
LA CODORNIZ

La
revista más audaz,
para el lector más inteligente.
EL FUNERAL DE LA CODORNIZ
Chumy Chúmez
La Codorniz murió de sí misma, de su condición moral, de su ancianidad y de la ambición de sus hijos y us nietos que con perseverancia quisieron heredar la menguada fortuna humorística de tal avecilla, casi consumida por la monotonía, la repetición y las diarias diarreas seniles que padeció en los últimos años de su vida. Murió también por el cambio climático-político que le tocó vivir en su senectud. Y, en cierto sentido, murió también por suicidio, aunque eso es más difícil de demostrar. En la agonía de La Codorniz participamos todos sus colaboradores y redactores para heredar los pocos bienes espirituales y humorísticos que le quedaban. Yo fui el primero en sublevarme, un éxito. O en traicionar a quien me dio el ser humorístico, porque entonces todo lo que yo poseía era fruto de mis relaciones con la revista. Pero me sublevé. Sugerí a Luis Angel Ezcurra, editor y director de la revista Triunfo, que una nueva publicación de humor era posible. Ezcurra confió en mí, se lanzó a la aventura y se llevó la sorpresa de ver que mis predicciones se habían cumplido.
Hermano Lobo, el fruto de nuestro amor, fue un éxito de público, de ventas, de aplausos y de ingresos económicos. Hurtamos a La Codorniz miles de lectores que más tarde nos los hurtaron a nosotros el enjambre de publicaciones de humor que como abejas acudieron al panal de rica miel donde murieron -fallecimos- todos presos de patas en él.
Al parecer,
según estudios póstumos no adivinados ni previstos, España solo producía unos doscientos
mil potenciales lectores de semanarios de humor. Un semanario podía vivir en la
opulencia, dos podían apenas sobrevivir y a partir del tercero hubo que cavar
una fosa común para todos, porque los editores no tenían beneficios suficientes
para construir panteones privados.
Aunque parezca una paradoja, las libertades
políticas que entonces renacieron de sus putrefactas cenizas también
participaron en la gran hecatombe de las revistas humorísticas.
Nosotros, los llamados humoristas, entonces y
quizás también ahora, sugeríamos las inmundicias y perfidias de los poderes
políticos y fácticos, chuscas denuncias que producían hilaridad de los
mandamases, como se llamaban entonces, y de sus señoras esposas, que no
comprendían los chistes, ni los artículos, ni las ironías, ni las penurias de
sus autores, pero que sonreían por contagio de sus músculos cigomáticos y risorios. Los
diarios y las revistas de información
que aparecieron por aquellos años no sugerían pecados ajenos, tuvieron que demostrarlos,
y los humoristas, que no demostrábamos nada, pasamos al paro y más tarde,
gracias a Dios, a los periódicos diarios donde sobrevivimos a la hecatombe con
mejores honorarios, justo es decirlo, porque La Codorniz pagaba poco y
tarde.
Entonces la actualidad era la diosa de la
información, como debe ser. Las revistas humorísticas, que se pensaban, se
imprimían y se distribuían cuando las noticias habían sido ya devoradas por los
consumidores, llegaban al público con la fecha de caducidad prescrita. Se
hicieron viejas. Así murió
La Codorniz o fue asesinada, pero todavía sigue viviendo en sus sombras.
Todo el humor gráfico de los últimos tiempos procede de los antiguos
colaboradores de La Codorniz. Los que están renaciendo últimamente, de
alguna manera son sus nietos. Tardará en extinguirse la influencia
codornicesca.

Todos los que vivimos en los tiempos de La Codorniz seguimos llevando algo de aquellos tiempos muertos con cazcarrias pegadas a la rabadilla.
Los jóvenes humoristas que ahora admiran a aquellos difuntos y a sus pocos supervivientes tienen la obligación de aprender de ellos, pero el deber de no imitarlos porque sería su perdición. Resquietquemos todos en paz y miremos al futuro con la alegría de las dentaduras de las calaveras.
La Codorniz concluyó su tiempo memorable. El futuro es ahora de los jóvenes humoristas y de su capacidad para atraer y sujetar a los lectores, aunque sea agarrándoles sus masculinidades y sus feminidades si son lectoras.
Todo lo pasado pertenece ya a las antologías.
Chumi Chumez
LOCO