No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

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19/3/13

MIS "INCUNABLES" DE LA MILICIA





 
 
El presente artículo no tiene otro objeto que el de rendir mi modesto homenaje de gratitud y respeto a los autores de seis libros, dedicados todos ellos a temas de milicia, y en cuyas páginas aprendí, por encima de cualquier otra cosa, la asignatura sublime del amor a España.

 

El calificativo de “incunables” con el que los denomino, no responde obviamente a la acepción que de dicha palabra nos da el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (desgraciadamente, y bien que me gustaría, no tengo ningún incunable en mi biblioteca), pero con esta noble palabra lo único que pretendo expresar es el gran amor que a los mismos le tengo. En cada uno de ellos, aprendí materias distintas, tales como: Moral Militar y Ordenanzas, Contabilidad, Topografía y Tiro, Armamento, etc. Disciplinas todas que enriquecieron mi formación cultural y militar y que hoy, al recordarlas, con mi agradecimiento profundo a sus autores, hacen que dichos libros me evoquen una muy profunda nostalgia que se traduce en el hecho de que ocupen un lugar destacado en los anaqueles de mi modesta biblioteca.  

Por supuesto, que además de estos seis libros que saco hoy a la luz, muchos más comparten con ellos los honores de “incunables”, pero al no ser posible materialmente relacionarlos a todos, reciban al menos, en esta modesta representación de seis de sus compañeros, el sentido homenaje al que se hicieron acreedores todos los demás. 
 
 

Y ya sin mas dilación comienzo resaltando que, entre los libros cuya lectura ha dejado una mas profunda huella en mi interior, ha sido, sin ningún género de dudas el “Mosaico Militar” del General Don Luis Bermúdez de Castro y Tomás. El propio autor lo subtitula como libro de “Historias, historietas, anécdotas, episodios, alegorías, tipos y costumbres de la vida militar de antaño”. Y la verdad es que todo su contenido responde muy cumplidamente a tan sugestivo subtítulo.  La edición que poseo, y que guardo como oro en paño, está fechada en Madrid en 1951 (cuando aún vivía casi nonagenario el General Bermúdez de Castro) y de su lectura y su enunciado se puede dar una idea bastante acertada de su contenido. Sus páginas son un dechado de amenidad, de cultura, de gracejo, de bellísima literatura, que nos hace trasladarnos, siquiera sea con la imaginación, a otras épocas y a otros escenarios de nuestra Historia.  Creo sinceramente que al General Bermúdez de Castro –como a tantos otros- no se le ha hecho justicia en cuanto a su valía literaria. Su nombre debe ir unido indefectiblemente a los del : Marqués de Santa Cruz de Marcenado, Almirante, Villamartín, Muñiz y Terrones, Melitón González (cuyo verdadero nombre era Pablo Parellada), Barado, Gómez de Arteche y un largo etcétera de escritores militares célebres que harían interminable la relación de esta distinguida nómina literaria. Bermúdez de Castro estuvo a la altura literaria de cualquiera de ellos, dejándonos su “Mosaico Militar” como la prueba más fehaciente de su magnífica prosa y de su amplia cultura profesional y científica, no reñida con la gran amenidad que hace gala en sus escritos.
 

 

Al “Mosaico Militar” le sigue en este orden afectivo que he trazado  (aunque lo cierto  es que a todos los aprecio por igual) el libro del Comandante de Infantería Juan Eusebio García Rodríguez “Topografía Militar elemental y sus Problemas”. Texto de obligada consulta en las Academias Regimentales de nuestros Cuerpos y Dependencias y utilísimo a profesores y alumnos por la claridad de sus conceptos y la precisión de su contenido. En sus páginas se reflejaba con diáfana claridad la resolución de los mas complejos problemas de Rumbos, Azimuts, Convergencias, Declinaciones, Nortes Lambert y Magnético, etc. que tanta lata nos dieron (a mi por ejemplo, muchísima) en nuestras largas horas de aprendizaje y estudio de la noble ciencia de la Topografía. El Comandante Eusebio (como cariñosamente se le conocía) nos dejó plasmados en su inimitable “Topografía”en forma y manera magistrales, los métodos para resolver de una manera fácil y sencilla “que nos entraba por los ojos”, los problemas más arduos y las cuestiones topográficas mas inentendibles, pero de tan alta utilidad para la profesión militar, pues el adentrarnos en su conocimiento nos iba a servir, nada menos, que para saber movernos con precisión en el campo de batalla, observar, informar al mando, conducir una patrulla de reconocimiento, levantar un itinerario, leer en un plano, etc. Todo ello y mucho mas se encerraba en las páginas acogedoras y eminentemente didácticas de la “Topografía Militar “ del Comandante Eusebio.

 

El tercero de mis “incunables” era – y es- un libro singular. Singular por su método y singular por sus características. Sus medidas de doce por seis centímetros, lo hacían perfectamente acoplable al bolsillo superior de nuestra guerrera o sahariana. Su nombre “ESPADÍN”. Sus autores: los capitanes José Garrido Garrido y Sebastián Hazañas Volpini, infante el primero y artillero el segundo. Y si como digo, singulares eran sus medidas (por lo pequeñas) no menos singular por lo atractivo y conciso era su método. No es posible condensar en mejor forma, en sus 341 paginitas de papel biblia, los mas variados y dispares temas de la ciencia y arte de la milicia.  “Espadín”, subtitulado por sus autores como “Prontuario de Milicia y datos de interés general”, constaba de XIV Capítulos. Por ellos, iban desfilando (nunca mejor dicho) con marcial armonía y alta precisión la Táctica, el Tiro, las Transmisiones, el Régimen Interior de los Cuerpos, el Protocolo y los escritos militares, el Reglamento para el Detall y la Contabilidad Militar, la Justicia Militar etc., así como una serie de tablas y resúmenes como colofón, que hacían de este pequeño librito un compañeros insustituible y valiosísimo para todos aquellos que nos honramos en profesar la noble carrera de las armas. Como decía, guardo como oro en paño un ejemplar de “Espadín” (edición 1961), que tantas veces llevé conmigo en mis múltiples salidas al campo y que tan útil me fue cuando ejercí el profesorado, primero en los antiguos Campamentos de la Milicia Universitaria y después en la prestigiosa Academia de Infantería de Toledo.
 

