LAS TERRAZAS
La
revista más audaz, para
el lector más inteligente.
- Tengo una terraza- dice muy orgulloso ese señor que posee una plataforma junto a las nubes.
El que se siente con terraza cree tener un palco de los cielos, jardín hotelito de verano, etc., etc.
Pero. sin embargo, una terraza no es práctica para vivir en ella. Hace un gran calor durante todo el día, y no compensa de ese calor, digno de los plomos de Venecia, su noche constelada y abanicada por vientecillos exquisitos. Por eso casi todos los dueños de terraza se van a veranear, y sólo quedan encendidas en las noches de agosto las terrazas de los recalcitrantes.
El hombre gordo, vestido de blanco, lee un periódico bajo el revuelo de una bombilla, que es la funámbula de un alambre que corre de lado a lado de la terraza. Hay cierta deshabitación en esas alturas, y es como patio destartalado de las nubes ese trecho de la terraza.
Todos los gestos de los terracistas se ven, y, como, a veces proyectan sombras chinescas inmensas, se les ve llevarse a la boca una tajada de elefante con el tridente de Gargantúa. Son retazos de películas reales que vamos viendo en nuestro paso por la ciudad al mirar las terrazas. Allí dos sombras se dan el beso de las primeras películas que se proyectaron en los cines; en ese otro lado el humo de la cazuela que sacan a la mesa es como un incendio en su proyección sobre la pared de enfrente; en esa otra una silueta de niña con una trenza respingona da saltos de alegría...
Las terrazas en la noche respiran, se sienten felices, son camarotes de primera en lo más alto de sobre cubierta. Sus botijos tienen siempre un agua de fresca tormenta, y elevados sobre el cielo para beber, parece que el que bebe se echa un trago de las nubes, directamente, sin intermediarios de ninguna clase.
Cuando tienen un toldo, la sensación de barca se pronuncia más, y su modo de izar las telas del toldo tiene algo de dotar de velamen a la terraza. Los terracistas lanzan bostezos libres al cielo, y en alguno de esos bostezos se tragan alguna estrella. Por eso hay que tener mucho cuidado de no bostezar en las terrazas destapadas.
Tienen las terrazas una cosa de porterías en lo alto, y parece que es por ahí por donde entran en la casa los ángeles de la guarda, los aparecidos, los aviadores extraviados...
- ¿Sabe usted si vive aquí don Fulano de Tal?
- ¿Es aquí donde acaba de nacer un niño?
- ¿ Qué número es éste, me hace el favor?
Los porteros de lo alto tienen sus reuniones de portería en las altas terrazas, y propalan entre sus visitas todas las historias de la vecindad con reticente camaradería, porque ellos están por encima de todas ellas y porque nadie les puede oir allí arriba.
Ramón Gómez de la Serna
del diArio de un joven elegante
Nada deseaba yo tan ardientemente como asistir a un baile de sociedad, y mi alegría fue inmensa cuando conseguí penetrar en los magníficos salones de los duques de Orégano, que celebraban un gran baile para conmemorar el centenario del nacimiento de su primer antepasado.
Los invitados bailaban elegantemente a los armónicos sones de un hermoso gramófono, discretamente oculto tras un cortinaje. Junto a él, un hábil director dejaba ver a los invitados su brazo armado de una batuta, ingenioso artificio de sorprendente efecto. En seguida me puse a conversar con los condes de Ole y con los duques de Orégano, y queriendo dar la sensación de severidad y morigeración que contrastara con la bulliciosa actitud de la alocada juventud de hoy, saqué a bailar al duque, que aceptó complacido. Bailamos con seriedad y parsimonia un "picolino" mientras charlábamos
sobre elevados temas de filosofía, sociología y de alta finanza. Durante el baile pude observar que el antipático barón de Anda, que bailaba a su vez con la anciana duquesa Olga, cojeaba visiblemente, y mi perspicaz mirada advirtió que ello se debía a que tenía desprendida la suela de u zapato y hacía grandes esfuerzos por no levantar el pie del suelo. Cuando terminó el baile le pregunté delante de todos, gozando de antemano con mi triunfo:
- ¿Donde aprendió uste , barón, esa estraña manera de bailar cojeando?
- Es la moda húgara -respondió, desafiándome insolentemente con perversa mirada.
- ¿Cuando estuvo en Hungría?
- Este verano.
- ¡Oh! -comenté irónicamente, cambiando una mirada de inteligencia con el duque-. Yo he regresado la semana pasada de Budapest, y le anuncio que esa moda ha quedado relegada a los bailes de los suburbios, donde acuden las chicas de servicio y los dependientes de comercio.
El odioso barón se mordió los labios; pero aún quiso defenderse, y preguntó con mal disimulada antipatía:
- ¿Pues cómo se baila ahora en Hungría en sociedad?
Tenía que jugarme el todo por el todo. Rogué al director del gramófono que pusiera el disco de la "Rapsodia húngara", que bailé yo solo en el centro del salón con tanto acierto que, al terminar, todos me dedicaron discretas palmadas.
A continuación entraron los criados con vasos y sufones y mientras refrescábamos sostuve animada conversación con los duques y los condes. La duquesa me preguntó, sin hacer el menor caso de varón de Anda, que estaba rojo de ira reconcentrada:
- ¿Es cierto que los húngaros llevan siempre un oso?
Sonreí
- Son grandes aficionados a la plantigradocultura, pero suelen tener a los osos en jaulas colgadas del balcón, como aquí tenemos a los canarios.
Entraron varias señoritas, que hicieron una cuestación para el Asilo de Pobres Dispépsicos, que protege la duquesa.
- ¡Siempre compadecí a los dispépsicos -exclamé-. ¡Es una horrorosa desgracia!
- ¿Quién mejor que yo puede saberlo? ¡Soy dispépsica! -dijo la duquesa-. Imagine que no puedo tomar otra cosa que sopa de fideos y agua de seltz...¡Con lo que me gustan las empandillas!
- ¡La compadezco Duquesa!
- Por eso protejo el Asilo de Pobres Dispépsicos. Calculo lo que debe ser su doble desgracia. ¡No solo no poder comer empanadillas, sino, además, ser pobre!
A las nueve, la servidumbre comenzó a poner las fundas en las sillas,
discreta señal de que la fiesta había terminado, y todos nos retiramos.
Fue, en realidad, una fiesta fantástica.
CERO
EL PISTOLERO








