No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
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29/3/23

EL SEÑOR QUE INVENTÓ EL TORO --- La Codorniz

 





LA CODORNIZ
La  
revista más audaz, 
 para el lector más inteligente. 




AQUEL SEÑOR QUE INVENTÓ EL TORO


    El toro no es, como algunos creen, un producto de la naturaleza. El toro lo inventó un señor muy antiguo que se llamaba Toro de apellido, y este es el motivo de que el toro se llame toro, como la Gillette se llama Gillette, las magdalenas se llaman magdalenas y el teléfono se llama teléfono. Si el señor que inventó el toro se hubiese llamado Feliú, los toros se llamarían "feliús" y las corridas de torosse llamarían "corridas de feliús".
    El señor toro era un modesto inventor que se dedicaba a inventar esas cosas que sirven para no poder abrir las latas de conservas y para no pode hacer café. Su negocio ra modesto, pero se producía lo suficiente para poder vivir y para ir todos los domingos a las corridas de toros, que en aquellos tiempos se llamaban corridas de caballos.


    En estas corridas existían ya los mismos elementos que en la actualidad, menos el toro, naturalmente, y los diestros lucían sus facultades toreando aun caballo, por lo cual recibían el nombre de caballeros.
    Las corridas eran muy aburridas. Los caballeros, al torear a los caballos, no corrían más peligro que el de ser atropellados, y esto quitaba emoción al espectáculo. El público empezó a distanciarse de las corridas y se dedicó a viajar en tranvía, que era el deporte favorito de aquellos momentos.

    -¡Toros eh! ¡Toros eh! -gritaban los conductores del tranvía para atraer al público.            El público no comprendía aquella palabra, porque como ya hemos dicho y pensamos estar diciendo toda la tarde, los toros no se habían inventado todavía; pero, a pesar de no comprender la palabra "toro" ni la palabra "eh", que tampoco se había inventado todavía, el público veía el tranvía y se montaba en él, dispuesto a ir donde fuese.


    Cuando los empresarios empezaron a darse cuenta de que perdían su público para siempre, quisieron encontrar un procedimiento que salvase el negocio.
    - ¡El público lo que quiere es "hule" -aseguró un entendido.                                                 Y los empresarios probaron a darle al público un poco de Hule. Todo fue inutil. El público se comió su pedazo de hule y, como no le gustó nada, porque sabía mucho a hule, dejó otra vez de ir al espectáculo.
    - No, no; no era eso -aclaró el que había dicho lo del hule-, Al decir "hule", quise decir emoción, peligro, tragedias...
 -¿Cómo podríamos conseguir ese peligro? -preguntaban los empresarios llenos de esperanza.
    - Con caballos furiosos -dijo uno.
   - Enganchando detrás de los caballos un coche -propuso otro.
    - ¡Si los caballos tuvieran cuernos!...- comentó el señor Toro, que pasaba por allí en ese momento.           
 Todo el mundo sintió el escalofrío de la verdad. ¿Quién es aquel señor? ¿De donde venía? ¿Cómo se llamaba?...
    - Me llamo Toro -exclamó al ser interrogado.
    - ¡Así ya podrá! -comentó un envidioso.                        
El señor Toro llamó a su criada, que ya estaba muy inventada, y, dándole cinco pesetas, le dijo:
    -María: vaya usted a la caballería de la esquina y cómpreme un caballo que sea bueno.    La criada volvió al poco rato con un hermoso alazán envuelto en un periódico.                    El señor Toro puso "manos al caballo" y empezó su obra.. Primero intentó ponerle unos cuernos de madera, pero hecho el ensayo correspondiente, resultó que, con la humedad, se le hinchaban y no parecían cuernos, ni nada.. Después intentó ponérselos de hierro; pero el hierro tenía el inconveniente de pesar demasiado, y los caballos salían a la plaza arrastrando la cabeza y dejando el suelo hecho una lástima.. Por fin, tuvo la idea luminosa.
    - ¿Por qué no ponerle a los caballos los cuernos de cuerno?
    Y, acto seguido, confeccionó unos cuernos de cuerno y se los colocó al caballo encima de la cabeza. Solamente quedaba un detalle:
    - ¿Cómo vamos a llamar a esta cosa?
    - ¡Cuernoballo! -dijo uno.
    - ¡Cabacuerno! -propuso otro.
  - ¡Rodríguez! ¡Como el empresario! -propuso un tercero.
  - Y ¿por qué no como el inventor? -exclamó el empresario Rodríguez algo molesto.
    - ¡Toro! -gritaron unos.
    - ¡Toro! -repitieron otros.
 - ¡Toro, Toro! -aclamó la multitud llena de entusiasmo.
    Y desde aquel día, el toro se llamó así.
TONO







Me colé en una fiesta