El cuarto de mis “incunables” es un texto al que, por motivos obvios, le tengo especial cariño. Se titula “El Oficial de Complemento del Ejército Español” y está escrito en el año 1929 por los Capitanes Don Félix Ocaña Torrado ( de Artillería) y Don Baltasar Gil Marcos ( de Caballería) . Se imprimió en Junio de dicho año en la Imprenta del Colegio Santiago de Valladolid. Dedican los autores su texto al Excmo. Sr. General de División Don Rafael Pérez Moreno “Porque bajo sus órdenes como Profesores del Curso para Oficiales de Complemento, nació la idea de este modesto libro, que nos permitimos dedicar a V.E. con sumo agrado y profundo respeto”, según tenor literal de la expresiva dedicatoria.  Indican los autores en el “Prólogo”, que la obra representa: “Una Orientación y Guía para la Formación de Oficiales de Complemento en nuestro Ejército”. El contenido de la obra (de 269 páginas) está dividido en tres partes: La primera está dedicada a la “Educación Moral”, la segunda a la “Formación Militar”, y la tercera a la “Instrucción Técnico-Táctica “.  En resumen, excelente obra ésta de nuestros compañeros Ocaña y Gil Marcos, que vino a llenar en su día – últimos años de la Monarquía de Don Alfonso XIII y durante la II República-  una importante laguna en lo referente a la enseñanza y planes de estudio, para los jóvenes españoles que deseasen alcanzar la honrosa condición de Oficiales de Complemento. La importancia del texto lo demuestra la concesión de la CRUZ de 1ª Clase del Mérito Militar con Distintivo Blanco, con que fueron recompensados sus autores.
 

El quinto de estos textos a los que profeso especial cariño y que he dado en llamar “Incunables” está escrito por un compañero “por partida doble”, toda vez , que conciliaba en su persona la carrera militar junto a la carrera mercantil.  Su título no deja lugar a dudas en cuanto a su temática “Contabilidad Interior de los Cuerpos y Nociones de Contabilidad General”.  Impreso en Madrid el año 1959 y escrito por el Capitán de Intendencia y Profesor Mercantil José María Arderius y Varela de Seijas, con prólogo del General Intendente de Ejército Don Luis González Mariscal.  Divide Arderius su libro en dos grandes partes o tratados: en la Primera, nos describe los fundamentos y principios de la “Partida Doble”, método contable éste que, desde el año 1494 en que lo divulgó su descubridor Fray Lucca Paccioli, viene constituyendo la base y el fundamento de la Contabilidad Financiera y la Teneduría de Libros. La segunda parte de su obra la dedica íntegramente Don José Maria a la Contabilidad Militar o Contabilidad Interior de los Cuerpos del Ejército. En sus XI Capítulos de que consta, va desgranando el autor conceptos de tan alto contenido económico-castrense como los fondos y cuentas, la reclamación y el pago de haberes, el canje de distribuciones, la Caja Central Militar, el arqueo mensual de caja, el cierre y apertura de cuentas, y en suma cuantas operaciones son necesarias para llevar a cabo la reclamación, el percibo, la distribución y el pago de haberes. Libro éste imprescindible en la mesa de despacho de cajeros, depositarios de fondos, habilitados, capitanes de cocina y de compañía, auxiliares de Mayoría, Jefes del Detall etc., así como de todos aquellos oficiales y suboficiales que estuviesen llamados a desempeñar cargos de responsabilidad económico-administrativa en los distintos Cuerpos y Dependencias Militares.

 

El sexto y último de mis “Incunables” es un libro, que en un principio me enseñó muchísimo en todo lo concerniente a la “vida militar” y posteriormente, ya como Oficial de Complemento, fue para mí un valioso e insustituible apoyo para toda clase de teóricas a la tropa, en las distintas Unidades en que presté servicio activo. Su nombre ¡VENCER! lo dice todo. Su autor: el Capitán de Infantería (luego Comandante, Teniente Coronel y Coronel):  Don Sinforiano Morón Izquierdo.  Nacido en 1916, Sinforiano Morón ingresa en el Ejército nada más dar inicio nuestra Guerra Civil, el 19 de Julio de 1936, donde al poco, y tras realizar el curso reglamentario es promovido a Alférez Provisional de Infantería. Durante la campaña asciende a Teniente Provisional y finalizada la misma, y superado el curso de transformación es promovido a Capitán  de Infantería (Escala Activa) con antigüedad de 31 de Marzo de 1942. Voluntario a la División Azul, el capitán Morón Izquierdo pasa la frontera de Irún el 30 de Agosto de 1943, y ya en campaña, pasa a mandar la 9ª Compañía, del III Batallón del 269 Regimiento. Al repatriarse la División Española de Voluntarios (finales de 1943), el Capitán Morón decide seguir combatiendo en Rusia pasando a integrarse en la famosa y legendaria “Legión Azul”, donde permanece prestando servicios de campaña, hasta que una vez disuelta la citada Legión, regresa a la Patria el día 4 de Abril de 1944. Por sus méritos en la Campaña de Rusia, fue recompensado con la Cruz de Hierro de 2ª Clase, la Cruz de Guerra de 1ª Clase con espadas, alemana  y  la Medalla de la División Azul. En 1952, y todavía con el empleo de Capitán, publica la primera edición, de la que sin lugar a dudas, sería su obra fundamental y por la que es conocido en todo el Ejército español: el ¡VENCER!. Denominado el “Libro de las teóricas”, estaba dedicado al soldado español en general “bigornia de la raza” y en sus páginas abarcaba toda una serie de conocimientos militares que iban desde la vida diaria en las Unidades al combate de noche y  la lucha en pueblos y caseríos, junto a nociones de Tiro, Topografía, Moral Militar, Ordenanzas, Régimen Interior de los Cuerpos; descripción de las distintas armas que usaba la Infantería, junto a  unas  nociones básicas de fortificación y hasta una pequeña, pero muy elaborada, síntesis de las armas atómicas, bacteriológicas y químicas. Especial atención dedica Don Sinforiano al combate y al combatiente. Su lema de “Ver sin ser visto” se hizo peculiar en la instrucción del soldado de Infantería. En una Revista Militar en la que se anunciaba el ¡VENCER! a mediados del año 1953, se definía, en su más concisa acepción terminológica, como : El Tratado más completo, ordenado, ameno y sugestivo para la instrucción del combatiente, huyendo de  lo accesorio y atendiendo a lo fundamentalmente práctico, vivificado por cientos y cientos de gráficos que actualizan en el instructor infinidad de sugerencias y hacen penetrar insensiblemente en el soldado la esencia de la doctrina militar”. Libro importantísimo en suma, que ocupa también un lugar de honor en mi modesta biblioteca militar. A esta primera edición de 1952, sucedieron otras y otras, hasta el punto de ser uno de los libros  militares de mayor difusión en los acuartelamientos y bibliotecas militares. Por Orden Circular de 17 de Marzo de 1953, fue declarado “De Utilidad” para el Ejército de Tierra, y por otra Disposición de igual rango normativo del Ministerio de Marina de 22 de Marzo de 1954, fue declarado “de utilidad” para la Infantería de Marina.
 

