LA CODORNIZ
La revista más audaz,
para el lector más inteligente.
HISTORIAS NATURALES
(1949)
LAS AMAPOLAS
Estallan entre el trigo como un ejército de soldaditos, pero de un rojo mucho más bonito. Son inofensivas. Su espada es una espiga. El viento las hace correr: y cada amapola se queda atrás cuando quiere, al borde del surco, con la centaura azul, su paisana.
EL CANARIO
¿Por qué se me ocurrió comprar un pájaro? El pajarero me dijo: << Es un macho. Espere usted una semana a que se acostumbre, y cantará. >> Pero el pájaro se obstina en callarse y lo hace todo al revés. No bien lleno de granos el comedero, los coge con el pico y los esparce a los cuatro vientos. Ato con un bramante una galleta entre los baerrotes. Y no se come más que el bramante. Rechaza y golpea como un martillo la galleta, que acaba por caer al suelo. Se baña en el agua de beber, y bebe la d su baño. No ha comprendido la utilidad de las hojas de lechuga y se diviert tan solo en desgarrarlas. Cuando pica un grano al fin, da pena verle tragarlo. Lo rueda de un lado a otro del pico, lo aprieta, lo aplasta, y menea la cabeza como un viejete desdentado. Su terrón de azucar no le sirve para nada. ¿Es una piedra que sobresale, un balcón o una mesa poco práctica? Prefiere sus trocitos de madera. Tiene dos, que se superponen y se cruzan, y me cansa verle santar. Iguala la estupidez mecánica de un péndulo que no señalase nada. ¿Qué placer encontrar en brincar así?; ¿qué necesidad le mueve a hacerlo? Si descansa de su gimnasia, triste, posado en una pata, sobre una caña que él estrangula, busca con la otra pata, maquinalmente, la misma caña. En cuanto se enciende la chimenea, al llegar el invierno, cree que es la primavera, la época de la muda, y se desprnde de sus plumas. El resplandor de mi lámpara trastorna sus noches, desordena sus horas de sueño. Se acuesta al atardecer. Dejo adensarse las tinieblas a su alrededor. ¿Sueña él, quizás? Bruscamente, acercó la lámpara a su jaula. Abre de nuevo los ojos. ¡Cómo! ¿es ya de día? Y empieza muy depreisa a a agitarse de nuevo, a bailar, a acribillar una hoja; y atusa su cola en abanico; alisa sus alas.
Pero apago la lámpara y siento no ver su cara asombrada. Muy pronto me harto de este pájaro mudo que vive a contrapelo, y lo pongo a la ventana... Así como no sabe utilizar la jaula, no sabe tampoco utilizar la libertad. Le cogerán con la mano. ¡Pero que se guarden bien de traérmelo! No solo no ofrezco ninguna gratificación, sino que juraré que no la conozco.
EL MARTÍN PESCADOR
Esta tarde no han picado, pero he sentido una extraña emoción. Mientras tenía mi caña tendida, un martín pescador ha venido a ponerse en ella. No hay pájaro más relumbrante. Parecía una gruesa flor azul al final de un largo tallo. La caña se doblab bajo su peso. Yo no respiraba, enorgullecido de que un martín pescador me hubiera tomado por un árbol. Estoy seguro de que no levantó el vuelo por miedo, sino que creyó que no hacía más que pasar de una rama a otra.
LA GALLINA DE GUINEA
Así, con la cabeza azulada, provocativa, se encoleriza de la mañana a la noche.. Se pelea sin motivo, acoaso porque se figura siempre que se burlan de su cuerpo, de su cráneo pelado y de su cola baja. Y no cesa de lanzar un grito discordante que taladra el aire como un clavo. A veces abandona el corral y desaparece. Deja a las aves burguesas un momento en paz. Pero vuelve más turbulenta y más chillona. Y, frenética, se revuelca sobre la tierra. ¿Qué le pasa? Es un truco de la muy ladina. Ha ido a poner su huevo al campo. Puedo ir a cogerlo si se me antoja. Ella se revuelca por el polvo como una jorobada.
FAMILIA DE ARBOLES
Me los encuentro despues despues de haber cruzado una llanura abrasada por el sol. No están al borde del camino, a causa del ruido. Viven en los campos incultos, junto a un arroyo que solo conocen los pájaros. De lejos, parecen impenetrables. En cuanto me acerco, sus troncos se separan. Me cogen con prudencia. Puedo descansar, refrescarme; pero adivino que me observa y que desconfían.
Viven en familia: los más viejos en medio, y los jóvenes, aquellos cuyas primeras ojas acaban de nacer, por varios sitios, sin apartarse nunca. Tardan mucho en morir, y conservan sus muertos en pie, hasta que se desploman, deshechos polvo. Se acarician con sus largas ramas, para asegurarse de que están todos allí, como los ciegos. Gesticulan de cólera si el viento se empeña en desarraigarlos. Pero no riñen con ellos. Solo murmuran acordes. Siento que deben de ser mi verdadera familia. Pronto me olvidaré de la otra. Estos árboles me adoptarán poco a poco, y, para merecerlo, aprendo lo que es preciso saber: Sé ya contemplar las nubes que pasan. Sé también estarme quieto en el sitio. Y sé, casi, callarme.
JULES RENARD

