No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
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4/3/22

ENCICLOPEDIA CULTURITA - LA CODORNIZ

 


  LA CODORNIZ

La 

revista más audaz, 

 para el lector más inteligente.




ENCICLOPEDIA CULTURAL


  MIROMETRO.- Aparato inventado por el físico holandés Púrpura, que sirve para mirar las cosas que hay encima de la mesa. El mirómetro se funda en la ley óptica de los rayos interferentes a través de las lentes conocidas.
    NISPERO.- Especie de fruta que se come, pero que es como si no se comiera.
  SEGUIDILLA.- Canzoneta popular en la Mancha (España), introducida por el bachiller Sansón Carrascao y que suele bailarse y cantarse durante la fiesta anual del queso.
   TRICICLO.- Vehículo de tres ruedas. Su nombre se deriva del sánscrito <<tri>> que significa <<tres>>; <<ci>>, que quiere decir <<ru>>, y <<ciclo>>, que se traduce por <<edas>>.

Anciano canadiense en triciclo

 Es muy usado por los ancianos canadienses para ir a sus casas.
   

CERO



¿PUEDE UN SEÑOR SER PERRO DE SAN BERNARDO?

    Esta la peliaguda pregunta que acaban de formularme diversos caballeros a través de una carta circular de la Sociedad Protectora de Señores. Confieso que, aún esperando esta consulta desde hace muchísimos años, mis barbas han temblado de gozo al recibirla: ¡ha llegado la hora de que yo exhiba mis conocimientos sobre tan apasionante asunto!      Desde mi más tierna infancia me ha preocupado la aparente prohibición que nos impide a los señores colgarnos al cuello un barrilito de coñac y un frasco de yodo para correr los más gordos peligros a través de nieves y vericuetos en nuestro benefactor afán de salvar de las muertes más ciertas a tantas personas fastidiadas por las avalanchas, los aludes y las ventiscas. En realidad, yo, a los sesenta años, burlando la vigilancia establecida, puedo salir a un montículo que había cerca de mi casa y en las laderas socorrer a bastantes alpinistas, esquiadores y pingüinos. Con la lengua fuera, temblando de excitación, husmeando los rastros y sin abandonar el coñac y el yodo, pasé cuatro días en aquel aledaño, sin que a mis feroces pero cariñosos ladridos acudiera nadie en demanda de auxilio: era primavera y además en mi pueblo no nevaba nunca. Por eso digo que <<pude>> realizar varios salvamentos, pero no afirmo que salvé a nadie.

  Si, como yo, otros muchos señores tienen vocación de perro de San Bernardo, ¿por qué se nos impide seguir nuestro camino? Debe ser hermoso ver a un anciano arrastrando sus sus barbas por la escarcha, andando a cuatro patas, ladrando dulce y tiernamente, exponiendo su senectud a cambio del placer de salvar de la heladura a una adorable mujer... El anciano, al llegar al agujero donde estuviera la desgraciada, se encontraría en mejores condiciones que un perro para ayudarla: le serviría una copa de coñac, le aplicaría unas pinceladas de yodo, frotaría con sus barbas las ateridas extremidades de la excursionista, cargaría luego con ella al hombro y la llevaría a un refugio a la sillita de la reina, para colocarla cuidadosamente junto al fuego ese que en la chimenea de todo refugio sirve para que crepiten los leños y para que a su lado unos caballeros en traje de esquiar se pasen el fin de semana jugando al póker.   

  ¿Es que el perro es más inteligente que el anciano? ¡En manera alguna! Un perro, si bien se mira, no puede decirle a nadie donde está el Norte. Y el Norte, a pesar de las últimas guerras, sigue estando por ahí, por donde se va a Bilbao. Un perro, sin mirarlo ni bien ni mal, es incapaz de pedir la mano de una señorita adorable. Y ya saben ustedes la cantidad de señoritas de estas que se aprovechan de los salvamentos para casarse por la vía rápida y con el cuento de que están agradecidísimas a su salvador.                                      Así planteada la cuestión, parece que no hay ninguna razón para que un señor no pueda ser perro de San Bernardo. Y sin embargo...



  No podemos ser perros de San Bernardo por un motivo muy sencillo, amables señores aficionados, como un servidor, a jugarse el bigote alegremente; el motivo es este: ¿qué harían los perros esos si los señores estableciéramos una competencia profesional con ellos? El ridículo: tendrían que retirarse. Pero, ¿a donde? El can no puede acogerse a jubilación; el can no puede ser ingeniero agrónomo; el can no puede escribir este bonito artículo; el can, en suma, no puede ganarse su perra vida como nos la ganamos ustedes y yo... Al despojarles de sus empleos, los perros de San Bernardo quedarían sin alimento, serían atacados por la rabia y se liarían a mordiscos con todo bicho viviente.                                                             Dejemos, pues, a la madre naturaleza ordenar sus cosas, y demos al can lo que es del can y al señor lo que es del señor. Tampoco podemos ser todos actores del cine americano, y no por eso se nos caen los anillos, cáscaras.

PROF. AZCONOVAN


Becerro de oro...y la Presidenta de la sociedad Protectora de animales.







BEBER ES UN GRAN PLACER