Seis “Incunables” de la Milicia, elegidos por mi entre otros muchos que, como decía al principio, también podían haber salido a la luz con iguales o parecidos méritos. En el “Mosaico Militar” de Bermúdez de Castro; la “Topografía Militar” del Comandante Eusebio;  el “Espadín”de Garrido y Hazañas, el “Oficial de Complemento del Ejército Español” de Ocaña y Gil Marcos , la “Contabilidad” de Arderius, y  el ¡VENCER! de Sinforiano Morón, he querido rendir mi modesto homenaje de respeto y gratitud hacia sus autores y lo hago con un bello párrafo tomado del prólogo del libro del Comandante Juan Eusebio García Rodríguez :”Gracias porque me enseñasteis a enseñar, haciendo posible que mi experiencia didáctica cristalizara con la lectura y el estudios de vuestras obras. Gracias, porque influisteis decisivamente en mi formación, sembrando en  mi la ilusión por los ideales y a los que recogieron estos ideales que por mi fueron sembrados, y que con fe y entusiasmo habéis transmitido a otros”. Gracias de todo corazón compañeros.

                                      _________________________                         

                                  Sevilla, Marzo de 2013
 
BIBLIOGRAFÍA 

·         ARDERIUS VARELA DE SEIJAS.-José María. “Contabilidad Interior de los Cuerpos del Ejército y Nociones de Contabilidad General” (Madrid, 1959)

·         BERMÚDEZ DE CASTRO Y TOMÁS.-Luis. “Mosaico Militar”.- Artes Gráficas Aldus, S.A.  (Madrid, 1951)

·         GARCÍA RODRÍGUEZ.- Juan Eusebio.- “Topografía Militar Elemental y sus Problemas”. Compañía Bibliográfica  Española, S.A. (Madrid, 1952)

·         GARRIDO GARRIDO, José y HAZAÑAS VOLPINI.-Sebastián.  “Espadín”.- Artes Gráficas Minerva (Madrid, 1961)

·         GIL MARCOS, Baltasar y OCAÑA TORRADO, Félix. “ El Oficial de Complemento del Ejército Español”.- Imprenta del Colegio Santiago.-(Valladolid, 1929)

·         MORÓN IZQUIERDO, Sinforiano.- ¡VENCER!  Ediciones Gráficas Ramón Sopena, S.A. (Barcelona, 1952)

  

                                      Por el Comandante de Infantería

FRANCISCO ÁNGEL CAÑETE PÁEZ
Licenciado en Ciencias Económicas y
Profesor Mercantil

21/2/13


LA ACADEMIA GENERAL MILITAR EN SU PRIMERA ÉPOCA

Toledo (1882-1893)

(En el CXXXI Aniversario Fundacional)


DEDICATORIA   A la Academia General Militar de Toledo, brillantísimo Centro docente de formación de Oficiales y escuela singular de virtudes patrias. Al cumplirse su 131º Aniversario Fundacional (1882-2013).


E
l día 20 de Febrero de 1882, ( se acaban de cumplir 131 años)  el Teniente General Don Arsenio Martínez Campos, Ministro de la Guerra (el que en los campos de Sagunto proclamó Rey de España al Príncipe Don Alfonso), presentaba ante el monarca un Real Decreto por el que se creaba una  ACADEMIA GENERAL MILITAR, fundamentada en la conveniencia de fomentar el espíritu de compañerismo entre los futuros oficiales del Ejército, obtenido con facilidad en alumnos procedentes de un centro común, que han hecho la misma vida y que tienen los mismos recuerdos de la primera edad.  Se defendía en el Real Decreto de creación, “que la unidad de enseñanza de una parte, así como la identidad de procedencia tan esencial y conveniente en la milicia por otra, no sería posible que se consiguiera en establecimientos de organización heterogénea, como los existentes en tal momento en nuestra Patria”.

 

La Academia General, que por dicha superior normativa se creaba, estaría situada en la ciudad de Toledo y concretamente en su Alcázar milenario. El cargo de director sería ejercido por un Mariscal de Campo asistido por dos coroneles, uno como Jefe de Estudios y otro Jefe del Detall y Contabilidad del Centro, así como por un prestigioso plantel de Sres. Jefes y Oficiales convocados por oposición que dieron un gran prestigio docente a la Academia.  Respecto a las plazas de alumnos, éstas se cubrirían por oposición entre los aspirantes que reuniesen las condiciones previstas en la convocatoria y superasen las correspondientes pruebas exigidas por los tribunales de ingreso. La edad mínima se fijaba en 14 años para los hijos de militar y 16 para los paisanos (sin exceder de los 18), ampliados hasta los 19 para los que estuviesen en posesión del Título de Bachiller y hasta los 22 para las “clases de tropa” en activo. Los alumnos que reunían todos los requisitos y habían sido declarados aptos en el reconocimiento médico, pasaban a realizar las pruebas de ingreso. Estas constaban de dos grupos: el primero  comprendía nociones de aritmética, traducción del francés y dibujo natural; el segundo, la Historia General de España, la Geografía Universal y la gramática castellana.

 

El “Plan de Estudios” académico constaba de cuatro cursos; los dos primeros comunes, a cuyo final los aspirantes a Infantería o Caballería  pasaban a cursar los estudios especiales de sus Armas respectivas, y los que deseaban ingresar en las Academias de Artillería, Ingenieros o Estado Mayor, pasaban a estudiar, en ese tercer año, un curso preparatorio que comprendía una serie de disciplinas basadas en ciencias físicas, químicas y matemáticas, según programa elaborado al efecto por las Juntas Facultativas de dichas Academias Especiales. Al finalizar con aprovechamiento ese tercer año académico eran promovidos a Alféreces Alumnos, completando su formación durante un cuarto curso, los de Infantería y Caballería en las dependencias de sus Escuelas de Aplicación respectivas, mientras que los de Artillería e Ingenieros pasaban a cursar el primero de los dos cursos reglamentarios, a sus respectivas Academias. Finalizado el Plan de Estudios correspondiente, los Alumnos procedentes de Infantería y Caballería eran promovidos a Segundos Tenientes, y los de Artillería, Ingenieros y Estado Mayor a Primeros Tenientes.

 

Y así comenzó la Academia General Militar su noble caminar, sin que nadie pudiese pensar entonces – eran tantas las ilusiones y esperanzas puestas en su creación-  que su vida activa iba a quedar reducida a poco mas de una década. A comienzos de 1883, se nombró director de la misma al Excmo. Sr. Mariscal de Campo ( General de División en su denominación actual) DON JOSÉ GALBIS Y ABELLA, prestigioso militar procedente del Cuerpo de Estado Mayor, que supo inculcar a sus alumnos un espíritu militar muy superior al espíritu de Arma, a menudo excesivo y a veces mal entendido. La labor del general Galbis fue importantísima y su obra y su recuerdo quedaron grabados en la mente y en el corazón de los que fueron sus alumnos. Dirigió la Academia  General desde 1883 hasta el 16 de Octubre de 1887, en que fue designado para el mando de una división en la Capitanía General de Castilla la Nueva, falleciendo de teniente general en Valladolid el 20 de Marzo de 1891, a los cincuenta años de edad.


