LA RAZÓN • Martes. 10 de
octubre de 2017
TRIBUNA
Durante el último año de la Segunda República, el viraje a la extrema izquierda más radical y sovietizada del Partido Socialista pronto llevó a la Guerra Civil. Una repetición en una u otra forma de tal política no sería otra guerra civil, sino posiblemente la absoluta deconstrucción de España como Nación.
Stanley
G. PAYNE
Historiador
e hispanista
La característica de la historia de Cataluña es la de repetir aproximadamente cada siglo
una gran convulsión. De los últimos ocho siglos, el único verdaderamente
sosegado fue el XVI. En el siglo anterior –siglo XV– tuvo lugar una Gran guerra civil y social, mientras
que en el siglo XVII se desató la gran
revuelta de una parte importante de catalanes contra la Corona, que mantuvo a Cataluña
durante poco más de una década bajo soberanía francesa, y que se resolvió
con la pérdida del Rosellón y la mitad
de la Cerdaña a favor de Francia. El siglo XVIII empezó con la Gran guerra civil y dinástica en Europa
por la sucesión al Trono de España
tras la muerte de Carlos II, que en
lo que concierne a Cataluña se
mantuvo entre 1705-1714, y que se saldó con la pérdida de los fueros para la Corona de Aragón y para Cataluña. A mediados del siglo XIX
fueron frecuentes numerosos levantamientos e insurrecciones revolucionarias en Barcelona –«la ciudad más revolucionaria de
Europa»– y la región más convulsa de España.
El movimiento
catalanista moderno empezó en el siglo XX como una fuerza moderada y burguesa. Participaba plenamente en la vida nacional de España y quería liderar el reformismo
liberal español, a una gran distancia de los vasquistas, por ejemplo. La radicalización
emergió en los años 20, con un atentado terrorista que fracasó, aunque la Esquerra se hizo dominante durante la Segunda República.
El radicalismo
catalanista nunca aceptó una mera democracia
autonomista en España, y por ello participó en la insurrección revolucionaria de octubre de 1934, el primer escenario de
la Guerra Civil. Aquel movimiento revolucionario revertió dos años después
como una caja de Pandora para los catalanistas, porque entre 1936-37 dominaba la FAI-CNT, no los catalanistas, y la represión
de la extrema izquierda revolucionaria condujo a la supresión de gran parte de la autonomía durante 1937-38 bajo el Gobierno
de Juan Negrín. En ese momento, los catalanistas
radicales ya no apoyaban lealmente al Gobierno
revolucionario que habían alentado, sino que traicionando sus principios
políticos trataron deslealmente de negociar la partición de España con otras potencias,
intentándolo incluso con el Gobierno de
la Italia fascista.
El régimen de Franco
anuló cualquier veleidad autonomista en Cataluña y el País Vasco. Bajo la Monarquía
constitucional contemporánea, el sistema democrático ha garantizado a Cataluña una autonomía muy extensa, más que la de
cualquier otra región de Europa. Durante veinte años, el catalanismo
relativamente moderado de Jordi Pujol
se prestó a cooperar con el sistema, aun incumpliendo muchos preceptos constitucionales
y negociando siempre mediante el
chantaje más y más concesiones del Gobierno español. Durante cuarenta años,
los diferentes Gobiernos españoles de centro-derecha
y socialdemócrata, han ido adoptando la política del apaciguamiento de forma casi constante, con la firme
creencia de que ello contentaría a los catalanistas, pero, como muchos otros políticos que en la historia
desarrollaron una política de apaciguamiento se equivocaron, y los nuevos
líderes del catalanismo radical están consumando otra nueva convulsión. En Cataluña misma, la historia de 1934 se
repite en parte en 2017.
Sin embargo, en esta ocasión no se da, por ahora, la
insurrección revolucionaria en otras partes de España y la polarización de la sociedad, que en los años treinta condujo al Frente Popular y la Guerra Civil. El
gran peligro o amenaza de este momento no es el catalanismo sólo, sino la
cuestión de la inestabilidad de una España muy dividida no tanto en el conjunto
de su sociedad, sino en los diferentes partidos políticos nacionales y
regionales. En estos momentos lo deseable sería la unidad de casi todos los
sectores políticos, pero ello parece más que incierto e improbable. No obstante,
el peligro puede radicar en imitar la
creación de un sucedáneo del Frente Popular, en el que las izquierdas
también rompan la unidad de España. Podemos está dispuesto a aliarse con los
partidos catalanistas y vasquistas y otras formaciones nacionalistas para
intentar la deconstrucción de España.
Nuevamente en 2017,
como ocurriera en 1934, depende mucho de la posición del Partido Socialista,
que es voluble y muy incierta. Durante el último año de la Segunda República,
el viraje a la extrema izquierda más radical y sovietizada del Partido
Socialista pronto llevó a la Guerra Civil.
Una repetición en una u otra forma de
tal política no sería otra guerra civil, sino posiblemente la absoluta
deconstrucción de España como Nación.
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Antonio J. Candil Muñoz

