LA CODORNIZ
revista más audaz,
para el lector más inteligente.
EN BUSCA DE UNA REPUTACIÓN
Yo bien sé que cuando un escritor refiere a sí propio algún artículo, la gente suele incomodarse. Entre los infinitos consejos elementales con que la educación cohíbe desde nuestra infancia las más espontáneas tendencias, figura este: "Procura no hablar ni escribir de ti mismo; es aburrido ye inelegante". Recuerdo el estupor que durante muchos años me produjo esta norma. La culpa de casi todo lo malo que me sucedió en la vida la tiene una especie de incapacidad comprensiva que me encuentro en relación a procederes que a los demás les parecen naturalísimos, y otra especie de incapacidad comprensiva que los demás tienen para mis incomprensiones.. Desde que comencé a escribir, produje artículos acerca de todos los seres y todos los fenómenos del mundo. Alguno de estos artículos -¿por qué ocultarlo ahora?- eran un poco delirantes. En el fondo no se me puede acusar. Los directores de periódicos me proponían temas abominables, y no es costumbre oponerse a lo que exige un director. Así, durante la pasada guerra europea, suscribí admoniciones a Suiza y al Paraguay acerca de lo que más les convenía hacer, y en una revista de ingeniería publiqué -después de un estudio rebosante, eso sí, de sinceridad, en el que sostenía que la mecánica comienza en el nudo, lo que para mí es apotegmático (Apotegma es una enseñanza, una sentencia breve y graciosa en la que subyace un contenido moral aleccionador) -una crónica titulada "Cómo se desmonta un motor", que produjo grandes perturbaciones y me obligó a conocer a mucha gente de carácter violento. Bueno..., y tantas otras cosas. Lo que hacen todos los que escriben. ¿Para qué hablar?
Un destino inexplicable y injusto se opuso a que esta aspiración se cumpliese totalmente. Yo soy, en verdad, uno de los hombres más serios de mi tiempo y he dicho las cosas más serias en los más serios periódicos, elegidos cuidadosamente. Todo lo que he logrado es que la gente me supusiese poseído de un excelente buen humor. Si yo escribía, por ejemplo, un grave artículo probando que el arancel empobrecía a los conciudadanos, los conciudadanos me aseguraban que se habían divertido bastante con mis consideraciones; cuando tenía ante mí al político a quien había creído pulverizar con mis comentarios y esperaba las molestias de una sesión de boxeo, el político me abrazaba, anunciándome;
-¡Hombre, cuanto se han reído mi mujer y mis chicos con su crónica de hoy! Las consecuencias de esta burla que me juegan los hados son terribles. Cuando pensé abandonar la literatura, dolido del fracaso, me encontré cerrados todos los caminos por culpa de mi equivocada reputación. Un hombre serio puede ser lo que quiera; un humorista no puede ser más que un humorista. Un filósofo que abra un comercio de óptica o un restaurante, contará enseguida con buena clientela. Pero un humorista, que se ponga detrás de un mostrador, o de la mesa de un bufete, o que visite enfermos con un termómetro en el bolsillo, la gente recelará sin cesar una broma.
Solo hubo en mi vida una época en la que mis aspiraciones se cumplieron. Fue durante la revolución marxista. Nunca olvidaré aquel momento en que comprendí claramente que los rojos querían matarme. No se lanzan patrullas armadas de pistoleros -me dije a mí mismo- contra un hombre sencillamente jovial; cuando las turbas me buscan es que han comprendido que soy un escritor profundamente serio, con una seriedad que ha llegado a irritarles. En mí no persiguen al patrono ni al poseedor de vajillas de plata, sino mi seriedad, que es todo lo que tengo. Al fin se ha hecho la luz en los cerebros. Declaro que me sentí felicísimo, con la más inefable de las felicidades. Mi afán se realizaba y no me podía importar su precio.. Después de haber sido fusilado bárbaramente, nadie hablaría ya de mi con la sonrisa en los labios. Quizás tuviese un busto en mi ciudad natal y una barba en el busto, con ese artístico desprecio que hay para los parecidos en todas las estatuas de la aludida ciudad natal.
"¡Ya es tarde!"; y recaí en la desesperación. Pero ahora se me ofrece una ocasión que me parece infalible. Mi mala fama nació en periódicos graves, pero se seguro que no se mantendrá en revistas festivas. Es la técnica que siguen las muchachas un poco gordas que se hacen acompañar de amigas mucho más gordas. Al saber que iba a aparecer próximamente un hebdomadario de humor, escrito por la gente de más gracia de España, corrí a pedir espacio en sus páginas.
- Vengo -expliqué- en busca d una reputación de hombre fúnebre.
- Y narré mi cuita. El director meditó un momento y aceptó.
- Probablemente -añadí, impulsado por la conciencia- mi seriedad matará su periódico. Sonrió tristemente, pero no rehusó el experimento. Porque -esto es lo maravilloso queridos hombres serios-, porque...no sé por qué causa..., lo cierto es que la gracia solo nace en las almas sanas y no puede ir separada de la bondad...
W. FERNANDEZ FLOREZ