 

Como Jefe de Estudios fue designado el Coronel de Ingenieros Don FEDERICO VÁZQUEZ LANDA, prestigioso jefe de dicho Cuerpo, inventor del movimiento táctico denominado “ángulo de Vázquez Landa”, que vino a sustituir con ventaja el ya obsoleto “cuadro”, reglamentario en nuestra táctica hasta entonces. El Coronel Vázquez Landa fue el primero y el único jefe de estudios de la Academia General en su primera época. Retirado de coronel (incomprensiblemente no hubo para él  una merecidísima faja de general), el cierre de “su Academia “en 1893 acabó con sus ilusiones y también con su vida, pues falleció al poco de clausurada esta.  

En el otoño de 1882, se anunciaron las oposiciones para cubrir 250 plazas de alumnos que integrarían la Primera Promoción de la Academia, a las que se sumaron los admitidos con “plaza de gracia”, arrojando un total de 274 alumnos aprobados, que se incorporaron a clase el día 20 de Febrero de 1883, al año justo del Real Decreto de creación de la Academia.  

El 28 de Mayo de 1885, S.M. El Rey Don Alfonso XII quiso sorprender a la Academia General que realizaba sus prácticas anuales en el campamento de Majazala (Toledo). Ya la cruel enfermedad (tuberculosis) que desde hacía tiempo venía minando la salud del monarca, se había ido acrecentando últimamente, hasta el punto de acabar con su vida tan sólo seis meses mas tarde. Aún así, llevado de su gran amor al Ejército y a la Academia creada por su regia iniciativa, quiso compartir unas horas con sus alumnos. A tal fin, en la madrugada de dicho día, salió Don  Alfonso desde la estación de Aranjuez, acompañado por sus ayudantes y el Coronel jefe del Regimiento de San Fernando, junto con dos compañías de este Cuerpo al completo de sus efectivos. Poco antes de llegar a la estación de Algodor, echó pie a tierra una sección, la cual amparada por las sombras de la noche logró alcanzar la estación telegráfica que allí tenía la Academia, haciendo “prisioneros” a los alumnos que la constituían y cortando la línea con el campamento.  Situado Don Alfonso al frente de las tropas, emprendió la marcha por el camino carretero que enlaza la estación de Algodor con el campamento, adoptando todo tipo de precauciones para que la operación resultara una verdadera sorpresa. De pronto, los exploradores sintieron que sus pies se enredaban en algún objeto invisible, el cual a su vez produjo un ruido estridente que les hizo detener la marcha. El extraño artilugio en que habían tropezado los soldados de vanguardia no era sino una red de alambradas en las que se habían insertado una serie de latas vacías, que armaron tal estrépito que el servicio de seguridad funcionó inmediatamente, tal y como pudiesen hacerlo ante un ataque de un enemigo real, y no ficticio, como en este caso.  Al toque de “generala” formaron los alumnos, y a los pocos instantes todas las compañías ocupaban los puestos que de antemano tenían señalados para su defensa. Las fuerzas de ataque, frustrada la sorpresa, renunciaron a la operación adelantándose Don Alfonso y dándose a conocer ante el estupor de los alumnos, siendo muy aclamado y vitoreado por estos.

 

El 17 de Julio de 1886, le fue entregada solemnemente a la Academia General la Bandera que había sido bordada por la Reina Doña Maria Cristina, viuda ya del Rey Don Alfonso XII. (Las tres primeras promociones habían prestado juramento ante la Bandera del extinguido Colegio de Infantería).  A las palabras del General Blanco, representante de la Reina en el acto de la entrega, contestó el General Galbis con un emotivo discurso al que cerraba este patriótico párrafo: “Quien sirva en esta Academia y jure ante esta Bandera, aunque quisiera ser traidor no podrá serlo nunca”. Muchas iban a ser, sin embargo, las vicisitudes por las que había de pasar dicha bandera a partir de ese año 1886. Salvada milagrosamente de las llamas – por el capitán de la guardia de prevención, que se produjo en su rescate graves quemaduras en ambas manos-  de un devastador incendio que asoló el Alcázar en la tarde-noche del 9 de Enero de 1887, a  la disolución de la Academia General en 1893 pasó a la Academia de Infantería, sustituyéndole el título del centro bordado en su tafetán, donde permanece hasta el año 1915, en que es sustituida por otra bordada por la Reina Doña Victoria Eugenia.  Reinstaurada la Academia General Militar en Zaragoza el año 1927, vuelve de nuevo a ella la bandera de la Reina Maria Cristina, y allí preside todos los actos solemnes hasta la nueva disolución del Centro en 1931. El año 1942, vuelve de nuevo a la Academia General en esta su tercera – y por ahora definitiva- época, donde permanece desde entonces.

 

Durísimo fue el golpe para la Academia General motivado por el incendio de 1887, donde el Alcázar queda parcialmente derruido, perdiéndose muchísimo libros – entre ellos bellísimos incunables- que se conservaban en su magnífica biblioteca. El ilustrado historiador militar Don Miguel Gistau, en su libro “La Academia General Militar”, nos ha dejado una muy documentada narración de este pavoroso siniestro :”Poco después de las seis y media de la tarde del 9 de Enero de 1887, y cuando los alumnos se encontraban en estudio, el capitán de la Guardia de Prevención de la Academia, que se hallaba en el cuarto de banderas, notó un gran resplandor en las vidrieras de las ventanas, y al asomarse al patio para enterarse de la causa, vio con el natural asombro, salir grandes llamaradas por las ventanas de la biblioteca. Para evitar que la precipitación y alarma ocasionaran desgracias no se tocó fuego, y mientras varios ordenanzas y soldados de la guardia corrían hacia la población para avisar del siniestro, el corneta de guardia tocaba “generala a la carrera”. En el espíritu de disciplina que en todos sus actos ponen los alumnos sin la menor pregunta, saltando por las escaleras, en pocos segundos bajaron al patio, viendo con el consiguiente estupor, las columnas de humo y llamas que salín del piso principal. Hundióse sobre la biblioteca, transformada en volcán horrible, el piso de la sala de estudios de la 1ª Compañía de Alumnos, en cuanto el último de estos, acudiendo al toque de “generala” salió de la estancia, y pocos momentos después se verificó el desplome total del interior, hiriendo los escombros, aunque levemente, a varios alumnos de las últimas filas que salían. Como si las paredes fuesen de yesca, se corrió el incendio a las galerías inmediatas, y a la hora de haberse propagado este, el Alcázar era por los cuatro costados una tremenda hoguera”. Varias alas del impresionante edificio del Alcázar quedaron reducidas a un montón de escombros, por lo que la Academia tuvo que trasladar sus alumnos a los edificios inmediatos de Santa Cruz y Capuchinos, donde siguieron dando las clases con, prácticamente entera normalidad; prolongándose las obras de restauración del emblemático edificio, a los finales del Siglo XIX y a los iniciales del  XX. (1)

 

