MI VIAJE POR ÁFRICA XLVIII
También nos gustaría relatar una desalentadora anécdota sobre la perversidad de las mariposas. Nunca había visto hadas voladoras semejantes. A cada momento exhibían ante nuestros ojos sus espléndidas galas, tejidas en una inconcebible variedad de colores y diseños. Mariposas similares a chupaleches, apolos, auroras, antíopes, olmeras y pavos reales -todas ejecutadas en al menos una docena de originales y contrastados estilos, algunas incluso más hermosas que nuestras especies británicas, aun siendo diferentes por completo -revoloteaban al sol de flor en flor, lanzando destellos entre las sombras de los grandes árboles arracimada en el sendero para absorber la humedad de cualquier terreno cenagoso. La mariposa es carroñera; si percibe en el suelo el olor de una pizca de cualquier sustancia putrefacta, ten por seguro que allí acudirá y, de inmediato, la mancha quedará cubierta por una nube de estos ávidos insectos, llegados con tan alegres atavíos a devorar una carne tan penosa. Algunas veces las he encontrado 8intoxicadas de tal forma a causa de un reciente festín, que he podido cogerlas con suma delicadeza entre los dedos sin necesidad de recurrir a ningún tipo de red.
La primera caminata desde Masindi fue muy larga y nuestros porteadores tuvieron que avanzar durante todo el día a pleno sol, resollando y afanándose bajo sus cargas. El grueso de la partida alcanzó el campamento ya entrada la tarde y los rezagados fueron llegando con cuentagotas hasta el anochecer. Los nativos de la zona, entretanto, cogieron espadaña y bambú en los alrededores para construir ante nuestros propios ojos, con una destreza y velocidad extraordinarias, un espacioso comedor y dos o tres excelentes estancias; nos sentimos tan cómodos en esas humildes moradas como si estuviéramos alojados en el palacio de un rey.
El segundo día, aunque la jungla mostraba la misma espesa, fértil y enmarañada vegetación, el bosque no parecía tan hermético. Partimos una hora antes del alba y a las ocho ya habíamos alcanzado la cima del elevado reborde rocoso que rodea el valle del Nilo Victoria. Desde esa altura, a unos seiscientos pies sobre el nivel medio de la planicie, descubrimos una amplia vista del paisaje por primera vez. En todas las direcciones se expandía un vasto mar de follaje que espigaba entre la maleza, se oscurecía en el bosque, se elevaba o descendía siguiendo las ondulaciones del terreno y, sólo ocasionalmente, aparecía rasgado por peñascos. A lo lejos, hacia el noroeste, un largo destello plateado, apenas discernible a través de la neblina del horizonte, revelaba a nuestros ojos la lejana silueta del lago Alberto. Ni siquiera una cámara fotográfica podría hacer justicia a un panorama semejante. Contempladas en fotografía, esta vastas extensiones parecen meros campos de matorrales, desolados y monótonos para la vista y melancólicos para el ánimo.
Lago Alberto y Nilo Victoria









