Una ciudad de Japón pide que las cartas
de adiós de los kamikaze sean Patrimonio de la Humanidad
Cinco
Pilotos Kamikaze retratados a finales de
1.944
El ayuntamiento de Minamikyūshū
pide a la Unesco que las misivas de
los aviadores suicidas a sus familias sean protegidas como bien de la
humanidad.
Es el segundo año consecutivo en que tramitan la
solicitud de la ciudad, sede del Museo
Chiran de la Paz de los Pilotos Kamikaze y antigua base de los pilotos.
Los promotores aseguran que las cartas de despedida no
tienen que ver con la 'glorificación de la guerra', sino con el recuerdo de los estragos bélicos.
“Un paso hacia la paz mundial”
La pequeña población japonesa de Chiran, dedicada al
cultivo de té y habitada por 14.000 personas, tiene una mancha en su historia.
De un aeródromo militar del pueblo, ubicado al sur del país, salieron la mayor
parte de los casi tres mil aviones
kamikaze que participaron en misiones suicidas durante la II Guerra Mundial. El Ayuntamiento al
cual pertenece la villa, Minamikyūshū,
está empeñado en una relectura del pasado y quiere que las cartas de despedida
de los pilotos que volaban hacia la muerte sean declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones
Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco según las siglas en inglés).
La cuando menos chocante petición ya fue rechazada en 2.014,
cuando la petición fue frontalmente definida por la diplomacia de la influyente
China como "un esfuerzo por embellecer el historial de agresiones militares
japonesas". Las autoridades locales de Minamikyūshū y los responsables del Museo Chiran de la Paz de los Pilotos
Kamikaze, que atesora una importante colección de cartas, van a remitir
otra vez la solicitud porque no están de acuerdo en que los mensajes sean un
ejemplo de "glorificación de la guerra".
El alcalde de la ciudad, Kampei Shimoide, asegura que las cartas escritas en los momentos
previos al despegue de las misiones suicidas por los jovencísimos pilotos —no
solían tener más de 23 años— ayudan a promover la paz resaltando los horrores
de la guerra. "Creemos que nuestro proyecto representa un paso adelante
significativo en dirección hacia la paz mundial", añade el regidor en
declaraciones recogidas por la BBC.
Las cartas que guarda el Museo de Chiran [PDF en inglés del folleto oficial del centro que
reproduce algunas misivas] son especialmente conmovedoras —la mayoría están
dirigidas a los padres de los pilotos kamikaze,
término japonés que significa viento
divino—, pero también son irrefutables pruebas de la ceguera de un país
conducido a una alianza con Hitler y
al intento imperial de dominar el Océano Pacífico y todas las naciones que lo
circundan.
"Querida madre: no tengo nada que decirte en este
momento. Me dirijo a cumplir con éxito mi misión con la última sonrisa y
una enorme piedad hacia ti. Recuerda que
no lloro y coloca algunos dumplings
(comida japonesa), como ofrenda por mí tras mi muerte", escribe en un
hermoso estilo caligráfico el kamikaze
Fujio Wakamatsu, de 19 años.
Último
mensaje del Kamikaze Fujio Wakamatsu, de 19 años.
El tono es el mismo en casi toda la colección.
"Mamá, siento haber sido un hijo
desobediente. Perdóname, por favor. Estoy feliz de marchar", escribe
otro de los pilotos. "Voy a morir en el mar de Okinawa.
Incluso tras mi muerte defenderá a mi país, Japón", añade otra.
El programa de kamikazes
desde Chiran, entre marzo y julio de
1.945, fue un intento desesperado del Gobierno de Japón para detener el imparable avance de los ejércitos de los EE UU y sus aliados hacia las costas del
archipiélago.
Aunque sólo el nueve
por ciento de los casi 3.000 aviones utilizados en las misiones suicidas
tuvo éxito e impactó contra buques enemigos —hundieron a 34 barcos, dañaron a 368 y causaron 4.900 muertos y 4.800
heridos—, el programa fue psicológicamente preciso y muy polémico. Los kamikaze sembraban el terror entre los
tripulantes por la discrecionalidad y el desprecio por la muerte de los jóvenes
voluntarios japoneses, el 14% de los
cuales sobrevivió tras las misiones.
Poco pudieron hacer aquellos pilotos casi adolescentes
enviados a la muerte en aviones
construidos de prisa y corriendo con la única intención de llenarlos de
explosivos. En agosto de 1.945 los aviones de los EE UU lanzaron las primeras y únicas bombas atómicas usadas en
conflictos armados: impactaron contra las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki y sólo tenían la
intención de matar a civiles, extender el pánico y obligar a Japón a la
rendición.
Los partidarios
japoneses que promueven la iniciativa
para declarar las cartas Patrimonio de
la Humanidad recuerdan que la Unesco
ha concedido la tutela a los diarios de Ana Frank, la joven holandesa-judía
que vivió escondida en Ámsterdam antes
de ser delatada, arrestada por los nazis e internada en el campo de
concentración de Bergen-Belsen,
donde murió de tifus en 1.945.
Francisco Javier de la Uz Jiménez