  Sin embargo, otros eran los peligros que, subrepticiamente empezaban ya a acechar al prestigioso Centro de Enseñanza Militar. Al cabo de tan sólo una década, cuando comenzaba a tocarse el resultado de un sistema que venía dando excelentes frutos, el Teniente General López Domínguez, Ministro de la Guerra, puso a la firma de S.M. la Reina Regente, el Real Decreto de 8 de Febrero de 1893, por el que se suprimía la Academia General de Toledo, volviéndose al antiguo sistema de Academias particulares y específicas para cada Arma o Cuerpo correspondiente. Así, de un plumazo, sin argumentos, sin causas, sin razón alguna que lo justificase se obligaba al cierre de esta primera “GENERAL” cuando la Patria y el Estado tenían depositada en ella sus más firmes esperanzas. Tantos años suspirando por la “unidad de origen” que debía presidir los estudios de nuestros jóvenes aspirantes a Oficiales del Ejército, para que una vez conseguida se perdiese sin motivo aparente alguno.   A Don José Galbis, le había sucedido en la dirección del Centro, el general Don Pedro Mella y Montenegro, que la ejerce desde 1887 a 1891, y a éste, el de igual empleo Don Manuel de la Cerda y Gómez-Pedroso, que la dirige hasta su cierre en 1893, correspondiéndole el amargo trago de su clausura.

 

En las aulas del Alcázar toledano se educaron, en esta primera época de la Academia  General : 2.250 Alumnos,  agrupados en diez promociones, de las que salieron una excelsa nómina de Oficiales, jefes y generales, que conocidos por los “GALBIS”, en homenaje a su primer director, dieron con su inteligencia, estudio y heroísmo, muchos días de gloria a la Patria y prestigio a su Ejército.  A ellos les tocó participar en todas las campañas en las que España intervino desde finales del Siglo XIX, y muchos de ellos, casi niños todavía, ofrendaron su vida a la Patria, al morir por ella en la manigua  cubana o en el dédalo inextricable del Archipiélago filipino.  Es altísimo el número de Oficiales formados en esta primera “General” caídos sobre el campo de batalla, hasta tal punto, que según los cálculos que he podido constatar, al inicio de los años veinte, ya se aproximaban al millar los fallecidos en campaña – o  de sus resultas- procedentes de tan prestigioso Centro.  El primer caído en acción de guerra fue el Teniente de Infantería D. Vicente  García Cabrelles, muerto en la campaña de Melilla el año 1893; el último, el general de División, Laureado de San Fernando: Don Domingo Batet Mestre, fusilado en Burgos al amanecer del 17 de Febrero de 1937, al no haberse sumado al Alzamiento Nacional.

 

A la cabeza de la distinguida nómina de militares españoles formados en las aulas de la primera Academia General, hemos de situar, sin lugar a dudas, al General Primo de Rivera, por la amplísima proyección de su figura tanto en el campo militar como en el político. Don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, 2º Marqués de Estella, nació en Jerez de la Frontera en 1870. El año 1884, y formando parte de la 2ª Promoción, ingresa en la Academia General de Toledo, siendo promovido a segundo teniente de Infantería en 1888. Combate en la campaña de Melilla de 1893, donde consigue su primera Cruz de San Fernando (Cruz sencilla sin orla de laurel) ( la segunda , Gran Cruz, la conseguiría de teniente general), al rescatar sable en mano y bajo un nutrido fuego de la harca enemiga, un cañón que había quedado al descubierto en las proximidades del fuerte de Cabrerizas Altas. Posteriormente se distingue en las campañas de Ultramar (lucha en Cuba en 1895 y en Filipinas, en 1897), y nuevamente en Marruecos, donde alcanza el generalato en 1911, siendo el primer alumno de la “General” que luce la faja rojo-carmesí, por lo que es objeto de un cálido homenaje por parte de sus compañeros.  En 1923, desempeñando –ya de teniente general-  el mando de la Capitanía General de Cataluña, se alza contra el Gobierno para remediar la caótica situación del país y, con la aquiescencia del Rey Don  Alfonso XIII, formó un Directorio Militar, presidido por él mismo. La Patria le tiene que agradecer el haber acabado con esa interminable guerra de Marruecos, que tanto luto y tanta desolación llevó a millares de hogares españoles; así como el haber acometido un vasto trazado de obras públicas, que con el saneamiento de las finanzas elevó internacionalmente el prestigio de España.  En 1927, restableció la Academia General Militar ( 2ª Época) situándola, en esta ocasión en unos terrenos próximos a Zaragoza, y proponiendo a S.M. El Rey que nombrase Director al más joven y brillante de sus generales: Don Francisco Franco Bahamonde.  Falto del apoyo y comprensión de sus compañeros, el Teniente General Primo de Rivera dimitió el 28 de Enero de 1930, marchando a París donde fallece al poco tiempo. En 1947, su antiguo subordinado Francisco Franco, convertido en Jefe del Estado Español, lo ascendió “a título póstumo” a Capitán General del Ejército (Decreto de 22 de Marzo de 1947)

 

Pasaron también por las aulas de esta primera GENERAL, los heroicos infantes Sanjurjo (condecorado al igual que Primo de Rivera con dos Laureadas), Burguete, López Pozas, Rodríguez Casademunt, Batet, Jiménez Morales, Ruiz Belando, Fernández Cuevas y Allanegui; el no menos heroico y esforzado Cavalcanti (éste de Caballería), así como los distinguidos artilleros Aguilera, Fernández Herce y Guiloche, que junto a los ingenieros Alvárez de Espejo y Gil Clemente, cierran la egregia nómina de esta procedencia, condecorados por su valor frente al enemigo con la Cruz de las Rojas Espadas orlada de laureles, que lleva el nombre del Santo Rey Fernando III. En resumen :  16 Caballeros Laureados y 18 las Cruces de esta Real y Militar Orden (hay dos bilaureados) dicen mucho de la entrega y heroísmo de los que un día, cursaron sus estudios en la Academia General Militar de Toledo., más conocida en el lenguaje de los historiadores como “ La General Toledana”.

