Los desalmados
Año 1980 - 200 atentados
Y, para mi vergüenza, como casi todo el mundo, salvo las
víctimas, yo prestaba una atención distraída a todo aquel horror……
ANTONIO MUÑOZ MOLINA 25 OCT 2014 –
En las fiestas del pueblo, en el verano de 1980, iba a
celebrarse una carrera ciclista.
El tiempo tiene el color de las fotos y las películas
familiares en super-8 de entonces, un color saturado y erróneo, rojos
excesivos, azules eléctricos, amarillos que viran al marrón.
Por la mañana el párroco se acercó al cuartelillo de la
Guardia Civil para preguntar cuál iba a ser el itinerario de la carrera y a qué
hora empezaría.
Me acuerdo bien de la luz de aquel agosto porque yo estaba
de soldado en San Sebastián y porque un domingo de mediados de mes asistí a una
boda en el corazón de Guipuzcoa.
En la línea de salida, mientras los ciclistas aficionados
acaban de tomar posiciones, los tres guardias civiles encargados de dirigir el
tráfico charlan con los organizadores. La conversación es tan entretenida, el
ambiente tan festivo, que el comienzo de la carrera se retrasa, sin que eso
parezca preocupar a nadie.
En el barullo, alguno de los que charlan con los guardias
mira de vez en cuando su reloj y vuelve la vista hacia un recodo de la carretera.
En él aparece uno de los coches malos y angulosos de entonces, un Simca 1000,
de esos que son tan útiles ahora para ambientar películas de época. El coche
frena y de él salen tres hombres jóvenes.
Cuando las cosas muy inusuales suceden muy rápido se crea
una niebla confusa en las mentes de quienes se ven envueltos en ellas.
En la claridad de la mañana, en la bulla de la fiesta, entre
las ropas de colores muy ceñidas de los ciclistas, en ese paraje familiar del
pueblo en el que todos se conocen, que esos tres hombres jóvenes lleven
metralletas es un hecho más irreal que alarmante.
Hay quien no las ve y no cae en la cuenta de lo que son
hasta que no empieza a oírse la granizada seca de los disparos.
La gente solo ha visto armas de fuego en las películas y no
puede identificar su sonido cuando las oye de verdad.
Por otro lado, como son las fiestas, es fácil confundir los
disparos con petardos. Los disparos de las armas de fuego en la realidad son
mucho más secos y breves que en las películas.
Desde la iglesia, el sacerdote oye con aprobación los
disparos. Puede que murmure una oración por los ejecutores.
Misteriosamente se ha abierto un espacio vacío en torno a
los tres guardias civiles y a su coche patrulla.
Los que hablaban con ellos mostrando tanta animación ahora
se han apartado.
Los guardias civiles son muy jóvenes y muy poco
experimentados. Por ser novatos los han mandado a este primer destino.
Probablemente cuando caen en la cuenta de lo que va a
sucederles ya es demasiado tarde. Y en cualquier caso están peor entrenados y
mucho peor armados que los héroes que van a ejecutarlos.
Desde la iglesia el sacerdote oye con aprobación los
disparos. Puede que murmure una oración en euskera por los ejecutores, que se
sienta orgulloso de su pequeña contribución a la causa: la información que le
dieron los propios guardias civiles él la transmitió de inmediato a quien
correspondía.
Los tres jóvenes solo aflojan los gatillos de las
metralletas cuando los guardias yacen inmóviles en un gran charco de sangre.
En ese año 1980 yo había aprendido a manejar una metralleta:
a diferencia de un fusil, no pesa nada y apenas hace rozar el gatillo, y no hay
que hacer puntería, porque es un arma diseñada para disparar de cerca, para
matar sin dificultad ni peligro a personas inermes.
Los muertos a tiros se quedan siempre en esas posturas
grotescas que luego revelan sin miramiento ni piedad las fotos de los
periódicos: bocas abiertas, miembros descoyuntados.
