EL ESPAÑOL Y LOS SABLES
Vicente García Dolz, Coronel de Intendencia del Ejército del
Aire (R): “¡Cuánta razón tenía Franco cuando no cesaba de advertirnos que los enemigos de España no cesarían en su asqueroso
esfuerzo por convertir a la Patria
en un cadáver hediondo!”
Frente a la puerta
principal de la Academia de Caballería, en Valladolid, hay un grupo escultórico
de Benlliure, formado por cinco jinetes de diversas épocas de nuestra historia
militar. Uno de ellos se lanza a la carga con el rostro crispado, blandiendo un
sable. Pues bien: los
vallisoletanos han robado varias veces la hoja del sable de este Soldado de
metal. Las autoridades de la Academia
han tenido que proteger el grupo escultórico con una valla metálica de agudas
puntas. Hasta Lola me dijo varias veces que ella quería ese sable, o su hoja.
Para satisfacer los deseos castrenses de Lola –era vallisoletana– le regalé dos bonitos sables, sujetos en una
panoplia de paño rojo.
Monumento a los Héroes de Alcántara. Mariano Benlliure
El catalán Ramón
Casas, en su cuadro La huelga, pintó un Guardia Civil a caballo, cargando, sable en ristre, contra los
huelguistas. Empleaba el sable para golpearles de plano, no con el filo del
arma, naturalmente. Unamuno criticó
tal uso del sable, afirmando que tal arma no debiera emplearse para golpear de
plano, sino con el filo, pues el sable existe para cometidos bélicos, no para
las relaciones laborales. En consecuencia, las Fuerzas de Orden Público acabaron golpeando al personal con porras, no con sables.
Ramón Casas - “La carga. Barcelona, 1902″
La última vez que los
Soldados emplearon sables en el combate fueron los de la Caballería Nacional
del General Monasterio, en nuestra última guerra civil. Luego, los sables y espadones quedaron en las tiendas de
artículos toledanos, para satisfacer el deseo oculto del español, que es el de
poseer un sable o espadón. Si los
norteamericanos quieren tener armas de fuego para sus escabechinas en los
colegios infantiles y en los cines, el
deseo de los españoles es el de tener un sable, pues aunque somos un pueblo
muy antimilitarista, somos muy guerreros. Lo
más opuesto al militar es el guerrero.
Columna
de Caballería al mando del General Monasterio (1ª División de Caballería). Su
carga contra la primera línea republicana en la batalla de Alfambra, fue
decisiva en la caída del frente.
Luego, en la transición, los periodistas hablaban del “ruido de sables”, cuando los militares
se cabreaban en los Cuarteles, verdaderamente o no.
El Quijote, nuestra biblia
nacional, es un libro militar (o guerrero, mejor dicho), el libro de un
hombre que se sueña, militar de entonces y por libre. Don Quijote constituye por sí mismo todo un Ejército. Un Ejército
que consta de él solo y, todo lo más, de Sancho
Panza como pechero que nunca da el pecho. Claro, que Cervantes, antiguo Soldado, ironiza sobre el militarismo de su
personaje.
Algunos idealistas literarios hablaron de “desmilitarizar el Quijote”, pero Cervantes fue lo suficiente y
necesariamente ambiguo como para que esa desmilitarización nunca fuera del todo
posible. Y cabe preguntarse si el
militarismo nacional nace del famoso libro o si el famoso libro es consecuencia
de nuestro espíritu guerrero. Según la Historia, los pueblos labradores se
fincan en determinado lugar y no hacen guerra o, todo lo más, una guerra
defensiva. Los pueblos nómadas, pastoreadores, cazadores, son los que viven en
guerra y trashumancia.
Don Quijote y Sancho Panza
Hay que pensar que cuando nació el diálogo Norte-Sur, con
la invasión de las gentes del Norte, quienes llegaron a la Península Ibérica fueron grupos de la segunda condición. Y de ahí
el carácter litigioso de todo lo que pasó en España hasta que se constituyera como tal, y de lo que ha sucedido
después. De ahí, asimismo, el culto al Guerrero, al Caballero andante, al Militar
romántico, al Caudillo providencial, cultos todos ellos que parecen muy
nuestros. Aquí, los grandes ingenios del Sigo
de Oro fueron Clérigos o Militares.