 

Respecto al profesorado, el ilustre Coronel de Infantería Don Federico de Madariaga nos ha dejado la siguiente descripción : “Es justo consagrar un recuerdo a los profesores que allí contribuyeron a formar a una generación de brillantes oficiales, como Don Modesto Navarro (hoy Coronel de Infantería) escritor de sólida reputación, y que mandando luego un batallón en Cuba, consolidó su fama de excelente táctico. Don Francisco Larrea, teniente coronel de Estado Mayor, que se ha distinguido en las últimas campañas al frente de columnas que dirigió con gran maestría; Don Joaquín Agulla que manda un Batallón de Cazadores con gran lucimiento: Don José Villalba Riquelme, hoy teniente coronel de Infantería (capitán entonces) reconocido autor de la obra “Táctica de las tres Armas”; Don Pablo Parellada, capitán de Ingenieros (hoy teniente coronel), que a su profunda instrucción personal une el peregrino ingenio, que bajo el seudónimo de “MELITÓN GONZÁLEZ” ha escrito tantas y tantas donosuras teatrales, que le han granjeado justa popularidad. Don Nemesio Lagarde, Ingeniero Militar, ya retirado, artista hasta la médula, que ha dejado una admirable obra para los zapadores-minadores; Don Casto Barbasán, en quien no se sabe que admirar mas, si su fe o su talento; Don Domingo Arráiz de la Condorena, dos veces atravesado por el plomo enemigo, la última en la heroica defensa de las Lomas de San Juan, en Cuba. Don Enrique Ruiz Fornell, que a sus méritos de escritor une el título honroso de haber sido profesor de S.M. El Rey Don Alfonso XIII. Don Antonio Azuela, director luego de la Academia de Artillería, a la par que eximio artillero.... y sobre todos descuella por su jerarquía y por su iniciativa fecunda, por su amor a la juventud, su entusiasmo y los grandes servicios que prestó a la enseñanza militar, el Coronel de Ingenieros DON FEDERICO VÁZQUEZ LANDA, hombre verdaderamente superior para el que no hubo aquí una faja de general, por culpa, sin duda, de los sistemas al uso, y que murió ahogado por la pena que le produjo la desaparición de aquél centro de educación que era ya parte integrante de su ser, una necesidad de su corazón y de su inteligencia”.

 

Así era el culto profesorado de la Academia General Militar en su primera época. En 1893, nuevos planes y reformas de la Enseñanza Militar hacen que el prestigioso Centro cierre sus puertas, causando un intenso dolor por su desaparición a profesores y alumnos. Pero, como años mas tarde dijera en ocasión similar un ilustre general, Director de la Academia General en su 2ª Época: “Se deshace la fábrica, pero la obra queda”. Y la obra eran los mas de dos mil oficiales formados en sus aulas, que repartidos por todas las guarniciones de nuestra Patria, dieron , con la entrega generosa de la vida de una inmensa mayoría de ellos, grandes días de gloria a la Patria y prestigio sin igual a su Ejército. El autor de las presentes líneas, modesto Oficial de Complemento formado en la Milicia Universitaria, quiere rendir su sentido homenaje a tan prestigioso centro militar docente en este su 131º Aniversario Fundacional.

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 NOTAS

  1. Durante los últimos tres siglos, el Alcázar de Toledo ha sido parcialmente destruido en cuatro ocasiones: La 1ª el 28 de Noviembre de 1710, durante la Guerra de Sucesión, al evacuar Toledo las tropas del Archiduque Don Carlos prenden fuego al Alcázar. La 2ª, un siglo más tarde: el 31 de Enero de 1810, siendo en esta ocasión el ejército francés el que lo incendia en su retirada de la ciudad. La 3ª, durante el pavoroso incendio acaecido en la tarde-noche del 9 de Enero de 1887, al que hago referencia en las presentes líneas. Y la 4ª, durante el asedio y destrucción a que fue sometido el Alcázar al inicio de nuestra Guerra Civil (del 21 de Julio al 28 de Septiembre de 1936).  Pero allí sigue, atalaya y centinela permanente, sobre una colina de la Imperial Toledo, cual “Ave Fénix” resurgido de sus propias cenizas. El Alcázar, hoy como ayer, erguido y desafiante con la robustez de sus muros, testigos de más de diez siglos de brillante historia.
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Sevilla, 20 de Febrero de 2013
(En el 131º Aniversario de la Fundación en Toledo de laAcademia General Militar)
(20 de febrero de 1882—20 de Febrero de 2013)
 

Por Francisco Ángel CAÑETE PÁEZ

Comandante de Infantería

Economista y Profesor Mercantil

Ex Profesor de la Academia de Infantería de Toledo

14/2/13

CAPITANES GENERALES DEL EJÉRCITO ESPAÑOL (SIGLOS XIX y XX)



I.- INTRODUCCIÓN
 

Capitanes Generales, Príncipes de la  Milicia, Capitán de Capitanes; máximo empleo, grado o dignidad en el escalafón jerárquico de nuestro ejército y honda, añorada y sentida aspiración-junto a la Cruz de las Rojas Espadas orladas de laureles- de cuantos han vestido el honroso uniforme militar en los últimos siglos; ya fuese, desde los juveniles años de alumnos o cadetes en las aulas de los distintos Colegios o Academias Militares, o bien desde que dejaban "sentada su plaza" como soldados en cualquiera de nuestros gloriosos REGIMIENTOS.  Y sin embargo, como bella quimera inalcanzable, cuán pocos son los que han llegado a lucir los entorchados de tan alto empleo y a empuñar en la diestra mano la "bengala" o bastón de mando que caracteriza y distingue a nuestros Capitanes Generales. Y si bien es cierto, que el obtener hoy  día la Cruz Laureada -salvo que se otorgue por méritos muy distinguidos en misiones de paz y solidaridad, en escenarios de riesgo allende nuestras fronteras- aunque muy difícil, no es del todo imposible, sí lo es en lo que respecta al ascenso o promoción a Capitán General del Ejército, toda vez que la Ley 17/1.999, de Régimen de Personal de las FAS lo reserva "en exclusiva" para S.M. El Rey, como Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas.


 
Clausurado en consecuencia -por ahora y mientras no se modifique la Ley- el acceso a tan alto empleo, he querido rendir mi particular homenaje a los distinguidos compañeros que, en los últimos siglos, y poseedores todos ellos de brillantísimas Hojas de Servicios, han accedido a tan alta dignidad, trayendo sus nombres a esta prestigiosa tribuna, relacionados por antigüedad en el empleo, como no podía ser de otra manera al tratarse de un Escalafón de militares, formado con los datos, notas y apuntes que he podido obtener en el detenido estudio de Anuarios  Militares, Hojas de Servicios, Memoriales de las Armas, Guía de Forasteros, Relaciones de Virreyes y Capitanes Generales de nuestros antiguos Virreinatos de Ultramar, etc,; resultado de muchas horas de estancia en archivos y bibliotecas militares de nuestra Patria.
 
En el "Escalafón" que he formado,( y que publico como ANEXO del presente artículo) sólo figuran aquellos capitanes generales que han sido "militares de carrera" en nuestro Ejército de Tierra en los Siglos XIX y XX. (En trabajos posteriores intentaré formar el escalafón de Capitanes Generales de la Armada). Es por ello obvio, que aunque no figuren expresamente en dicha excelsa nómina los Reyes de España, la misma  estaría encabezada por ellos, por su alta magistratura en la Jefatura del  Estado y Jefes Supremos de nuestras Fuerzas Armadas. Nuestros Reyes son  Capitanes Generales por derecho constitucional; incluido Don Amadeo de Saboya, Rey de España votado democráticamente en Cortes por una inmensa mayoría de parlamentarios, y excluyo expresamente a Don José I, impuesto en el Trono de San Fernando por la fuerza de las bayonetas de su hermano el Emperador Napoleón Bonaparte.
 