Los tres gudaris vuelven sin prisa hacia el Simca 1000
cuando uno de los vecinos que hasta hace un rato solo preveían la diversión de
la carrera les avisa: un guardia está vivo aún, se ha movido. Alguien lo remata
rápido mientras los otros suben al coche que ya ha arrancado.
El tiempo pasa para algunas personas, y para otras no.
Treinta y tantos años después, en ese mismo paraje, en el
que no hay ningún recordatorio del crimen, las viudas de dos de los jóvenes
guardias asesinados cuentan como si hubiera sucedido ayer lo que vivieron
entonces.
Los acompaña la cámara inquisitiva y respetuosa de Iñaki
Arteta, que lleva ya muchos años dedicado a una tarea triste, pero muy
necesaria, en la que viene teniendo poca ayuda y menos compañía: la de recoger
y preservar la memoria de todas las víctimas del terrorismo vasco, sus caras,
sus nombres, sus biografías, los testimonios de los familiares que sufrieron el
crimen como una amputación irreparable que nunca llega a cicatrizar; y también,
más sombríamente, a explorar las complicidades, las justificaciones, las variedades
de vileza que se confabularon para arropar a los asesinos y agravar la
atmósfera de miedo y silencio que es el requisito fundamental de toda
dominación totalitaria o mafiosa.
1980 es la crónica del año más sanguinario del terrorismo.
Doscientos atentados. Un muerto cada tres días.
Yo me acuerdo. Yo estaba allí. Yo abría el periódico y veía
en él esos titulares y esas fotos en blanco y negro que Iñaki Arteta ha filmado
en las hemerotecas.
Y, para mi vergüenza, como casi todo el mundo, salvo las víctimas,
yo prestaba una atención distraída a todo aquel horror.
Lo dice Aurelio Arteta en el documental con un
remordimiento lleno de nobleza: “Yo también era un desalmado. No tenía alma
para fijarme en lo que sucedía”.
A los guardias civiles y a los policías asesinados les
decían una misa rápida y luego embalaban sus ataúdes en furgonetas por las
puertas traseras de los cuarteles. Al hijo de un asesinado no volvió a
sentársele cerca ni a hablarle ningún otro niño en la escuela. Eran las
víctimas y también eran los culpables.
La austera eficacia testimonial de 1980 es inseparable de su
categoría estética, su poderío de gran cine documental.
La serenidad tristísima de los familiares de los asesinados
es tan sobrecogedora como el examen de conciencia del profesor Aurelio Arteta,
que se pregunta por qué tardó en darse plena cuenta del horror, o el de Teo
Uriarte, que estuvo en ETA en su primera juventud y no elude la parte de
responsabilidad que le toca.
Pero nada ni nadie da más miedo en el documental que otro
fantasma lívido del pasado, monseñor Setién, aquel obispo de San Sebastián que
nunca tuvo un solo gesto de piedad hacia ninguno de los asesinados.
Monseñor Setién enuncia fríos silogismos sobre lo que él
llama “derechos colectivos” moviendo unas manos pálidas que parecen tan heladas
como la expresión de su cara.
Ronda las palabras antes de decirlas como si manejara
vísceras dudosas con un bisturí.
Una vida entera de hipocresía vaticana y frialdad de corazón
ha adiestrado sus músculos faciales en esa perfecta impasibilidad que parece
exclusiva de los grandes inquisidores y de esos salvadores y líderes que por
amor a una comunidad ideal —un pueblo, una patria, una clase, una raza, la
Humanidad— están dispuestos a aprobar e incluso a bendecir tantas ejecuciones
como sea necesario. Al fin y al cabo, como dice un patriota citado en el
documental, los pueblos se hacen con sangre y con tiempo.
1980, de Iñaki Arteta, se estrenará en salas comerciales en
noviembre.
www.antoniomuñozmolina.es
Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda


