LA CODORNIZ
La
revista más audaz,
para el lector más inteligente
GRVÍSIMA DISERTACIÓN
HE AQUÍ UNA GRAVÍSIMA DISERTACIÓN ACERCA
DE LA MANERA DE ENTRAR Y SALIR DE LAS CASAS
CON ALGUNAS SENTENCIAS JUGOSAS
Y DOS EJEMPLPOS TERRIBLES
SACADOS DE LA REALIDAD DE LA VIDA
El gato y el perro son animales domésticos; y en esto se diferencian del hombre.
No entres en una casa sin llamar, ni salgas de ella sin un objeto útil.
Entrar en una casa por la ventana está mal visto, tanto por los de la calle como por los de dentro de la casa.
Animales domésticos
- Una casa puede no tener ventanas ni gas en cada piso, pero ha de tener puertas. Si no la tiene, no será una casa. Podrá ser una boya o flotador, único recipiente hueco (además de la cabeza de Don Ambrosio) sin salida al exterior; pero ¿se resignaría el hombre acomodado a vivir dentro de una boya o flotador? Situémonos en la realidad, en el dos y dos.
Acerqué la boca al oído de mi vecino y le susurré:
- Procure no perderse ni una palabra; cuando está en vena, es un hombre estupendo.
Pero mi vecino no se entusiasmó. Se limitó a mirarse las uñas, lo que me pareció una reacción muy fría. El hombre estupendo que estaba en vena, continuó:
- Hay dos tipos fundamentales de casa: la
nuestra y la ajena. Desgraciadamente, el segundo tipo abunda mucho más, pero
todas tienen puerta por donde se entra y se sale, y nuestra relación con la
casa y la puerta se puede condensar en dos fórmulas casi matemáticas:
<<para salir de una casa ajena es indispensable haber entrado en
ella>>, y <<todo el que sale de su casa ha de volver a entrar de
una manera u otra>>. O sea que, en principio, al hombre como ser
doméstico, le suponemos dentro de la casa propia y fuera de la ajena. Planteada
así la cuestión, es natural que el primer impulso del hombre consista en salir
de la casa propia y en entrar en la ajena Y después ¿qué?
El hombre estupendo continuó, sin esperar nuestra contestación. Se conoce que no deseaba que le interrumpiéramos.
Era inagotable.
Puede no tener ventanas , pero ha de tener puerta.
- ¡Supongamos al hombre civilizado fuera de su casa. Seamos más atrevidos y supongámosle dentro de la casa ajena. ¿Ustedes creen que es feliz?? No El hombre solo es feiz cuando descubre el número de su billete en la lista oficial de la lotería.
- ¡Eso sí que es bueno! ¡Qué hombre con ocurrencias! ¿Eh?
La última palabra la dirigí a mi vecino y el me miró con una infinita expresión de desprecio como si estuviera rodeado de imbéciles. ¿Ustedes creen que lo estaba?
El hombre estupendo continuó:
- Todo lo que sale de su casa ha de volver a ella, y todo lo que entra en una casa ajena ha de salir de ella. Piénselo bien y no seconduzcan como avestruces o com seres irreflexivos. Piensen siempre en el mañana, en el pasado mañana o en el otro; oigan dos ejemplos terribles y escarmienten en cabeza ajena ¡Va! No pude contenerme; agarré a mi vecino por la solapa y le grité al oido:
- Prepárese usted! ¡Yo ya estoy preparado!
El consultó su reloj de pulsera y me contestó displicente:
- Las siete y cuarto.
Era un hombre raro. Pero el que sale de su casa ya sabe, como dijo Nerón, que ha de topar con un ladrón, un agente de seguros, un granuja, un pariente lejano, un acreedor y un hombre raro. El otro el stupendo, se metió de lleno en los ejemplos.
Una noche, a eso de las tres, mi mujer y yo regresamos a nuestra casa. Nos detuvimos frente a la puerta y, después de algunos minutos de silencio y de angustiosa espera ella preguntó:
- ¿Tienes la llave, tu?
Ella sabía muy bien que yo no tenía la llave, porque ella misma, para evitar conflictos, había decidido encargarse personalmente de un objeto tan necesario para entrar en casa. Hice uso de la autoridad marital y contesté:
- No; la tienes tu.
Mi mujer sabe que me asiste la razón siempre que le aseguro que ella tiene la llave, pero para evitarme una humillación no acepta mi tesis hasta despues de una indagación previa. Introdujo una mano en el bolsillo y empezó a revolver objetos invisibles. En uno de los intervalos de la operación le advertí:
- Tú has cogido la llave como siempre.
- Cállate!
Comprendí que ella me daba en principio la razón, y esperé. Después de diez minutos, ella contestó que no encontraba la llave en el bolso. Sé que el bolso de mi mujer nos reserva siempre sorpresas soberbias y le rogué que buscara otra vez. Ella, para complacerme, busco seis veces.
Después vació el bolso en la acera. Examiné uno a uno los objetos, reconocí que la llave no estaba, y a las cuatro y media decidí llamar al sereno y di una palmadita de ensayo. Ella se enfadó mucho por mi precipitación y me enseño la llave que acababa de aparecer en su mano. Me la cedió, quise introducirla en la cerradura y no lo conseguí. Ella me invitó a reconocer mi torpeza y me substituyó en el intento. Se fijó mejor en la llave, entonces me reprendió por mi necedad:
- ¿Quieres estropear la cerradura, o que? Esta llave es del armario.
Sostuvimos una apacible conversación acerca de nuestros mútuos defectos, que duró media hora, y por fin decidimos, de común acuerdo, llamar al sereno. Y de llamarle sucedieron dos cosas extraordinarias: la primera que apareció el sereno, y la segunda, que apareció la llave auténtica en la mano de mi mujer. Y mientras ella abría la puerta, me decía por lo bajo:
- Así derrochas el dinero inutilmente, en propinas.
Sereno
Observé que mi vecino tomaba notas en un cuadernillo y pensé que quería aprovechar la anécdota para lucirse en otra parte. Más animado me atreví a preguntarle:
- ¿Le ha gustado?
- Dentro de cinco minutos.
Era un hombre difícil de comprender. Y el otro, el estupendo, continuó:
- El segundo ejemplo parece inventado. Yo, de otro, no lo creería. Una noche nos visitó un matrimonio que habíamos conocido en Soria. Era ya la una y cuarto, habíamos hablado del tiempo, de los niños y del único amigo común, y ellos dos habían repetido veinte veces que ya era hora de marcharse. Pero no se decidían. Hay gente así. Por fín yo me levanté, pedí perdón por un momento y me retiré. Entré en mi habitación, me desnudé, me acosté y me dormí. Una hora después, mi mujer se levantó y dijo:
- Perdón: voy a ver qué hace mi marido.
Entró en la habitación, me despertó, me habló de las conveniencias sociales, bostezó, se acostó a mi lado, y se durmió.
A las seis y media llamaron a la puerta de nuestra habitación. Eran ellos. Me desperté sobresaltado, y grité: ¡adelante! Y ellos adelantaron uno detrás del otro, se sentaron, nos hablaron del cluma y de los niños, y hacia las siete de la mañana, la mujer, que era muy decidida, advirtio a su marido que ya empezaba a ser un poco tarde y que nosotros quizás estaríamos consados. Sé que se fueron porque ahora ya no están en casa.
Matrimonio que conocimos en Soria
¡Lo que me reí! No es la cosa en sí; es la manera de contarla. No pude contenerme y le sacudí dos manotazos a mi vecino para comunicarle mi entusiasmo. Él entonces me enseñó lo que había escrito en la libretita. Parece que me lo dedicaba: <<Escriba lo que quiera decir: soy sordo mudo>>
Lo sentí de verdad. Él se lo perdía. Pero lo cortés no quita lo valiente, y me reí solo, a carcajadas. El hombre estupendo saludó y se fue a contar sus ejemplos a otro grupo.
Noel Clarasó