Incluyo también en esta egregia nómina ( sin asignarles número en el Escalafón) a dos capitanes generales "sui géneris", pues ni eran Reyes de verdad, ni verdaderos militares de carrera en puridad, pero que, sin embargo, venían escalafonados con tan alto empleo en los “Anuarios Militares” de la época. Me estoy refiriendo a S.M. el Rey (consorte) Don Francisco de Asís de Borbón y Borbón, esposo de Doña Isabel II, y a Don Antonio María de Orleans, Duque de Montpensier, esposo de la infanta Doña Maria Luisa Fernanda  de Borbón, nombrados capitanes generales  en virtud de sus respectivos matrimonios.  Finalmente, y como cierre a esta introducción quisiera aclarar, que el comenzar mi relación en el siglo XIX, no quiere decir que no  hubiese capitanes generales en el siglo XVIII, sino que me ha sido imposible el localizarlos a todos (algunos tan famosos como Don Manuel Godoy), por el hecho de que tan alto empleo, lo concedían los Reyes a personajes de la alta nobleza titulada, y no es fácil  encontrarlos en documentos militares del Siglo de las Luces y de la Ilustración.
 

II.-ANTECEDENTES Y ORIGENES DEL GRADO DE CAPITÁN GENERAL.-

 La denominación de Capitán General como jefe superior de un ejército en campaña, es relativamente moderna. Ya desde la antigüedad mas remota (las guerras, por desgracia, son tan antiguas como el hombre) hubo  que designar con nombre propio a aquel que por su energía y dotes de mando, así  como por su demostrada aptitud para el arte de la guerra, era puesto al frente de una tropa combatiente. Surge así el “estratego” de las falanges griegas; el “cónsul” y el “magíster militum” de las legiones romanas; el “comes” y el  “dux” de los visigodos, transformados luego en condes y duques y también “condestables”, hasta llegar a nuestro “capitán de capitanes”, o  Gran Capitán, como se intituló al ínclito Don Gonzalo Fernández de Córdoba, nuestro primer capitán general, aunque todavía sin esa precisa denominación. En el Siglo XVI, la  compañía era la unidad táctica y administrativa por excelencia en nuestros Tercios, y el que la mandaba en propiedad, cruzando su pecho con la banda morada que lo distinguía, era denominado “capitán”. La banda morada se perdió como distintivo del mando de compañía, pero hasta fechas muy recientes la han venido ostentando, en dias de gala, los capitanes y jefes de nuestro ejército. Y siguiendo con el tema que nos ocupa, después, con el mando de varias compañías agrupadas y similar en el tiempo a la voz de Maestre de Campo   o Maestre General, surge para el jefe la voz de CAPITAN GENERAL o capitán de capitanes, a quien el Rey le asignaba un segundo en el mando, denominado “teniente de capitán general”, expresión que con el tiempo se acorta  y se ajusta a la de teniente general, vigente aún con el paso de los siglos, en nuestro actual generalato.
 
El general Almirante, en su “Diccionario Militar” refleja que los Reyes Católicos en sus “Ordenanzas” de 1.496, para el Régimen y  Administración de sus tropas, establecían los deberes de los capitanes generales; y en las de Carlos I, de 1.536 se trataba al capitán general de caballos ligeros y de Infantería. También en la Real  Cédula de 10 de Enero de 1.553, dirigida a los dignatarios de los Reinos de Navarra, Aragón, Valencia y Condados del Rosellón y la Cerdaña  se les denomina Virreyes y Capitanes Generales. En la Real Cédula de Felipe II, de 21 de Abril de 1.567, por la que se designaba al Duque de Alba para ejercer el mando de los ejércitos de Flandes, se le define como “Capitán General”; advirtiendo el monarca a la duquesa de Parma, Gobernadora de aquellos estados “que era su voluntad, que en lo referente a la guerra se cumpliese cuanto mandase y ordenase el duque, y las demás cosas de gobierno se mantuvieran a su cargo”, (al de la duquesa). A finales del Reinado de Carlos II, en 1.696., surge, al parecer, la expresión de “Capitán General del Ejército” como la más alta jerarquía en el seno de la milicia. Y surge casi por casualidad, tras una cuestión de protocolo –Reinando ya Don Felipe V- entre el Duque de Veragua y el Marqués de Valdecañas, sobre quien de los dos ocupaba asiento preferente en el Consejo Supremo de Guerra. El Rey resuelve a favor del  segundo “por ser capitán general del ejército desde 1.696”.
Durante el Siglo XVIII, a la alta dignidad de Capitán General se accede por elección directa del Rey, entre los tenientes generales pertenecientes a la alta nobleza titulada (o sea todos), que se hubieran distinguido en campañas a las que hubiesen acudido y siendo mérito patente el haber formado  a sus expensas- vestido y equipado- un Regimiento, una vez obtenida la Real Patente de coronel-brigadier jefe del mismo.

 
 
Y adentrados ya en el Siglo XIX (donde doy comienzo a mi “Escalafón” de Capitanes Generales, dadas las dificultades que he encontrado para relacionar a los del Siglo XVIII), la primera disposición que he conocido alusiva a los capitanes generales del ejército data de 31 de Mayo de 1.828. Se trata de un Real Decreto de Fernando VII, en cuyo artículo primero se establece:”Habrá el número conveniente de Capitanes Generales de mis ejércitos (no dice cuantos), elegidos entre los tenientes generales, cuando YO tuviese a bien elevar alguno a la alta dignidad de Capitán General de mis tropas”. Lo establecido en este precepto es copia literal del Real Decreto de su hija Doña Isabel II, de fecha 15 de Junio de 1.847:”Habrá el número conveniente de Capitanes Generales (como su padre, sigue sin especificar el número) que YO escogeré entre los tenientes generales, cuando tenga oportuno elevar alguno a la alta dignidad de Capitán General”.
 
La Real Orden de 6 de Marzo de 1.855 fija los honores y consideraciones que se deben tributar a un Capitán General cuando transite por plazas de guerra o punto de residencia de un Capitán General de Provincia (luego de Distrito y finalmente de Región Militar),con grado de teniente general; disponiendo que “se le hagan los honores que las Reales Ordenanzas marcan en su Tratado 3º.-Título I, debiendo todas las Autoridades y Corporaciones del Ramo de Guerra cumplir con lo que las mismas previenen y el capitán general de provincia visitarle personalmente para ofrecerle sus respetos”.
 
