Colectivo Alborán
ALERTA DIGITAL
Una oficial del Ejército, en segundo término, lleva el bolso y el abrigo de la exministra de Defensa, la catalanista Carmen Chacón.
El ‘Colectivo Alborán’ vuelve a la carga: “Un Ejército sin moral, sin objetivos definidos y claros y, sobre todo, dividido, es una máquina inservible”
Colectivo Alborán.- Hace algún
tiempo corrió por Internet un escrito firmado por Julio Shöen Geary que tuvo
una gran difusión, incluso fuera de España. En él meditaba el autor sobre la
actitud extraña y sumisa de un Ejército heredero (no había habido rotura
alguna) de aquel que se denominó Ejército Nacional. Ha pasado algún tiempo y no
podemos decir que todo sigue igual porque todo ha empeorado. Lo que sí podemos
decir es que este Ejército, sea el que sea, es irreconocible.
El sistema político, que se
autodenomina “de libertades”, controla perfectamente la prensa, de forma que
las quejas, los duros comentarios, la auténtica desazón, por no decir el simple
y castellano cabreo, en eso que se llama la gran familia militar, quedan
matizados o ensordecidos por discursos, revistas, ceremonias, desfiles o
desfilitos. Pero ahí está Internet, sin barreras ni controles (por ahora) donde
el profundo y hasta desesperado malestar de esa familia militar es una olla que
empieza a estar a una presión, todavía controlada, pero que el tiempo dirá
cuánto durará ese “control”. Presión desde abajo, porque los mandos que van
accediendo a puestos de responsabilidad, elegidos a dedo por aquellos que saben
a quien han de nombrar, nada harán que pueda hacer peligrar su puesto o cargo.
Hay un nada despreciable
número de generales y almirantes en la reserva que escriben sobre temas muy
importantes y cultos, hasta filosóficos, sobre la disciplina, el honor, el
compañerismo, la lealtad…., todo en niveles de cátedra, pero con los pies
elevados del suelo un par de palmos, levitando. No pisan la tierra que tiembla.
Estos generales en la reserva, a los que hemos admirado como profesionales
ejemplares, mantienen hoy un prudente silencio, cuando no una actitud dolida
pero disciplinada, ante las humillaciones, los desprecios y las más brutales
ofensas a un Ejército al que ellos han pertenecido y, nos imaginamos,
pertenecen todavía. Y soportan estoicamente las ofensas a una Bandera cuyo
escudo ha presidido las Salas de Banderas de sus Regimientos o sus navíos o ha
cubierto los féretros de sus compañeros asesinados. Y cuando un general se
atreve un día a decir algo que es el pensamiento común de todos sus compañeros,
y que no sólo es lógico y aplastantemente razonable, sino “constitucional”, al
ser sancionado por el rencor institucionalizado, ningún compañero en los
niveles del generalato es capaz de salir a la palestra y decir: “tiene razón y
yo suscribo lo que él ha dicho”. Nadie. Pero no nos engañemos, si es otro
militar de grado inferior el sancionado, que también quiso mostrar su crítica
opinión de forma dura pero razonable, encontrará a su alrededor un desolador
vacío al que le someten sus compañeros en activo.
Pero no solo es que los altos
mandos en situación de reserva “no entren al toro” y casi todos los de activo
solo se miren el ombligo de su grande o pequeña carrera. Es que tampoco ningún
retirado, y, por lo tanto, no sujeto ya al código de justicia militar, se
molesta en protestar ni por lo escaso del presupuesto. Y decimos militar en el
sentido amplio, que incluye a la Guardia Civil. ¿Qué es lo que está pasando?
Se ha echado sobre los
estrechos hombros del ex presidente Rodríguez Zapatero la responsabilidad de
esta campaña que ha desembocado en la miserable Ley de “Memoria Histórica”,
pero es algo que viene de lejos, de muy lejos, prácticamente desde el día en
que Franco fue enterrado en el Valle de los Caídos. Desde entonces, este
Ejército ha ido retrocediendo, actitud que no ha dejado de hacer desde hace
treinta y cinco años. Y aun sigue en ello.
Muchos años de retirada y
derrota. Ante la falacia de una legalidad vigente basada en el rencor, el odio
y la venganza, se han admitido las mayores humillaciones, cuando no auténticas
vilezas. Primaba la idea de que permitiendo ciertas cosas, aquellos se
contentarían y algo se podría salvar. Una práctica guerrera que conduce
gloriosamente al desastre.
