LA CODORNIZ
La
revista más audaz,
para el lector más inteligente
MI BISABUELO
Cuando empiezo a pensar en mi bisabuelo, se me humedece de tristeza el ojo derecho. Pasados siete minutos, recordando las hazañas de este prohombre, se me humedece también el izquierdo. Y al cabo de media hora tengo toda la cra húmeda de tristeza, y corro a secármela con una toalla.
¡Antíoco Minglana! ¡El bisabuelo Sargento, como te llamamos tus raquíticos descendientes! Estás erguido en nuestra memoria con tu morrión de coracero, tus espuelas de lancero, y tu cuchara de ranchero. Siempre que abrimos el album familiar por la página de tu retrato, chasqueamos la lengua imitando salvas de cañón y nos ponemos la corbata a media asta.
Sabido es que, en aquella época fastuosa, todos los días estallaba una guerra al atardecer. El toque de zafarrancho -tres pitidos cortos y un gorgorito-, era tan corriente como en la actualidad la bocina de un <<haiga>>. Cuando no era el Napoleón aquel, tan aficionado a la camorra, eran los turcos que venían a pedir unos cuantos Dardanelos más.
- ¿Pero cuántos Dardanelos quieren ustedes, hijitos? -se les reñía-. Ayer les dimos tres o cuatro bastante gordos, y solo nos queda un Dardanelo recién nacido.
Los turcos contestaban unas cosas que no las entendía nadie, y ya estaba el jaleo armado.
Nada más estallar la guerra, el ejército en que trabajaba mi abuelo se ponía en camino. El campo de batalla siempre estaba un poco lejos de la ciudad, porque las batallas todo lo ensucian y se llena el suelo de cáscaras. Y había que andar deprisita para coger el mejor sitio.
- Ande ligera, tropa -decían los brigadieres-, no sea que llegue antes el enemigo y se coloque en la parte donde da el sol.
Mi bisabuelo estaba al mando de un solo soldado; pero muy corpulento, eso sí. - ¡Zacarías! -Llamaba mi bisabuelo, disparando un tiro al aire.
- ¿Ha llamado el sargento? -decía el soldado al presentarse. - Sí; haga el favor de acercarse al enemigo, y entréguele esta bomba de nuestra parte.
- ¿Hay que esperar contestación? - No se lo aconsejo.
Y Zacarías entregaba la bomba al enemigo, el cual se ponía muy rabioso cuando estallaba en mil pedazoz. - Oiga, Zacarías -le ordenaba en otra ocasión mi bisabuelo-: depiérteme mañana temprano, porque a las nueve en punto tenemos que estar en el ataque a la bayoneta.
Cuando una guerra duraba más de lo corriente, se llamaba de los Cien Años. A las que duraban poco, se les ponía nombre de flor y quedaban tan monas. ¿Atíoco Minglana! ¡Bisabuelo! ¡Cuántos galardones cosechaste al frente de tu valerosa tropa Zacarías! No solo desprecibas tu vida, sino que despreciabas también tu esqueletao, tus músculos, tu sistema nervioso, y tu líquido cefaloraquídeo. No sólo le diste al turco un fuerte tantarantán, sino que arrancaste un botón al vándalo, empujaste al mongol que por poco lo tiras, y operaste las amígdalas al africano. ¡Ruda muerte la tuya! a los ochenta años, tumbado en tu colchoneta, lanzaste un estertor orrísono. Y Zacarías, tu fiel tropa, te cerró los ojos ahogando un sollozo. Mas tú, ¡oh prodigio de energía!, volviste a abrirlos al tiempo que tronabas: -¡Espera un poco, bruto! Todavía no.
Quince veces expiraste, y otras quince volviste a abrir tus ojos indomables. Hasta que Zacarías, aburrido de que no dejaras los párpados quietos, salió del cuarto dando un portazo y se fué de paseo con su coche.
EL LÍMITE