Uno de los hitos o hechos heroicos donde brillan con mayor gloria y altura los nobles entorchados de Capitán General, tuvo lugar en la aciaga mañana madrileña del 22 de Junio de 1866. Con motivo del movimiento revolucionario iniciado por los sargentos del madrileño Cuartel de San Gil, quienes tras asesinar a varios de sus Oficiales, sacaron las piezas a la calle, produciéndose un estado de verdadera guerra en la capital de la Nación. Ya había amanecido sobre Madrid (en esa trágica jornada del 22 de Junio de 1866), cuando Don Leopoldo O’Donnell, ministro de la Guerra y Presidente del Consejo de Ministros, avisado por dos Oficiales evadidos de San Gil, tocó llamada entre los generales que se encontraban residiendo en la Corte, quienes rápidamente acudieron a ponerse al frente de las tropas leales al Gobierno, prestos a combatir a los revolucionarios allí donde se habían hecho fuertes.  Y es aquí donde ocurrió el hecho heroico a la par que inédito en nuestra historia patria al que antes hacía referencia. Y ello es, que nada menos que cinco Capitanes Generales (O´Donnell, Narváez, Serrano, Gutiérrez de la Concha y Pavía), montaron a caballo y se batieron por la Reina Doña Isabel II, al mando de pequeñas unidades, con un brío y un ardor (Narváez resultó herido en la acción) más propio de jóvenes tenientes, que de los muchos años que acumulaban todos ellos y del muy alto grado que ostentaban en la Milicia. Ese día el generalato español brilló a la altura que corresponde el refulgir de sus entorchados.
 

 
 
La Ley  Constitutiva del Ejército de 29 de Noviembre de 1.878, aparte de prescribir que el mas alto empleo del ejército es el de CAPITAN GENERAL (artº 19), contiene la primera declaración genérica y explícita acerca de los cargos y servicios que puedan desempeñar. En su artículo 25 establece: ”Los Capitanes Generales, por su alta dignidad, no tienen puesto determinado en el organismo del  Ejército. El Rey, con acuerdo de los ministros responsables, utilizará sus servicios en paz y en guerra, en los cargos que considere mas conveniente al interés del Estado”. Abunda en este sentido la Ley de 14 de Mayo de 1.883, cuyo artículo 2-º dispone:” Los Capitanes Generales por su alta dignidad figurarán en la Primera Sección –Actividad- cualquiera que sea su edad y se considerarán siempre como empleados”. Finalmente el Real Decreto de 29 de Octubre de 1.890, en su artículo 25. dispone “A la alta jerarquía de Capitán General del Ejército, podrán ser elevados aquellos tenientes generales de la Escala Activa o de la Reserva cuyos brillantes y notorios servicios a la Patria y a las Instituciones aprecie el Gobierno de S.M. como muy relevantes y dignos de tan señalada merced”. Y concluye el Siglo XIX, durante la Regencia de Doña Maria Cristina con la promoción a Capitán General de tres tenientes generales de amplio y brillantísimo historial: Don José López Domínguez, Don Ramón Blanco y Erenas, Marqués de Peña Plata y Don Fernando Primo de Rivera y Sobremonte, Marqués de Estella. Los tres fueron promovidos el año 1.895.
 
III.  CAPITANES GENERALES (Siglo XX)
  Ya en el Siglo XX, y durante el reinado personal de Don Alfonso XIII (por cierto, y como anécdota simpática, el capitán general mas joven de la historia, toda vez que su antigüedad en el empleo –17 de Mayo de 1.886- coincide con su fecha de nacimiento, al ser proclamado Rey de España ese mismo día) se ascendió a cuatro tenientes generales a Capitanes Generales del Ejército: Don Valeriano Weyler y Nicolau y Don Camilo Polavieja y del Castillo (que fue ascendiendo desde simple soldado hasta Capitán General), en 1.910; Don Marcelo de Azcárraga y Palmero, en 1.911 y el Infante Don Carlos de Borbón (abuelo materno de nuestro actual monarca) en 1.927. Proclamada la II República en España (14 de Abril de 1.931), por un Decreto-Ley de 16 de Junio de 1.931,se suprime la dignidad de Capitán General del Ejército y la categoría militar de teniente general; si bien el Gobierno de la República, unos días antes y con carácter extraordinario había promovido a Capitán General a Don Francisco Aguilera y Egea, con  antigüedad de 2 de Mayo de 1.931.
 
 
Pero esta supresión duró poco, ya que por decreto de 18 de Julio de 1.938 - en plena Guerra Civil-  se restablece la dignidad de Capitán General del Ejército y de la Armada y se asciende a tan altos empleos –con la antigüedad de la fecha del Decreto- al Excmo. Sr. Don Francisco Franco Bahamonde, Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos Nacionales.  Al año siguiente, por Ley de 11 de Abril de 1.939, se restablecen los empleos de teniente general y almirante.
Durante la Jefatura del Estado del General Franco, fueron promovidos a Capitán General en vida (además de él mismo) los tenientes generales Don Agustín  Muñoz Grandes y Don Camilo Alonso Vega y “a título póstumo” los  de igual empleo, Sanjurjo, Primo de Rivera, Varela, Yagüe, Moscardó y Dávila.
 
En el actual  Reinado de Don Juan Carlos I, sólo un teniente general (en Tierra) DON MANUEL GUTIERREZ MELLADO ha sido promovido a Capitán General del Ejército (Honorífico) (año 1.994). Con Gutiérrez Mellado, y como decía al inicio de estas líneas,  se cierra la posibilidad de ascenso a tan alto empleo a ninguno de nuestros actuales militares de carrera procedentes de la Escala Superior de Oficiales (hoy” Escala de Oficiales” única) toda vez, que aunque la Ley 17/1.999, lo contempla como el máximo escalón de Oficiales Generales (artículo 11).-2-a), el artículo 12 lo reserva “en exclusiva” para S.M. El Rey, como Jefe Supremo de las Fuerzas [1]Armadas-  (1 y 2)
 
NOTAS
 
  1. La Ley 17 /1999, introduce en el generalato el alto empleo de “General de Ejército” ( para el Ejército de Tierra), que se intercala entre Teniente General y Capitán General. Y si bien en un principio puede deducirse, que a tan alto empleo pueden aspirar los Oficiales procedentes de la Escala Superior de Oficiales ( Hoy Escala de Oficiales única), la práctica nos dice que parece estar reservado tan sólo para los Tenientes Generales que sean designados JEMES o JEMAD. 
(2)Por lo que respecta al nombramiento de Capitanes Generales de la Armada, durante el Reinado de Don Juan Carlos I, el Rey sólo ha ascendido a su padre: S,.A.R. Don Juan de Borbón y Batemberg, Conde de  Barcelona, promovido a Capitán General de la Armada (Honorífico) por Real Decreto de 4 de Diciembre de 1992. Finalmente en el Ejército del Aire, el Rey ascendió a Capitán General Honorífico al Teniente general Don Ángel Salas Larrazábal (Real Decreto de 26 de Abril de 1991)









 

Sevilla, Febrero 2013
Por Francisco Ángel CAÑETE PÁEZ
Licenciado en Ciencias Económicas
Comandante de Infantería
Profesor Mercantil