Pero también se ha tratado,
desde los propios mandos del Ejército de justificar ciertas actitudes de los
que detentan el poder. Basta un ejemplo. Recordamos a un general, compañero de
promoción, que delante de las cadetes de la Academia General de Zaragoza,
formados ante nosotros los veteranos, después de su arenga en la que citaba el
“Decálogo del cadete”, le hicimos ver nuestra extrañeza al no hacer mención a
que este Decálogo fue redactado por Franco, siendo General Director de esa
Academia. Nos respondió que Franco ya era para los cadetes un personaje tan
lejano como Cisneros. Borrar a Franco de nuestra propia Historia era asumido
por parte de nuestros mandos como algo normal.
Lo peor es que aquel
“valiente” militar es superado continuamente por otros: el actual Segundo JEME
cuando fue director de la Academia dejó quitar la estatua de Franco, y el
impresentable Director de nuestros días, Francisco José Gan Pampols, asegura
que “no hay ningún conflicto que valga una vida humana”.
Si los generales, hoy en la
cúpula y en otros destinos y cargos importantes, leyeran u oyeran todo lo que
se comenta de ellos por Internet o en tertulias y peñas, empezarían a meditar
sobre el peligroso suelo que pisamos, porque un Ejército sin moral, sin objetivos
definidos y claros y, sobre todo, dividido, es una máquina inservible.
Todos sabemos que el Ejército
ha de estar sometido al poder, llamemos constitucional, otros prefieren
llamarle poder civil, pero este “Poder” no es el de la secta política, es
decir, que en el caso del Ejército, las disposiciones que le afecten de forma
radical no puede ser el resultado de una actitud de secta política, que hoy
dicta esto y mañana otra secta lo modifica, hasta que la anterior, si recupera
el poder, vuelve a las andadas en un miserable ping-pong entre partidos,
utilizando a una institución de las dimensiones y categoría del Ejército, como
simple carta de baraja en un juego de tahures y rufianes.
Hemos llegado a un punto de
difícil retorno. Una partida de ganapanes de la política quieren humillar,
poner de rodillas a toda una institución. Ahí está el caso sangrante (sólo un
ejemplo más) de que dos exministras, de rara catadura moral, sean las que,
siguiendo las órdenes de su señor natural el presidente Rodríguez Zapatero,
deciden eliminar una estatua del comandante Franco de un acuartelamiento de la
Legión en Melilla. La exministra de la llamada, cualquiera sabe por qué,
Cultura, y cuyo nombre hemos tenido que buscar en Internet, ha dictaminado que
esa estatua, ni por su valor artístico ni por el histórico, debe permanecer en
ese Acuartelamiento. ¿Quién se ha alzado desde sus cargos en la cúpula militar
contra esa estúpida infamia? Nadie. Y aquellas publicaciones militares,
oficiales y para-oficiales siguen publicando anagramas, diagramas, estudios
estratégicos para el futuro del Cono Sur, o sobre la uniformidad deseable, pero
silencian estos hechos. Mientras que en otras publicaciones que se interesan
por lo militar, en cuanto se tocan estos temas, los foros que provocan arden
por los cuatro costados. Porque muchos militares activos o retirados, pese a la
aplastante y continua labor de la rencorosa política de unos y de la cobardía
de otros, conservan eso que llaman dignidad.
El cierre del Museo Militar de
Montjuich, ante la sumisión, cuando no cobardía, de las instituciones
militares; el canibalismo rencoroso que ha primado en el nuevo Museo Militar en
el Alcázar de Toledo; la retirada de placas en calles, cuarteles o centros
militares de aquellos que las RROO denominan héroes y que forman parte de una
Historia y tradiciones que al parecer hay que conservar; la aceptación, otra
vez sumisa, del abyecto travestismo en el Ejército; el convertir a las
Residencia Militares en baratos “meublés”…; toda esa basura va convirtiendo a
una institución cargada de gloria en un fantoche de caseta del pim-pam-pum.
Todavía no hemos llegado ahí,
pero no pasará mucho tiempo para que, entre rencorosos y cobardes, consigan que
los símbolos tradicionales del Ejército desaparezcan, y que sus referentes
heroicos sean Durruti (ya se expone algo suyo en un museo militar valenciano),
el Lister, el Campesino o que André Martí sea considerado un genio militar al
organizar las Brigadas Internacionales, cipayos de la URSS cuyo nombre pronto ostentará,
con toda seguridad, algún acuartelamiento del “nuevo” Ejército.
Y así ¿hasta cuándo? ¿Es que
queda algo por demoler? Cuando al fin alguien se alce para impedir la
desaparición de un Ejército cargado de Historia, se encentrará que no hay nada
que salvar, porque ya no existe.
*El ‘Colectivo Alborán’ lo
forma un grupo de altos mandos del Ejército español, retirados y en activo, que
cuentan con una cualificada experiencia militar y una notable preparación
académica. A todos ellos les une un denominador común: el amor a España y la
preocupación ante los acontecimientos que vive nuestra nación.
Alerta Digital.
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José V. Ruiz de Eguílaz y Mondría
XXX Promoción.
