DIVISIÓN AZUL. EL REGRESO DE LOS PRISIONEROS (año 1954)
En el comienzo del mes de abril de 1954, tenía yo cumplidos los 16 años de edad; y desde hacía algunos días, la ciudad de Barcelona estaba preparando el grandioso recibimiento a los exprisioneros (alrededor de tres centenares) soldados de la División Azul que ya liberados regresaban a la Patria a bordo del “Semíramis”, barco griego contratado al efecto, puesto que el gobierno ruso no permitía atracar, en sus puertos, barcos con bandera nacional de España.
Desde la mañana de la víspera de la llegada, una o dos emisoras de radio tenían como único programa la transmisión de los entusiastas y conmovedores mensajes que se cruzaban entre los tan esperados pasajeros y sus familiares y amigos que les esperaban con incontenible impaciencia deambulando por y entre las engalanadas calles y fachadas barcelonesas. Tiene que haber archivados testimonios gráficos de aquello, así se podría atestiguar lo que ahora digo: Nunca la he visto más hermosa y solidaria, a la siempre hermosa y solidaria ciudad de Barcelona, que en aquella ocasión.
En grandes o pequeños locales comerciales, receptores radio (aún faltaban dos años para que tuviésemos televisión, y algún año más para que tuviésemos las individuales radios de transistores) a todo volumen atraían a los viandantes para conocer aquellas excepcionales muestras de afecto y patriotismo. Desde lejos, podía calcularse la potencia de los altavoces radio de los comercios y talleres, en función del tamaño del apiñado grupo de oyentes que reunían. La emoción ciudadana era incontenible; allí se lloraba y se reía a coro con la profundidad y el ingenio de quienes decían sus mensajes, que casi nunca acababan porque la emoción ahogaba las últimas frases, sobre todo si eran diálogos. De hecho, durante treinta o más horas, en la ciudad los estudiantes olvidamos nuestros deberes escolares, y todo el que pudo eludir su puesto de trabajo no llegó a él. En el mercado de Hospitalet, apenas se podía entrar o salir; pero lo que era un puro milagro era el comprar allí, según decían las amas de casa que se volvían con sus bolsas vacías.
Con algunos de mis compañeros escolares, conseguí “colarme” en la blindada estación marítima y milagrosamente no caer al agua bajo la presión de quienes seguían llegando y pretendían un puesto en primera fila, pues la mayoría de aquellas personas eran familiares, amigos y compañeros divisionarios de los que a la sazón regresaban. Creo que no quedó espacio libre para las comisiones oficiales de recepción, cuyos componentes tenían que adentrarse individualmente por entre la multitud.
Por fin, llegaba el momento esperado; a media tarde, un enorme estruendo de bocinas, de todas las, grandes o pequeñas, embarcaciones habidas en el puerto, anunciaba le entrada del barco de quienes eran considerados más que héroes. A los pocos minutos, se puso a nuestra vista el barco; y aunque iba escoltado por centenares de medianas y pequeñas embarcaciones engalanadas, yo sólo veía aquellas figuras vestidas con uniformes jerséis verdosos y que aguantaban su emoción sosteniéndose unos a otros, a todas luces llorosos.
Atracó el barco –era pequeño, la altura de su borda en algunos puntos permitía escalarla y acceder a la cubierta sin necesidad de escalerilla–, y sin necesidad de escalerilla pusieron pie en territorio patrio (más que nada, sobre los hombros y las cabezas de quienes estábamos para recibirles y no dejábamos libre ni un centímetro cuadrado de suelo) todos cuantos de los pasajeros conservaban agilidad suficiente. Aquello permitió que, con su salida y la de numerosos acompañantes que se iban apiñando en torno a ellos, se redujese algo la aglomeración habida en la estación; entonces se recompusieron las comisiones oficiales (aunque no sé si llegué a verles, creo que estaban presididas por Muñoz Grandes y Esteban Infantes) y se recibió formalmente a quienes mutilados o enfermos habían de bajar o ser bajados por la escalerilla.
En aquel clima de aglomeración, de nervios, emoción desbordante y de dificultad para reconocerse los familiares o amigos (eran muchos los años pasados sin verse ni en fotografía), quien “pillaba” un desembarcado cualquiera lo trataba como si fuera el que estaba esperando y a toda prisa trataba de salir con él de la estación, cuidando de que no se lo quitasen los demás familiares y amigos de exprisioneros, pues era tan asombroso el parecido facial entre todos estos (seguramente, motivado por las duras condiciones soportadas juntos durante tantos años) que verdaderamente resultaba imposible identificarlos sin hablar con ellos y preguntarles su nombre, y, alrededor de cualquiera de los soldados que iban saliendo, iban también docenas de personas que disputaban entre sí, jurando que aquél era el suyo propio.
Puedo presumir de haber estado en la cubierta del “Semíramis”, abrazando a aquellos héroes (los más jóvenes doblaban mi edad) que me anonadaban con la enronquecida voz con la que lo único que querían gritar sin cesar era ¡España!, ¡España!, y con la férrea incontrolable fuerza con la que se abrazaban a quienes, muchos sin saber cómo, nos encontrábamos en la cubierta del barco con ellos. Bueno, creo que muchos fuimos subidos por la presión de quienes desde detrás pretendían subir al barco u ocupar la
primera fila; pues llegó un momento en el que, eran tantos los que ya habían subido y se agolpaban en el lado que daba al muelle, que el barco se inclinó (escoró) del lado de éste y facilitó el poder acceder a él. Después, llegué a pensar que aquellos hombres se abrazaban instintivamente a nosotros, sin mirarnos pues parecía que lo único que pretendían era que toda España les entrase por sus ojos, ya con su mirada recorrían extasiados todo el horizonte, y se nos abrazaban para, así abrazados, sentirse seguros de que nadie podría raptarles y hacerles regresar al infierno en el que durante más de once años habían sufrido cautiverio. No podía saber yo entonces que uno de aquellos héroes, el teniente Francisco Rosaleny Jiménez, veinticuatro años más tarde y siendo él teniente coronel, sería mi jefe, siendo yo capitán.
Luego y ya por referencias, supe que el trayecto hasta la Catedral , en donde se celebraría un Tedeum, estaba bloqueado por la enardecida multitud que quería abrazar a aquellos héroes. Así que el horario previsto y lo demás del programa de recepción quedaron trastocados si no suprimidos.
¡Aquél no fue un buen día para los “vencedores” de la II Guerra Mundial!, que aún deseaban secretamente que la División Azul hubiese luchado a su favor (aunque no luchó contra ellos, si no contra los diabólicos comunistas rusos); y como no había estado con ellos, tales “vencedores” la tenían puesto el veto.
José Antonio Chamorro Manzano
XVI Promoción A G M
