia. Tan solo una señora a la antigua usanza recrimina a su marido porque se obstina en no acompañarla para hacer visitas. Las gentes se ven en el bar, en el salón de té, en las fiestas de un hotel de moda... y, a lo sumo, se dicen expresiones como esta:
---¡Ingrata! Cuanto tiempo hace que no vas a casa. Pero ello no implica grave acusación. Ahora bien, si la costumbre de la visita va extinguiéndose, en virtud de que la gente no para en casa, los temas de conversación cuando dos desconocidos se encuentran en la calle continuan siendo los mismos. Hace calor, hace frío, este año es como ninguno, no sé donde vamos a prar... Y tambien un poco sobre alimantación y sobre carestía: ---Yo no sé cómo hacen algunos. En el fondo, es que, mientras el mundo se hunde, la humanidad no tiene nada que decir. Aunque en realidad, ¿qué quiere usted que me diga Rodriguez? Si no me dice que hace hoy más calor que ayer, pues no podría decirme nada. COSSIO