O funcionarios los menos afortunados, como Cervantes
(que quizás por ello sueña y crea un Caballero armado). Quevedo, ya que no militar, es muy militante, en favor del de Osuna o en contra del de Olivares. Pero siempre con la espada en la mano. O con la pluma, que aún cortaba más.
Poco educado en liberalismos y democracias, este pueblo
ha tenido siempre un respeto como irracional por el sable. Claro, que el sable
se ha impuesto con frecuencia en nuestra Historia, aunque el maridaje pueblo-milicia
es aquí más complejo que una mera imposición. Hubo un tiempo en que sólo era
otra cosa el que no podía ser militar. Y más que la vocación numerosa por la
milicia, que llegó a tener gran rango social, nos interesaría estudiar la
impregnación de militarismo en la vida civil o, dicho de otro modo, la
evidencia del Cuartel como generador de fórmulas civiles de convivencia. Pero Aznar, el que hablaba en catalán en la
intimidad, obedeció a Jordi Pujol y
se pusieron de acuerdo para suprimir el
Servicio Militar. Y se acabaron las impregnaciones mencionadas.
Naturalmente, los jóvenes dejaron de acostumbrarse a madrugar un poco y a
obedecer a sus jefes, ya no sólo en el Cuartel, sino en el trabajo. Aquello resultó desastroso. Lo estamos
pagando ahora, en plena crisis no sólo económica, sino de valores. La misma España es discutida y discutible. ¡Si Cervantes y Quevedo levantaran la
cabeza!…
José Antonio Primo de
Rivera dijo que la vida es milicia. Pero ya nada es
milicia, ni espíritu de sacrificio, ni
sables, ni nada de nada. La vida de ahora es una juerga porrera,
alcoholizada y nihilista.
En los demás países de la vieja Europa también se creía en el sable. Pero Shakespeare monta todo su teatro como
denuncia y denigración de los reyes de Europa, Inglaterra incluida. Aquí, Lope y Calderón urden su teatro para
justificar a esos reyes. Hay en España,
sin duda, a través de su Historia, más superstición del sable que en otros
países.
General Baldomero Espartero
Evaristo de San
Miguel, Prim, O´Donell, Serrano, Espartero, Narváez (El Espadón de Loja),
Zumalacárregui… sables de la
panoplia liberal y sables de la panoplia reaccionaria, o incluso carlista. Esta
ambivalencia del sable es lo que más justifica a todos. Unos se redimen con los
otros. El sable nacional era el
acero imparcial que cortaba el nudo gordiano de las grandes ataduras
circunstanciales. Ser militar era lo más
español que se podía ser. Un arquitecto, un juez, un comerciante, un
periodista, un científico, un político incluso, se encontraban como disminuidos
ante ese Quijote con galones y sable que
era el militar. Todo esto ha decaído incluso en lo matrimonial. Es mejor
casarse con un ejecutivo multinacional. Hemos pasado del erotismo del sable al
erotismo de la jet, igualmente priápicos. Y ha decaído en las mujeres, que son
las únicas que han hecho su revolución en España,
aunque el modelo Castrense sigue vivo y oculto en las
almas de muchos varones. Sigue habiendo
miles y miles de españoles que sueñan con tener un sable del abuelo en el
vestíbulo de su casa, entre la orla universitaria y las fotos de los niños.
Hace poco, en España,
el grupo civil más cercano a lo militar
era el político. Todo político, de derechas o de izquierdas, era un militar
sin sable (visible). Ahora, todo
político ya no es nada, excepto sospechoso de ladrón (por algo será). Los
españoles ya están hartos de los políticos, quizás porque han renunciado a
su deseo oculto de poseer un sable.
Vicente
García Dolz
Francisco Javier de la Uz Jiménez





