No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
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8/6/21

MI VIAJE POR ÁFRICA L

 


MI VIAJE POR ÁFRICA XLIX


El acantilado sobre el que se derrama el Nilo se va curvando en una vasta ensenada de peñascos, rotos aquí y allá por fisuras más suaves pero escarpados en su mayor parte, configurando así el muro oriental del lago Alberto, desde cuyas aguas se alza abruptamente hasta alcanzar seiscientos o setecientos pies de altura en algunos tramos. Desde el borde de ese terraplén, se podían descubrir las zonas más bajas del Nilo Victoria que se alejaban, milla tras milla, formando una ancha y resplandeciente cinta hasta llegar casi a su desembocadura en el lago. De hecho, las cataratas resultaban invisibles, ocultas tras los boscosos farallones, pero su rugido no dejaba duda alguna sobre su presencia. A mis pies, un zigzagueante sendero conducía por largas pendientes hasta la horilla del agua donde, sobre una despejada pradera, se divisa una hilera de tiendas y cabañas recién levantadas.



Fajao ya no existía como ciudad nativa. Quizá en ningún otro punto de Uganda la enfermedad del sueño haya provocado una devastación tan pavorosa. En los últimos años perecieron por lo menos seis mil personas, resultando exterminada casi toda la población. Apenas habían quedado suficientes nativos para componer la delegación que, vestida de blanco, podía distinguirse a la entrada del campamento, se hallaba en la superficie desbrozada que, inmune al maligno poder que reinaba a su alrededor, revestía la máxima importancia. El follaje de las arboledas, que pendía sobre el río, hormigueaba con moscas tsetsé de renovado veneno y probada malignidad. Tras detenernos unos minutos a contemplar las tropas de babuinos, aparentemente grandes como seres humanos, que saltaban de árbol en árbol en la colonia de enfrente, bajé por la serpenteante senda para fotografiar a la delegación y estrechar la mano a su jefe. Era un hombre muy sociable llamado James Kago. Vestido con pantalones de montar y polainas de cuero, pronunció unas inesperadas palabras en un inglés excelente. Tanto él como el resto de los indígenas que se agrupaban a su alrededor parecían disfrutar de un humor inmejorable, que no sabría decir si era resultado de una estoica filosofía o de sus buenos modales. Eran todo sonrisas, reverencias y sonidos guturales de satisfacción. El funcionario del Distrito que viajaba conmigo, me explicó que el jefe había hecho arreglar el sendero que conducía a la cima de las cataratas para que, después de comer y tomarnos un breve descanso, lo acompañáramos hasta el borde mismo del precipicio. Dado que el bosque de la orilla del rio era muy peligroso a causa de las moscas tsetsé, por precaución, nos recomendaron ir protegidos con velos y guantes. No puse objeción alguna.