
Os mando este curioso
brindis por lo que de exaltación patriótica tiene. Teniendo en cuenta que fue
improvisado demuestra cómo de arraigado estaba entonces el orgullo de ser y
sentirse español y católico. De vez en cuando sacar a la luz cosas así nos viene
bien para darnos cuenta de la pérdida de cultura y estilo que padecemos las
actuales generaciones, ya que vivimos inmersos en el desprecio al pasado y a
nuestra historia (una historia incomparable, por cierto) con que la sociedad
actual adoctrina, o trata de hacerlo, a diario, porque con algunos no lo
consigue, gracias a Dios.
Fuente: Manuel Morillo en
Brindis de Marcelino Menéndez Pelayo en honor de
Calderón y los principios que representa, en su centenario.
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Brindis pronunciado por don Marcelino Menéndez Pelayo el 30 de mayo de 1881 en la Fonda Persa del Parque del Retiro de Madrid. Marcelino no había aún cumplido los 25 años y era ya catedrático de Historia Crítica de la Literatura.
Brindis pronunciado por don Marcelino Menéndez Pelayo el 30 de mayo de 1881 en la Fonda Persa del Parque del Retiro de Madrid. Marcelino no había aún cumplido los 25 años y era ya catedrático de Historia Crítica de la Literatura.
«Yo no pensaba hablar; pero las alusiones que me han dirigido
los señores que han hablado antes me obligan a tomar la palabra. Brindo por lo
que nadie ha brindado hasta ahora: por las grandes ideas que fueron alma e
inspiración de los poemas calderonianos.
En primer lugar, por la fe católica, apostólica, romana,
que en siete siglos de lucha nos hizo reconquistar el patrio suelo, y que en
los albores del Renacimiento abrió a los castellanos las vírgenes selvas de
América, y a los portugueses los fabulosos santuarios de la India. Por la fe
católica, que es el substratum, la esencia y lo más grande y lo más hermoso de
nuestra teología, de nuestra filosofía, de nuestra literatura y de nuestro
arte.
Brindo, en segundo lugar, por la antigua y tradicional
monarquía española, cristiana en la esencia y democrática en la forma, que
durante todo el siglo XVI vivió de un modo cenobítico y austero; y brindo por
la casa de Austria, que con ser de origen extranjero y tener intereses y
tendencias contrarios a los nuestros, se convirtió en portaestandarte de la
Iglesia, en gonfaloniera de la Santa Sede durante toda aquella centuria.
Brindo por la nación española, amazona de la raza latina,
de la cual fue escudo y valladar firmísimo contra la barbarie germánica y el
espíritu de disgregación y de herejía que separó de nosotros a las razas
septentrionales.
Brindo por el municipio español, hijo glorioso del
municipio romano y expresión de la verdadera y legítima y sacrosanta libertad
española, que Calderón sublimó hasta las alturas del arte en El alcalde de
Zalamea, y que Alejandro Herculano ha inmortalizado en la historia.
En suma, brindo por todas las ideas, por todos los
sentimientos que Calderón ha traído al arte; sentimientos e ideas que son los
nuestros, vanagloriamos nosotros, los
que sentimos y pensamos como él, los únicos que con razón, y justicia, y
derecho, podemos enaltecer su memoria, la memoria del poeta español y católico
por excelencia; el poeta de todas las intolerancias e intransigencias
católicas; el poeta teólogo; el poeta inquisitorial, a quien nosotros aplaudimos,
y festejamos, y bendecimos, y a quien de ninguna suerte pueden contar por suyo
los partidos más o menos liberales, que en nombre de la unidad centralista, a
la francesa, han ahogado y destruido la antigua libertad municipal y foral de
la Península, asesinada primero por la Casa de Borbón y luego por los gobiernos
revolucionarios de este siglo.
Y digo y declaro firmemente que no me adhiero al
centenario en lo que tiene de fiesta semipagana, informada por principios que
aborrezco y que poco habían de agradar a tan cristiano poeta como Calderón, si
levantase la cabeza.
Y ya que me he levantado, y que no es ocasión de traer a
esta reunión fraternal nuestros rencores y divisiones de fuera, brindo por los
catedráticos lusitanos que han venido a honrar con su presencia esta fiesta, y
a quienes miro y debemos mirar todos como hermanos, por lo mismo que hablan una
lengua española, y que pertenecen a la raza española; y no digo ibérica, porque
estos vocablos de iberismo y de unidad ibérica tienen no sé qué mal sabor
progresista. (Murmullos.) Sí: española, lo repito, que españoles llamó siempre
a los portugueses Camoens, y aún en nuestros días Almeida-Garret, en las notas
de su poema Camoens, afirmó que españoles somos y que de españoles nos debemos
preciar todos los que habitamos en la península ibérica.
Y brindo, en suma, por todos los catedráticos aquí
presentes, representantes de las diversas naciones latinas que, como arroyos,
han venido a mezclarse en el grande océano de nuestra gente romana».
Ricardo Pardo Zancada
