CIUDAD ALTÍSIMA
(1945)
Está demasiado alta esa ciudad de la cordillera supraandina. Los cónsules y los embajadores extranjeros son elegidos entre los de mejor corazón, sometiéndoles a un examen previo. Allí no puede ir ningún extranjero desprevenido. <<Cuidado con el corazón>>, se lee en los avisos del camino. Todos los indígenas tienen corazones fortalecidos, de formidable arboladura, de tenaz palpitación. <<¡Quiero!, ¡quiero!, ¡quiero!, dice el corazón exaltándose.

En los silencios de las saletas se oyen los corazones, que no solo hacen el <<ti-pitín-tá, rataplán>>. Los débiles se apagan, se funden, se consumen, no pueden vivir. Solo las grandes individualidades perduran en la ciudad altísima. Tardan en morirse todos, y solo fallecen súbitamente los que se defienden de la malsana curiosidad de bajar a ver el valle, de ver y mezclarse a las criaturas de corazón sencillo y débil, con dulzuras y suavidades inéditas para ellos. Su corazón de sale de su sitio, se estrella en su pecho, se queda fuera de su eje, y cuando los médicos les mueven para reconocerlos como se mueve un reloj, se oye que hay en su fondo una pieza suelta que suena a eso: a estar desprendida.
ROMÓN GOMEZ DE LA SERNA
GREASE
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